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lunes, 3 de octubre de 2011

"De esas cosas que todavía faltan hacer, me quiero hacer cargo", dijo Cristina al inaugurar el Museo del Libro y la Lengua



La Presidenta Cristina Fernández de Kirchner dejó formalmente inaugurado el museo, tras recorrer las instalaciones que se abrirán al público el 10 de octubre. En el acto, resaltó las políticas inclusivas desarrolladas desde el 2003 y "la recuperación de la autoestima y el orgullo de ser argentinos".
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner anunció, además, que en los próximos días inaugurará el Polo Científico y Tecnológico que se emplaza donde se ubicaban las ex Bodegas Giol. En ese sentido destacó el rol que en estos años "ha ocupado la ciencia y la tecnología, donde se repatriaron más de 800 científicos. Será el polo científico y tecnológico más imp de la República Argentina", dijo en el acto de inauguración del Museo del Libro y de la Lengua.

En el acto la Presidenta mantuvo una videoconferencia con Villa Pehuenia, en Río Negro, donde dejó inaugurada la escuela rural N°90, que es además la N° 2.000 con conexión a internet y la 7.000 incluída en la red de Televisión Digital Abierta (TVA). "Esta es la conectividad de la Argentina profunda para todos, de una Argentina con mayor pluralidad y diversidad", dijo Cristina, al comunicarse con la escuela.

"Me encuentro muy contenta porque esto que parecía un sueño, hace 4 años, cuando empezó mi gestión y vine a este lugar y que se que para muchos es un lugar entrañable, un lugar de encuentro, de discusión, de debate. Porque una biblioteca no es sólo para juntar libros. Me acuerdo que vinimos con el arquitecto Clorindo Testa y el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, y vinos los planos de lo que hoy estamos inaugurando, un nuevo espacio donde recuperamos la historia de la lengua, de los libros y de la palabra. Me encantan los volúmenes y los colores de esta obra, es una obra cultural en el sentido de la expresión arquitectónica", recalcó la Primera Mandataria.

En esa línea la Presidenta destacó las obras realizadas en la recuperación y construcción del patrimonio cultural de los argentinos. "Se han destinado más de $ 2.000 millones", dijo y enumeró desde la primera licitación a la que llamó el ex presidente Néstor Kirchner para restaurar la catedral de Luján hasta la casa de Domingo Faustino Sarmiento, el Convento de Santo Domingo, el Museo del Bicentenario, entre otras.

"Muchas veces las sociedades tardan en madurar las cosas y finalmente llegan a entenderlas cuando son sinceras las ideas, por eso estamos muy contentos de estar inaugurando este espacio, este lugar que es para todos, para extranjeros y los ciudadanos en un país que sufrió mucha agresión cultural", agregó.

"Lo dije en la ONU, pasamos por el desastre de las políticas neoliberales, Malvinas y los atentados de la AMIA y la DAIA. Parecía que nos habían pasado todas las cosas como si fueran las 10 plagas de Egipto. Pero nos recuperamos. Esto revela nuestra fortaleza", siguió la Presidenta. 

Y subrayó la necesidad de "ser precisamente nosotros mismos, nuestro proyecto integrado al mundo, ya que nadie va a hacer por nosotros lo que nosotros no somos capaces de hacer".

"Hemos hecho mucho, más de lo que pensaban, hemos construído un tejido de igualdad, para que todos los argentinos tengan la posibilidad de ser incluídos en una sociedad que por mucho tiempo fue muy excluyente. Pero faltan muchas cosas, más igualdad más justicia. Que nadie se asuste de esas cosas, porque es poder llegar a los que aún no han podido hacerlo", agregó Cristina. 

Durante el discurso Cristina Fernández recordó al ex presidente Néstor Kirchner. "Está en este museo, a él le gustaba construir. Creía en el progreso como pocos. Pocos dirigentes tenían una visión del progreso como él la tenía. La pudo ver en momentos en donde era difícil. La verdad que tuvimos una terquedad, pero era una sana terquedad, la del que está convencido que éste es el camino para sacar adelante a un país que supo conocer épocas mejores", dijo. 

"La energía, que significa trabajo, valor agregado, y todo lo que estamos haciendo y queremos seguir haciendo" señaló aunque agregó que "aún falta mucho. Son décadas en las que se dejó de lado el hacer. Por eso es necesario redoblar el esfuerzo y el trabajo", indicó. 

"Lo más importante es volver a recuperar la autoestima y el orgullo de ser argentinos de saber que todos los días estamos contribuyendo a agregarle un pedacito más a esa patria. Hoy inauguramos una sede de documentación en el edificio del ex Banade" dijo y explicó la suerte del Banade como una época en la que se "habían clausurado las ilusiones, las utopías. Todo el mundo se asombra de la incorporación de los jóvenes a la política, pero donde renace la utopía siempre están los jóvenes y la utopía no como una ilusión sino como la recuperación de memoria, la verdad y la justicia. Es un capítulo central en la historia de estos años, un país que se erige como líder en materia de defensa irrestricta de derechos humanos", señaló.

Y agregó que "la utopía siempre es el objetivo que se fija una sociedad para seguir creciendo y trabajando. El pago al FMI, la reestructuración de la deuda, de poder construir escuelas, universidades con infraestrutra, esas son utopías que se van cumpliendo y que demandan otras"

La Presidenta recordó además lo emblemático del lugar donde se encuentra hoy la biblioteca nacional. "No podemos olvidar que aquí fue donde vivieron Perón y Evita desde 1946 hasta que ella muriera aquí", por eso adelantó que en dos meses se recordará "que aquí falleció Eva Duarte de Perón. La vamos a recordar porque es patrimonio de todos los argentinos". 

"De esas cosas que todavía falta hacer, me quiero hacer cargo. Como siempre lo hice en la vida. La vida no se toma, como así tampoco los gobiernos, con beneficio de inventario, que es quedarse con las cosas y las deudas pasárselas a otro. Estamos al frente de esta nave y tratamos de que el mar embravecido que nos viene desde afuera no afecte a nuestra nave", señaló en relación a la crisis económica que afecta a los países desarrollados. 

En el acto estuvieron presentes el titular de la biblioteca Nacional, Horacio González; el secretario General de la Presidencia, Oscar Parrilli; el ministro de Planificación, Julio de Vido; el secretario Legal y Técnico, Carlos Zannini; el ministro de Educación, Alberto Sileoni, el titular de la SIDE, Héctor Icazuriaga, el secretario de Cultura, Jorge Coscia, entre otras autoridades nacionales.


martes, 24 de mayo de 2011

Prólogo de Cristina Fernández a "Las travesuras de Naricita", de José Monteiro Lobato

Mamá o mi abuelo acostumbraban atender a cuanto vendedor de libros tocaba el timbre de nuestra casa. Eran épocas de ventas en cuotas interminables. Diccionarios en tres tomos, gigantescos y pesados, que apenas con mis seis o siete años alcanzaba a bajar de los estantes para leer, colecciones enteras de todo tipo de enciclopedias, revistas y fascículos de la Biblia, y otros relatos que luego mamá mandaba a encuadernar. La lista sería infinita, como grande la biblioteca que se fue formando en esos años de infancia.

Sin embargo, mi memoria registra con absoluta nitidez la llegada a casa de la colección completa de lo que recuerdo como Las travesuras de Naricita y Perucho, de Monteiro Lobato. Su formato de tapas duras, coloradas, con las líneas de los rostros de Naricita y Perucho, en dorado, constituyen un registro visual imborrable. Más que leerlos, literalmente devoré esos textos que iban de las fantasías más alocadas a la enseñanza de historia, geografía, geología y todo tipo de conocimiento. Emilia, la muñeca de trapo, terca y caprichosa, intrigante y rezongona, pero querible como pocas, convivía con el Vizconde – un marlo de maíz con galera e impertinentes – siempre atinado, serio y responsable. Naricita y Perucho, dos niños fantasiosos, aventureros, inquietos y siempre deseosos de saber más, podrían haber sido uno de nosotros. Doña Benita, la abuela, era una “abuelísima” de gafas y pelo blanco que con la ayuda de la negra Anastasia – la “tía” inefable creadora de Emilia, la muñeca – hacían de la quinta del “Benteveo amarillo”, un lugar en el que todos hubiéramos querido vivir.

Pasada mi niñez pensé que todos esos personajes pasarían a formar parte de los lejanos recuerdos de una infancia feliz de muñecas y libros, de juegos y conocimientos. Sin embargo, la vida, el destino personal o el del país, o ambos en intensa combinación, hicieron que volviera a encontrarlos en dos oportunidades más.

Una fue durante el año 1976. Había transcurrido largo tiempo desde mis lecturas infantiles. En nuestra biblioteca familiar, bajo mi impronta, y luego la de mi hermana Gisele, se habían incorporado otros textos. Junto a Monteiro Lobato, estaban Hernández Arregui, Rodolfo Puiggrós, Arturo Jauretche, Scalabrini Ortiz, Marechal, Cooke, Franz Fanon, Walsh, Perón, Galeano, Benedetti, Darcy Ribeiro, Paulo Freire, Sartre, Camus, y tantos otros.

Las fantasías habían dado paso a las utopías, las aventuras a la militancia, el conocimiento puro y casi aséptico a otros conocimientos: el del entramado cultural que, al amparo de dictaduras militares recurrentes, sumía en la desinformación y la expoliación a nuestro país y a nuestra Latinoamérica.

Una tarde de febrero de 1976, irrespirable, no sólo por el calor, sino por lo que sucedía – que presagiaba tragedias mayores –, llegué a casa de mamá. Ya no vivía allí, el año anterior me había casado con un compañero de la facultad. La encontré a mi hermana forrando las tapas de los libros cuya sola tenencia, en caso de allanamientos – muy frecuentes en aquellos días – eran el pasaporte directo a la cárcel, en el mejor de los casos.

Gisele al mismo tiempo cortaba las primeras páginas de los libros de Naricita y Perucho y los pegaba en los libros de Puiggrós, de Fanon, Walsh o Cooke. “Qué estás haciendo loca?”, le pregunté – siempre amable y diplomática-. Me miró y me dijo: “¿yo, loca?”, loca está mamá que nos quiere quemar todos los libros; te aviso que ya te tiró al pozo ciego todos los “desca” y las “militancia”.

– El Descamisado y Militancia eran dos semanarios obligados de aquella época -, y siguió forrando tapas “peligrosas” y pegando páginas de los libros de Monteiro Lobato, mientras yo la miraba absorta, sin saber si reír o llorar. No hice ninguna de las dos cosas, me fui a mi casa de City Bell, en las afueras de La Plata, donde vivía con Néstor Kirchner, quien había dejado de ser mi compañero de facultad, para transformarse en mi compañero de vida.

Nunca allanaron la casa de mamá; nunca volví a preguntarle a mi hermana si Naricita y Perucho seguían mezclados con aquellos libros de mi juventud. La mente humana se las arregla para esconder, en algún pliegue lo que no queremos recordar.

Pasaron los años y la dictadura. Néstor fue elegido intendente de su ciudad natal en 1987, y yo, diputada provincial de Santa Cruz en 1989. En 1991 él fue gobernador de la provincia, cargo por el que fue reelegido en los años 1995 y 1999. En el año 2003, fue electo presidente de todos los argentinos.

Treinta años exactos después de aquellas lecturas, de aquellos fuegos. Comenzó su presidencia en un país al borde de la disolución económica y social después del default, sin olvidar Malvinas y una generación desaparecida, que había abrevado en aquellos textos queriendo escribir una historia distinta. Desde 1995, fui elegida, en distintas oportunidades, como diputada y senadora nacional, cargo, este último, que ocupaba cuando Néstor asumió como presidente. Durante el año 2008, tuvo lugar mi tercer encuentro con Naricita y Perucho. Esta vez fue – cosas de la vida – en el Brasil.

El Brasil de Monteiro Lobato. Ya no era una niña que leía incansablemente; tampoco era la joven militante peronista del cigarrillo permanente en la mano, que leía y discutía todo el tiempo. Tenía 55 años y era la presidenta de la República Argentina, en visita oficial a la hermana República Federativa del Brasil. Compartía la mesa con Luis Ignacio Lula da Silva, su presidente, y Celso Amorim, su canciller, entre otros. De repente, en la conversación volvieron a aparecer Naricita y Perucho – nunca voy a recordar el motivo –. Celso hace referencia a Monteiro Lobato y entonces le conté acerca de mis lecturas infantiles. No lo podía creer. Eran también sus preferidas.

Allí surgió la idea de patrocinar por parte del gobierno del Brasil una nueva edición de las aventuras de Naricita y Perucho, esta vez prologada por mí. Y aquí estamos. No sé si éste será mi último encuentro con estos niños entrañables; si los hijos de mis hijos leerán libros, o serán definitivamente atrapados por Internet. No lo sé. Espero que no, por ellos: se perderían el placer indescriptible de abrir un libro y no saber qué van a encontrar, a imaginar, a fantasear.

Se perderían las sensaciones que provoca atravesar esta vida, construyendo utopías y abriendo caminos, que parecían definitivamente cerrados para nuestro país y nuestro continente. Por eso, espero nuevos encuentros. Por ellos y por nosotros. En definitiva, por todos. A Naricita y Perucho, a Emilia y el Vizconde; a Anastasia y doña Benita y a todos lo que contribuyeron a alimentar mis sueños y forjar mis Utopías.

Cristina Fernández de Kirchner.