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miércoles, 18 de febrero de 2015

La locura del sujeto normal

Por Enrique Carpintero
Psicoanalista

Según una de las versiones del mito, Prometeo descendía de una generación de Dioses que habían sido destronados por Zeus. Era hijo de Titán y de Asia, él sabía que en la tierra reposaba la simiente de los cielos, por eso recogió arcilla, la mojó con sus lágrimas y las amasó, formando con ella varias imágenes semejantes a los dioses, los Humanos. Fue así que surgieron, según la leyenda, los primeros seres humanos, que poblaron la tierra. Prometeo entonces se aproximó a sus criaturas y les enseñó a subyugar a los animales y usarlos como auxiliares en el trabajo. Les mostró cómo construir barcos y velas para la navegación, les enseñó a observar las estrellas, a dominar el arte de contar y escribir y hasta cómo preparar los alimentos nutritivos, ungüento para los dolores y remedios para curar las dolencias.
Pero Zeus, sospechaba de los humanos, ya que no fue él quién los creó. Por consiguiente, cuando Prometeo reivindicó para ellos el fuego, que les era imprescindible para la preparación de los alimentos, para el trabajo y principalmente para el progreso material y el desenvolvimiento emocional, el Dios griego decidió negárselo, temiendo que las nuevas criaturas se volviesen más poderosas que él. Con un palo hecho de un pedazo de vegetal seco, se dirigió al carro del Sol donde a escondidas tomó un poco de fuego, trayéndolo para los seres humanos, entregándoles así el secreto del fuego.
Solo cuando por toda la tierra se encendieron las fogatas es que Zeus tomó conocimiento del robo de Prometeo, pero ya era tarde. Puesto que ya no podía confiscar el fuego a los hombres, concibió para ellos un nuevo maleficio: les envió a Pandora de una gran belleza, con una caja portadora de muchos males. Prometeo le advirtió a su hermano Epimeteo de no aceptar ningún presente de Zeus, pero Epimeteo no lo recordó y recibió con alegría a la linda doncella, abriendo la caja de los males los cuales se esparcieron rápidamente sobre la tierra. Junto a ellos se encontraba el más precioso de los tesoros, La Esperanza; pero Zeus le había encomendado a Pandora no dejarla salir y así fue hecho. Los hombres que hasta aquel momento habían vivido sin sufrimientos, sin dolencias, sin torturas y sin vicios, comenzaron a partir de entonces a corromperse sin la Esperanza.
Después de esto, vengándose de Prometeo, le envió al desierto donde fue puesto preso con cadenas a una pared de un terrible abismo, sin reposo alguno, durante 30 siglos..
Sufrió la amargura de que su hígado sea devorado por un Águila que venía cada día a la región para dicho fin, después de qué el órgano se volvía a reconstituir ya que Prometeo era inmortal. Por fin llegó el día de su redención. Hércules al ver al águila devorando el hígado de Prometeo, tomó su flecha lanzándola sobre la misma. Enseguida soltó las cadenas y llevó a Prometeo consigo.
El mito de Prometeo simboliza esa luz, que bajando a la tierra intenta iluminar a los hombres, apartándolos de la oscuridad intentando con ello devolverles al camino de la solidaridad, es así que el sufrimiento de 30 siglos representa ese sacrificio del iniciado, a lo largo de la historia en el ejercicio difícil de liberar a los hombres de la ilusión. El mito esclarece la oposición entre las tinieblas y la luz, entre la consciencia y lo inconsciente del ser. Ser conscientes, significa ser dueños de sí mismos, de los propios pensamientos, de los propios actos, fallas y actitudes. Conocer el propio pasado, proyectar el futuro y estar en el presente con los otros humanos que nos constituyen.

Los muros invisibles:

Hablar de los muros inmediatamente nos remite a los muros que se han instalado en el capitalismo mundializado para separarnos de los otros. Los otros son los diferentes, los bárbaros que nos confrontan con la ilusión del mundo feliz que nos ofrece la "economía de mercado". Los bárbaros están allí para decirnos que ese mundo feliz no existe. Es una ilusión. Los invisibles se visibilizan para decirnos que ellos no participan de esa ilusión.
Sin embargo, estos muros visibles hablan de otros muros invisibles que cercan nuestra subjetividad. Muros que se instalan en la subjetividad y nos llevan a la soledad y al aislamiento.
Muros que nos separan de los otros y de nosotros mismos. Si el yo se construye en la relación con un otro humano como alteridad, la no existencia del otro lleva al sujeto a encerrarse en un narcisismo cuya negatividad lo empobrece emocionalmente. Estos muros me encierran en la violencia destructiva y autodestructiva, en la sensación de vacío, de la nada.
La cultura dominante somete nuestra subjetividad a través de lo que llamamos un exceso de realidad que produce monstruos. Esta realidad excesiva nos satura en una acumulación de objetos fetiches que nos lleva a una colisión de exceso de tiempo y de exceso de espacio. El tiempo subjetivo va mucho más rápido que las agujas del reloj. Esto nos lleva a querer estar en varios lugares al mismo tiempo. Claro, ilusoriamente lo podemos hacer a través del celular o del e-mail. Para ellos esta la realidad virtual. Esta realidad rebosante de exceso de realidad nos asedia en lo más profundo de nosotros mismos. Su resultado es transformarnos en espectadores pasivos para que consumamos los objetos fetiches como una forma de paliar nuestra angustia.
Cuando hablo de objetos fetiches me estoy refiriendo a un concepto clásico de la economía política elaborado por Marx; el fetichismo de la mercancía. Brevemente, éste refiere a que en el capitalismo la mercancía se transforma en una pura representación que supuestamente tiene un valor por sí misma según el valor que le asigna el mercado. De esta manera la mercancía aparece como un fetiche que niega el carácter auténtico de ser un valor creado por el trabajo humano. Lo que queremos destacar es este valor de la mercancía como representación y sus efectos en la subjetividad ya que como dice Marx: "la producción no produce un objeto para el objeto", sino también un sujeto para el objeto". Es decir, la producción produce una subjetividad sometida a los valores de la cultura dominante. Por ello no es el goce el que buscamos sino la necesidad de encontrar un objeto que suture nuestra angustia que la misma cultura produce. 
En este camino no hay posibilidad de elaboración psíquica y sus efectos en la subjetividad es que la muerte-como pulsión. Sin embargo el Yo retraído en su narcisismo produce efectos sintomáticos propios de nuestra época donde predomina lo negativo: depresión, melancolía, adicciones, en definitiva la violencia destructiva y autodestructiva, la sensación de vacío, la nada (Amparado en el narcisismo).

La enfermedad de la norma

Lo decimos con claridad: la normalidad no es algo obvio. En toda sociedad encontramos muchas formas de vida. Cada una de ellas tiene sus normas donde vamos a encontrar las propias de la cultura dominante y otras normas minoritarias. Para las primeras el poder produce recompensas para las segundas sanciones. Esta situación se instala desde la niñez, por lo cual el sometimiento no puede funcionar sino se instituye un deseo de sometimiento el cual aparece como una imposición interna. Cuando voy a un shopping creo elegir algo cuando en realidad es desde la norma hegemónica desde donde elijo. En este sentido no puede haber subjetividad por fuera de la norma, aún más la subjetividad se constituye en la norma hegemónica. Es así como la enfermedad no es someterse a la norma ya que no hay subjetividad por fuera de la norma. La enfermedad es quedar atrapados en la norma sin dar cuenta de la creatividad -en el sentido de pulsión de vida- que permite expresar la anormalidad que nos constituye como sujetos. Por ello el sujeto normal no es solo producto de la norma sino del uso que hace sobre sí mismo a costa de escindir la anormalidad que lo constituye. Como dice Guillaume Le Blanc: "El sufrimiento psíquico es el efecto de una actividad de incorporación de la norma por el propio hecho de que al volverse contra sí para llegar a ser hombre normal, el sujeto se expone a todo lo que en él sí escapa a las normas, a los deseos de oponerse a la norma, que son una parte esencial de la propia vida. El hombre normal resulta así doblemente escindido. No solo el deseo de la normalidad lo expone a un remanente que los obsede, a un deseo de anormalidad, sino que la repetición de normas de normalidad también implica una dependencia del sujeto con respecto a esas normas, lo que no deja ningún lugar al deseo de aire fresco y a partir de entonces hace jugar al hombre normal contra sí mismo: solo entonces hay hombre normal sobre el trasfondo de una violencia ejercida por el Yo fabricado en el apasionado apego a las normas contra el Yo sustraído a ese apego... En ese plano existe, pues una verdadera enfermedad del hombre normal, mental y social. El hombre normal es el hombre que se vuelve contra sí mismo para ser el sujeto de la normas que lo producen".

"LA PRODUCCIÓN PRODUCE UNA SUBJETIVIDAD SOMETIDA A LOS VALORES DE LA CULTURA DOMINANTE"

Esto lo ejemplifica Freud al contar la historia del rey Boabdil. Este rey no quería enterarse de una noticia que le significaba el fin de su reinado. Por lo tanto quemó las cartas y mandó matar al mensajero que se las había traído. Sin embargo, el rey se dio cuenta que no se puede matar al mensajero de la realidad. Lo que el rey sí puede hacer -plantea Freud- es construir en medio de su palacio una prisión totalmente amurallada y disimulada en la que encerrará al mensajero y también las cartas. De este modo el mensajero de la realidad aparece como no llegado aún cuando continúe existiendo justo en medio del palacio. El rey puede seguir reinando completamente escindido-separado de la mala noticia que le han traído.
Este ejemplo le sirve a Freud para explicar la escisión del Yo como un fenómeno propio del aparato psíquico. De esta manera encontramos la coexistencia dentro del Yo de dos actitudes psíquicas respecto de la realidad exterior: una de ellas tiene en cuenta la realidad exterior, la otra niega la realidad presente y la substituye por una producción de deseo. Estas dos actitudes coexisten sin influirse recíprocamente. Lo que encontramos es una renegación de la realidad (Negar que se niega).

EL MITO DE PROMETEO SIMBOLIZA ESA LUZ, QUE BAJANDO A LA TIERRA INTENTA ILUMINAR A LOS HOMBRES, APARTÁNDOLOS DE LA OSCURIDAD INTENTANDO CON ELLO DEVOLVERLES AL CAMINO LA SOLIDARIDAD 

También podemos extender esta escisión del Yo en el sujeto normal. Desde ella genera una muralla con su propio narcisismo que niega la realidad donde debe con-vivir con el otro diferente. Aquí el sujeto se afirma en su normalidad en el miedo al otro. Estos adquieren identidades negativas de las cuales hay que alejarse, hay que poner distancia a través de muros invisibles. Allí vamos a encontrar el miedo hacia el otro donde se lo descalificar por "negro", homosexual, boliviano, peruano o paraguayo.
"Hace varios años que atiendo a Roberto en su casa. Sus síntomas paranoicos le impiden salir de su casa. Solo lo hace esporádicamente a la madrugada o con alguien que lo acompañe. La casa se ha transformado en un muro infranqueable para sus perseguidores imaginarios. Aunque puede reconocer que sus fantasmas provienen de su penamiento cada noticia que lee en el diario o mira por televisión le refuerza que el afuera es peligroso. Lo que manifiesta es que en su casa está tranquilo ya que no tiene emociones. No siente nada. Un día me sorprende con una pregunta: "¿Qué es la llama inicial?". Mi primer pensamiento fue que me estaba preguntando por el mito de Prometeo. Ante mi silencio continúa: "La llama inicial, esa que hace que funcionen los afectos y las emociones. Esa que nos convierte en hombres. A mí se me apagó hace mucho tiempo".
Con una gran lucidez Roberto describe la locura de su enfermedad. Remite a su historia personal pero también al mito de Prometeo que construyó a los hombres en la emoción y la solidaridad robándoles el fuego a los dioses. El sujeto normalizado encerrado en el muro de su narcisismo está muy lejos de Prometeo, en su muro interior su llama inicial la usa para someterse a la locura de una norma que lo enferma.

Carpintero, Enrique, "Un paradigma de época: lo innombrable de la pulsión de muerte"; "El Eros o el deseo de la voluntad"; "La subjetividad del idiota plantea la pregunta ¿Cómo encontramos lo que nos mantenía unidos?"; "La sexualidad plural. La sexualidad humana es desviada"; "Tiempo libre para comprar. El consumidor consumido por la mercancía".

viernes, 28 de noviembre de 2014

Avatares de la Comunicación y Esquema en Cruz en Psicología Social


Los Avatares de la transmisión:
La transmisión reúne muchos referentes como “Fragmento, amor de transferencia, arbeit (trabajo) y convicción; como el intento del yo para elaborar una firma que lo vuelva reconocible para los otros y para sí. El carácter fragmentario de la transmisión no debe aquí ser entendido como un déficit, sino como la renuncia a la pretensión totalitaria de que todo sería transmisible y todo sería resignificado. Las teorías de la comunicación hicieron oportunamente de la noción de transmisión, casi un fetiche identificatorio, con epicentro en la información. En efecto, si entre-dos algo se transmite, esto no se dejará atrapar en una noción de contenido.
La noción de transferencia tiene larga data y diferentes inscripciones. Alude a una relación (afectiva, jurídica, política, pedagógica), cuyo estatuto podrá registrarse en la conciencia cognoscible, o en el registro que el inconsciente lleva de las experiencias. Éstas siempre se concretan sobre la base de fragmentos desplazados y re significados.
El concepto fue clave en el pensamiento de Hobbes, quien funda el origen de lo social en una transferencia que conlleva una renuncia. Renuncia que ofrece un beneficio secundario, ya que el desplazamiento de una parte de la libertad funda las condiciones de posibilidad del lazo. Por su parte, E. Weber encuentra que es la noción que mejor explica el desplazamiento de una capacidad de aprendizaje. Si una parte del cuerpo se ve afectada por un trauma, transferirá su saber a otra parte. Transferencia es aquí desplazamiento de función y de capacidad, a la vez reparación y sustitución.  Que lo instituido no ate, no limite, no encadene, tal vez sea la consigna de toda transmisión que se lleve a cabo bajo la figura del don. El sujeto es lo que resulta de su trabajo con lo de antes, lo que parece pre fijado. El encuentro con lo de antes no cesa de pasar en cada presente, volviéndose en cada ocasión otra cosa.
La Transmisión como educación: Educar como el trabajo político de ofrecer a la pulsión un destino que no sea ni la inhibición, ni el síntoma, ni la angustia. El verbo enuncia la participación de más de un sujeto en el trayecto que hace de un manojo pulsional un sujeto de la palabra; y anuncia el devenir del pequeño del hombre a sujeto social mediante el enlace de las simultáneas y sucesivas filiaciones simbólicas que dibujan la figura del otro como semejante. A los efectos del accionar del verbo, les dimos nombre: Función jurídica; función arcóntica y función económica. Esas funciones remiten claramente a lo político como acción/ocasión cometida a las reglas de una ética (Un actuar con justicia) y una estética (Fábrica de lo sensible). Es decir la constitución de un mundo sensible común, de un hábitat común constituido por el entramado de una pluralidad de actividades. En ese Arbeit los otros no están ausentes: las generaciones sólo en una ilusión son pensadas como sucesivas. En la existencia de cada sujeto, en sus opciones identificatorias, múltiples generaciones conviven, prestan voz y rostro a lo ausente. Los fantasmas de los antepasados muertos no dejan de sostener una oferta identificatoria (Prestadores de identidad).

La transmisión: entre herencia y firma: Según Goethe: “Lo que tus antepasados te han dejado en herencia, si quieres poseerlo, gánalo”. René Char: “Nuestra herencia no está precedida por ningún testamento”. Algo nos es dejado por otros, pero eso no alcanza para hacerlo propio. La herencia nos es menos legada que inventada.

El Esquema en Cruz: (Alfredo Moffatt)
El esquema en cruz es un recurso gráfico por el que se representa en un diagrama la relación entre tiempo y cultura: la temporalidad en el eje horizontal, la cultura en el eje vertical y en el centro el presente, que es la síntesis del yo como esquema de salud (la identidad) y el vacío de la fragmentación como esquema de psicopatología. El diagrama sirve para visualizar las relaciones que tienen entre sí las cinco estructuras de personalidad básicas y los cinco cuadros psicopatológicos más importantes. Este esquema luego va cobrando mayor complejidad con las relaciones en detalle del proceso de la enfermedad, y permite ganar en economía de pensamiento, pues se trata de un esquema conceptual y de diagnóstico, que opera organizando la sintomatología del paciente.  De este modo se sintetizan los cuatro extremos de la cruz; en el centro se ubica el vértice del núcleo del yo: el yo sano, como síntesis de las dos oposiciones vínculo estructura y pasado-futuro. Y el yo enfermo, como el fracaso de esa síntesis, que tiene como consecuencia la fragmentación. En este caso en el lugar del ser hay un agujero, un vacío, desapareció toda la cruz (Ella sostenía el yo).
Puede hablarse de una identidad cuando un yo discriminado se percibe dentro de una historia. La persona debe constituirse en las dos dimensiones: espacio y tiempo, lo cual no es otra cosa que la vieja distinción entre cuerpo (energía) y mente (información). Podríamos considerar dos grupos básicos de defensas respecto a asegurar la identidad: defensas de la discriminación del yo y defensas de la continuidad.
DISCRIMINACIÓN: está en relación con ser y se constituye por oposición al no-yo, es decir al mundo, que según nuestro esquema es la suma de los vínculos y el campo (simbólico y material). La mirada del otro me define y también lo hace el entorno donde vivo.
CONTINUIDAD: está en relación con existir y se configura cuando ese presente que se está viviendo es un eslabón en una cadena histórica como un pasaje de ayer a mañana. El presente (lo real) se opone a lo imaginario.
La Identidad: En su lucha por permanecer discriminado el núcleo del yo debe enfrentar a dos formidables enemigos: el tiempo y el amor; el tiempo por su capacidad transformadora, y el amor por su juego de identificaciones, pues para amar hay que saber primero quién se es; de lo contrario se corre el peligro de quedar mezclado con el otro. En cambio, es interesante observar que el odio (el amor “dado vuelta”) no representa el mismo peligro, pues el que yo odio es el que está separado de mí, es el que yo rechazo.
El diálogo interno: Estar sano no es ser “normal” (adaptado) sino no tener secretos para consigo mismo.

jueves, 14 de abril de 2011

Masacre en la escuela

PSICOLOGIA › EL CASO DE BRASIL
 Por Andrea Homene *
Nuevamente ocurrió una masacre en una escuela. En Río de Janeiro, paraíso del carnaval pero también ciudad crítica donde la violencia arrecia, un joven egresado de una institución educativa irrumpió para abrir fuego contra los niños; mató a once, dejó 30 heridos y se suicidó. Como suele acontecer en estos casos, se convocó a los “especialistas”: pudimos escuchar a quienes establecían una relación unidireccional y causal entre las presuntas humillaciones a las que el joven agresor habría sido sometido y su acto. Algunos políticos lo calificaron de “animal”. Estas lecturas no van más allá de lo imaginario y dan lugar a un peligroso deslizamiento: creer que cada niño que recibe burlas de sus compañeros es un potencial asesino.
El joven brasileño dejó una carta donde se evidencia el delirio de carácter místico que dominaba sus acciones. La matanza indiscriminada (cuando es ejecutada por un sujeto particular y no por un Estado) demuestra que no existe en el objeto a aniquilar ninguna característica que lo haga blanco de la agresión; es sólo el azar lo que determina quiénes son los que caerán muertos y los que se salvarán. El pasaje al acto homicida pone de manifiesto la caída de la escena: no hay otro al que se dirija el acto; precisamente, el sujeto ha caído del campo del Otro. En este contexto, el acto carece de sentido, no es la culminación de una secuencia de orden significante, sino una manera loca de acotar la irrupción de goce a que el sujeto se ve sometido. Un goce cuyo origen no son “las gozadas del semejante”, sino efecto de lo real.
En su carta, el joven dice que les deja su casa (un espacio de alojamiento que para él no ha funcionado) “a los perros abandonados”. Es allí donde puede leerse su identificación: él es el perro abandonado, el perro sin Otro que sostenga su escena.
La tentación de generalizar y englobar todas las masacres acontecidas en el ámbito escolar bajo una misma lectura, que propiciaría la “comprensión” de los hechos y su posibilidad de “prevención”, provoca el borramiento de la subjetividad. No es posible aventurar que en todos los casos las motivaciones del ejecutor del acto sean idénticas; por el contrario, es necesario detenerse en cada caso e intentar leer lo que a ese sujeto le ha sucedido.
Lo incomprensible, lo que resiste a toda posibilidad de simbolización, caracteriza el pasaje al acto psicótico: en él no existen “las razones de la razón”, sino que la “sinrazón” gobierna al sujeto. Del mismo modo, resulta difícil anticipar el hecho, dado que el momento y el motivo de desencadenamiento son imprevisibles. Pueden ser cualesquiera, ya que la lógica que gobierna el acto es delirante. El delirio, intento de restitución que se produce tras la pérdida de la realidad en las psicosis, crea una nueva realidad, cuyas coordenadas difieren de la realidad compartida. Se trata de un nuevo y particular escenario, en el que los actos sólo responden a esas coordenadas y por lo tanto escapan a la posibilidad de “comprensión” y resisten a la “explicación” de quienes habitan en otro escenario.
La influencia del medio social tal vez sea mínima en este caso. No obstante, es preciso recordar que en Río de Janeiro existen aún las llamadas “brigadas de la muerte”, cuya especialidad es aniquilar niños de las favelas. Los protagonistas de la película Cidade de Deus eran niños que habitaban un barrio carenciado. De aquellos actores circunstanciales, unos 40 chicos, sólo uno continúa con vida.
* Psicoanalista.