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sábado, 8 de febrero de 2014

José Pablo Feimann habla sobre el Che

Para entender la historia de las revoluciones a nivel mundial es imprescindible ir al fondo de la cuestión que es el colonialismo.
Wikipedia define al colonialismo como término derivado del sustantivo colonia (y a su vez del latín colonia -æ, 1ª declinación) sistema mediante el cual un país rige o domina a otro. Por lo general tras haberlo invadido, permanece incapaz de oponerse al invasor social, económica, política y, sobre todo, militarmente. Los motivos para la colonización pueden ser: apropiación de su tierra y con ella riqueza y recursos; estrategia militar, estrategia económica, reivindicaciones históricas, etc.

Esta es la visión de José Pablo Feimann sobre el Che Guevara. Un revolucionario del Siglo XX, en la lucha contra el colonialismo en "Filosofía aquí y ahora" por Canal Encuentro.

domingo, 15 de julio de 2012

El Genocidio Armenio (Por José Pablo Feinmann)




Durante estos días fue condenado el jefe del genocidio argentino, Videla. Las cifras –en la definición de un genocidio– no son lo esencial, sino que son otras las características que se imponen. De este modo, se habla también de un Holocausto Armenio en relación al Holocausto Judío. Escribe –buscando definir el genocidio– Rita C. Kuyumciyan: “El genocidio es la instrumentación masiva del terror (...) Genocidio significa la aniquilación coordinada y planeada de un grupo nacional, religioso o racial” (Rita C. Kuyumciyan, El primer genocidio del siglo XX, Planeta, Buenos Aires, 2009, p. 53). Luego de la Declaración de los Derechos Humanos realizada por las Naciones Unidas en 1948 se irán agregando los grupos sociales, políticos, ideológicos. Si bien es justo admitir que en la frase “grupo nacional” estaban incluidos.

Una de las características de primer orden, fundantes de un genocidio, la hemos trabajado (por haberlas padecido hasta el extremo) los argentinos. El genocidio implica la desaparición de los cuerpos de las víctimas. La masacre argentina intentó cobijarse bajo esa metodología: sin cuerpos no habría matanza. ¿Dónde estaba la prueba? De aquí la célebre frase de Videla: “Un desaparecido es alguien que no está. Se evaporó”. Para erradicar toda teoría del “empate” o de “los dos demonios” este punto es central. La derecha procesista se obstina en resaltar algunos casos de “muertos por la guerrilla” que son repudiables, pero aún así de nada sirven para empatar nada. No hay empate y hay un solo demonio: el que no entregó los cuerpos. Es distinto tener el cuerpo del ser querido, velarlo, enterrarlo según sus valores religiosos y tener una tumba donde ir a recordarlo, a rezarle o lo que sea: hasta hablarle en un susurro que expresa el lento devenir del dolor, su intimidad. Es distinto esto que no tenerlo. Cuando una madre o un padre esperan eternamente el regreso del hijo “evaporado” (según la aberrante terminología del condenado Videla), el dolor de esa ausencia es un dolor que no cesa, no puede cesar. Sólo cesaría con el retorno del hijo perdido o de su cuerpo. Si los que esperan por los desaparecidos (es imposible dejar de esperar: durante las noches se lo presiente en cada ruido, en cada ventana que –agitada por el viento– golpea, en cada crujido de la escalera, en cada rumor sordo, lejano, que llega desde fuera de la casa y se confunde con los pasos de alguien, los pasos anhelados, los que siempre se esperará oír, los del desaparecido) tuvieran su cuerpo o lo que de él quede podrían darle sepultura, tendrían un lugar donde ponerle una flor. De modo que esa búsqueda de “culpables” en el “otro” bando no tiene sentido y hasta es una afrenta a quienes carecerán para siempre del cuerpo del “desaparecido”. La ausencia es un hueco que nada puede llenar. La ausencia es un dolor y una angustia que siempre esperan. La esperanza del que espera al hijo que le han “desaparecido” jamás “desaparece”. Para su dolor, para su interminable angustia, es, aquí, la esperanza la que los alimenta. ¿Cómo podrían dejar de tenerla? Dejar de esperar al desaparecido sería matarlo del todo. O por segunda y definitiva vez. ¿De qué empate se habla? Acaso –alguna vez– lleguen a juzgar a dos o tres jefes de la guerrilla. Supongamos. ¿Qué se lograría con eso? ¿Con eso quieren empatar el dolor de los que esperan en vano día tras día?

En 2005 se cumplieron noventa años del Genocidio Armenio. Si bien transcurrió entre 1915 y 1920 hubo etapas anteriores de matanzas de armenios que lo precedieron. La más importante fue perpetrada por el sultán Abdul Hamid II, a quien se llamó el “sultán sanguinario”. Lo fue: bajo su reinado murieron 200.000 armenios. La aparición en la escena política de un grupo fervoroso que se dio el nombre de Jóvenes Turcos entusiasmó a los armenios. Los Jóvenes impusieron una nueva Constitución y levantaron las banderas de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad. Fraternidad. Pero –dentro del estruendo cambiante, caótico de la Primera Guerra– el nuevo grupo hegemónico se inclinó hacia Alemania, cuya complicidad en el genocidio de los armenios aparece cada vez con mayor claridad. No es casual que –durante la Segunda Guerra– Hitler haya recurrido a su memoria –o mejor dicho: a su no-memoria– para justificar el de los judíos. Escribe Vahakn N. Dadrian: “En los años ’20 y ’30, Hitler hizo numerosas declaraciones donde dejó entrever que tenía un conocimiento general sobre el caso de los armenios y los turcos, sobre los antecedentes históricos de persecución de los armenios y su ‘aniquilación’ en Turquía. En uno de los documentos escritos más antiguos que se conservan, que contiene declaraciones o discursos hechos por Hitler hacia 1924, el futuro líder nazi aludió a los armenios como víctimas de su falta de espíritu de combate” (Vahakn Dadrian, Historia del Genocidio Armenio, Imago Mundi, Buenos Aires, 2008, p. 372). Ese “espíritu de combate” era el que el pueblo alemán debía tener en su lucha contra los judíos, parásitos del cuerpo de la nación, a los que si no se exterminaba terminarían por dominar. Hitler, que admiraba a Gengis Khan, decidió emprender las grandiosas matanzas del mítico guerrero. “Claramente, Gengis y sus hazañas de conquista impresionaron no sólo a los turcos sino a otros muchos líderes nacionalistas que aspiraban a ser conquistadores. Sobrecogidos por el tamaño de su enorme éxito, tales líderes buscaban la influencia de los sanguinarios y feroces métodos que llevaron a Gengis a asegurar tales victorias” (Ibid., p. 375). Tanto los Jóvenes Turcos como Hitler se vieron impulsados por el ejemplo del Khan: las grandes matanzas aseguraban éxitos perdurables. Parece que Hitler se topó con un libro sobre Gengis cuando estaba preso en Landsberg (entre febrero y diciembre de 1924) junto a su fiel Rudolf Hess, quien habría de escuchar y anotar el dictado de Mi lucha. Ahí se enteró adecuadamente del Genocidio Armenio. De las masacres que el Imperio Turco Otomano (en busca de la “turquificación” total de la nación) descargó sobre ese grupo étnico. Más tarde, buscando convencer a su Estado Mayor de la solución final acerca del problema judío, habría de decir su frase fatídica: “¿Alguien recuerda el Genocidio Armenio?”

Tenía razón. Nadie lo recordaba. Se le llamó “el genocidio olvidado”. Tuvo tres etapas. La primera fue la aniquilación de los intelectuales. Consideraron, los Jóvenes Turcos, que debían empezar por la cabeza. “El Genocidio Armenio comenzó su plan de exterminio cuando en una sola noche, del 23 de abril al 24 de abril de 1915, en todo el territorio de la actual Turquía, millares de armenios (...) como pensadores, eclesiásticos, escritores, políticos, artistas, docentes, médicos, etc. fueron arrestados y posteriormente deportados” (Kuyumciyan, ob. cit., p. 50). Luego mataron a los hombres y luego a las mujeres, a los niños y a los ancianos. La descripción de los horrores que estos hechos implicaron ha sido hecha. Lo que no se ha producido es el reconocimiento por parte de los turcos. Este “negacionismo” es una herida infranqueable entre la relación de ambos pueblos. Mientras el negacionismo continúe, mientras un periodista sea asesinado, como lo fue en 2008 el turco Hrant Vink que denunciaba el genocidio y el negacionismo, mientras el mundo permanezca dentro de una indiferencia sólo atenuada por gestores diplomáticos, las heridas no cerrarán. Aquí, el juez de La Plata Carlos Rozansky incluyó, en su acusación contra el genocida argentino Etchecolatz, el Genocidio Armenio como antecedente del nuestro. Las Naciones Unidas, incluso, han reconocido el genocidio contra los armenios. (Ver: El Derrumbe del Negacionismo, AAVV, Planeta). Pero no sus perpetradores, no los turcos. Esto impide una realización adecuada del duelo. Como lo impide la figura del desaparecido, siempre. De aquí que sea una tarea permanente para los que luchan a favor de los DD.HH., como fundamento de una vida menos tanática entre los hombres, como un avance constante del Eros sobre la pulsión de muerte, el recordarlo.

martes, 1 de mayo de 2012

Muere Tomás Borge, fundador del Frente Sandinista

Tomás Borge


A causa de una afección pulmonar falleció a los 81 años Tomás Borge Martínez, fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional y ministro del Interior en la década de 1980



MANAGUA, Nicaragua, mayo 1, 2012.- Tomás Borge Martínez, fundador del gobernante Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y temido ministro del Interior en la década de 1980, falleció el lunes a los 81 años de edad en Managua por una afección pulmonar.

Figura controvertida en Nicaragua, Borge murió en el Hospital militar Alejandro Dávila Bolaños, donde estaba ingresado desde el pasado 6 de abril cuando fue operado de una afección pulmonar.

Temido durante el primer régimen sandinista (1979-1990) cuando dirigió el Ministerio del Interior, fue antisomocista y admirador del líder cubano Fidel Castro y del exlíder libio Muamar el Gadafi, de quien dijo que murió "heroicamente".

Era el embajador de Nicaragua en Perú desde el 2007, cuando Daniel Ortega retornó a la Presidencia, y en las pasadas elecciones generales de 2011 resultó electo diputado en la Asamblea Nacional.

Borge nació en la provincia norteña de Matagalpa el 13 de agosto de 1930 y durante su vida pública fue ministro del Interior, diputado y vicesecretario del FSLN, al que además representó en muchos foros de la izquierda internacional.

En 1955 entró en contacto con el comunismo y fue encarcelado en septiembre de 1956, tras el asesinato del dictador Anastasio Somoza García por Rigoberto López Pérez.

En 1958, Borge entabló nexos con las actividades de las guerrillas nicaragüenses y, al año siguiente en La Habana, fue uno de los estudiantes nicaragüenses que fraguaron el movimiento que en julio de 1961 nació como FSLN, grupo del que fue uno de sus fundadores junto con Carlos Fonseca Amador y Silvio Mayorga Delgado.

Después de varios años en distintos países centroamericanos, así como en Cuba y Líbano, Borge regresó a Nicaragua a mediados de los setenta.

Como consecuencia de sus actividades en la guerrilla, en 1977 fue arrestado y permaneció nueve meses en prisión en Tipitapa.

Tras la derrota de la dictadura somocista, fue ministro del Interior, cargo que ejerció cuando Daniel Ortega gobernó Nicaragua por primera vez, y en el que fue acusado de participar en una masacre de 37 presos políticos en junio de 1980, lo que Borge siempre negó.

A mediados de los ochenta se encargó como gobernador de la dirección de la zona atlántica del país y desde comienzos de 1988 participó en las negociaciones con la organización rebelde Yatama para la pacificación de la zona y la concesión de autonomía a los miskitos.

Tras la derrota electoral sandinista en febrero de 1990, cesó como ministro del Interior y desde entonces fue uno de los miembros del Directorio del Frente que combatió la política de la presidencia de Violeta Chamorro.

El 20 de octubre de 1996 volvió a conseguir un puesto institucional al ser elegido diputado del Parlamento Centroamericano para un mandato de cinco años (1997-2002).

En el II Congreso del FSLN, en mayo de 1998, consiguió la reelección como vicesecretario general y fue el único de los históricos que se mantuvo en la cúpula junto a Daniel Ortega.

En las elecciones legislativas del 4 de noviembre de 2001 fue elegido diputado nacional, aunque los sandinistas se mantuvieron esa legislatura en la oposición.

Consiguió la reelección como vicesecretario del partido en el Congreso de marzo de 2002.

En las elecciones de noviembre de 2006 los sandinistas de Ortega regresaron al poder y en febrero de 2007 Borge fue nombrado nuevo embajador en Perú y abandonó el puesto de vicesecretario del partido y el escaño que acababa de lograr.

En 2006 fue acusado, junto a Ortega y otros líderes sandinistas, de genocidio y crímenes de lesa humanidad ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos (OEA) por delitos supuestamente cometidos también en los años 1980 contra comunidades indígenas asentadas en el Caribe de Nicaragua.

Fue autor de los libros "La paciente impaciencia" (1989), una obra biográfica hasta 1976, por el que fue Premio Casa de las Américas; "Un grano de maíz", donde ataca a Estados Unidos por inmiscuirse en los asuntos internos de Nicaragua y a la ONU; "Salinas, dilemas de modernidad" (1994), una biografía sobre el expresidente mexicano; y de la novela "El amanecer dejó de ser una tentación".

Su primera esposa fue asesinada en junio de 1979. Estaba casado con la cantante y actriz peruana Marcela Pérez Silva, con la que tuvo tres hijos.