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domingo, 2 de octubre de 2016

Las palabras como reflejos de libertad


Discepolín Vive – Literatura

“Entre Mandarinas y Tumbas” es un libro de poemas narrados en verso y prosa, escrito por internos de la Penitenciaria Nº 6 de la ciudad de Rosario. El libro está compuesto por nueve capítulos, incluyendo la biografía de los autores en cada uno de ellos. Sus autores son Víctor Hugo Saldaño, Darío Roldán, Juan Alberto Aricaye, Víctor Fabián Molina, J.F., Iván Ezequiel Gallarza, Vítor Manuel Álvarez, Raúl Ledezma e Iván Baiz.
A través del método cubano de alfabetización: “Yo, si puedo”, programa creado por el IPLAC (Instituto Pedagógico Latinoamericano y Caribeño) de Cuba que desembarcó en Argentina a fines de 2013, impulsado por la Multisectorial de Solidaridad con Cuba en Rosario, se hizo efectiva la activación de distintos talleres multidisciplinarios con respaldo del Ministerio de Seguridad Provincial.
El taller de escritura dictado Ariana Daniele, una joven profesora de francés, se llevó a cabo entre octubre de 2015 y junio de 2016 con la participación y el trabajo de 12 reclusos de los que solo quedaron 9. Sus alumnos aprendieron a leer y a escribir, y manifestaron públicamente su agradecimiento con una dedicatoria al líder de la revolución cubana, Fidel Castro en su 90º aniversario, por esta iniciativa que ha logrado graduar a 50 internos de la Penitenciaria de Av. Francia al 5200.
El libro fue presentado por primera vez el viernes 05 de agosto en Biblioteca Argentina a cargo de Ariana Daniele acompañada por los poetas Carla Bodrone, Federico Rodríguez y David Chulquey;  y contó con la presencia de los internos Víctor Hugo Saldaño y Víctor Fabián Molina que, acompañados por la policía hasta la mesa de lectura, leyeron algunos poemas.
Víctor tomó el micrófono y se presentó. Mientras contemplaba el libro dejó caer algunas lágrimas y expresó: ““Es un honor estar en este lugar, estoy lleno de emoción, es un sueño hecho realidad poder volcar mis actitudes y pensamientos reflejados en un papel”.
Luego de la proyección de un video con las lecturas de los autores que no pudieron asistir, prosiguieron a la firma de los ejemplares por parte de los autores a modo de conclusión.
La segunda presentación se realizó el miércoles 10 de agosto en el mismo penal con la apertura de Guillermo Cabruja, coordinador de alfabetización de la Multisectorial de Solidaridad con Cuba en Rosario. “Fuimos a Cuba a mostrar lo que estábamos haciendo con el programa, y en el portal Cuba Debate lo primero que apareció fue la primera página con la dedicatoria (a Fidel Castro). Fidel debe ser ateo porque ustedes les pusieron Dios te ama”, contó Cabruja entre risas.
Nueve de los internos participaron en una jornada íntima entre lecturas de poemas y canciones con guitarra de la mano de E ‘Bo. Allí estuvieron presentes amigos, familiares, fotógrafos, periodistas y personal del servicio penitenciario.
Entre Mandarinas y Tumbas es una mirada artística con historias, sentimientos, anhelos y anécdotas de la vida cotidiana en la cárcel. No es cualquier mirada, sino una mirada interior expresada por los que no tienen voz. Esta obra exhibe como pocos las creencias, los anhelos, los pensamientos, las ambiciones y los recuerdos de la vida de muchas personas privadas de su libertad.
La compilación fue realizada por Ariana Daniele, con fotografías de Nicolás Vives y diseño de Lucas Collosa. Actualmente se encuentra disponible en Biblioteca Argentina y en El Juguete Rabioso.

Lectura de Víctor Hugo Saldaño en la presentación del libro "Entre Mandarinas y Tumbas" en Biblioteca Argentina

Por Andrés Belguich Velasco
Fotografías: Nicolás Vives y Eliana Pacheco

lunes, 18 de junio de 2012

Malvinas: literatura y política



Por Horacio González *


La presentación del libro Les Iles Malouines, de Paul Groussac, en París y Londres durante la última semana, editado en común por la Casa Argentina en París, la editorial francesa L’Harmattan y la Biblioteca Nacional de nuestro país, fue un acontecimiento político-literario que tiene innumerables dimensiones que vale la pena considerar. En primer lugar, es un libro que sostiene con una fortísima documentación los derechos argentinos sobre las Malvinas. Fue publicado en 1910 por Groussac, como un homenaje de un ciudadano francés a su país adoptivo, y escrito en su idioma natal, lo que le parecía más efectivo para la diseminación de su empeñosa investigación histórica en el mundo diplomático. ¿Qué importancia tiene un libro tan documentado sobre los derechos argentinos en Malvinas pero escrito un poco antes de comenzada la era del petróleo, muy anterior los misiles aire-tierra, los submarinos nucleares y la disputa por los recursos naturales en contextos de escasez?

A juzgar por la compacta presencia de numerosos interesados en las conferencias, y no sólo argentinos, tanto en la Casa Argentina de París como en la residencia de la embajadora Alicia Castro en Londres, hay una avidez por encontrar en Malvinas una de las claves de la historia contemporánea, una bien contada historia del expansionismo colonial, sin estereotipos, sin ingenuidad, sin lamentos y sin bullicio, pero con un valor pedagógico que puede ser ahora una base para la reflexión profunda de los pueblos. El Informe a la Corona del célebre doctor Johnson es una pieza antibelicista única, que debería enorgullecer la vida intelectual británica. El mayor especialista en Shakespeare de su tiempo, autor de un formidable diccionario de la lengua inglesa, polemista sagaz, escribe un ingenioso alegato contra la guerra a propósito de la cuestión Malvinas y deja implícitos los derechos de España. Groussac no es ajeno a este estilo de Samuel Johnson –al que cita–, un tanto inflado pero repleto de gloriosas ironías. Además de su insustituible documentación tanto española como británica, arroja Groussac su fino ojo de filólogo sobre las conocidas descripciones y relatos de los marinos europeos que cruzan el Atlántico. Descubre allí los síntomas de una voluntad mítica de poderío que subordina la exactitud de la memoria en nombre de un empeño de apropiación. La letra fina de la ciencia sucumbe frente a la letra gruesa de las grandes monarquías mercantiles. Nada muy diferente a como proceden hoy las argumentaciones complacientes, sin interés en la autocrítica ni en la crítica de los grandes emporios bélico-empresariales del mundo, cuya filosofía es sólo una esgrima de autojustificación.

Narra entonces Groussac los actos de una voluntad de poder antes que el interés por las ciencias naturales, de las que muchos de esos marinos son también ávidos pero no desinteresados cultores. Las predisposiciones míticas y referencias literarias que al pasar aporta Groussac, como si lo hiciera distraídamente, hacen también de su libro sobre Malvinas un tenue reflejo en una historia literaria del siglo XVIII y XIX. Como si no importara, anota que el abuelo de Lord Byron es uno de los tantos marinos ingleses que ronda las islas, y que alguna vez naufraga cerca de ellas. Es evidente la relación, para Groussac como para los críticos literarios ingleses, entre el naufragio del comodoro Byron, el abuelo, con los poemas de Don Juan de su nieto, donde el canto segundo se centra en un impresionante naufragio.

Pero quizá más interesante es la mención que hace Groussac del nombre de Malvinas. Lo considera superior en alcances geopolíticos y literarios al nombre Falkland. El primero lo juzga, como es obvio, proveniente de los marinos de Saint Malo, los primeros pobladores de Malvinas, con el gran naturalista Bouganville a la cabeza. Pero la conversión de Malouines en Malvinas la cree ligada a la enorme difusión mundial que desde finales del siglo XVIII tienen los poemas escoceses de Ossian, cuya heroína se llama Malvina y fueron leídos, como en todos lados, por los pobladores de aquella Buenos Aires colonial. Esta conjetura de Groussac es improbable, pero tiene gran interés la discusión sobre el origen de esos poemas, recogidos por el escocés Macpherson, originando una célebre polémica a fines del siglo XVIII sobre la autoría de leyendas y relatos épicos en idiomas que no tienen forma escrita. Samuel Johnson participa enteramente en esa polémica, pero también lo hace Groussac, con ojos latinoamericanos. Vemos así la compatibilidad lejana, no tan secreta, entre estos dos grandes publicistas y críticos. Ambos se preocupan por los orígenes de sus lenguas, de la inglesa Johnson; de la francesa, española y argentina el polifacético Groussac. En cuanto al nombre de Falkland, Groussac lo desmerece; no le atribuye pertinencia a su origen ligado a los lords Falklands, a quienes tributaría el marino del Imperio que avista por primera vez las Malvinas, y cree nuestro francés que, en cambio, es el nombre del condado del que ese capitán de barcos corsarios proviene. De todas maneras, en la Londres actual se recoge, hablando aquí y allá del tema, que hay un descendiente de Lord Falkland, con ese nombre mismo, circulando por los salones elegantes de esa ciudad. Acentuando bromas en el límite de las cosas, sus contertulios lo llamarían “Lord Malvinas”.

Como cuestión de lenguaje, la opción por el idioma francés por parte de Groussac, le recordó a Eduardo Rinesi –rector de la Universidad de General Sarmiento, partícipe de la presentación de Les Iles Malouines en la Casa Argentina de París– el mismo acento de independencia idiomática que profiere Descartes cuando exclama “¡voy a escribir en francés!”. En el primer caso, era para formular en lengua franca la diseminación de los derechos argentinos, en el segundo para producir un acceso revolucionario a la lectura filosófica a partir de abandonar el dominio de latín. Por otro lado, la argumentación precisa de Groussac recuerda al modo cartesiano, con aparición de “genios malignos” y todo, cual sería la propensión mitológica que constituye a la imaginación imperial, bien estudiada hoy por los llamados “estudios poscoloniales”. Otra observación puede hacerse, tomando aquí algunas ideas de Patrice Vermeren –decano del departamento de Filosofía de la Universidad París VIII, al que se le debe en gran medida la iniciativa de la republicación de Groussac en aquella capital europea–, pues se trata de ver que la “lengua emigrada” de Groussac consigue inventar un castellano más preciso pero un francés más “pampeano”. Por mi parte, agrego el ejemplo del gran Joseph Conrad, el capitán Joseph Korseniosvsky, que con su originario idioma polaco inventó otra narrativa inglesa, con personajes oscuros, de moralidad espesa y enigmática, cuyo lúgubre carácter está prensado por los grandes poderes imperiales y mercantiles en expansión. Groussac, hombre conservador al extremo, no deja sin embargo de percibir estos mismos escorzos del alma en las épocas donde conviven grandes aventuras humanas y diminutas criaturas despojadas, grandes inventos que afirman poderíos, y pequeños personajes de espíritu conspirativo, que son sus crasos operadores.

Podrá preguntarse: ¿y ustedes, con este texto del siglo pasado, que apenas había llamado la atención del diputado socialista Alfredo Palacios en los años ’30, fueron a convocar a embajadores y decanos sin las necesarias exigencias de actualidad? Respuesta: tanto los participantes ya mencionados, además de Diego Tatián –decano de Humanidades de la Universidad de Córdoba, y Alejandra Birgin, directora de la Casa Argentina en París–, somos conscientes de que la presencia de Aldo Ferrer y Miguel Angel Estrella –embajadores en Francia y la Unesco respectivamente– en la presentación ocurrida en París era suscitada y a la vez contribuía a crear un aire de profunda actualidad en esta presentación de un viejo libro documentado y sagaz. Argentinos con largos años de residencia en esa ciudad –José Eduardo Weisfreid, Sophie Thonon, Carlos Schmerkin y Lucrecia Escudero– fueron también empeñosos constructores de la posibilidad de editar el libro.

La actualidad de Les Iles Malouines nada tiene que envidiarle a Los Pichicyegos de Fogwill, pues surge también la evidencia de la compatibilidad entre ambos libros, al parecer tan diferentes. Tanto uno como otro tratan de guerras, navegaciones y lenguaje, de la imbricación en el ser recóndito de la conciencia de todas estas dimensiones. El plano de los derechos argentinos visto con el ojo del filólogo e ironista que era Groussac, y el plano del derrumbe de la lengua en tiempos de guerra visto por el también filólogo y autor de una magnífica picaresca nacional como lo fue Fogwill, son el anverso y el reverso del mismo tema. Malvinas –su causa– precisa de un pensamiento universal. A la vez fundado en la honra de la paz y un horizonte democrático nuevo, tanto como en una autorreflexión profunda sobre la condición histórico-social argentina, lo que es lo mismo que llamarse a comprender la naturaleza compleja del orbe político-cultural, tal como se forjó desde el siglo XVII en adelante. Adecuadamente tratado, es una clave superior del futuro de la democracia argentina.

La embajadora Alicia Castro, con su fina comprensión de estas circunstancias, su expresión precisa del idioma inglés y su estudio sutil de esa cultura británica que nos es tan familiar como refractaria a los justos reclamos, nos hace ver que es imprescindible poner a los pueblos en acto de reflexión inmanente sobre su propia historia. Para articular el habla de los acuerdos a la que la otra parte se niega, es preciso despertar el corazón intrincado de la historia, lo que precisamente Conrad llamó “el corazón de las tinieblas”. La presidenta Cristina Fernández no lo dijo de manera diferente en uno de sus mejores discursos, el que pronunció en el Comité de Descolonización. Desde el argumentum ornitologicum respecto de los pájaros migrantes que salen de Malvinas y llegan hasta Ecuador, hasta la rápida pero impecable respuesta respecto del artificioso plebiscito que ahora se intenta, se trata de interrogar con fuerza renovada a la conciencia universal y democrática. Ese formidable utensilio de los pueblos, el plebiscito, es fruto de la existencia de una alteridad en la razón profunda que mantiene ese débil hilo entre disenso y unidad de las poblaciones. Al hacerlo artificial, tautológico, tan decidido de antemano como anulatorio de la trama historiográfica subyacente, se convierte a este instrumental básico de las democracia en una pobre bagatela. Entonces, estos libros viejos pero no superados que aquí comentamos sirven también para mostrar que, habiendo otros caminos posibles, no se puede hacer caer a una comunidad entera al abismo de un sofisma que está falto de raíz historiográfica, política y hasta ornitológica.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Inauguración nueva encuadernadora Arcángel Maggio

23 de Noviembre de 2011, Barracas: La presidenta Cristina Fernández de Kirchner asistió a la inauguración de equipos y al anuncio de inversiones en la Industria Gráfica Arcángel Maggio, en el barrio porteño de Barracas. Además, mantuvo una videoconferencia con Salta, donde se inauguró una antena digital terrestre de TDA. "A esta Presidenta no la van a ver sólo en los despachos o en la Plaza de Mayo, sino que la van a ver en cada fábrica apoyando a cada trabajador y a cada empresa que luche por seguir generando trabajo en el país", sostuvo la jefa de Estado.



CFK: Asistimos a la inauguración de equipos y al anuncio de inversiones en la Industria Gráfica Arcángel Maggio, en el barrio porteño de Barracas. Además, mantuvimos una videoconferencia con Salta, donde inauguramos una antena digital terrestre de TDA.






lunes, 2 de mayo de 2011

“Se va en paz, cumplió con lo que debía hacer”

EL ESCRITOR ERNESTO SABATO FUE DESPEDIDO POR SUS AMIGOS Y SU HIJO MARIO EN EL CEMENTERIO JARDIN DE PAZ
Los restos de Sabato, que falleció el sábado, fueron inhumados ayer. “Aun a través de sus errores, siempre se jugó por lo que pensaba, por más que estuviera equivocado. Después, incluso, pedía perdón”, dijo Elvira, su última compañera.
 Por Silvina Friera
El otoño caía triste, silbando su réquiem, el mediodía en que los familiares, amigos íntimos y un puñado de lectoras “infiltradas” en el Jardín de Paz, en Pilar, despidieron a Ernesto Sabato. Imborrables, delante de los ojos, como una llamarada de melancolía, flameaban por el aire algunas hojitas amarillas, tan frágiles en su rauda peregrinación hacia el césped. Una bandera argentina envolvía el féretro del escritor. Mario, su hijo; Elvira González Fraga, su última compañera, acompañada por sus dos hijos y su hermano, el economista Javier González Fraga; Julia Constenla, biógrafa del escritor; Mario “Pacho” O’Donnell, el ex fiscal del Juicio a las Juntas Militares, Julio César Strassera; y el presidente del Instituto de Cultura de la provincia de Buenos Aires, Juan Carlos D’Amico, entre otros, caminaban, despacio, como si intentaran aplazar el final. El autor de Sobre héroes y tumbas alguna vez recordó que durante su infancia no se podían expresar los sentimientos. Y mucho menos llorar. No era de hombres la ternura. “Acá están tres de las personas que más he querido en mi vida: mi hermano adorado (por Jorge), mi madre (por Matilde) y ahora está él –dijo Mario, surfeando por la emoción, como podía–. Se va en paz, cumplió con lo que tenía que hacer.” “Si es cierto que puede estar en alguna parte oyendo –agregó el hijo–, le quiero decir: ‘Vos, papá; vos, mamá; vos, Jorgito, quédense tranquilos. Yo me hago cargo.” Ni una palabra más. El resto fue silencio.
La ceremonia fue breve. “Ernesto tenía un gran don de gente para la gente sencilla y una actitud difícil hacia el mundo intelectual”, recordó Elvira, su última compañera. En los últimos cuatro años que no pudo salir de su casa de Santos Lugares, Sabato fue resignando pequeños gustos que jamás imaginó que abandonaría, excepto por la enfermedad. “No podía estar sin tomar vino, y sin embargo fue aceptando comer una comida triturada, mínima. Yo le daba vino cuando nadie veía, pero no era algo que él podía tomar.” Elvira –Elvirita, como la llamaba el escritor– estaba extenuada. Pero entera. “Ernesto nos deja una fidelidad a una manera de ser. En este mundo se nos ha ido el zapping un poco también al espíritu; vivimos en actitud de zapping, en actitud fragmentada –planteó–. Si deja algo es que, aun a través de sus errores, siempre se jugó por lo que pensaba, por más que estuviera equivocado. Después, incluso, pedía perdón.”
El paño de la memoria podría desplegarse aun más si no fuera por el cansancio. “Cuando la Argentina estuvo mal, Ernesto escuchaba el noticiero llorando. A veces caía en grandes depresiones. Cuando se agarraba una gran depresión, se cruzaba de brazos como si ahí se fuera a morir. Yo ya no sabía qué decirle para que se alegrara. Entonces me iba a la cocina y llamaba a la cárcel de Ezeiza, a Cristina, una chica que estaba presa. Al rato volvía y le decía:’ Ernesto, Ernesto, está Cristina desde la cárcel de Ezeiza’. ‘No puedo atender a nadie’, me contestaba. ‘Pero mirá que la dejan hablar una vez por semana, así que... por favor, fijate lo que hacés’.”
Y el hueso duro de roer, la depresión de Sabato, se ablandaba. La estrategia de Elvira daba resultados. “El se levantaba, ni podía hablar, pero le daba ánimo. Y de paso se llenaba él de ánimo.”
Como si el viento alentara el galope de las evocaciones íntimas, Constenla repasó, una vez más, cómo lo conoció, allá por 1949, cuando era una joven de 20 años que se había deslumbrado con El túnel. Buscó el teléfono en la guía y lo llamó. Sabato le propuso que lo fuera a ver a Santos Lugares. Su biografía, Ernesto Sabato. Un hombre (Sudamericana), se reeditará en estos días con un nuevo prólogo. “Sabato estaba yéndose desde hace mucho tiempo. El dijo una frase, hace ocho años, con la que termino mi libro: ‘He dicho todo lo que tenía que decir, he escrito todo lo que tenía que escribir. Es hora de que me llame al silencio’.” Hay un último recuerdo dentro del silencio. “Todos los sábados íbamos a almorzar a su casa, con una de sus nueras, con Lidia, la viuda de Jorgito. Ya era penoso porque tenía la sensación de que a veces me conectaba y a veces no. El me decía ‘Chiquita, Chiquita’, me palmeaba, sospecho que tratando de reconocerme. Para los recuerdos lejanos se orientaba bastante bien. Le hablé de su madre y de José, su hermano, el que se había ido con el circo”, comentó la biógrafa.
“Yo quería ser José –le dijo–. Yo quería irme con el circo.”
Como estaba muy embalado y Constenla creía que podía capitalizar ese envión de entusiasmo, continuó. “Qué cosa, tu madre: once varones, once pares de calzoncillos y una sola hija mujer.” Sabato se sobresaltó y le dijo: “Mamá no tuvo una hija mujer”. La lucidez todavía pulseaba en su agitado interior. “Claro que no tuvo –le confirmó Constenla–, pero ella siempre pensó que Matilde era su hija mujer.” “¿Quién es Matilde?”, le preguntó Sabato, completamente desconcertado.
El olvido, que cavaba lentamente su fosa, había suprimido de la memoria del autor de Sobre héroes y tumbas a Matilde, su primera mujer, la madre de sus hijos. “Fue una larga y penosa despedida”, concluyó su biógrafa.
La generosidad. Pacho O’Donnell apoyaba su paraguas mientras subrayaba los gestos que Sabato tuvo con él. “Yo volví precozmente de mi exilio en 1980. Un año después presentó mi libro, El tigrecito de Mompracen. El hecho de que lo presentara fue muy importante para mí. Además de un reconocimiento a mi literatura, fue una cobertura, porque la cosa todavía estaba muy pesada.” La generación de O’Donnell estuvo muy influida, según reconoció el escritor, por Sobre héroes y tumbas. “Así como Hernández encontró la forma y el fondo del gaucho, Sabato encontró el fondo y la forma del porteño medio, sus respiraciones, sus neurosis, sus dificultades.” La muerte –agregó– tiene que poner en marcha un “mayor” reconocimiento de su literatura. “Sabato fue uno de los primeros que hizo públicas sus críticas al stalinismo, mucho antes que Octavio Paz o de Bernard-Henri Lévy; pero con eso se ganó la antipatía de sectores amplios de la izquierda; antipatía que sigue hasta hoy, cuando no dejan de reprocharle su almuerzo con Videla hasta extremos insólitos.”
–Pero ese almuerzo es reprochable.
–Sí, es un error; él mismo me dijo que había sido un error. Pero era fácil cometer errores en esos tiempos. Si no aceptaba una invitación de Videla, lo más probable era que tuviera que irse. Esa fue la explicación que dio (René) Favaloro, a quien nunca le reprocharon el hecho de que también almorzó con Videla.