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lunes, 2 de mayo de 2011

“Se va en paz, cumplió con lo que debía hacer”

EL ESCRITOR ERNESTO SABATO FUE DESPEDIDO POR SUS AMIGOS Y SU HIJO MARIO EN EL CEMENTERIO JARDIN DE PAZ
Los restos de Sabato, que falleció el sábado, fueron inhumados ayer. “Aun a través de sus errores, siempre se jugó por lo que pensaba, por más que estuviera equivocado. Después, incluso, pedía perdón”, dijo Elvira, su última compañera.
 Por Silvina Friera
El otoño caía triste, silbando su réquiem, el mediodía en que los familiares, amigos íntimos y un puñado de lectoras “infiltradas” en el Jardín de Paz, en Pilar, despidieron a Ernesto Sabato. Imborrables, delante de los ojos, como una llamarada de melancolía, flameaban por el aire algunas hojitas amarillas, tan frágiles en su rauda peregrinación hacia el césped. Una bandera argentina envolvía el féretro del escritor. Mario, su hijo; Elvira González Fraga, su última compañera, acompañada por sus dos hijos y su hermano, el economista Javier González Fraga; Julia Constenla, biógrafa del escritor; Mario “Pacho” O’Donnell, el ex fiscal del Juicio a las Juntas Militares, Julio César Strassera; y el presidente del Instituto de Cultura de la provincia de Buenos Aires, Juan Carlos D’Amico, entre otros, caminaban, despacio, como si intentaran aplazar el final. El autor de Sobre héroes y tumbas alguna vez recordó que durante su infancia no se podían expresar los sentimientos. Y mucho menos llorar. No era de hombres la ternura. “Acá están tres de las personas que más he querido en mi vida: mi hermano adorado (por Jorge), mi madre (por Matilde) y ahora está él –dijo Mario, surfeando por la emoción, como podía–. Se va en paz, cumplió con lo que tenía que hacer.” “Si es cierto que puede estar en alguna parte oyendo –agregó el hijo–, le quiero decir: ‘Vos, papá; vos, mamá; vos, Jorgito, quédense tranquilos. Yo me hago cargo.” Ni una palabra más. El resto fue silencio.
La ceremonia fue breve. “Ernesto tenía un gran don de gente para la gente sencilla y una actitud difícil hacia el mundo intelectual”, recordó Elvira, su última compañera. En los últimos cuatro años que no pudo salir de su casa de Santos Lugares, Sabato fue resignando pequeños gustos que jamás imaginó que abandonaría, excepto por la enfermedad. “No podía estar sin tomar vino, y sin embargo fue aceptando comer una comida triturada, mínima. Yo le daba vino cuando nadie veía, pero no era algo que él podía tomar.” Elvira –Elvirita, como la llamaba el escritor– estaba extenuada. Pero entera. “Ernesto nos deja una fidelidad a una manera de ser. En este mundo se nos ha ido el zapping un poco también al espíritu; vivimos en actitud de zapping, en actitud fragmentada –planteó–. Si deja algo es que, aun a través de sus errores, siempre se jugó por lo que pensaba, por más que estuviera equivocado. Después, incluso, pedía perdón.”
El paño de la memoria podría desplegarse aun más si no fuera por el cansancio. “Cuando la Argentina estuvo mal, Ernesto escuchaba el noticiero llorando. A veces caía en grandes depresiones. Cuando se agarraba una gran depresión, se cruzaba de brazos como si ahí se fuera a morir. Yo ya no sabía qué decirle para que se alegrara. Entonces me iba a la cocina y llamaba a la cárcel de Ezeiza, a Cristina, una chica que estaba presa. Al rato volvía y le decía:’ Ernesto, Ernesto, está Cristina desde la cárcel de Ezeiza’. ‘No puedo atender a nadie’, me contestaba. ‘Pero mirá que la dejan hablar una vez por semana, así que... por favor, fijate lo que hacés’.”
Y el hueso duro de roer, la depresión de Sabato, se ablandaba. La estrategia de Elvira daba resultados. “El se levantaba, ni podía hablar, pero le daba ánimo. Y de paso se llenaba él de ánimo.”
Como si el viento alentara el galope de las evocaciones íntimas, Constenla repasó, una vez más, cómo lo conoció, allá por 1949, cuando era una joven de 20 años que se había deslumbrado con El túnel. Buscó el teléfono en la guía y lo llamó. Sabato le propuso que lo fuera a ver a Santos Lugares. Su biografía, Ernesto Sabato. Un hombre (Sudamericana), se reeditará en estos días con un nuevo prólogo. “Sabato estaba yéndose desde hace mucho tiempo. El dijo una frase, hace ocho años, con la que termino mi libro: ‘He dicho todo lo que tenía que decir, he escrito todo lo que tenía que escribir. Es hora de que me llame al silencio’.” Hay un último recuerdo dentro del silencio. “Todos los sábados íbamos a almorzar a su casa, con una de sus nueras, con Lidia, la viuda de Jorgito. Ya era penoso porque tenía la sensación de que a veces me conectaba y a veces no. El me decía ‘Chiquita, Chiquita’, me palmeaba, sospecho que tratando de reconocerme. Para los recuerdos lejanos se orientaba bastante bien. Le hablé de su madre y de José, su hermano, el que se había ido con el circo”, comentó la biógrafa.
“Yo quería ser José –le dijo–. Yo quería irme con el circo.”
Como estaba muy embalado y Constenla creía que podía capitalizar ese envión de entusiasmo, continuó. “Qué cosa, tu madre: once varones, once pares de calzoncillos y una sola hija mujer.” Sabato se sobresaltó y le dijo: “Mamá no tuvo una hija mujer”. La lucidez todavía pulseaba en su agitado interior. “Claro que no tuvo –le confirmó Constenla–, pero ella siempre pensó que Matilde era su hija mujer.” “¿Quién es Matilde?”, le preguntó Sabato, completamente desconcertado.
El olvido, que cavaba lentamente su fosa, había suprimido de la memoria del autor de Sobre héroes y tumbas a Matilde, su primera mujer, la madre de sus hijos. “Fue una larga y penosa despedida”, concluyó su biógrafa.
La generosidad. Pacho O’Donnell apoyaba su paraguas mientras subrayaba los gestos que Sabato tuvo con él. “Yo volví precozmente de mi exilio en 1980. Un año después presentó mi libro, El tigrecito de Mompracen. El hecho de que lo presentara fue muy importante para mí. Además de un reconocimiento a mi literatura, fue una cobertura, porque la cosa todavía estaba muy pesada.” La generación de O’Donnell estuvo muy influida, según reconoció el escritor, por Sobre héroes y tumbas. “Así como Hernández encontró la forma y el fondo del gaucho, Sabato encontró el fondo y la forma del porteño medio, sus respiraciones, sus neurosis, sus dificultades.” La muerte –agregó– tiene que poner en marcha un “mayor” reconocimiento de su literatura. “Sabato fue uno de los primeros que hizo públicas sus críticas al stalinismo, mucho antes que Octavio Paz o de Bernard-Henri Lévy; pero con eso se ganó la antipatía de sectores amplios de la izquierda; antipatía que sigue hasta hoy, cuando no dejan de reprocharle su almuerzo con Videla hasta extremos insólitos.”
–Pero ese almuerzo es reprochable.
–Sí, es un error; él mismo me dijo que había sido un error. Pero era fácil cometer errores en esos tiempos. Si no aceptaba una invitación de Videla, lo más probable era que tuviera que irse. Esa fue la explicación que dio (René) Favaloro, a quien nunca le reprocharon el hecho de que también almorzó con Videla.

domingo, 10 de abril de 2011

EL SOLDADO DESCONOCIDO QUE APELÓ INÚTILMENTE A LA CRUZ DE SU CUELLO

Cuando un actor o un cantante quiere motivarse desde el escenario, elige entre los espectadores a uno en especial, y actúa o canta sólo para él. Esa es la forma que tiene de humanizar a ese compacto abstracto llamado "público", que está sentado en la platea del teatro.


Cuando pienses en Malvinas, animate a pensar en algún soldado en especial, para tomar la temperatura del drama real. Porque cuando pensás en un colectivo victimizado, perdés la noción del drama real. El drama colectivo tiene entidad real cuando se acumulan una a una las historias personales que resultan de la misma intensidad dramática. Pero si empezás a pensar en términos colectivos despreciando la anécdota, vas a tener tendencia a conceptualizar, lo que es un ejercicio racional y desapasionado muy importante, pero que se aleja peligrosa e innecesariamente de la realidad en su completa dimensión.



¿No conociste a ningún soldado de Malvinas? ¿No tenés en la memoria la cara, la voz, o el nombre de ninguno? Ya te conté la historia de Roque, un soldado que murió en el Belgrano. Pero te puedo agregar la historia de otro, que murió en la isla, y quedó enterrado allí, en el cementerio argentino.

Nadie puede decir el nombre del soldado cuyo triste final te voy a contar para que pienses en él. Nadie lo reconoció. Si tiene padres que van a llevarle flores a las Malvinas, ellos no sabrán cómo murió. De él sólo quedaron dos fotos, donde apenas "se adivina una cara de pómulos altos, y un ligero aire aindiado, rígida por la muerte", como relata Adrian Weale, que junto a Christian Jennings, publicaron el libro "Muchachos de ojos verdes". En la foto, está apoyado sobre otros cuerpos de soldados argentinos muertos, con un fusil que se ve detrás de él.

A este soldado argentino le tocó toparse con un soldado inglés cuyo nombre es Gary Sturge, paracaidista. Fue en Monte Longdon, ante por lo menos doce testigos ingleses.

El soldado argentino había sido herido en el pie o en la pierna, no se sabe, por el paracaidista Alec Munro, en el último momento del asalto de la compañía "A", al final de la batalla. Munro estaba junto a Sturge. Munro indicó a Sturge que se hiciera cargo del soldado argentino herido, y esperara indicaciones de qué hacer con él.

Hacia un costado de Sturge, estaban formando en fila a los soldados argentinos prisioneros, y hacia el otro costado, iban poniendo en fila los cuerpos de los argentinos muertos. Sturge, impaciente, le preguntó a Munro qué hacía con el soldado. Y recibió una respuesta que podría considerarse ambigua, pero sólo para una mente perversa: ponelo en fila con los demás.

En fila estaban los prisioneros, pero también en fila estaban los muertos. Si la respuesta de Munro fue ambigua, Sturge tuvo oportunidad de pensar que si el soldado argentino estaba vivo, debió ir a hacer la fila con los vivos. Pero eligió por el grupo de los muertos.

Sturge llevó al soldado contra una roca y sacó una pistola de las que habian recolectado en el búnker de oficiales argentinos. El prisionero se dio cuenta de que iba a ser ejecutado y comenzó a gritar con palabras que nadie de los allí presentes entendió, dicen los testigos ingleses. Como esfuerzo desesperado por hacerse entender, el soldado argentino tomó el crucifijo que colgaba de su cuello y se lo mostró a Sturge. Sturge simplemente disparó. El soldado argentino quedó con los demás, en la fila de los muertos.

Los ingleses testigos presentes creyeron interpretar al soldado argentino mostrando el crucifijo. Ellos relataron que quiso hacer entender a Sturge que al ser ambos cristianos, por eso no debía dispararle.

Pero el crucifijo al que apeló en desesperación el soldado argentino, tiene además otros significados universales: es la apelación a la piedad, a esa piedad que debe tener un cristiano con otro ser humano, sea cual fuera su religión. Podemos pensar que además de mostrarse como cristiano, el soldado argentino quiso enfrentar a Sturge con la cruz, esperando que un cristiano reacciones ante su fé.

El acto final de este soldado argentino, fue poner en combate el arma más sofisticada de lo simbólico, con mayor idoneidad que la de los militares argentinos cuyos símbolos no superan el nivel de lo pedestre. En esa batalla ganó el soldado argentino que resultó muerto. Le ganó al inglés en humanismo y a los militares argentinos encalidad simbólica.

No debemos sustraernos a ser espectadores sensibles de este último acto de coraje y estrategia, que nada tiene que ver con las armas de fuego y con la guerra. No sabemos su nombre, pero pensemos en él cuando pensamos en la guerra de Malvinas. Así pensaremos en cada uno de los demás, vivos o muertos.

Como escritora de blog que soy, estoy haciendo mi esfuerzo para intentar terminar con Malvinas como el Santo Sepulcro de nuestras tradicionales ilusiones irredentas, porque mientras esa forma de pensar sobreviva, puede llevar en cualquier momento a la desgracia de otros chicos como el que fue ejecutado por una bestia humana como Sturge.

No a la idealización apasionada de la soberanía territorial. Sí al reclamo del derecho, con total racionalidad despasionada. Ayudame a difundir esta idea. Sacále la pasión al tema Malvinas.


El soldado argentino ejecutado en Malvinas