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viernes, 19 de junio de 2015

La Revolución Industrial (Giorgio Mori)

RESUMEN
GIORGIO MORI
LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
Economía y sociedad en Gran Bretaña
en la segunda mitad del siglo XVIII

Traducción castellana de
CARLOS ELORDI

EDITORIAL CRÍTICA
Grupo editorial Grijalbo
BARCELONA



Capítulo 4

EL ADVENIMIENTO DEL “FACTORY SYSTEM”

Sin duda alguna, el marco en el que las evoluciones que determinaron este tipo de reflexiones alcanzó más altos niveles de consistencia y claridad fue, lo hemos dicho y repetido varias veces, el delimitado por la novísima industria algodonera.

Existen pruebas irrefutables de que poco después de 1740 funcionaban algunas fábricas dedicadas a la hilatura del algodón que utilizaban las máquinas de Paul y Wyatt. Algunos años más tarde, en 1767, también James Hargreaves realizó un intento personal en este sentido.
Lo realizó en su vivienda de Ramsclough y fracasó a causa de la destrucción de las jennies, por aquel entonces no perfeccionadas, a manos de los hiladores furibundos por la posibilidad de la pérdida de su trabajo.
Por tanto se considera correcta la opinión de quien dice que las primeras fábricas con máquinas, como siempre destinadas a la hilatura de algodón, es decir, los primeros núcleos activos del factory system, fueron aquellas que estuvieron vinculadas al nombre de uno de los poquísimos inventores que se convirtió en afortunado empresario, al de Richard Arkwright; y en el fondo, las características de la Jenny, es decir, su fácil adaptabilidad al trabajo realizado en las viviendas domésticas dan de ello una explicación válida, más allá del mero dato anecdótico.
Una vez patentado su invento se trasladó a Nottingham, ciudad en la que la demanda de hilados era sostenida e iba en aumento, e inmediatamente instaló allí su primer establecimiento cuyas dimensiones, por otra parte, no parece que fueran muy superiores de las de aquel otro montado casi treinta años antes por Paul y Wyatt en Birmingham.
En el curso de apenas doce años Arkwright, solo, con los mismos o con otros socios, se convirtió en propietario de al menos otro ocho hilanderías de algodón y únicamente en la zona de los Midlands.
El water frame tuvo una difusión inmediata que fue más allá de las fábricas de su inventor. El cual, por su cuenta, había montado otras fuera de los Midlands; por ejemplo, una en Manchester en 1783 y al poco tiempo, en 1784, una segunda en sociedad con David Dale, futuro luego de Robert Owen, en la misma New Lanark que veinte años más tarde sería el lugar de trabajo y de compromiso político social de éste último.
La amplia evasión, no comprobable pero indudable, de las obligaciones respecto del inventor y la derrota judicial de Arkwright, hicieron aún más rápido el proceso de difusión de las water frame, al tiempo que ya había tenido lugar la invención y, lo cual es un hecho aún más significativo, el rápido éxito de la máquina de Crompton, la mule Jenny.
Poco más de veinte años más tarde Crompton consiguió enumerar 650 fábricas para hilar algodón con un total de más de cinco millones de husos instalados, 155.000 de los cuales eran de Jenny, cerca de 310.000 de water frame y 4.600.000 de mule Jenny. Es un hecho que antes de terminar el siglo XVIII el factory system estaba sólidamente instalado en la industria algodonera y en Gran Bretaña: y aunque la práctica del “subcontrato” seguramente no se quedó a las puertas de las industrias, factory system equivale a fábricas con máquinas y obreros pagados mediante un salario. Probablemente las mayores empresas se encontraban en el área escocesa: en ella y en el transcurso de pocos años los capitales procedentes del anterior comercio oceánico y en especial de la importación de tabaco se habían dedicado masivamente a la nueva actividad algodonera y habían surgido sociedades por acciones que apoyaban dicha conversión, puesto que la prohibición de constituirlas, establecida en Inglaterra después de los escándalos de la Compañía de los Mares del Sur, no había sido extendida a Escocia.

La mayor parte de las hilanderías de Lancashire y regiones próximas, a las que se refieren los datos más particularizados de la investigación realizada por Crompton en 1811, no alcanzaban en esa fecha los 15.000 husos instalados, y eran 526 sobre 573, pero de las otras 47.32 tenían entre 15.000 y 30.000, diez entre 30.000 y 50.000, cuatro entre 60.000 y 90.000 (dos de ellas eran propiedad de Jesse Howard y de Peter Marsland y estaban ubicadas en Stockport y las otras dos en Manchester, siendo, respectivamente, de McConnell y Kennedy y de Adam y George Murria, y una, la de Samuel Horrocks en Preston, tenía más de 100.000.
La aparición del water frame primeramente y aún más la de la mule, con la posibilidad, ofrecida por dichas máquinas, de instalar en cada una de ellas decenas y centenares de husos, la adecuación casi instantánea de la segunda máquina de vapor de Watt (los Robinson habían empezado a utilizarla en 1785 en su instalación de Papplewick y ya hemos visto en qué medida estaba presente en el sector alrededor de 1800, así como, y obviamente, una demanda que parecía estar lanzada a una carrera hacia la expansión sin fin, fueron los principales factores de empuje de es a inaudita progresión.

En realidad se ha podido observar que muchos molinos de trigo, así como un número indeterminado de viviendas existentes en las proximidades de cursos de agua y otros edificios modestos en cuyo interior se desarrollaban en el pasado actividades productivas de distinto tipo (en ellos se trabajaba el lino, la seda, la lana) fueron convertidos, especialmente después de la invención del water frame, en auténticas hilanderías de algodón con unos gastos de instalación de escasa entidad.
Sin embargo, la mayor parte de los nuevos empresarios habían de adquirir las máquinas en establecimientos que ya se estaban especializando en estas actividades y que estuvieron en condiciones de ofrecer ocasiones nuevas e inesperadas a la siderurgia inglesa cuando las máquinas empezaron a ser construidas, casi completamente, en hierro. En todo caso era frecuente, especialmente en los comienzos, que esos establecimientos pertenecieran a los más despiertos y poderosos de sus colegas algodoneros. Pero sin duda alguna el gasto mayor era destinado a la compra de la máquina de vapor, al menos para quien decidía tener una en su establecimiento.
Hay que tener presente que, según opiniones entonces corrientes y acreditadas, un caballo de potencia podía mover aproximadamente 350 husos.

Según algunas investigaciones y las clasificaciones ingeniosamente establecidas hace no mucho por un historiador inglés, parece posible trazar un cuadro bastante preciso de la situación referente a los capitales invertidos en la industria algodonera de la isla antes de finales del siglo XVIII, incluso en términos cuantitativos.
Explotando con mucho juicio los archivos de una compañía aseguradora este historiador consiguió en primer lugar dividir las hilanderías en las siguientes categorías: una primera, las de pequeña dimensión, compuestas por instalaciones movidas por tornos de caballo cuyo valor en edificio y maquinaria se estimaba por término medio alrededor de las 1000-2000 libras esterlinas; una segunda, con dos variantes, eran las de las hilanderías movidas por la fuerza del agua: el grupo menor normalmente tenía tres o cuatro edificios concebidos para un total de cerca de 1000 husos y estos edificios tenían 25 metros de longitud y 10 de anchura; tanto las dimensiones de los edificios como el número de husos instalados en el grupo mayor doblaban los del anterior; la valoración de estas instalaciones se situaba, respectivamente, en torno a las 3000 y las 5000 libras esterlinas; la tercera, y más importante, incluía hilanderías movidas generalmente por máquinas de vapor y normalmente muy semejantes entre sí, aunque sólo fuera porque eran montadas por un restringido número de especialistas.
Estas fábricas utilizaban casi siempre mule jennies, tenían una potencialidad de 3000 husos, y aún más, y su valor se estimaba en un mínimo de 10.000 libras esterlinas. Sobre la base de dicha clasificación Chapman ha llegado a calcular un dato agregado según el cual, en 1975, el capital fijo de la industria algodonera inglesa ascendía aproximadamente a 2.500.000 libras esterlinas, de las que cerca de 500.000 correspondían a instalaciones domésticas (normalmente relacionadas con la elaboración de tejidos) y el resto a las hilanderías centralizadas. Este valor se repartiría de la siguiente manera entre las áreas de mayor importancia algodonera:


Midlands………………….    386.000 €
Regiones Septentrionales…   1.250.000 €
Escocia……………………   392.000  €
                                                  2.028.000 €

Aceptando como válidas unas estimaciones que se hicieron por aquel entonces, el capital fijo invertido en la industria algodonera había alcanzado poco más de veinte años después 6.300.000 libras esterlinas.
Hay quién las ha estimado, aunque tal vez quedándose por debajo de la realidad, en el 100 por 100 respecto del capital fijo, pero se sabe bastante bien que los empresarios fueron capaces de hacerles frente sin demasiadas complicaciones no sólo gracias a los  bancos de provincias (country banks) o al crédito de los comerciantes, sino también explotando ventajosamente las técnicas del truck system, es decir, el pago del salario, total o parcialmente, en forma de géneros de subsistencia, o las del long pay, es decir, el pago aplazado.
En la década 1780-1789 los salarios obreros crecieron, por término medio, alrededor del 6 por 100 y el precio del algodón en bruto alrededor del 59 por 100 (aunque a partir de 1790 la tendencia sufrió una inversión muy visible de tal modo que al término de la última década del siglo XVIII se podía estimar una disminución del 3 por 100) y no hay duda de que los precios de venta se mantuvieron normalmente en una línea de flexión acentuada: pero el aumento de la producción en el período comprendido entre 1780 y 1789 fue del 227 por 100.
Gracias a la renuncia a los beneficios anuales, con excepción de un parte modestísima dedicada las necesidades familiares, y sin recurrir a posteriores aportaciones, bien fueran internas o externas, el capital social sufrió, cómo se pudo constatar en su tiempo, las siguientes variaciones:

1795…                    1769 €  13  sh.   6 d.

1800…                       21.673         8    11     
                   
1805…  67.207

1810…                  88.374     10       9

Pero la formación de las fortunas de la industria algodonera se debió, como decía John Hobson, a la “existencia de un amplio y accesible mercado (interior) caracterizado por la existencia de una población deseosa y económicamente capaz de consumir los productos de la industria capitalista”.
En el pasado se ha discutido mucho sobre la influencia de la moda de los algodones indios en la Inglaterra del siglo XVIII y sobre su éxito entre las señoras que vivían en las ciudades y en las casas solariegas del campo. Pero actualmente es incontestable que la demanda procedente de las clases menores, bajas y medias, que ya desde hacía tiempo consumían telas indias estampadas en Inglaterra, fue decisiva para la conquista del mercado interior por parte de los tejidos de algodón producidos por la naciente industria del país.
Los hombres llevaban prendas de algodón, incluso más que las mujeres, y también se utilizaban en medida creciente tejidos de algodón para usos domésticos.
En definitiva, el mercado interior como base del éxito de las telas de algodón inglesas, y poco tiempo antes, los calicós indios estampados en la isla habían tenido una función igual, era una consecuencia directa del creciente predominio de las relaciones sociales de producción de tipo capitalista que se habían verificado en primer lugar en las zonas rurales de la Inglaterra del siglo XVIII.


jueves, 11 de junio de 2015

Industria Cultural | Cultura Popular

INDUSTRIA CULTURAL | CULTURA POPULAR



Desde fecha relativamente reciente la expresión industria cultural tiende a sistematizar y describir, en la bibliografía de las ciencias sociales y la COMUNICACIÓN, a los sistemas de producción y distribución de bienes y servicios culturales elaborados en gran escala y destinados fundamentalmente a un mercado de características masivas. Entre esos bienes y servicios, cuya producción y difusión no persigue en todos los casos una exclusiva finalidad de lucro, aunque éste tenga un peso dominante en el conjunto del sistema, podemos mencionar los periódicos, las revistas, la fotografía, el cinematógrafo, los libros, la radiotelefonía, los discos y casetes, los videos, las reproducciones artísticas, las historietas, los recitales musicales, los espectáculos teatrales y coreográficos, la televisión, etcétera.
En líneas generales el complejo que denominamos industria cultural guarda estrecha relación con tres típicos factores configuradores del mundo moderno: el desarrollo de la tecnología, la creación de nuevos géneros y el proceso de alfabetización. En un amplio arco cronológico, se puede decir que este campo particular arranca con la invención de la imprenta de tipos móviles (Gutenberg, 1440-1456), y sigue su marcha acumulativa con la creación del periodismo de interés general (s. XVIII), la constitución del mercado de nuevos lectores desde mediados del siglo XIX, la irrupción gradual de los medios audiovisuales (Edison-Cros, 1877; Lumière, 1895) y el reciente advenimiento de las modernas tecnologías electrónicas, que abren o insinúan fronteras informacionales y comunicológicas de alcances socioculturales insospechables, a pesar de las muy severas reservas interpuestas por los críticos de los nuevos productos.
La industria se ha desarrollado, asimismo, bajo regímenes y formas de propiedad muy distintos entre sí, aunque sus modos de producción parecen responder casi exclusivamente a los afanes de ganancia, y pertenecer, por antonomasia, a la esfera de la iniciativa privada capitalista. La realidad, como dijimos, es que tanto los campos capitalista y socialista como las esferas pública y privada, o las formas mixtas o complementarias, han encarado en todo el mundo, de acuerdo con sus propias pautas y paradigmas, la producción, promoción y circulación de servicios y productos culturales como el libro, el cine, la prensa, la radio, la televisión, el disco, el casete, etc., atendiendo indistintamente a necesidades educacionales, recreativas, políticas, comerciales, etcétera.

La denominada Escuela de Frankfurt, por ejemplo, ha reflexionado con cierta sistematicidad e insistencia sobre la problemática de la industria cultural, ubicándose en los textos de representantes conspicuos como Theodore W. Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcase, etc. en una posición de sesgo irreductiblemente impugnador y apocalíptico. Adorno y Horkheimer se proponen desenmascarar principalmente la estandarización y la “vacuidad social” de la industria cultural y sus productos, y en tal sentido conviene recordad que sus tesis expresan el punto de vista de la crítica europea de tendencia hegeliana, que sospecha que en el campo de la cultura la mayor difusión de bienes está acompañada, de modo perverso, por un simétrico debilitamiento de sus patrimonios, circuitos y tradiciones seculares. Para ambos autores, dentro de las perspectivas de una reflexión general sobre el devenir de la cultura, la industria pauta históricamente; y de manera notoria, la declinación de los grandes patrimonios culturales de Occidente y su llana conversión en mercancía. La transformación del acto cultural en valor de cambio disolverá (para la perspectiva frankfurtiana) la autenticidad y la supuesta potencialidad crítica que podía residir (de modo casi ontológico) en el acto cultural. Esta conversión, a su vez, será el signo de una degradación que involucra a la totalidad de las acciones y los sentimientos humanos, y que las materializa (arraigando en zonas profundas de la subjetividad) en términos de mercancía y valor de cambio.

La conservación y reproducción de la sociedad, desde la óptica de la Escuela de Frankfurt y sus epígonos, se relaciona con la doble universalización de la producción infantil y de la ideología correspondiente, transformadas en causa principal de los comportamientos individuales y sociales.
¿En qué consistiría, pues, la objeción central de los críticos frankfurtianos? En que producidos, distribuidos y consumidos como puras mercancías, los bienes culturales se transforman en promotores de conformismo, identificación pasiva, estandarización, degradación, pérdida de goce y mera reproducción del sistema en su más cruda versión de dominio capitalista-burgués.
Más allá de ciertas imperfecciones, el periodismo, el cine, la radio, las ediciones de bolsillo y la televisión, para esta perspectiva, habrían producido en algo más de un siglo un auténtico proceso de democratización del conocimiento y del disfrute como no se conoció en los siglos anteriores.



INDUSTRIALIZACIÓN. Puede definirse como el proceso por el cual el régimen de producción de un país llega a basarse de modo preponderante en la industria, que desplaza a la producción artesanal, extendiendo sus efectos transformadores a la agricultura. Este proceso de desarrollo económico modifica la estructura de clases y el ordenamiento político de la sociedad en cuestión.
Inglaterra es el primer país en que tuvo lugar este proceso, por lo que REVOLUCIÓN INDUSTRIAL constituye una referencia obligada toda vez que se habla de industrialización y, consiguientemente, de desarrollo del CAPITALISMO, modo de producción al que, en términos históricos, va indisolublemente ligada.
Marx analizó exhaustivamente el proceso de industrialización, diferenciando en su desarrollo las siguientes etapas:

Cooperación: Es la forma de trabajo de muchos obreros coordinados y reunidos con arreglo a un plan en el mismo proceso de producción o en procesos de producción distintos, pero enlazados. La escala de la producción depende del grado de concentración de medios de producción en manos de cada capitalista.
En su forma simple, la cooperación coincide con la producción en gran escala que tiene lugar en los orígenes de la manufactura, cuando ésta aún no se ha impuesto sobre el artesanado.

Manufactura: La cooperación basada en la DIVISIÓN DEL TRABAJO asume su forma clásica en la manufactura. Tanto para Marx como para quiénes estudiaban estos temas en su época, el término manufactura tenía un sentido distinto del actual, en que es sinónimo de industria. Para Marx se refería a una etapa primitiva de la industrialización, que se extiende desde mediados del s. XVI hasta el último tercio del s. XVIII. La división manufacturera del trabajo supone la concentración de los medios de producción en manos de un capitalista. Por otra parte, es la descomposición de un oficio manual en las diversas operaciones manuales que lo integran, operaciones que conservan su carácter manual, dependiendo de la fuerza, destreza, rapidez y seguridad del obrero individual en el manejo de su herramienta.
La expansión del mercado mundial y el sistema colonial suministraron al período manufacturero abundante material para el régimen de división del trabajo dentro de la sociedad, que se opera por medio de la compra y venta de los productos de las diversas ramas industriales. De este modo, la máquina pone fin a la actividad manual artesana como principio normativo de la producción

Maquinaria y gran industria. La Revolución Industrial del s. XVIII arranca de la “máquina-herramienta”, que podría definirse como el conjunto de herramientas mecánicas engranadas en un mecanismo. Esta máquina sustituye al obrero que maneja una sola herramienta por un mecanismo que opera con un conjunto de herramientas movidas por una fuerza motriz.



CULTURA POPULAR.

La cultura popular ha ido gestando su propio espacio significativo por oposición al folclore o saber tradicional rural, de modo que logró insertarse como la tercera variante entre el FOLCLORE y la cultura cultivada, alta cultura o cultura letrada. A tal punto que, en la consciencia del hombre actual, aspectos de ellas se superponen, a la vez que asimilan o reelaboran elementos de la avasallante cultura de masas. Esa cultura popular urbana tiene su propia historia, que arranca de principios del s. XVIII en Inglaterra, del crecimiento de las grandes metrópolis modernas y de la llamada industria cultural. No debe confundirse, sin embargo, con la mencionada cultura de masas, cuyos objetivos homogeneizadores responden a los grandes centros de poder mundial, aunque se nutra a su manera de ella, internalizando pasivamente sus pautas o resemantizando sus mensajes en provecho propio.
Todo lo anterior supone que la CULTURA no es un bloque compacto sino, en todo caso, la articulación dinámica de diversas SUBCULTURAS. Por eso también puede definirse la cultura popular como distinto de los grupos o clases sociales subalternas marginadas en diferentes formas de los bienes de producción. Es claro que, a partir de ahí, unos la igualan con lo desagrado de la cultura superior, en tanto otros la caracterizan sobre todo por su resistencia respecto de las imposiciones (por ejemplo, la estricta delimitación de lo legítimo y lo vulgar) dictadas por las minorías dirigentes.
Para pensar la dinámica cultural, pues, algunos intelectuales recurrieron a las dicotomías genuino-espurio, convalidando el carácter de la primera; u oficial/marginal, buscando disimular la misma jerarquización; o asimiladora-reactiva, enfatizando las aspiraciones neutralizadoras de los dueños del poder frente a quienes no se resignan a declinar su identidad. Con el recurso de doble entrada y múltiple combinatoria, el antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla traza el siguiente cuadro de “la dinámica del control cultural”:

Elementos                                 Decisiones
                   Culturales              Propias                                Ajenas

                       Propios                  CULTURA                        CULTURA
                                                    AUTÓNOMA                    ENAJENADA

                      Ajenos                   CULTURA                        CULTURA
                                                   APROPIADA                     IMPUESTA


En otros términos, la cultura propia (suma de la cultura autónoma y de la apropiada), en tanto impide la deculturación, asegura, sobre todo en las regiones menos favorecidas del mundo como es el caso de América latina, “la continuidad histórica de una sociedad (un pueblo, una comunidad)” a despecho de sus conquistadores o expoliadores. Más recientemente, el marxista francés Louis Althusser (“Ideólogie et appareils idéologiques d´Etat”, en La Pensée, núm. 51, junio de 1970) reforzó la noción de que la burguesía ejerce su dominación manipuladora a través de lo que llamó “aparatos ideológicos del Estado” (en especial, la escuela y los medios masivos).



CULTURA Y CIVILIZACIÓN. La mayor parte de los países de la actualidad son pluriétnicos y pluriculturales. En ellos, la cultura nacional (recordad que nación es un concepto cultural que implica comparición) no puede significar otra cosa que el ámbito de confluencia de las culturas y subculturas vigentes. En los países dependientes, la cultura oficial y la cultura de masas se convierten en cultura envolvente, y la CULTURA POPULAR (mestiza para América Latina y el Caribe) se constituye en el basamento de toda cultura nacional posible. Por identidad cultural se entiende la disponibilidad de un patrimonio cultural exclusivo o propio, junto a patrimonios culturales compartidos. La denominada cultura universal no existe, habiendo sido hasta ahora tan sólo planetarización de la civilización occidental.
El término cultura parece originarse en la expresión latina colere que, haciendo referencia inicial a la recolección, se aplicó luego a la acción del preparado de la tierra para su cultivación: cultus agri, en tanto cultudeorum se aplicó a los dioses.

Fuentes:

  • D. Bell et al., Industria Cultural y sociedad de masas, Caracas, Monte Ávila, 1974.
  • D. W. Brogan, “Cultura superior y cultura de masas”, en Diógenes, núm. 5, Buenos Aires, marzo de 1954. – M. Horkheimer y Th. W. Adorno, “La industria cultural: iluminismo como mistificación de masas”, en Dialéctica del iluminismo, Buenos Aires, Sur, 1970. – J. Martín Barbero, “Memoria narrativa e industria cultural”, en rev. Comunicación y cultura”, en rev. Comunicación y cultura, NÚM. 10, México, agosto de 1983. – J. Rest, “Situación del arte en la era tecnológica”, en Revista de la Universidad de Buenos Aires, 5ª. época, VI, 2, Buenos Aires, 1961.

[Jorge B. Rivera]

DICCIONARIO de CIENCIAS SOCIALES Y POLÍTICAS
Supervisión de TORCUATO S. DI TELLA
Hugo Chumbita
Paz Gajardo
Susana Gamba