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lunes, 9 de mayo de 2011

Bergoglio fue citado en la causa por robo de bebés

COMO TESTIGO
El cardenal deberá presentarse como testigo en el juicio en el que se investiga la existencia de un plan sistemático para la apropiación de bebés nacidos cuando sus madres estaban detenidas durante la última dictadura militar. Por su condición de "alto dignatario de la Iglesia", Bergoglio puede responder por escrito o pedir que los jueces se acerquen a su residencia oficial, como sucedió con su declaración en la megacausa ESMA.
El Tribunal Oral en lo Federal 6 hizo lugar a un pedido formulado por al fiscal Martín Niklison y el abogado Alejo Ramos Padilla, representante de un grupo de Abuelas de Plaza de Mayo, quienes reclamaron el testimonio del prelado en base a los dichos de Estela de la Cuadra, quien narró que lo entrevistó para que intercediese en la búsqueda de su sobrina nacida en un centro clandestino de detención.
Apenas iniciada una nueva audiencia del proceso que se sigue a varios represores, encabezados por los dictadores Jorge Rafael Videla y Reynaldo Benito Bignone, la presidenta del Tribunal anunció que se le librará oficio a Bergoglio "para que manifieste si se presentará ante el tribunal o declarará en los términos previstos en el artículo 250" del Código Procesal.
Esa norma establece que "no estarán obligados a comparecer" a las audiencias orales y públicas ciertos determinados funcionarios nacionales y provinciales y a los "altos dignatarios de la Iglesia", quienes podrán hacerlo por escrito tras un pliego de preguntas que quieran hacerle las partes. También pueden hacerlo, según la misma norma legal, en su "residencia oficial", tal como ocurrió cuando Bergoglio declaró en la megacausa ESMA cuando los magistrados y las partes concurrieron a su despacho en el Episcopado.

miércoles, 13 de abril de 2011

La hija de Carlotto dio a luz en un centro de detención


ROBO DE BEBES

María Laura Bretal, sobreviviente del centro clandestino “La Cacha”, declaró hoy que compartió el encierro con la hija de la titular de Abuelas cuando ella tenía 7 meses de embarazo. Le prometieron que el bebé iba a ser entregado a Carlotto.




Una sobreviviente declaró hoy que vio a Laura Carlotto embarazada y que, luego del parto, “le aseguraron que a ella la iban a llevar a una granja de recuperación y al bebé se lo iban a entregar a la abuela”.

En una nueva jornada del juicio oral y público que se sigue contra ex jerarcas de la última dictadura militar, encabezados por los dictadores Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone, hoy declaró María Laura Bretal, una sobreviviente de ese centro de detención y torturas.

Tras narrar su secuestro el 3 de mayo de 1978, en la bonaerense localidad de Ensenada, la mujer declaró que fue conducida a “La Cacha” donde debió permanecer “engrillada y tabicada” tras dos días en el “laboratorio”, eufemismo con que los represores llamaban a la sala de torturas.

La sobreviviente dijo haber visto a Laura Carlotto, “con un embarazo de alrededor de siete meses” a quien describió como una mujer “muy difícil de confundir, hermosísima, morocha, alta con unos ojos muy bellos y una mirada muy particular”.

El testimonio tuvo momentos de mucha sensibilidad como cuando relató que, pese a la crueldad del encierro y los tormentos, la hija de la titular de Abuelas de Plaza de Mayo le anticipó que “si es varón le voy a poner Guido, como mi papá”; mientras ambas ponían sus manos sobre el vientre de la muchacha “para sentir las pataditas que daba el bebé”.

Luego recordó cuando, “con motivo de las contracciones, nosotros comenzamos a gritar para que la llevaran a Laura para parir” y que la propia víctima luego le dijo que creía haber dado a luz “en un hospital militar; nosotras en ese entonces no sabíamos nada de las maternidades clandestinas”.

En la audiencia de ayer Estela de Carlotto, ratificó la existencia de un “plan sistemático, una práctica permanente” para el robo de bebés nacidos cuando sus madres estaban en ilegal cautiverio durante la última dictadura militar.

Carlotto calificó ese plan como “siniestro” y reiteró sus reclamos para que a los represores “les caiga todo el peso de la historia. No queremos revancha, solamente justicia para que se escriba la historia con toda la verdad” y señaló que ello es “la única manera de que la democracia sea permanente”.

Junto a Videla y Bignone también son juzgados por el robo de bebés los represores Jorge “el Tigre” Acosta, Santiago Omar Riveros, Rubén Franco, Antonio Vañek, Juan Azic, y el médico Jorge Magnacco, a quien se imputa su intervención profesional en los partos.

Todos los militares son juzgados por los delitos de sustracción, retención y ocultamiento de menores y sustitución de sus identidades en 34 casos, entre los que están los hijos de Laura Estela Carlotto y Horacio Fontán; de María Claudia García Iruretagoyena y Marcelo Gelman, de María Hilda Pérez de Donda y José María Laureano Donda y de Alicia Elena Alfonsín de Cabandié y Damián Cabandié.

miércoles, 6 de abril de 2011

Parir en el Pozo de Banfield

PABLO DIAZ DIO SU TESTIMONIO AYER EN LA CAUSA SOBRE EL PLAN SISTEMATICO PARA APROPIARSE DE HIJOS DE DESAPARECIDOS.
El sobreviviente de La Noche de los Lápices dio detalles del cautiverio que compartió con Gabriela Carriquiriborde, una desaparecida que pusieron en su celda para que la cuidara hasta que diera a luz. Habló de otras dos embarazadas.
 Por Alejandra Dandan
Acababan de preguntarle si para los guardias la situación de las embarazadas podía pasar inadvertida. Pablo Díaz dijo que no. Que a tal punto no pasaban inadvertidas que a ellos, que eran los más chicos, los secundarios de 15 o 16 años, les dieron el trabajo de cuidarlas. “Y una vez, (el médico represor Jorge) Bergés entró diciéndoles a los guardias que respondan a nuestros llamados, que las embarazadas en el centro clandestino eran como las ‘joyas de la abuela’.”
Pablo Díaz llevaba tiempo en el Pozo de Banfield, en una celda a la que por sus dimensiones no se atreve ni siquiera ahora a nombrarla así. Permanecía tirado en el piso. Había sido secuestrado en la madrugada del 21 de septiembre de 1976, a pocos días de otros estudiantes secundarios de La Plata, lo que después se recordó como La Noche de los Lápices. Pasó por el pozo de Arana y después por ese espacio que reconoció años más tarde, en Banfield, donde no le hicieron más interrogatorios porque los que estaban ahí sólo esperaban el turno para morir. Ayer volvió a contar su historia ante el Tribunal Oral Federal 6, esta vez a la luz del juicio por el plan sistemático de robo de bebés. En los Tribunales de Retiro habló de tres embarazadas de las que supo o con las que tuvo contacto, entre ellas Gabriela Carriquiriborde, a quien pusieron en su celda a comienzos de diciembre de 1976 hasta que llegó el momento del parto.
“Cuando cerraron la puerta lo primero que vi fue esa figura muy chiquita, casi de mi edad, de 21 o 22 años, con vendas y sogas que le colgaban –dijo Pablo–. Me habían dado los trapos para que la limpie. Le salía líquido de la vagina. Ella se limpiaba y me daba los trapos. Y cuando venían los guardias, les pedía que me los cambien para seguir limpiándola.”
Estaban en el último piso del centro clandestino. Hasta entonces, Pablo había permanecido todo el tiempo atado, las manos en la espalda, la venda que al comienzo era un pulóver a esa altura eran algodones apretados con una cinta elástica. Comía una vez cada tanto. En 90 días se bañó dos veces. Hacía mucho calor, estaban desnudos, los guardias les robaban las ropas.
El miedo le impidió hablar en voz alta durante los primeros quince días de su estadía en el centro. Cuando lo hizo, preguntó en voz alta por los que estaban ahí. Empezó a darse cuenta de que estaban muchos militantes de la UES, entre ellos Claudia Falcone, ubicada en la celda de atrás, del otro lado de la pared.
Cuando Gabriela entró a su celda supo que en algún lugar estaba su marido: “Estoy con mi esposo, llamalo por favor”, me dice.
–¡¡Jorge!! ¡¡Jorge!!”
Dijo Pablo, y alguien contestó.
–¡Yo estoy con Gabriela, tu esposa! ¡Y voy a cuidarla!
Pablo nunca vio a Jorge, aunque varias veces hablaron a la distancia.
Tenía que limpiar a Gabriela y darle de comer. Bergés le había dicho que golpeara las puertas cuando empezaran las contracciones. Que llamara inmediatamente a los guardias. Como Pablo no sabía qué eran las contracciones, preguntó a la cadena de voces: “¿Cuándo empiezan? ¿Cómo nos damos cuenta?” “De pronto empecé a golpear la celda porque Gabriela decía: ‘¡Ahí viene mi hijo! ¡Viene mi hijo!’. Yo me asusté. Todos nos desatamos, y empezamos a golpear las puertas porque le venía el hijo, porque lo quería tener”.
La guardia también gritó. “Yo estaba sin la venda, entraron, me tiran contra la pared, yo ya no caminaba; estaba casi arrastrándome, me tiraron y me dijeron: ‘Vos vendate’.” En ese momento, sacaron a Gabriela arrastrándola en algo con ruido a chapa. Alguno gritaba: ¡Llamen al doctor! ¡Llamen a la Jefatura! ¡Llévenla a la sala de parto! “Yo le seguía gritando a Gabriela que se calme, y en un momento, cuando la iban a bajar se cae de la chapa y hace ruido, la guardia se pone como loca: ¡Nos van a matar a todos si le pasa algo!”
La fiscalía y las querellas buscaron que Pablo diera cuenta de la sistematicidad de esas prácticas. Ahí encontró sentido la frase sobre “las joyas de la abuela”. O las medidas de precaución que los guardias tomaban con las embarazadas. O un testimonio de Bergés en el que les dice a los guardias que si quieren divertirse usen a las chicas, pero que no toquen a las embarazadas. O los datos sobre el área de partos que funcionaba en el lugar. La defensa intentó argumentar que Bergés era quien tomaba las decisiones sobre esas mujeres y sus cuerpos.
Cuando el ruido pasó, terminó el relato Pablo, de pronto se hizo un silencio: “Todos nos quedamos como llorando, y al rato escucho el llanto de un bebé”. Cuando volvieron los guardias, les preguntaron qué había pasado. “Nos dijeron que nos quedáramos tranquilos: ‘La vamos a llevar a una granja. ¡No saben lo que es la granja! ¡Está bárbara! ¡Ahí tienen de todo, es lo mejor que les podía pasar!’ Así que brindamos –dijo Pablo–, nos pusimos contentos: y nunca más volvimos a saber de ellos”.
Durante el tiempo que estuvo con Gabriela, Pablo supo poco de su vida. “No hablábamos de eso –dijo–, ella me decía: ‘Pablo, vas a ser el padrino’”. Jugaban. Gabriela le agarraba la mano y la ponía en la panza. “Decile a Jorge que lo escuchás”, le pedía. Y entonces Pablo volvía al juego de las voces:
–¡Jorge, lo escucho!
–¡Está latiendo!
–-¡Se está moviendo!
Y Jorge respondía: Cuidala, decía. Limpiala.
Después del parto, dejó de escuchar a Gabriela, al niño, pero también dejó de escuchar a Jorge. “De repente no tengo más registro, ni su voz ni su presencia.”
Seis días después, una embarazada llegaba a la celda de otra prisionera. Era Stella Maris Montesano de Ogando, que en esos días dio a luz a su hijo, pero en su caso volvió al pabellón. Estaba infectada, le habían dicho que se llevaban a su hijo a un lugar para que pudiera estar mejor, y le dejaron el cordón umbilical. “¡No puede ser!”, le decía Pablo a Claudia pared de por medio. Stella Maris tenía una infección que ni siquiera estaba revisando el médico represor. Dos días antes de Navidad, entró una nueva parturienta. En este caso la llevaron a la celda de Claudia Falcone. Era Cristina Navajas de Santucho, Pablo Díaz la vio de filón el día en el que dejó el centro clandestino, el 26 de diciembre de 1976, cuando les pidió a los guardias despedirse de Claudia Falcone.
“Me ponen enfrente de Claudia, cuando cierran la puerta me levanto el pulóver y la veo desnuda, atada y ahí es cuando me dice que nunca iba a poder ser mujer porque la habían violado... teniendo 16 años.”
Pablo pasó dos meses más como desaparecido antes del blanqueo en la Unidad 9 de La Plata. Tiempo después entendió qué significaba la palabra desaparecido, cuando envió a una de sus hermanas a la casa de los Falcone, intentando avisarle a Claudia que él no estaba libre sino que seguía detenido.