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viernes, 6 de diciembre de 2013

GRACIAS MANDELA

18:50 › 1918-2013

Murió Nelson Mandela



El presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma, confirmó la muerte del primer presidente negro de la nación africana, quien falleció en su casa de Johannesburgo a los 95 años. El Premio Nobel de la Paz, símbolo de la lucha contra el apartheid, había sido internado en el hospital de Pretoria el 8 de junio con una grave pulmonía. Desde principios de septiembre fue trasladado a su hogar. "Esta nación ha perdido un gran hijo", dijo el actual mandatario. Con 67 años de activismo político, 27 en prisión y cinco como primer mandatario, la tenacidad y su compromiso con la justicia, su defensa de la democracia, la igualdad racial y su mensaje de reconciliación convirtieron a Mandela en un admirado y respetado ícono global.

Fue la voz de uno de los mayores movimientos sociales del mundo en favor de los derechos humanos y logró atraer la mirada internacional hacia la Sudáfrica del apartheid, ejercido por los boers, los colonos originarios de Holanda, Flandes, Francia y Alemania. Muchos de sus compatriotas no olvidan que sus palabras, tras su liberación el 11 de febrero de 1990, devolvieron la esperanza a una sociedad desangrada por las luchas étnicas y la violencia de grupos paramilitares opuestos a un cambio de régimen: "Los saludo a todos en nombre de la paz, la democracia y la justicia universal", afirmó entonces Mandela, desde el balcón del Ayuntamiento de Ciudad del Cabo.

El carismático ex mandatario mantuvo viva hasta hoy su propia leyenda: la historia de un hombre que dedicó su vida a exigir respeto a los derechos humanos en un país castigado por un régimen de segregación racial impuesto por la minoría blanca en detrimento de negros, mestizos y originarios de la India.

Nelson Rolihlahla Mandela nació el 18 de julio de 1918 en Mvezo, una pequeña aldea de Cabo Oriental, sudeste de Sudáfrica, y estaba destinado a ser un consejero del regente del reino Thembu, perteneciente a la tribu Xhosa. Sin embargo, Mandela tuvo que trasladarse luego a Qunu, a 20 kilómetros de Mvezo, cuando su padre, un jefe tribal, fue expulsado por la autoridad colonial, y más tarde a la localidad de Mqhekezweni tras la muerte de su progenitor.

De educación occidental, aprendió a rebelarse contra las leyes tribales antes que contra el Imperio Británico. Motivado por su conciencia nacionalista, ingresó en el Congreso Nacional Africano (CNA), partido con el que alcanzó la presidencia de Sudáfrica décadas más tarde, convirtiéndose en el primer presidente negro de ese país.

En Johannesburgo abrió el primer despacho de abogados negros y apoyó la estrategia de resistencia pacífica del líder indio Mahatma Gandhi contra las leyes cada vez más opresivas del apartheid. La matanza de manifestantes en la ciudad sudafricana de Shaperville en 1960 fue el detonanate para que Mandela abrazara la lucha armada.

"Madiba" -nombre del clan de Mandela en lengua xhosa y con el que se le conoce popularmente en Sudáfrica-, viajó por Africa para recaudar fondos para el brazo militar del CNA, que él mismo dirigió. Fue detenido en 1962 y procesado en el Juicio de Rivonia, en el que fue condenado a cadena perpetua en 1964, hasta su puesta en libertad en 1990. Tras su discurso en Ciudad del Cabo, Mandela definió las pautas que hicieron posible la transición de la excolonia británica en un país libre y la reconciliación con el entonces presidente Frederik De Klerk, lo que les valió a ambos el premio Nobel de la Paz en 1993.

Cuatro años después de su liberación Mandela se convirtió, en las primeras elecciones multirraciales de Sudáfrica, en el primer presidente negro del país, cargo que ejerció hasta 1999. Ese mismo año abandonó la función pública, aunque a través de su Fundación -ahora el Centro de la Memoria Nelson Mandela-, el Fondo para la Infancia y el Fondo de la Lucha contra el Sida continuó desempeñando un rol político decisivo en el concierto internacional.

Los sudafricanos, tanto negros como blancos, lo veneran y celebran con orgullo cada año el día de su cumpleaños -18 de julio-, que coincide con el Día Internacional de Mandela, instaurado por la ONU en 2009. El carismático dirigente se retiró de la vida pública en 2004, y entonces hizo una advertencia a todo aquel que quisiera invitarle a algún acto político: "No me llamen, ya los llamo yo".

Mandela, quien estuvo bajo vigilancia médica desde 2011, había sido operado en diciembre pasado de cálculos en la vesícula y asistido por complicaciones respiratorias durante las más de dos semanas en las que estuvo internado.

Vivió sus últimos días entre Johannesburgo y Qunu, la localidad del este del país donde pasó su infancia. Su última aparición fue durante la ceremonia de clausura del Mundial de Fútbol de 2010 celebrado en su país.

Padre de seis hijos fruto de dos matrimonios, vivió hasta su muerte con su tercera esposa, Graca Machel, viuda del expresidente mozambiqueño Samora Machel.











jueves, 26 de abril de 2012

Por discriminación paran los trabajadores de Clean City

El sindicato de Recolectores de Residuos de Rosario dijo que la empresa Clean City "basurea y trata de negros" a sus empleados. Hoy hubo incidentes en la puerta de la empresa donde los trabajadores reclamaban la incorporación de tres cesanteados. El servicio estará suspendido durante toda la jornada.




El secretario general del Sindicato de Recolectores de Rosario, Marcelo Andrada, denunció hoy que la empresa Clean City discrimina y "basurea" a los empleados. Ayer hubo incidentes en las puertas de la empresa entre empleados y la policía por la reincorporación de tres empleados cesanteados que la empresa aparentemente no pretende incorporar. El paro de recolectores es por tiempo indeterminado.

En declaraciones a La Barra de Casal, de La Tres, Andrada explicó que el problema "surgió a raíz un conflicto en la empresa Clancity que presta recolección en Granadero Baigorria porque desde hace tiempo venía con una persecución hacia los compañeros con malos tratos y discriminación".

En ese sentido, el gremialista contó su versión de lo sucedido este mediodía en Garay al 1300. "Queremos arreglar las cosas y nos recibieron a los palazos y a trompadas, así no se soluciona nada porque exponen a la policía en un problema gremial que podría solucionarse con la secretaría de Trabajo. Hoy los trabajadores no tenemos derecho a nada, sólo a que nos caguen a palos", precisó.

Con respecto a las sanciones, Andrada señaló que "son un grupo de trabajadores que vienen de transporte 9 de Julio y fueron pasados a la empresa Clancity, viven en villa de emergencia y los empresarios los basurean y tratan de negros".

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Página 12: Haití, país ocupado (Por Eduardo Galeano)



Por Eduardo Galeano *
Consulte usted cualquier enciclopedia. Pregunte cuál fue el primer país libre en América. Recibirá siempre la misma respuesta: los Estados Unidos. Pero los Estados Unidos declararon su independencia cuando eran una nación con seiscientos cincuenta mil esclavos, que siguieron siendo esclavos durante un siglo, y en su primera Constitución establecieron que un negro equivalía a las tres quintas partes de una persona.
Y si a cualquier enciclopedia pregunta usted cuál fue el primer país que abolió la esclavitud, recibirá siempre la misma respuesta: Inglaterra. Pero el primer país que abolió la esclavitud no fue Inglaterra sino Haití, que todavía sigue expiando el pecado de su dignidad.
Los negros esclavos de Haití habían derrotado al glorioso ejército de Napoleón Bonaparte y Europa nunca perdonó esa humillación. Haití pagó a Francia, durante un siglo y medio, una indemnización gigantesca, por ser culpable de su libertad, pero ni eso alcanzó. Aquella insolencia negra sigue doliendo a los blancos amos del mundo.
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De todo eso, sabemos poco o nada.
Haití es un país invisible.
Sólo cobró fama cuando el terremoto del año 2010 mató a más de doscientos mil haitianos.
La tragedia hizo que el país ocupara, fugazmente, el primer plano de los medios de comunicación.
Haití no se conoce por el talento de sus artistas, magos de la chatarra capaces de convertir la basura en hermosura, ni por sus hazañas históricas en la guerra contra la esclavitud y la opresión colonial.
Vale la pena repetirlo una vez más, para que los sordos escuchen: Haití fue el país fundador de la independencia de América y el primero que derrotó la esclavitud en el mundo.
Merece mucho más que la notoriedad nacida de sus desgracias.
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Actualmente, los ejércitos de varios países, incluyendo el mío, continúan ocupando Haití. ¿Cómo se justifica esta invasión militar? Pues alegando que Haití pone en peligro la seguridad internacional.
Nada de nuevo.
Todo a lo largo del siglo diecinueve, el ejemplo de Haití constituyó una amenaza para la seguridad de los países que continuaban practicando la esclavitud. Ya lo había dicho Thomas Jefferson: de Haití provenía la peste de la rebelión. En Carolina del Sur, por ejemplo, la ley permitía encarcelar a cualquier marinero negro, mientras su barco estuviera en puerto, por el riesgo de que pudiera contagiar la peste antiesclavista. Y en Brasil, esa peste se llamaba haitianismo.
Ya en el siglo veinte, Haití fue invadido por los marines, por ser un país inseguro para sus acreedores extranjeros. Los invasores empezaron por apoderarse de las aduanas y entregaron el Banco Nacional al City Bank de Nueva York. Y ya que estaban, se quedaron diecinueve años.
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El cruce de la frontera entre la República Dominicana y Haití se llama El mal paso.
Quizás el nombre es una señal de alarma: está usted entrando en el mundo negro, la magia negra, la brujería...
El vudú, la religión que los esclavos trajeron de Africa y se nacionalizó en Haití, no merece llamarse religión. Desde el punto de vista de los propietarios de la Civilización, el vudú es cosa de negros, ignorancia, atraso, pura superstición. La Iglesia Católica, donde no faltan fieles capaces de vender uñas de los santos y plumas del arcángel Gabriel, logró que esta superstición fuera oficialmente prohibida en 1845, 1860, 1896, 1915 y 1942, sin que el pueblo se diera por enterado.
Pero desde hace ya algunos años, las sectas evangélicas se encargan de la guerra contra la superstición en Haití. Esas sectas vienen de los Estados Unidos, un país que no tiene piso 13 en sus edificios, ni fila 13 en sus aviones, habitado por civilizados cristianos que creen que Dios hizo el mundo en una semana.
En ese país, el predicador evangélico Pat Robertson explicó en la televisión el terremoto del año 2010. Este pastor de almas reveló que los negros haitianos habían conquistado la independencia de Francia a partir de una ceremonia vudú, invocando la ayuda del Diablo desde lo hondo de la selva haitiana. El Diablo, que les dio la libertad, envió al terremoto para pasarles la cuenta.
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¿Hasta cuándo seguirán los soldados extranjeros en Haití? Ellos llegaron para estabilizar y ayudar, pero llevan siete años desayudando y desestabilizando a este país que no los quiere.
La ocupación militar de Haití está costando a las Naciones Unidas más de ochocientos millones de dólares por año.
Si las Naciones Unidas destinaran esos fondos a la cooperación técnica y la solidaridad social, Haití podría recibir un buen impulso al desarrollo de su energía creadora. Y así se salvaría de sus salvadores armados, que tienen cierta tendencia a violar, matar y regalar enfermedades fatales.
Haití no necesita que nadie venga a multiplicar sus calamidades. Tampoco necesita la caridad de nadie. Como bien dice un antiguo proverbio africano, la mano que da está siempre arriba de la mano que recibe.
Pero Haití sí necesita solidaridad, médicos, escuelas, hospitales y una colaboración verdadera que haga posible el renacimiento de su soberanía alimentaria, asesinada por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otras sociedades filantrópicas.
Para nosotros, latinoamericanos, esa solidaridad es un deber de gratitud: será la mejor manera de decir gracias a esta pequeña gran nación que en 1804 nos abrió, con su contagioso ejemplo, las puertas de la libertad.
(Este artículo está dedicado a Guillermo Chifflet, que fue obligado a renunciar a la Cámara de Diputados del Uruguay cuando votó contra el envío de soldados a Haití.)
* Texto leído ayer por el escritor uruguayo en la Biblioteca Nacional en el marco de la mesa-debate “Haití y la respuesta latinoamericana”, en la que participaron además Camille Chalmers y Jorge Coscia.