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miércoles, 18 de febrero de 2015

La locura del sujeto normal

Por Enrique Carpintero
Psicoanalista

Según una de las versiones del mito, Prometeo descendía de una generación de Dioses que habían sido destronados por Zeus. Era hijo de Titán y de Asia, él sabía que en la tierra reposaba la simiente de los cielos, por eso recogió arcilla, la mojó con sus lágrimas y las amasó, formando con ella varias imágenes semejantes a los dioses, los Humanos. Fue así que surgieron, según la leyenda, los primeros seres humanos, que poblaron la tierra. Prometeo entonces se aproximó a sus criaturas y les enseñó a subyugar a los animales y usarlos como auxiliares en el trabajo. Les mostró cómo construir barcos y velas para la navegación, les enseñó a observar las estrellas, a dominar el arte de contar y escribir y hasta cómo preparar los alimentos nutritivos, ungüento para los dolores y remedios para curar las dolencias.
Pero Zeus, sospechaba de los humanos, ya que no fue él quién los creó. Por consiguiente, cuando Prometeo reivindicó para ellos el fuego, que les era imprescindible para la preparación de los alimentos, para el trabajo y principalmente para el progreso material y el desenvolvimiento emocional, el Dios griego decidió negárselo, temiendo que las nuevas criaturas se volviesen más poderosas que él. Con un palo hecho de un pedazo de vegetal seco, se dirigió al carro del Sol donde a escondidas tomó un poco de fuego, trayéndolo para los seres humanos, entregándoles así el secreto del fuego.
Solo cuando por toda la tierra se encendieron las fogatas es que Zeus tomó conocimiento del robo de Prometeo, pero ya era tarde. Puesto que ya no podía confiscar el fuego a los hombres, concibió para ellos un nuevo maleficio: les envió a Pandora de una gran belleza, con una caja portadora de muchos males. Prometeo le advirtió a su hermano Epimeteo de no aceptar ningún presente de Zeus, pero Epimeteo no lo recordó y recibió con alegría a la linda doncella, abriendo la caja de los males los cuales se esparcieron rápidamente sobre la tierra. Junto a ellos se encontraba el más precioso de los tesoros, La Esperanza; pero Zeus le había encomendado a Pandora no dejarla salir y así fue hecho. Los hombres que hasta aquel momento habían vivido sin sufrimientos, sin dolencias, sin torturas y sin vicios, comenzaron a partir de entonces a corromperse sin la Esperanza.
Después de esto, vengándose de Prometeo, le envió al desierto donde fue puesto preso con cadenas a una pared de un terrible abismo, sin reposo alguno, durante 30 siglos..
Sufrió la amargura de que su hígado sea devorado por un Águila que venía cada día a la región para dicho fin, después de qué el órgano se volvía a reconstituir ya que Prometeo era inmortal. Por fin llegó el día de su redención. Hércules al ver al águila devorando el hígado de Prometeo, tomó su flecha lanzándola sobre la misma. Enseguida soltó las cadenas y llevó a Prometeo consigo.
El mito de Prometeo simboliza esa luz, que bajando a la tierra intenta iluminar a los hombres, apartándolos de la oscuridad intentando con ello devolverles al camino de la solidaridad, es así que el sufrimiento de 30 siglos representa ese sacrificio del iniciado, a lo largo de la historia en el ejercicio difícil de liberar a los hombres de la ilusión. El mito esclarece la oposición entre las tinieblas y la luz, entre la consciencia y lo inconsciente del ser. Ser conscientes, significa ser dueños de sí mismos, de los propios pensamientos, de los propios actos, fallas y actitudes. Conocer el propio pasado, proyectar el futuro y estar en el presente con los otros humanos que nos constituyen.

Los muros invisibles:

Hablar de los muros inmediatamente nos remite a los muros que se han instalado en el capitalismo mundializado para separarnos de los otros. Los otros son los diferentes, los bárbaros que nos confrontan con la ilusión del mundo feliz que nos ofrece la "economía de mercado". Los bárbaros están allí para decirnos que ese mundo feliz no existe. Es una ilusión. Los invisibles se visibilizan para decirnos que ellos no participan de esa ilusión.
Sin embargo, estos muros visibles hablan de otros muros invisibles que cercan nuestra subjetividad. Muros que se instalan en la subjetividad y nos llevan a la soledad y al aislamiento.
Muros que nos separan de los otros y de nosotros mismos. Si el yo se construye en la relación con un otro humano como alteridad, la no existencia del otro lleva al sujeto a encerrarse en un narcisismo cuya negatividad lo empobrece emocionalmente. Estos muros me encierran en la violencia destructiva y autodestructiva, en la sensación de vacío, de la nada.
La cultura dominante somete nuestra subjetividad a través de lo que llamamos un exceso de realidad que produce monstruos. Esta realidad excesiva nos satura en una acumulación de objetos fetiches que nos lleva a una colisión de exceso de tiempo y de exceso de espacio. El tiempo subjetivo va mucho más rápido que las agujas del reloj. Esto nos lleva a querer estar en varios lugares al mismo tiempo. Claro, ilusoriamente lo podemos hacer a través del celular o del e-mail. Para ellos esta la realidad virtual. Esta realidad rebosante de exceso de realidad nos asedia en lo más profundo de nosotros mismos. Su resultado es transformarnos en espectadores pasivos para que consumamos los objetos fetiches como una forma de paliar nuestra angustia.
Cuando hablo de objetos fetiches me estoy refiriendo a un concepto clásico de la economía política elaborado por Marx; el fetichismo de la mercancía. Brevemente, éste refiere a que en el capitalismo la mercancía se transforma en una pura representación que supuestamente tiene un valor por sí misma según el valor que le asigna el mercado. De esta manera la mercancía aparece como un fetiche que niega el carácter auténtico de ser un valor creado por el trabajo humano. Lo que queremos destacar es este valor de la mercancía como representación y sus efectos en la subjetividad ya que como dice Marx: "la producción no produce un objeto para el objeto", sino también un sujeto para el objeto". Es decir, la producción produce una subjetividad sometida a los valores de la cultura dominante. Por ello no es el goce el que buscamos sino la necesidad de encontrar un objeto que suture nuestra angustia que la misma cultura produce. 
En este camino no hay posibilidad de elaboración psíquica y sus efectos en la subjetividad es que la muerte-como pulsión. Sin embargo el Yo retraído en su narcisismo produce efectos sintomáticos propios de nuestra época donde predomina lo negativo: depresión, melancolía, adicciones, en definitiva la violencia destructiva y autodestructiva, la sensación de vacío, la nada (Amparado en el narcisismo).

La enfermedad de la norma

Lo decimos con claridad: la normalidad no es algo obvio. En toda sociedad encontramos muchas formas de vida. Cada una de ellas tiene sus normas donde vamos a encontrar las propias de la cultura dominante y otras normas minoritarias. Para las primeras el poder produce recompensas para las segundas sanciones. Esta situación se instala desde la niñez, por lo cual el sometimiento no puede funcionar sino se instituye un deseo de sometimiento el cual aparece como una imposición interna. Cuando voy a un shopping creo elegir algo cuando en realidad es desde la norma hegemónica desde donde elijo. En este sentido no puede haber subjetividad por fuera de la norma, aún más la subjetividad se constituye en la norma hegemónica. Es así como la enfermedad no es someterse a la norma ya que no hay subjetividad por fuera de la norma. La enfermedad es quedar atrapados en la norma sin dar cuenta de la creatividad -en el sentido de pulsión de vida- que permite expresar la anormalidad que nos constituye como sujetos. Por ello el sujeto normal no es solo producto de la norma sino del uso que hace sobre sí mismo a costa de escindir la anormalidad que lo constituye. Como dice Guillaume Le Blanc: "El sufrimiento psíquico es el efecto de una actividad de incorporación de la norma por el propio hecho de que al volverse contra sí para llegar a ser hombre normal, el sujeto se expone a todo lo que en él sí escapa a las normas, a los deseos de oponerse a la norma, que son una parte esencial de la propia vida. El hombre normal resulta así doblemente escindido. No solo el deseo de la normalidad lo expone a un remanente que los obsede, a un deseo de anormalidad, sino que la repetición de normas de normalidad también implica una dependencia del sujeto con respecto a esas normas, lo que no deja ningún lugar al deseo de aire fresco y a partir de entonces hace jugar al hombre normal contra sí mismo: solo entonces hay hombre normal sobre el trasfondo de una violencia ejercida por el Yo fabricado en el apasionado apego a las normas contra el Yo sustraído a ese apego... En ese plano existe, pues una verdadera enfermedad del hombre normal, mental y social. El hombre normal es el hombre que se vuelve contra sí mismo para ser el sujeto de la normas que lo producen".

"LA PRODUCCIÓN PRODUCE UNA SUBJETIVIDAD SOMETIDA A LOS VALORES DE LA CULTURA DOMINANTE"

Esto lo ejemplifica Freud al contar la historia del rey Boabdil. Este rey no quería enterarse de una noticia que le significaba el fin de su reinado. Por lo tanto quemó las cartas y mandó matar al mensajero que se las había traído. Sin embargo, el rey se dio cuenta que no se puede matar al mensajero de la realidad. Lo que el rey sí puede hacer -plantea Freud- es construir en medio de su palacio una prisión totalmente amurallada y disimulada en la que encerrará al mensajero y también las cartas. De este modo el mensajero de la realidad aparece como no llegado aún cuando continúe existiendo justo en medio del palacio. El rey puede seguir reinando completamente escindido-separado de la mala noticia que le han traído.
Este ejemplo le sirve a Freud para explicar la escisión del Yo como un fenómeno propio del aparato psíquico. De esta manera encontramos la coexistencia dentro del Yo de dos actitudes psíquicas respecto de la realidad exterior: una de ellas tiene en cuenta la realidad exterior, la otra niega la realidad presente y la substituye por una producción de deseo. Estas dos actitudes coexisten sin influirse recíprocamente. Lo que encontramos es una renegación de la realidad (Negar que se niega).

EL MITO DE PROMETEO SIMBOLIZA ESA LUZ, QUE BAJANDO A LA TIERRA INTENTA ILUMINAR A LOS HOMBRES, APARTÁNDOLOS DE LA OSCURIDAD INTENTANDO CON ELLO DEVOLVERLES AL CAMINO LA SOLIDARIDAD 

También podemos extender esta escisión del Yo en el sujeto normal. Desde ella genera una muralla con su propio narcisismo que niega la realidad donde debe con-vivir con el otro diferente. Aquí el sujeto se afirma en su normalidad en el miedo al otro. Estos adquieren identidades negativas de las cuales hay que alejarse, hay que poner distancia a través de muros invisibles. Allí vamos a encontrar el miedo hacia el otro donde se lo descalificar por "negro", homosexual, boliviano, peruano o paraguayo.
"Hace varios años que atiendo a Roberto en su casa. Sus síntomas paranoicos le impiden salir de su casa. Solo lo hace esporádicamente a la madrugada o con alguien que lo acompañe. La casa se ha transformado en un muro infranqueable para sus perseguidores imaginarios. Aunque puede reconocer que sus fantasmas provienen de su penamiento cada noticia que lee en el diario o mira por televisión le refuerza que el afuera es peligroso. Lo que manifiesta es que en su casa está tranquilo ya que no tiene emociones. No siente nada. Un día me sorprende con una pregunta: "¿Qué es la llama inicial?". Mi primer pensamiento fue que me estaba preguntando por el mito de Prometeo. Ante mi silencio continúa: "La llama inicial, esa que hace que funcionen los afectos y las emociones. Esa que nos convierte en hombres. A mí se me apagó hace mucho tiempo".
Con una gran lucidez Roberto describe la locura de su enfermedad. Remite a su historia personal pero también al mito de Prometeo que construyó a los hombres en la emoción y la solidaridad robándoles el fuego a los dioses. El sujeto normalizado encerrado en el muro de su narcisismo está muy lejos de Prometeo, en su muro interior su llama inicial la usa para someterse a la locura de una norma que lo enferma.

Carpintero, Enrique, "Un paradigma de época: lo innombrable de la pulsión de muerte"; "El Eros o el deseo de la voluntad"; "La subjetividad del idiota plantea la pregunta ¿Cómo encontramos lo que nos mantenía unidos?"; "La sexualidad plural. La sexualidad humana es desviada"; "Tiempo libre para comprar. El consumidor consumido por la mercancía".

martes, 17 de febrero de 2015

Recordar a Freud para pensar la necesidad de "El giro del psicoanálisis"



Por Enrique Carpintero
(Psicoanalista)

Escribir sobre un tema necesariamente lleva a un recorte que implica al autor. Este artículo no es una excepción. En este sentido, al referirnos al 159º aniversario del nacimiento de Freud, queremos señalar algunos aspectos de su vida que consideramos necesarios para la actualidad de una obra que sigue abierta a nuevas interpretaciones y desarrollos.
Muchos de los que escribieron sobre la biografía de Freud se han dedicado a destacar cómo algo de su pasado lo preparaba para sus descubrimientos. Pero también es necesario reflexionar cómo, al mismo tiempo, su pensamiento da cuenta de una época a la cual se opuso en nombre de esos mismos descubrimientos. Dicho de otra manera, la historia lo hace pero también Freud construye una historia que forma parte de la modernidad.

El Siglo XIX: una época de grandes esperanzas y grandes derrotas

Cuando Freud nació, el imperio AustroHúngaro de los Habsburgo tenía una población de treinta y cinco millones de habitantes y seiscientos mil kilómetros cuadrados que se extendían hasta Italia.
"Nací el 6 de mayo de 1856 en Freiburg, Moravia, un pequeño poblado de la que hoy es Checoslovaquia. Mis padres eran judíos, y yo he seguido siendo. Acerca de mi familia paterna creo saber que durante una larga época vivió junto al Rin (Colonia), y en el siglo XIV huyó hacia el este a causa de una persecución a los judíos, y luego, en el curso del siglo XIX, emprendió la emigración de regreso desde Lituania, pasando por Galitzia, hasta instalarse en la Austria alemana".
Los comienzos de la industrialización capitalista, en la primera mitad del siglo XIX, llevaron a grandes dificultades económicas para la mayoría de la población. Las condiciones de miseria en que vivían los sectores obreros producían continuas insurrecciones. El año 1848 se vio afectado en gran parte de Europa por toda una serie de revoluciones en contra de las monarquías del Antiguo Régimen. En ese clima de continuas convulsiones sociales el contradictorio Proudhon pronunciaba su célebre frase que se constituyó en el lema de los anarquistas: "La propiedad es un robo". Los socialistas utópicos de Saint-Simon construían falansterios donde pensaban anticipar una sociedad feliz y más justa. En algunos de ellos se cumplían ceremonias extravagantes como la impuesta por Elefantin que llevaba a los residentes, entre otros ritos, al uso de un chaleco abotonado por detrás, que obligaba a un acto de solidaridad cotidiano, al exigir que sus compañeros tuvieran que abrochárselos unos a otros.
En febrero de 1848, la administración de la Sociedad de Educación Obrera con sede en Londres, calle Liverpool 46, entregó a sus clientes un impreso en paquetes individuales. Se trataba de un folleto en alemán que tenía una simple tapa de papel con un recuadro tipográfico cuya ornamentación, según el gusto de la época, semejaba un rostro humano. Su título: "El Manifiesto Comunista"; sus autores Carlos Marx y Federico Engels.
Las grandes luchas de la clase obrera que tuvo su momento de expresión más alto en 1871, durante los acontecimientos de la Comuna de París, se combinaban con la sensación de un desarrollo científico y técnico que iba a traer mejoras al conjunto de la sociedad. La expresión romántica del progreso fueron los ferrocarriles. Si bien existía un ferrocarril para el transporte de carbón en Francia, en las minas de Saint Germain, recién en 1873 se inauguraba la primera línea de pasajeros entre París y Saint Germain.
El origen de las especies apareció publicado en 1859. La segunda mitad del siglo XIX estuvo marcada por los continuos descubrimientos que permitían pensar que el mundo sería completamente explicado gracias al conocimiento de las leyes que determinaban el funcionamiento de todos los fenómenos. La ciencia iba a servir para alcanzar la verdad y posibilitar la felicidad de la humanidad.
En este clima social y cultural Freud vivió sus primeros años de vida. Sin embargo su interés por lo social siempre estuvo presente al extender el psicoanálisis a los problemas de la cultura. aunque su preocupación no eran las dificultades políticas, económicas y sociales que atravesaban la cultura, sino cómo aquellas se inscriben en la subjetividad. Así como la de un sujeto atravesado por sus pulsiones que se constituye en El malestar de la cultura. Es que el síntoma, para el psicoanálisis, también es de la cultura y su resolución en la clínica encuentra un límite en la organización de la sociedad a la cual pone en cuestionamiento.
"La sociedad no se apresurará a concedernos autoridad. No puede menos que ofrecernos resistencia, pues nuestra conducta es crítica de ella; le demostramos que contribuye en mucho a la causación de la neurosis. Así como hacemos del individuo nuestro enemigo descubriéndole lo reprimido en él, la sociedad no puede responder con solicitud simpática al intransigente desnudamiento de sus prejuicios e insuficiencias; puesto que destruimos ilusiones, se nos reprocha poner en peligro los ideales". 
En Viena, Freud sufrió la pobreza, fue humillado por su condición de judío y luego por sus descubrimientos. En la Viena donde las mujeres recibían menos de la mitad del salario que los hombres, los emigrantes trataban de salir del gueto y la prostitución formaba parte de la vida diaria. Nunca estuvo el cuerpo femenino tan oculto como a principios del siglo XIX. En las clases acomodadas, las buenas maneras llevaban a que la muchacha evitara contemplarse desnuda, aunque no sea más que en el reflejo del agua del baño, el cual se enturbiaba con un polvo especial. 
El clítoris, instrumento de placer e inútil para la procreación, era rechazado por los médicos. Se consideraba que la masturbación conducía a la senilidad precoz por exceso de derroche de la preciosa semillita. El cuerpo se había vuelto una preocupación obsesiva, por lo tanto había que vigilarlo ante la permanente amenaza del deseo. El desnudo, alejado de la vista, hacía fantasear a mujeres y hombres. Se formaban sociedades sin otra finalidad que contar cuentos y hablar de sexo. Ante esta situación la sumisión a las pulsiones y los impulsos del cuerpo devenían en síntomas que necesitaban respuestas. En este sentido las preguntas que se hacía Freud eran las que la época se negaba a responder. Las encuentra en los sueños, en la vida cotidiana, en los cuerpos cuyos síntomas dibujaban una anatomía que la medicina no podía entender. Es el período en que formulaba uno de los mayores aportes a la teoría: lo inconsciente.

La Muerte es la compañera del Amor; juntas rigen el mundo 
Mientras miles de personas presenciaban el desfile de recepción del archiduque Francisco Fernando, un joven serbio de 17 años llamado Princip asesinó al visitante de un certero balazo. Los libros de historia dicen que ese atentado fue la excusa que provocó la Primera Guerra Mundial. Las circunstancias sociales y personales lo llevaron a Freud a reflexionar sobre la muerte.
La muerte se transformaba definitivamente en una pulsión en Más allá del principio de placer. Como dice Emilio Rodrigué, hay cuatro tipos de fenómenos que constituyen el abordaje del nuevo territorio inaugurado por el concepto de pulsión de muerte: el primero, las neurosis traumáticas, luego los efectos de la compulsión de repetición que encontramos en el juego infantil, las neurosis de destino y la neurosis de transferencia. Dualista de corazón, necesitó reformular su teoría por razones clínicas, teóricas y epistemológicas. Los pacientes confirmaban su punto de vista de que el conflicto -la dualidad- se encuentra en el núcleo de la actividad psicológica. El propio concepto de represión -piedra fundamental de la teoría psicoanalítica presupone una división de las operaciones mentales. Disyunción básica entre el represor y lo reprimido. El hecho es que, fuera de la triangulación edípica, en la dialéctica freudiana proliferan opuestos tales como activo-pasivo, masculino-femenino, amor-hambre y ahora, después de la guerra, vida-muerte. En esta última polaridad, el componente agresivo, bajo la forma de pulsión de muerte, alcanza su estatuto de pulsión primitiva independiente.
Si en un primer momento la sexualidad adopta la forma de una pulsión fue para sacarla del ámbito exclusivo de la genitalidad y abarcar todas las áreas del sujeto. Este es el mismo desarrollo que hace en relación a la muerte, en tanto ésta, al transformarse en una pulsión no queda ceñida a la muerte real, definitiva, -que por otro lado no es competencia del psicoanálisis- sino que está presente de entrada en todo sujeto.

El giro del psicoanálisis
Freud muere el 23 de setiembre de 1939 mientras las tropas alemanas que desfilaban en el Tercer Reich anunciaban la inminencia de la Segunda Guerra Mundial. Muchas guerras y conflictos han pasado hasta la actualidad sin todavía saber si Eros triunfará sobre los efectos destructivos de la pulsión de muerte. Es así, debemos considerar si, como analistas, estamos situados respecto de la actualidad de nuestra cultura para que las demandas de su malestar se dirijan a nosotros. Para ello es necesario tener en cuenta lo que denominamos "El giro del psicoanálisis" donde el paradigma de la represión sexual, en el que se ha desarrollado nuestra práctica, ha trocado en el predominio del trabajo de la muerte como pulsión.
Ante un mundo en crisis donde el poder de las clases dominantes genera una cultura en la que pone en peligro el tejido social y ecológico, para finalizar, nada mejor que recordar lo que planteaba Freud en Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica:
"Todas las energías que hoy se dilapidan en la producción de síntomas neuróticos al servicio de un mundo de fantasía aislado de la realidad efectiva contribuirán a reforzar, si es que no se puede utilizar ya mismo esas energías en provecho de la vida, el clamor que demanda aquellas alteraciones de nuestra cultura en que discernimos la única salvación para las generaciones futuras".
El Psicoanálisis que viene 
El Psicoanálisis tiene asegurado su lugar en el siglo que recién comienza porque aún no han sido respondidas las preguntas que le dieron existencia.
Entre tantas otras:
* El por qué de la guerra
* Por qué los pueblos adoran a sus verdugos (por qué los pobres contribuyen a perpetuar el capitalismo)
* Por qué las diferencias de sexo incluyen desigualdades sociales que refuerzan la inferioridad de uno de sus términos (por qué descansa en las mujeres el trabajo de reproducir el patriarcado).

El por qué de la guerra: 

El ingenuo interrogante con el que Albert Einstein inició en su epistolario ."qué puede hacerse para defender a los hombres de los estragos de la guerra" obligó a Freud a transitar por el lugar común del instinto de destrucción y la pulsión de muerte. Pero la cuestión, ni por lejos quedó saldada allí.
"...un vistazo a la historia humana nos muestra una serie incesante de conflictos entre un grupo social y otro o varios, entre unidades mayores y menores, municipios, comarcas, linajes, pueblos, reinos, que casi siempre se deciden mediante la confrontación de fuerzas en la guerra. Tales guerras desembocan en el pillaje o en el sometimiento total, la conquista de una de las partes. No es posible formular un juicio unitario sobre esas guerras de conquista. Muchas, como las de los mongoles y turcos, no aportaron sino infortunio; otras, por el contrario, contribuyeron al reemplazo de la violencia por él derecho, pues produjeron unidades mayores dentro de las cuáles cesaba la posibilidad de emplear la violencia y un nuevo orden derecho zanjaba los conflictos".
"... Por paradójico que suene, habría que confesar que la guerra no sería un medio inapropiado para establecer la anhelada paz "eterna", ya que es capaz de crear aquellas unidades mayores dentro de las cuales una poderosa violencia central vuelve imposible ulteriores guerras. Empero, no es idónea para ello, pues los resultados de la conquista no suelen ser duraderos... Además, la conquista sólo ha podido crear hasta hoy uniones parciales, si bien de mayor extensión, cuyos conflictos suscitaron más que nunca la resolución violenta. Así, la consecuencia de todos esos empeños guerreros sólo ha sido que la humanidad permutara numerosas guerras pequeñas e incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más devastadoras. Aplicado esto a nuestro presente, se llega al mismo resultado que usted (Einstein) obtuvo por un camino más corto. Una prevención segura de las guerras sólo es posible si los hombres acuerdan la institución de una violencia central encargada de entender en todos los conflictos de intereses".
Y, claro está, que la guerra no es un problema ajeno que sucede allí lejos, en el Medio Oriente, o en la Europa del Este y que no es cosa nuestra. No sólo porque está incluida en el patrimonio mortífero que instituye la "identidad argentina" junto a nuestros dos premios Nobel de la Paz (Saavedra Lamas, Pérez Esquivel) -las guerras de independencia, la "conquista del desierto", la guerra de la triple alianza, la del Chaco paraguayo, la guerra contra la "subversión", la de las Malvinas que contó con el franco respaldo de la sociedad civil y hasta de los intelectuales de izquierda, sino por la actual indiferencia ciudadana frente a la presencia escandalosa de tropas argentinas en Haití y de mercenarios argentinos en Irak.

Por qué los pueblos adoran a sus verdugos 

Si el ingenuo interrogante que Albert Einstein dirigió a Freud -" qué puede hacerse para defender a los hombres de los estragos de la guerra" dio inicio a reflexiones no saldadas aún, el comienzo de El malestar de la cultura nos autoriza a introducirnos en otra deuda pendiente del psicoanálisis con la cultura. Aquella que vanamente intenta dilucidar las relaciones del sujeto con el Poder. Poder imperial. Poder del mercado. Poder de Dios. Poder del Otro.
Porque desde el nacimiento en adelante, la relación del sujeto con el Poder transita por las marcas que ha dejado.