Mostrando entradas con la etiqueta Cooke. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cooke. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de junio de 2012

¿Adentro o Afuera? (Por Andrés Belguich)




En 1959, el renombrado político de la izquierda peronista, John Cooke, en un diálogo con el ex Sindicalista y miembro de PCR en Córdoba, René Salamanca, Cooke dijo una frase sorprendente: “Me cago en Perón”. Salamanca, quién estaba en contra de Perón, le respondió: “Nosotros también nos cagamos en Perón”. En síntesis, Cooke le contestó: “No estoy de acuerdo. Para ustedes, compañero, cagarse en Perón es quedarse afuera. Afuera de Perón y de la identidad política del proletariado. Mientras que para nosotros, cagarnos en Perón es rechazar la obsecuencia y la adulonería de los burócratas del peronismo. Para nosotros, Salamanca, para mí y para los peronistas como yo, para los peronistas revolucionarios, cagarnos en Perón es creer y saber que el peronismo es más que Perón”.

¿Desde que lugar hablamos cada uno de nosotros? ¿Afuera o adentro?
 Me surge esta pregunta al resaltar el concepto del “quedarse adentro” y “quedarse afuera”. “Que se vayan todos” o “meternos todos”
¿Qué lugar ocupamos nosotros, ya sea como opositor o como simpatizante, en este debate? ¿El que está “adentro”, sabe realmente lo que pasa “afuera”? ¿El que está “afuera” sabe realmente lo que pasa “adentro”?

La sensatez política está en criticar las cosas que desde el Poder Ejecutivo se hacen mal como reivindicar las que se hacen bien.
Ningún Gobierno hace todas las cosas mal ni todas las cosas bien. Como ciudadano común, no compro el paquete entero.

Aclaro que NO soy funcionario del Gobierno sino alguien más, que como vos, expresa libremente su forma de ver el mundo actual.
Es de publico conocimiento, reflejado en un 54%, que el Gobierno, legitimado por el voto popular, ha sostenido con demanda agregada el mercado interno y mediante su gestión, se produjo una importante distribución del ingreso.
Cristina, en un discurso, dijo: “La desocupación es el mayor disciplinador social”.
Vamos a los hechos:

Las inversiones del Proy. Del Bicentenario en materia de luz, agua, energía a los servicios públicos.
La recuperación de 5 millones de puestos de trabajo.
La mayor construcción de viviendas en toda la historia argentina.
Las políticas de DD.HH.
La ruptura de las relaciones con el FMI.
La UNASUR.
Los Bienes de Capital convertidos en Insumos.
La política de Desendeudamiento.
La estatización de las AFJP.
La estatización de ANSES.
La estatización de Aerolíneas Argentinas.
La Ley de Movilidad Jubilatoria.
El Proyecto de Netbooks en las escuelas: “Conectar Igualdad”.
La Asignación Universal por Hijo y por Embarazo.
La expropiación del 51% de las acciones de YPF.
La creación de TV Digital Abierta.
El fomento de la Ciencia y la Tecnología
La Desmonopolización del Fútbol.
La Ley de Medios.
La Ley contra el Lavado de Dinero.
Las retenciones a la soja.
La Ley del Matrimonio Igualitario.
La Ley del Divorcio Simplificado.
La Ley de Identidad de Género.
La ley de Muerte Digna.
El reclamo de soberanía por nuestras Islas Malvinas


No me alcanzan las líneas para seguir enumerando. Puedo afirmar que estas medidas representan los intereses populares, porque se trata de políticas de Estado.
 A pesar de que algunos, con cierta amnesia retrógrada, se “quejan de llenos” y especulan sobre un "aislamiento mundial".
Sin mencionar a la extrema derecha reaccionaria que  estaría contenta si el Gobierno Nacional volviera a colocar el cuadro de Videla en su lugar. Son los que quieren que nada cambie. Los que quieren que todo siga igual.

A Salvador Allende por nacionalizar el cobre le costó un levantamiento militar en su contra, financiado por los Estados Unidos. A nuestro país le costó mucho sacrificio conseguir esta Democracia. Por lo tanto, creo que debe respetarse la libertad de expresión…
 O ¿No tenía razón Voltaire cuando señaló: "No pienso como tu, opino de forma opuesta, pero daría mi vida por defender tu derecho a pensar diferente"? Es por ello que convoco al criterio y a la sensatez. ¿Te imaginás a Duhalde anunciando una nueva Ley de Medios? ¿A la Carrió estatizando empresas? ¿A Macri bajando el cuadro de algún genocida???

En un país en donde tuvimos golpes de estado, procesos económicos neoliberales, fuga de capitales, dos hiperinflaciones, cinco presidentes en una semana.
 ¿Cuánto hacía que el país no crecía como ahora?... Casi con un proceso de industrialización y crecimiento en materia de producción nacional que no sucedía desde la segunda presidencia de Juan Perón.

Hoy Argentina es un país competitivo a nivel mundial, en un mundo en donde las grandes potencias que dominan la economía mundial, gracias a sus viejas recetas de ajuste, ahora tienen una crisis enorme con más del 25% de desocupación. En donde se recorta el gasto público, se reducen los salarios, se despiden trabajadores. En donde los estudiantes salen a la calle a reclamar por una educación pública y gratuita, y la guita se la quedan las empresas privadas.

De ahí surge la necesidad de entender el cambio de época: ¿Puede lo público estar separado de lo privado? ¿Lo privado necesita tanto de lo público como lo público de lo privado? ¿Cuánto puedo aportar desde afuera? ¿Cuánto puedo aportar desde adentro?
No hay duda de que falta mucho por hacer, es importante generar más inclusión social todavía.
No nos engañemos más. Es necesario asumir nuestra responsabilidad social: La pregunta es: ¿Debatimos adentro o afuera?... ¿“Que se vayan todos” o “nos metemos todos”? Yo prefiero debatir adentro. Porque, como decía el filósofo Henry Siqueiros: “Cuando una opinión se respalda con compromiso se convierte en convicción”.

Citando una frase de la película “Tango Feroz, la leyenda de Tanguito”, de Marcelo Piñeyro, a modo de despedida, los que la vieron sabrán que en la última escena el personaje protagonizado por Fernán Mirás dice estas palabras:

Quiero decirme algo a mí mismo cuando sea viejo...
A mí en general me gustan los viejos, los que tienen memoria y si vos sos de los que se olvidan,  yo te recuerdo algunas cosas que ahora tengo claras:
Todo no se compra, todo no se vende.
Conozco una lista interminable de cosas que son más importantes que la seguridad”.


Andrés Belguich

martes, 24 de mayo de 2011

Prólogo de Cristina Fernández a "Las travesuras de Naricita", de José Monteiro Lobato

Mamá o mi abuelo acostumbraban atender a cuanto vendedor de libros tocaba el timbre de nuestra casa. Eran épocas de ventas en cuotas interminables. Diccionarios en tres tomos, gigantescos y pesados, que apenas con mis seis o siete años alcanzaba a bajar de los estantes para leer, colecciones enteras de todo tipo de enciclopedias, revistas y fascículos de la Biblia, y otros relatos que luego mamá mandaba a encuadernar. La lista sería infinita, como grande la biblioteca que se fue formando en esos años de infancia.

Sin embargo, mi memoria registra con absoluta nitidez la llegada a casa de la colección completa de lo que recuerdo como Las travesuras de Naricita y Perucho, de Monteiro Lobato. Su formato de tapas duras, coloradas, con las líneas de los rostros de Naricita y Perucho, en dorado, constituyen un registro visual imborrable. Más que leerlos, literalmente devoré esos textos que iban de las fantasías más alocadas a la enseñanza de historia, geografía, geología y todo tipo de conocimiento. Emilia, la muñeca de trapo, terca y caprichosa, intrigante y rezongona, pero querible como pocas, convivía con el Vizconde – un marlo de maíz con galera e impertinentes – siempre atinado, serio y responsable. Naricita y Perucho, dos niños fantasiosos, aventureros, inquietos y siempre deseosos de saber más, podrían haber sido uno de nosotros. Doña Benita, la abuela, era una “abuelísima” de gafas y pelo blanco que con la ayuda de la negra Anastasia – la “tía” inefable creadora de Emilia, la muñeca – hacían de la quinta del “Benteveo amarillo”, un lugar en el que todos hubiéramos querido vivir.

Pasada mi niñez pensé que todos esos personajes pasarían a formar parte de los lejanos recuerdos de una infancia feliz de muñecas y libros, de juegos y conocimientos. Sin embargo, la vida, el destino personal o el del país, o ambos en intensa combinación, hicieron que volviera a encontrarlos en dos oportunidades más.

Una fue durante el año 1976. Había transcurrido largo tiempo desde mis lecturas infantiles. En nuestra biblioteca familiar, bajo mi impronta, y luego la de mi hermana Gisele, se habían incorporado otros textos. Junto a Monteiro Lobato, estaban Hernández Arregui, Rodolfo Puiggrós, Arturo Jauretche, Scalabrini Ortiz, Marechal, Cooke, Franz Fanon, Walsh, Perón, Galeano, Benedetti, Darcy Ribeiro, Paulo Freire, Sartre, Camus, y tantos otros.

Las fantasías habían dado paso a las utopías, las aventuras a la militancia, el conocimiento puro y casi aséptico a otros conocimientos: el del entramado cultural que, al amparo de dictaduras militares recurrentes, sumía en la desinformación y la expoliación a nuestro país y a nuestra Latinoamérica.

Una tarde de febrero de 1976, irrespirable, no sólo por el calor, sino por lo que sucedía – que presagiaba tragedias mayores –, llegué a casa de mamá. Ya no vivía allí, el año anterior me había casado con un compañero de la facultad. La encontré a mi hermana forrando las tapas de los libros cuya sola tenencia, en caso de allanamientos – muy frecuentes en aquellos días – eran el pasaporte directo a la cárcel, en el mejor de los casos.

Gisele al mismo tiempo cortaba las primeras páginas de los libros de Naricita y Perucho y los pegaba en los libros de Puiggrós, de Fanon, Walsh o Cooke. “Qué estás haciendo loca?”, le pregunté – siempre amable y diplomática-. Me miró y me dijo: “¿yo, loca?”, loca está mamá que nos quiere quemar todos los libros; te aviso que ya te tiró al pozo ciego todos los “desca” y las “militancia”.

– El Descamisado y Militancia eran dos semanarios obligados de aquella época -, y siguió forrando tapas “peligrosas” y pegando páginas de los libros de Monteiro Lobato, mientras yo la miraba absorta, sin saber si reír o llorar. No hice ninguna de las dos cosas, me fui a mi casa de City Bell, en las afueras de La Plata, donde vivía con Néstor Kirchner, quien había dejado de ser mi compañero de facultad, para transformarse en mi compañero de vida.

Nunca allanaron la casa de mamá; nunca volví a preguntarle a mi hermana si Naricita y Perucho seguían mezclados con aquellos libros de mi juventud. La mente humana se las arregla para esconder, en algún pliegue lo que no queremos recordar.

Pasaron los años y la dictadura. Néstor fue elegido intendente de su ciudad natal en 1987, y yo, diputada provincial de Santa Cruz en 1989. En 1991 él fue gobernador de la provincia, cargo por el que fue reelegido en los años 1995 y 1999. En el año 2003, fue electo presidente de todos los argentinos.

Treinta años exactos después de aquellas lecturas, de aquellos fuegos. Comenzó su presidencia en un país al borde de la disolución económica y social después del default, sin olvidar Malvinas y una generación desaparecida, que había abrevado en aquellos textos queriendo escribir una historia distinta. Desde 1995, fui elegida, en distintas oportunidades, como diputada y senadora nacional, cargo, este último, que ocupaba cuando Néstor asumió como presidente. Durante el año 2008, tuvo lugar mi tercer encuentro con Naricita y Perucho. Esta vez fue – cosas de la vida – en el Brasil.

El Brasil de Monteiro Lobato. Ya no era una niña que leía incansablemente; tampoco era la joven militante peronista del cigarrillo permanente en la mano, que leía y discutía todo el tiempo. Tenía 55 años y era la presidenta de la República Argentina, en visita oficial a la hermana República Federativa del Brasil. Compartía la mesa con Luis Ignacio Lula da Silva, su presidente, y Celso Amorim, su canciller, entre otros. De repente, en la conversación volvieron a aparecer Naricita y Perucho – nunca voy a recordar el motivo –. Celso hace referencia a Monteiro Lobato y entonces le conté acerca de mis lecturas infantiles. No lo podía creer. Eran también sus preferidas.

Allí surgió la idea de patrocinar por parte del gobierno del Brasil una nueva edición de las aventuras de Naricita y Perucho, esta vez prologada por mí. Y aquí estamos. No sé si éste será mi último encuentro con estos niños entrañables; si los hijos de mis hijos leerán libros, o serán definitivamente atrapados por Internet. No lo sé. Espero que no, por ellos: se perderían el placer indescriptible de abrir un libro y no saber qué van a encontrar, a imaginar, a fantasear.

Se perderían las sensaciones que provoca atravesar esta vida, construyendo utopías y abriendo caminos, que parecían definitivamente cerrados para nuestro país y nuestro continente. Por eso, espero nuevos encuentros. Por ellos y por nosotros. En definitiva, por todos. A Naricita y Perucho, a Emilia y el Vizconde; a Anastasia y doña Benita y a todos lo que contribuyeron a alimentar mis sueños y forjar mis Utopías.

Cristina Fernández de Kirchner.