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lunes, 23 de febrero de 2015

Barreras. Bordes. Límites. Fronteras.


Por Juan Carlos Volnovich
Psicoanalista

Con la caída del Muro de Berlín el "día después del fin de siglo XX" la ilusión de un sistema unificado vino a reemplazar la certera realidad de un mundo bipolar. La caída del Muro tuvo un fuerte impacto simbólico en la cultura ampliada y alentó la esperanza de una humanidad más porosa, menos compartimentada. Parecía que, con el proceso de mundialización, las barreras geopolítica y simbólicas iban a evaporarse y podíamos empezar a soñar con la "ciudad global", con una cultura mestiza despojada de fronteras o donde las fronteras fueran solo lugar de paso y espacio de convivencia.
No obstante, el derrumbe de ese Muro no pudo impedir que otros muros, viejas y nuevas barreras, límites infranqueables, fronteras intransitables, se erigieran por fuera y por dentro.

LO QUE LACAN PROPONE, ES, A LA VEZ, UNA SUPREMACÍA SOBRE EL SABER DE LOS OTROS Y UNA DESILUSIÓN SOBRE EL SABER PROPIO

En 1982, siete años antes que se produjera la demolición del Muro de Berlín, cuando Peter Schneider publicó "El Saltador del Muro", ya se había hecho popular la expresión "el muro en la cabeza"; ya habíamos empezado a sospechar que derribar los muros instalados dentro del sujeto psíquico tomaría más tiempo que el requerido por una empresa de demolición para acabar con los muros visibles. Y, mucho antes, en 1925, cuando Freud escribió Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica, tal vez se equivocó al afirmar que la presencia o ausencia de pene decidía acerca de la envidia fálica de las mujeres, pero acertó al incorporar en el proceso de constitución del aparato en las "consecuencias psíquicas de las diferencias" (también, de las diferencias anatómicas). 
Porque el caso es que montada en el sentido común occidental que supone la disociación entre la naturaleza y la cultura, la ciencia moderna tiende a legitimar muros, tiende a convalidar las desigualdades sociales entre hombres y mujeres, entre negros y blancos, fundada en las diferencias "naturales". Las diferencias "naturales" soportan, entonces, desigualdades sociales. Tal parecería ser que todo queda reducido a establecer cuáles son esas diferencias naturales, esenciales y ahistóricas, para inscribirle encima rasgos y características que favorecen siempre a los sectores dominantes de la cultura y que refuerzan la inequidad de la sociedad de clases. 

Barreras entre hombres y mujeres

Las diferencias sexuales, por tomar solo un ejemplo, existen gracias a la materialidad del sexo (que, a su vez, nada dice acerca del sexo de la materialidad). Así, afirmar que las diferencias sexuales están estrictamente relacionadas con los discursos acerca de las diferencias sexuales, no nos obliga a aceptar que son los discursos los que marcan las diferencias sexuales. Tal vez deberíamos considerar que no es la materialidad del cuerpo la que recibe un discurso que lo forma sino que esa materialidad es ya el resultado de la práctica reiterada por el discurso. O, dicho de otra manera, las normas que regulan el sexo trabajan de manera performativa para construir la materialidad de los cuerpos, la materialidad del sexo en los cuerpos, y de esta manera se ubican en posición subordinada con respecto al imperativo heterosexual. Se trata, entonces, de no renunciar ni a la materialidad del cuerpo sexuado, ni a la eficacia del discurso pero si de criticar la heterosexualidad naturalista reproductiva que construye tanto la materialidad del cuerpo (femenino denigrado) como la sexualidad del discurso (masculino prestigiado). Se trata, entonces, de rescatar el cuerpo de lo que ha dado en llamarse el idealismo lingüístico.

Barreras étnicas

Afirmaba, antes, que las diferencias sexuales existen... pero las razas no. Efectivamente: en un sentido biológico estricto no es lo mismo nacer macho que nacer hembra. Pero en el género humano las razas no existen. Por lo tanto, es posible afirmar que el racismo es un invento de los racistas -lo que no es mucho decir- pero, también, es posible afirmar que las razas son un invento de los raciólogos -lo que ya es decir bastante sobre la sociología positivista de los siglos XIX y XX, y sobre los expertos y especialistas que produjeron la categoría teórica de "raza". Así es: la desigualdad y la exclusión de ciertos sectores de la población que se atribuyen a diferencias raciales son, en realidad, construcciones que, antes que con las diferencias biológicas, se relacionan con sus características sociohistóricas. También las diferencias sexuales -las diferencias anatómicas- existen y eso hace que las mujeres sean, si se quiere, una raza aparte de la raza de los hombres; de la misma forma que los "lungos" pudieran ser considerados como una raza aparte de la raza de los "petisos"; y la raza de las lindas y los lindos pudieran ser una raza aparte de la raza de las feas y de los feos. 
Modificando una conocida frase de Napoleón el Grande, pudiera decirse que "la anatomía es el destino". Los genitales mismos no han seguido tampoco la evolución general de las formas humanas hacia la belleza". 
"Anatomía es destino". El cuerpo es destino. El sexo del infans -más que el color de piel o de sus ojos, más que el color de su piel o de sus ojos, más que la proximidad o la lejanía al ideal estético que impone la cultura, más que la salud o la enfermedad que anida en sus tejidos- el sexo del infans, habla sobre su destino. Dice algo sobre el futuro que le espera. Y no me refiero, por supuesto, a su destino de varón o de mujer; no me refiero al impacto que la anatomía tiene para que un "machito" se virilice o para que una "hembrita" se feminice. Antes que a la diferencia, es a la desigualdad a la que aludo. Desigualdad que, claro está, implica la inferioridad de uno de los términos.
"La anatomía es el destino, podríamos decir glosando una frase de Napoleón. El clítoris de la niña se comporta al principio exactamente como un pene; pero cuando el sujeto tiene ocasión de compararlo con el pene verdadero de un niño, encuentra pequeño el suyo y siente este hecho como una desventaja y un motivo de inferioridad".

Barreras culturales

Airadas voces se levantaron desde un principio contra Freud. Karen Horney (1885-1952) no sólo se opuso firmemente a aceptar que la niña fuera un niño con desventajas sino que se apoyó en el concepto de cultura para estudiar la diversidad de comportamientos individuales en las diferentes sociedades. Por aquellos años -en las décadas del 40, del 50-, el impacto de las ideas de izquierda en la vida académica norteamericana se hizo sentir. Karen Horney, Harriet Sullivan y Erich Fromm fueron los nombres mayores que aportaron al culturalismo norteamericano; y el culturalismo norteamericano fue la semilla que germinó dando forma a los estudios multiculturales contemporáneos.
Tuvo que caer el Muro de Berlín; fue necesario que Fukuyama nos alertara con respecto al Fin de la Historia; cantaron presente las consecuencias del Choque de Civilizaciones descriptas por Huntington; hasta el Imperio de Hardt y Negri contribuyó... para que las concepciones marxistas acerca de la lucha de clases quedaran cuestionadas y para que triunfara la subjetividad imaginaria característica del capitalismo -subjetividad sin faltas; subjetividad sin diferencias; "subjetividad clausurada bajo la forma de un múltiple sistema universal de equivalencias abstractas" que el multiculturalismo encarna.
Gruner sostiene que el multiculturalismo intenta vanamente reemplazar la categoría "lucha de clases" al tiempo que pretende triunfalmente instalarse como totalidad articulada del capitalismo. Y ese vano intento se debe a que aún no ha sido posible eludir la evidencia marxista de que hay algo en la realidad del capitalismo que "no cierra"; algo que pone en evidencia una falla en el sistema de equivalencias universales; algo que ha dado en llamarse plusvalía. La misma plus valía que Lacan asimila al plus de goce cuando sostiene la teoría psicoanalítica del síntoma. De ahí que, para Grüner (y, por supuesto, para Zizek) es Lacan quién defiende, contra otros psicoanálisis, la concepción del inconsciente como lugar de lo irrepresentable, como expresión del carácter inarticulable de lo Real.

Barreras Científicas 

Es posible que así sea. Pero eso no tiene porque impedirnos enunciar que la operación teórica de Lacan con respecto a las otras disciplinas científicas se parece, en mucho, a la sostenida por el multiculturalismo; tiene un aire de familia con ese discurso totalizante y totalizador que hace virtud del respeto a los "otros" al tiempo que se instala en el lugar privilegiado del "único".

LA DESIGUALDAD Y LA EXCLUSIÓN DE CIERTOS SECTORES DE LA POBLACIÓN QUE SE ATRIBUYEN A DIFERENCIAS RACIALES SON, EN REALIDAD, CONSTRUCCIONES QUE, ANTES QUE CON LAS DIFERENCIAS BIOLÓGICAS, SE RELACIONAN CON SUS CARACTERÍSTICAS SOCIOHISTÓRICAS


Babel es el nombre del mito bíblico. Babel es el nombre de la torre que pretendieron construir los antiguos para llegar al cielo. En cierto sentido, Babel es el mito fundador de la diversidad; mito que estableció barreras lingüísticas allí donde reinaba la lengua única. A partir de ese momento la lengua matera, la lengua compartida le cedió el lugar, intervención mediante, a la lengua divina. Y la lengua divina fue desde entonces, las lenguas; y las barreras lingüísticas se convirtieron, así, en modelo sobre el cual se instalaron las otras barreras de la diversidad: barreras generacionales, barreras étnicas, barreras de género, barreras de clase social, barreras culturales, etc.
Dice el Génesis que "En ese entonces se habla un solo idioma en toda la tierra. Al emigrar al oriente, la gente encontró una llanura en la región de Sinar, y allí se asentaron. Un dia se dijeron unos a otros: Vamos a hacer ladrillos, y a cocerlos al fuego. Fue así como usaron ladrillos en vez de piedras, y brea en vez de mezcla. Luego dijeron: Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. De ese modo nos haremos famosos y evitaremos ser dispersados por toda la tierra. Pero el SEÑOR bajó observar la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo, y se dijo: Todos forman un solo pueblo y hablan un solo idioma; esto es sólo el comienzo de sus obras, y todo lo que se propongan lo podrán lograr. Será mejor que bajemos a confundir su idioma, para que ya no se entiendan entre ellos mismos. De esta manera Dios los dispersó desde allí por toda la tierra, y por lo tanto dejaron de construir la ciudad. Por eso a la ciudad se le llamó Babel, porque fue allí donde el Señor confundió el idioma de toda la gente de la tierra, y de donde los dispersó por todo el mundo."
Queda claro, entonces, que no había diferencias en el origen, que en un principio estaban todos juntos, que ese espíritu de cuerpo estaba dado por la lengua compartida, por el anhelo de ser famosos y el temor a la dispersión (dispersión que, dicho sea de paso, no conocían ya que nunca habían sido dispersados).
Queda claro, entonces, que la intervención del Señor estuvo destinada a separarlos de la lengua materna, invitarlos, obligarlos, digamos, a olvidarse de la lengua original (nada de bilingüismo)para acceder a la lengua divina, y que esa acción tuvo algo de castigo; algo de punición por haberse atrevido a desafiar su poder, por haber intentado alcanzar a Dios, por pretender estar a su altura.
Según algunas interpretaciones del capítulo 11 del Génesis, los hombres aspiraban, con la construcción de esta torre, alcanzar el cielo; tocar el cielo con las manos; vencer el obstáculo que separaba el cielo de la tierra; atravesar la barrera que se interponía entre los hombres y Dios; diseñar un puente entre lo humano y lo divino. Llegar al lugar dónde moraba Dios. Y, quién dice llegar al lugar de Dios, dice ocupar el lugar de Dios. Por eso fueron castigados con la pena de la dispersión. Todo quedó reducido, entonces, a una renuncia vertical y un desafío horizontal: interrumpir la edificación y administrar la dispersión, desempeñarse en la totalidad de la diversidad. 
Pues bien, todo hace pensar que el capitalismo en su fase actual está cumpliendo el mito religioso de la Torre de Babel. Y el multiculturalismo ha devenido en la ideología perfecta de la globalización capitalista. Porque al tiempo que propone y enaltece la aceptación de la diversidad, conduce no sólo a la segregación autoafirmatoria de cada minoría en una especia de "al don pirulero" absoluto, sino que siendo sólo "la lógica cultural del capitalismo multinacional" se instala como única y eterna: lógica totalitaria.
Cuando aún no ha cesado el modelo clásico de la colonización -los países metropolitanos subordinando y explotando económica, política y culturalmente a los países colonizados- ya un nuevo esquema protagoniza el cuadro: las empresas multinacionales explotando por igual a la población global. Se da, entonces, la paradoja de una colonización donde sólo hay colonias sin países colonizadores: "el poder colonizador no proviene más del Estado -Nación, sino que surge directamente de las empresas globales".
Es en ese sentido que el multiculturalismo se postula como ideología privilegiada del capitalismo tardío: cuando desde una posición supra -por encima de todo- trata a cada cultura como "nativos", como "aborígenes", como "pueblos originarios" que deben ser estudiados y respetados. "En otras palabras "dice Zizek) el multiculturalismo es una forma de racismo negada, invertida, autorreferencial; un "racismo con distancia": respeta la identidad del Otro, concibiendo a éste como una comunidad "auténtica" cerrada, hacia cual él, el multiculturalista, mantiene una distancia que se hace posible gracias a su posición universal privilegiada. El multiculturalismo es un racismo que vacía su posición de todo contenido positivo (el multiculturalismo no es directamente racista, no opone al Otro los valores particulares de su propia cultura), pero igualmente mantiene esta posición como un privilegiado punto vacío de universalidad, desde el cual uno puede apreciar (y despreciar) adecuadamente las otras culturas particulares: el respeto multiculturalista por la especificidad del Otro es precisamente la forma de reafirmar la propia superioridad."
Porque lo que aquí está en juego es la universalidad del multiculturalismo que supone la permanencia eterna del capitalismo ya que, esa coexistencia dispersa, esa hibridación cultural que no encuentra traducción simultánea, la heteroglosia Bajtiana, termina aceptando la absolutización del sistema; deja intacta la homogeneidad del capitalismo gracias al abandono de la lucha de clases.

EL DERRUMBE DEL MURO DE BERLÍN NO PUDO IMPEDIR QUE OTROS MUROS, VIEJAS Y NUEVAS BARRERAS, LÍMITES INFRANQUEABLES, FRONTERAS INTRANSITABLES, SE ERIGIERAN POR FUERA Y POR DENTRO

El reemplazo de la lucha de clases por el multiculturalismo es una operación fundamental para mantener la ilusión de un Sistema que, de haber funcionado bien, hubiera evitado las catástrofes que protagonizamos. Pero ocurre que el capitalismo cuando funciona bien, funciona así: y ha triunfado porque logró instalar en el imaginario social su condición de único sistema posible, dueño absoluto de la democracia, de los valores de la libertad y de la igualdad, de modo tal que las crisis por las que atraviesa (y que pone en riesgo a la humanidad, toda) vendrían a ser el resultado de su falla y no de su "naturaleza". Así como Marx sostenía que todo sistema lleva en su seno las fuerzas que le son antagónicas, el capitalismo triunfa cada vez que logra reforzar la idea de que lleva en su seno las fuerzas que se encargarán de salvarlo. El capitalismo triunfa cada vez que logra instalar la idea de un capitalismo malo (racista y explotador) y un capitalismo bueno (multicultural). 
"Es como si, dado que el horizonte de la imaginación social ya no nos permite considerar la idea de un eventual caída del capitalismo (se podría decir que todos tácitamente aceptan que el capitalismo está aquí para quedarse), la energía crítica hubiera encontrado una válvula de escape en la pelea por diferencias culturales que dejan intacta la homogeneidad básica del sistema capitalista mundial. Entonces, nuestras batallas electrónicas giran sobre los derechos de las minorías étnicas, los gays, y las lesbianas, los diferentes estilos de vida y otras cuestiones de ese tipo, mientras el capitalismo continua su marcha triunfal."

miércoles, 18 de febrero de 2015

La locura del sujeto normal

Por Enrique Carpintero
Psicoanalista

Según una de las versiones del mito, Prometeo descendía de una generación de Dioses que habían sido destronados por Zeus. Era hijo de Titán y de Asia, él sabía que en la tierra reposaba la simiente de los cielos, por eso recogió arcilla, la mojó con sus lágrimas y las amasó, formando con ella varias imágenes semejantes a los dioses, los Humanos. Fue así que surgieron, según la leyenda, los primeros seres humanos, que poblaron la tierra. Prometeo entonces se aproximó a sus criaturas y les enseñó a subyugar a los animales y usarlos como auxiliares en el trabajo. Les mostró cómo construir barcos y velas para la navegación, les enseñó a observar las estrellas, a dominar el arte de contar y escribir y hasta cómo preparar los alimentos nutritivos, ungüento para los dolores y remedios para curar las dolencias.
Pero Zeus, sospechaba de los humanos, ya que no fue él quién los creó. Por consiguiente, cuando Prometeo reivindicó para ellos el fuego, que les era imprescindible para la preparación de los alimentos, para el trabajo y principalmente para el progreso material y el desenvolvimiento emocional, el Dios griego decidió negárselo, temiendo que las nuevas criaturas se volviesen más poderosas que él. Con un palo hecho de un pedazo de vegetal seco, se dirigió al carro del Sol donde a escondidas tomó un poco de fuego, trayéndolo para los seres humanos, entregándoles así el secreto del fuego.
Solo cuando por toda la tierra se encendieron las fogatas es que Zeus tomó conocimiento del robo de Prometeo, pero ya era tarde. Puesto que ya no podía confiscar el fuego a los hombres, concibió para ellos un nuevo maleficio: les envió a Pandora de una gran belleza, con una caja portadora de muchos males. Prometeo le advirtió a su hermano Epimeteo de no aceptar ningún presente de Zeus, pero Epimeteo no lo recordó y recibió con alegría a la linda doncella, abriendo la caja de los males los cuales se esparcieron rápidamente sobre la tierra. Junto a ellos se encontraba el más precioso de los tesoros, La Esperanza; pero Zeus le había encomendado a Pandora no dejarla salir y así fue hecho. Los hombres que hasta aquel momento habían vivido sin sufrimientos, sin dolencias, sin torturas y sin vicios, comenzaron a partir de entonces a corromperse sin la Esperanza.
Después de esto, vengándose de Prometeo, le envió al desierto donde fue puesto preso con cadenas a una pared de un terrible abismo, sin reposo alguno, durante 30 siglos..
Sufrió la amargura de que su hígado sea devorado por un Águila que venía cada día a la región para dicho fin, después de qué el órgano se volvía a reconstituir ya que Prometeo era inmortal. Por fin llegó el día de su redención. Hércules al ver al águila devorando el hígado de Prometeo, tomó su flecha lanzándola sobre la misma. Enseguida soltó las cadenas y llevó a Prometeo consigo.
El mito de Prometeo simboliza esa luz, que bajando a la tierra intenta iluminar a los hombres, apartándolos de la oscuridad intentando con ello devolverles al camino de la solidaridad, es así que el sufrimiento de 30 siglos representa ese sacrificio del iniciado, a lo largo de la historia en el ejercicio difícil de liberar a los hombres de la ilusión. El mito esclarece la oposición entre las tinieblas y la luz, entre la consciencia y lo inconsciente del ser. Ser conscientes, significa ser dueños de sí mismos, de los propios pensamientos, de los propios actos, fallas y actitudes. Conocer el propio pasado, proyectar el futuro y estar en el presente con los otros humanos que nos constituyen.

Los muros invisibles:

Hablar de los muros inmediatamente nos remite a los muros que se han instalado en el capitalismo mundializado para separarnos de los otros. Los otros son los diferentes, los bárbaros que nos confrontan con la ilusión del mundo feliz que nos ofrece la "economía de mercado". Los bárbaros están allí para decirnos que ese mundo feliz no existe. Es una ilusión. Los invisibles se visibilizan para decirnos que ellos no participan de esa ilusión.
Sin embargo, estos muros visibles hablan de otros muros invisibles que cercan nuestra subjetividad. Muros que se instalan en la subjetividad y nos llevan a la soledad y al aislamiento.
Muros que nos separan de los otros y de nosotros mismos. Si el yo se construye en la relación con un otro humano como alteridad, la no existencia del otro lleva al sujeto a encerrarse en un narcisismo cuya negatividad lo empobrece emocionalmente. Estos muros me encierran en la violencia destructiva y autodestructiva, en la sensación de vacío, de la nada.
La cultura dominante somete nuestra subjetividad a través de lo que llamamos un exceso de realidad que produce monstruos. Esta realidad excesiva nos satura en una acumulación de objetos fetiches que nos lleva a una colisión de exceso de tiempo y de exceso de espacio. El tiempo subjetivo va mucho más rápido que las agujas del reloj. Esto nos lleva a querer estar en varios lugares al mismo tiempo. Claro, ilusoriamente lo podemos hacer a través del celular o del e-mail. Para ellos esta la realidad virtual. Esta realidad rebosante de exceso de realidad nos asedia en lo más profundo de nosotros mismos. Su resultado es transformarnos en espectadores pasivos para que consumamos los objetos fetiches como una forma de paliar nuestra angustia.
Cuando hablo de objetos fetiches me estoy refiriendo a un concepto clásico de la economía política elaborado por Marx; el fetichismo de la mercancía. Brevemente, éste refiere a que en el capitalismo la mercancía se transforma en una pura representación que supuestamente tiene un valor por sí misma según el valor que le asigna el mercado. De esta manera la mercancía aparece como un fetiche que niega el carácter auténtico de ser un valor creado por el trabajo humano. Lo que queremos destacar es este valor de la mercancía como representación y sus efectos en la subjetividad ya que como dice Marx: "la producción no produce un objeto para el objeto", sino también un sujeto para el objeto". Es decir, la producción produce una subjetividad sometida a los valores de la cultura dominante. Por ello no es el goce el que buscamos sino la necesidad de encontrar un objeto que suture nuestra angustia que la misma cultura produce. 
En este camino no hay posibilidad de elaboración psíquica y sus efectos en la subjetividad es que la muerte-como pulsión. Sin embargo el Yo retraído en su narcisismo produce efectos sintomáticos propios de nuestra época donde predomina lo negativo: depresión, melancolía, adicciones, en definitiva la violencia destructiva y autodestructiva, la sensación de vacío, la nada (Amparado en el narcisismo).

La enfermedad de la norma

Lo decimos con claridad: la normalidad no es algo obvio. En toda sociedad encontramos muchas formas de vida. Cada una de ellas tiene sus normas donde vamos a encontrar las propias de la cultura dominante y otras normas minoritarias. Para las primeras el poder produce recompensas para las segundas sanciones. Esta situación se instala desde la niñez, por lo cual el sometimiento no puede funcionar sino se instituye un deseo de sometimiento el cual aparece como una imposición interna. Cuando voy a un shopping creo elegir algo cuando en realidad es desde la norma hegemónica desde donde elijo. En este sentido no puede haber subjetividad por fuera de la norma, aún más la subjetividad se constituye en la norma hegemónica. Es así como la enfermedad no es someterse a la norma ya que no hay subjetividad por fuera de la norma. La enfermedad es quedar atrapados en la norma sin dar cuenta de la creatividad -en el sentido de pulsión de vida- que permite expresar la anormalidad que nos constituye como sujetos. Por ello el sujeto normal no es solo producto de la norma sino del uso que hace sobre sí mismo a costa de escindir la anormalidad que lo constituye. Como dice Guillaume Le Blanc: "El sufrimiento psíquico es el efecto de una actividad de incorporación de la norma por el propio hecho de que al volverse contra sí para llegar a ser hombre normal, el sujeto se expone a todo lo que en él sí escapa a las normas, a los deseos de oponerse a la norma, que son una parte esencial de la propia vida. El hombre normal resulta así doblemente escindido. No solo el deseo de la normalidad lo expone a un remanente que los obsede, a un deseo de anormalidad, sino que la repetición de normas de normalidad también implica una dependencia del sujeto con respecto a esas normas, lo que no deja ningún lugar al deseo de aire fresco y a partir de entonces hace jugar al hombre normal contra sí mismo: solo entonces hay hombre normal sobre el trasfondo de una violencia ejercida por el Yo fabricado en el apasionado apego a las normas contra el Yo sustraído a ese apego... En ese plano existe, pues una verdadera enfermedad del hombre normal, mental y social. El hombre normal es el hombre que se vuelve contra sí mismo para ser el sujeto de la normas que lo producen".

"LA PRODUCCIÓN PRODUCE UNA SUBJETIVIDAD SOMETIDA A LOS VALORES DE LA CULTURA DOMINANTE"

Esto lo ejemplifica Freud al contar la historia del rey Boabdil. Este rey no quería enterarse de una noticia que le significaba el fin de su reinado. Por lo tanto quemó las cartas y mandó matar al mensajero que se las había traído. Sin embargo, el rey se dio cuenta que no se puede matar al mensajero de la realidad. Lo que el rey sí puede hacer -plantea Freud- es construir en medio de su palacio una prisión totalmente amurallada y disimulada en la que encerrará al mensajero y también las cartas. De este modo el mensajero de la realidad aparece como no llegado aún cuando continúe existiendo justo en medio del palacio. El rey puede seguir reinando completamente escindido-separado de la mala noticia que le han traído.
Este ejemplo le sirve a Freud para explicar la escisión del Yo como un fenómeno propio del aparato psíquico. De esta manera encontramos la coexistencia dentro del Yo de dos actitudes psíquicas respecto de la realidad exterior: una de ellas tiene en cuenta la realidad exterior, la otra niega la realidad presente y la substituye por una producción de deseo. Estas dos actitudes coexisten sin influirse recíprocamente. Lo que encontramos es una renegación de la realidad (Negar que se niega).

EL MITO DE PROMETEO SIMBOLIZA ESA LUZ, QUE BAJANDO A LA TIERRA INTENTA ILUMINAR A LOS HOMBRES, APARTÁNDOLOS DE LA OSCURIDAD INTENTANDO CON ELLO DEVOLVERLES AL CAMINO LA SOLIDARIDAD 

También podemos extender esta escisión del Yo en el sujeto normal. Desde ella genera una muralla con su propio narcisismo que niega la realidad donde debe con-vivir con el otro diferente. Aquí el sujeto se afirma en su normalidad en el miedo al otro. Estos adquieren identidades negativas de las cuales hay que alejarse, hay que poner distancia a través de muros invisibles. Allí vamos a encontrar el miedo hacia el otro donde se lo descalificar por "negro", homosexual, boliviano, peruano o paraguayo.
"Hace varios años que atiendo a Roberto en su casa. Sus síntomas paranoicos le impiden salir de su casa. Solo lo hace esporádicamente a la madrugada o con alguien que lo acompañe. La casa se ha transformado en un muro infranqueable para sus perseguidores imaginarios. Aunque puede reconocer que sus fantasmas provienen de su penamiento cada noticia que lee en el diario o mira por televisión le refuerza que el afuera es peligroso. Lo que manifiesta es que en su casa está tranquilo ya que no tiene emociones. No siente nada. Un día me sorprende con una pregunta: "¿Qué es la llama inicial?". Mi primer pensamiento fue que me estaba preguntando por el mito de Prometeo. Ante mi silencio continúa: "La llama inicial, esa que hace que funcionen los afectos y las emociones. Esa que nos convierte en hombres. A mí se me apagó hace mucho tiempo".
Con una gran lucidez Roberto describe la locura de su enfermedad. Remite a su historia personal pero también al mito de Prometeo que construyó a los hombres en la emoción y la solidaridad robándoles el fuego a los dioses. El sujeto normalizado encerrado en el muro de su narcisismo está muy lejos de Prometeo, en su muro interior su llama inicial la usa para someterse a la locura de una norma que lo enferma.

Carpintero, Enrique, "Un paradigma de época: lo innombrable de la pulsión de muerte"; "El Eros o el deseo de la voluntad"; "La subjetividad del idiota plantea la pregunta ¿Cómo encontramos lo que nos mantenía unidos?"; "La sexualidad plural. La sexualidad humana es desviada"; "Tiempo libre para comprar. El consumidor consumido por la mercancía".