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miércoles, 6 de marzo de 2013

Más grande que lo posible

EL MUNDO › OPINION

Por Mario Wainfeld


Si hay un lugar común pavote y mediocre es hablar de (o esperar) un veredicto de la Historia sobre los líderes o grandes dirigentes. No existe ese tribunal impersonal (ejem), “independiente”. Los que van juzgando son los pueblos, portadores y defensores de intereses. El presidente Hugo Chávez se fue glorificado en las urnas por su pueblo, revalidado en numerosas ocasiones, repuesto en su lugar por movilizaciones masivas tras el nefasto golpe de 2002. La última elección fue una más (porque ratificó una tendencia) y fue única porque se produjo en medio de su enfermedad: quedó como el pronunciamiento final y tajante. Lo que Chávez fue para Venezuela lo plebiscitaron sus compatriotas. Los números y la recurrencia hablan solos, poco hay que agregar.

Tenía un gran manejo mediático e histriónico... Lo que concretó es bien tangible. Es difícil mensurar la proporción internacional de Chávez sin puntualizar que Venezuela no es una potencia económica ni militar. Que jamás un presidente de ese país fue tan conocido, amado u odiado, funcionando como referencia en esta América y en el mundo. Hay que saber mucha política, tener mucho don de mando y capacidad de negociación para conseguir tanto con una “base material” tan acotada.

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En la región fue un líder formidable y constructivo. Central para un nuevo diseño del Mercosur, que aglutinó a los tres países con mayor PBI. Determinante para el “No al ALCA”, que sepultó una propuesta política norteamericana en la Cumbre de Mar del Plata.

El hombre, claro, supo aliarse. Primero que nada, con Argentina y Brasil. La narrativa dominante sobre esta etapa se saltea la conjunción entre los dos países más relevantes de América del Sur, durante las presidencias de Lula da Silva, Néstor Kirchner, Cristina Fernández de Kirchner y Dilma Rousseff. La unión estratégica es un eje de la época, que en estas pampas se subestima o se niega para demostrar que lo de Brasil es formidable y lo nuestro un engendro. La sincronía en tantas medidas, la articulación y comunicación permanentes refutan esa lectura perezosa.

Chávez captó ese cuadro de situación y supo jugar dentro de él. Un ejemplo redondo fue la mentada Cumbre de Mar del Plata, donde aceptó (divertido, desde ya) hacer de chico malo cuando Kirchner y Lula se lo pedían o manejar la extensión de sus discursos para dilatar o acortar una reunión. El saldo fue el rechazo a una tremenda iniciativa imperial, conseguido a pulso.

Otro logro, chocante con la caricatura que dibuja la derecha, es cuán importante fue Chávez para la sostenida paz en la región. Y para el firme rechazo conjunto a la violencia norteamericana en Medio Oriente o la instalación de un centro de detención y tortura en Guantánamo. Entre tanto “el concierto de las naciones” acompañaba, hacía de comparsa o, en el mejor de los casos, miraba para otro lado.

Se habla de un bravucón (que podía serlo de palabra, si venía al caso), pero fue un pilar en tiempos de trabajosa integración regional, connotada por la ausencia de conflictos bélicos relevantes.

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A la hora de la hora, el orador impenitente sabía escuchar. Aceptó, a instancias especialmente de Kirchner, someterse al referéndum revocatorio: una elección a todo o nada durante un mandato vigente, algo que casi no existe en ninguna Constitución del mundo. Debía descomprimir la tensión interna. El mejor camino eran las urnas. Supo entender, le sobró cuero para jugarse. Y ganar, esa arte tan esquiva para varios republicanos de opereta que sólo convocan minorías.

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Venezuela, como tantos países, se benefició con el alza sideral del petróleo. No hay datos de otras naciones que, sin ser potencias y arrastrando necesidades importantes, usara esa riqueza para trabar relación con otros menos afortunados, para ayudarlos. De nuevo, abundan traducciones esquemáticas, provenientes de aquellos que no registran los cambios históricos y usan siempre las mismas categorías. El ladrón cree que todos son de su condición; el imperialista, también. Por eso subestiman o encasillan mal lo que concretó Chávez trasfundiendo petróleo a precio de regalo a aliados vecinos: Nicaragua o Cuba son los más característicos. O hasta ideológicos: llegó a vender nafta barata para abaratar el bus de Londres cuando lo gobernaba Ken Livingstone, un cuadro izquierdista apodado “el alcalde rojo”.

Venezuela no se constituyó en una metrópoli sino en una peculiar variación de aliado. El ejemplo de Cuba es el más complejo y evidente. Iba dinero a Cuba, desembarcaban médicos y maestros cubanos en Venezuela, se formaban médicos de toda la región en La Habana con financiamiento venezolano. ¿Había pujas por ver quién “conducía” a quién en esta relación o en la que lo ligó con Brasil y Argentina? Seguro que la hubo, siempre está presente entre aliados o compañeros de ruta. Pero no se plasmó en la relación imperio-colonia.

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Citaba a Bolívar, a Tupac Amaru, a Fidel, a Mariano Moreno, a Dorrego, a San Martín, a Salvador Allende... Ninguno de los presidentes argentinos de los últimos años evoca tanto al ex presidente Juan Domingo Perón en sus modos retóricos ni lo cita tanto en sus discursos. Era un autodidacta ávido y se

aggiornaba continuamente, vaya a saberse en qué momentos o ratos libres. Regalarle al presidente Barack Obama Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, fue un gesto ingenioso, pleno de simbolismo. Conocía la historia de nuestro país mejor que la mayor parte de los dirigentes argentinos actuales. Alguna vez se enzarzó con Cristina en una charla sobre el revisionista Jorge Abelardo Ramos, lo tenía en su biblioteca.

Sus discursos eran largos, seguramente caribeños, podían albergar un tramo musical cantado a voz en cuello o un gesto teatral, como cuando se sacudió el azufre dejado por George Bush en las Naciones Unidas. Pero distaban mucho de la parodia, al contrario, eran ejemplo de comunicación de masas. Conjugaban la lógica de la retórica dirigida a pueblos y militantes: síntesis histórica, semblanza y glorificación de los próceres. Nadie se iba sin tener una pintura de lo que quiso expresar, sin un par de consignas, de mensajes para trasmitir a sus compañeros o en sus barrios.

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Cuando el rey de España le espetó “por qué no te callas” sinceró una verdad honda, que trascendía la levedad de la anécdota. En el centro del mundo querían acallarlo, anularlo. No porque fuera exagerado y ruidoso, sino por lo que decía y representaba. Lo aborrecieron en Estados Unidos y en la Europa central. No odian a los dictadores: auparon a muchos. No odian la violencia que ellos ejercieron en Irak o Afganistán. Odian el desafío político e ideológico que le propuso nuestro Sur, en una era de relativa independencia y autonomía, sin un ápice de olor a pólvora.

El cronista le debe al periodista y ensayista Ernesto Semán esta caracterización del antagonismo ideológico, que tiene más de cien años y reflorece vital en el siglo XXI: “Chávez capturó como pocos un común denominador regional que precede al populismo: una idea de republicanismo, que pone en el centro político los derechos sociales e ideas de bien común (que muchas veces pueden ser al mismo tiempo inclusivas y autoritarias) por sobre ideas de libertad individual y derechos de propiedad privada que caracterizan al liberalismo en su versión norteamericana”.

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Se lo evocará mostrando una edición de bolsillo de la Constitución bolivariana, bailando, abrazando a sus pares, pronunciando palabras conmovedoras frente al féretro de Kirchner. El cronista se lleva en la memoria un acto realizado en Ferro, en contrapunto con la presencia de George W. Bush en Uruguay. Este escriba corría contra el cierre. El discurso se rizaba y era imposible saber cuándo llegaba a su fin. La razón profesional del cronista le ordenaba partir, para darle al teclado. Su corazón lo clavaba ahí. Le era imposible, como a muchos millones de latinoamericanos, no quererlo y disfrutar de su palabra.

Que no era hueca, además. Esa vez describió a “Cristina y Néstor” como “mis hermanos porque somos hijos de la misma crisis”, una frase tan afectuosa como precisa. Y agregó que creía más en los procesos históricos que en los hombres providenciales. Que si Bolívar hubiera muerto de disentería en la infancia o si San Martín no hubiera regresado de España, la independencia de sus países hubiera llegado igual. Tratemos de combinar, a pluma alzada, las dos afirmaciones. El determinismo absoluto no existe, las condiciones propicias sí.

La sincronía de gobiernos de matriz popular, críticos de los desvaríos y de la entrega noventista, es consecuencia de un marco general: el fracaso del neoconservadorismo. En cuanto a lo de los dirigentes providenciales, acaso no existan, estrictamente. Y por cierto de nada sirven si no “embocan” el momento histórico en que les toca vivir. Pero hay protagonistas que llegan al tope de las posibilidades disponibles. Que saben interpelar a sus pueblos y articular alianzas como pocos o nadie. Chávez fue uno de ellos, en ese sentido es irremplazable. En todo lo demás, se abren todos los enigmas acerca de cómo se suple, en pleno proceso de cambio, a un jefe carismático consagrado merced a sus acciones rompiendo la tradición y reformando a fondo las instituciones. Instituciones y tradición marchitas y estériles, por si hace falta resaltarlo.

Entre tanto, seguramente sin mayor originalidad, pero presumiendo que en sintonía con los lectores de este diario, el cronista llora a su modo la pérdida de un compañero y de un referente.

lunes, 18 de junio de 2012

Malvinas: literatura y política



Por Horacio González *


La presentación del libro Les Iles Malouines, de Paul Groussac, en París y Londres durante la última semana, editado en común por la Casa Argentina en París, la editorial francesa L’Harmattan y la Biblioteca Nacional de nuestro país, fue un acontecimiento político-literario que tiene innumerables dimensiones que vale la pena considerar. En primer lugar, es un libro que sostiene con una fortísima documentación los derechos argentinos sobre las Malvinas. Fue publicado en 1910 por Groussac, como un homenaje de un ciudadano francés a su país adoptivo, y escrito en su idioma natal, lo que le parecía más efectivo para la diseminación de su empeñosa investigación histórica en el mundo diplomático. ¿Qué importancia tiene un libro tan documentado sobre los derechos argentinos en Malvinas pero escrito un poco antes de comenzada la era del petróleo, muy anterior los misiles aire-tierra, los submarinos nucleares y la disputa por los recursos naturales en contextos de escasez?

A juzgar por la compacta presencia de numerosos interesados en las conferencias, y no sólo argentinos, tanto en la Casa Argentina de París como en la residencia de la embajadora Alicia Castro en Londres, hay una avidez por encontrar en Malvinas una de las claves de la historia contemporánea, una bien contada historia del expansionismo colonial, sin estereotipos, sin ingenuidad, sin lamentos y sin bullicio, pero con un valor pedagógico que puede ser ahora una base para la reflexión profunda de los pueblos. El Informe a la Corona del célebre doctor Johnson es una pieza antibelicista única, que debería enorgullecer la vida intelectual británica. El mayor especialista en Shakespeare de su tiempo, autor de un formidable diccionario de la lengua inglesa, polemista sagaz, escribe un ingenioso alegato contra la guerra a propósito de la cuestión Malvinas y deja implícitos los derechos de España. Groussac no es ajeno a este estilo de Samuel Johnson –al que cita–, un tanto inflado pero repleto de gloriosas ironías. Además de su insustituible documentación tanto española como británica, arroja Groussac su fino ojo de filólogo sobre las conocidas descripciones y relatos de los marinos europeos que cruzan el Atlántico. Descubre allí los síntomas de una voluntad mítica de poderío que subordina la exactitud de la memoria en nombre de un empeño de apropiación. La letra fina de la ciencia sucumbe frente a la letra gruesa de las grandes monarquías mercantiles. Nada muy diferente a como proceden hoy las argumentaciones complacientes, sin interés en la autocrítica ni en la crítica de los grandes emporios bélico-empresariales del mundo, cuya filosofía es sólo una esgrima de autojustificación.

Narra entonces Groussac los actos de una voluntad de poder antes que el interés por las ciencias naturales, de las que muchos de esos marinos son también ávidos pero no desinteresados cultores. Las predisposiciones míticas y referencias literarias que al pasar aporta Groussac, como si lo hiciera distraídamente, hacen también de su libro sobre Malvinas un tenue reflejo en una historia literaria del siglo XVIII y XIX. Como si no importara, anota que el abuelo de Lord Byron es uno de los tantos marinos ingleses que ronda las islas, y que alguna vez naufraga cerca de ellas. Es evidente la relación, para Groussac como para los críticos literarios ingleses, entre el naufragio del comodoro Byron, el abuelo, con los poemas de Don Juan de su nieto, donde el canto segundo se centra en un impresionante naufragio.

Pero quizá más interesante es la mención que hace Groussac del nombre de Malvinas. Lo considera superior en alcances geopolíticos y literarios al nombre Falkland. El primero lo juzga, como es obvio, proveniente de los marinos de Saint Malo, los primeros pobladores de Malvinas, con el gran naturalista Bouganville a la cabeza. Pero la conversión de Malouines en Malvinas la cree ligada a la enorme difusión mundial que desde finales del siglo XVIII tienen los poemas escoceses de Ossian, cuya heroína se llama Malvina y fueron leídos, como en todos lados, por los pobladores de aquella Buenos Aires colonial. Esta conjetura de Groussac es improbable, pero tiene gran interés la discusión sobre el origen de esos poemas, recogidos por el escocés Macpherson, originando una célebre polémica a fines del siglo XVIII sobre la autoría de leyendas y relatos épicos en idiomas que no tienen forma escrita. Samuel Johnson participa enteramente en esa polémica, pero también lo hace Groussac, con ojos latinoamericanos. Vemos así la compatibilidad lejana, no tan secreta, entre estos dos grandes publicistas y críticos. Ambos se preocupan por los orígenes de sus lenguas, de la inglesa Johnson; de la francesa, española y argentina el polifacético Groussac. En cuanto al nombre de Falkland, Groussac lo desmerece; no le atribuye pertinencia a su origen ligado a los lords Falklands, a quienes tributaría el marino del Imperio que avista por primera vez las Malvinas, y cree nuestro francés que, en cambio, es el nombre del condado del que ese capitán de barcos corsarios proviene. De todas maneras, en la Londres actual se recoge, hablando aquí y allá del tema, que hay un descendiente de Lord Falkland, con ese nombre mismo, circulando por los salones elegantes de esa ciudad. Acentuando bromas en el límite de las cosas, sus contertulios lo llamarían “Lord Malvinas”.

Como cuestión de lenguaje, la opción por el idioma francés por parte de Groussac, le recordó a Eduardo Rinesi –rector de la Universidad de General Sarmiento, partícipe de la presentación de Les Iles Malouines en la Casa Argentina de París– el mismo acento de independencia idiomática que profiere Descartes cuando exclama “¡voy a escribir en francés!”. En el primer caso, era para formular en lengua franca la diseminación de los derechos argentinos, en el segundo para producir un acceso revolucionario a la lectura filosófica a partir de abandonar el dominio de latín. Por otro lado, la argumentación precisa de Groussac recuerda al modo cartesiano, con aparición de “genios malignos” y todo, cual sería la propensión mitológica que constituye a la imaginación imperial, bien estudiada hoy por los llamados “estudios poscoloniales”. Otra observación puede hacerse, tomando aquí algunas ideas de Patrice Vermeren –decano del departamento de Filosofía de la Universidad París VIII, al que se le debe en gran medida la iniciativa de la republicación de Groussac en aquella capital europea–, pues se trata de ver que la “lengua emigrada” de Groussac consigue inventar un castellano más preciso pero un francés más “pampeano”. Por mi parte, agrego el ejemplo del gran Joseph Conrad, el capitán Joseph Korseniosvsky, que con su originario idioma polaco inventó otra narrativa inglesa, con personajes oscuros, de moralidad espesa y enigmática, cuyo lúgubre carácter está prensado por los grandes poderes imperiales y mercantiles en expansión. Groussac, hombre conservador al extremo, no deja sin embargo de percibir estos mismos escorzos del alma en las épocas donde conviven grandes aventuras humanas y diminutas criaturas despojadas, grandes inventos que afirman poderíos, y pequeños personajes de espíritu conspirativo, que son sus crasos operadores.

Podrá preguntarse: ¿y ustedes, con este texto del siglo pasado, que apenas había llamado la atención del diputado socialista Alfredo Palacios en los años ’30, fueron a convocar a embajadores y decanos sin las necesarias exigencias de actualidad? Respuesta: tanto los participantes ya mencionados, además de Diego Tatián –decano de Humanidades de la Universidad de Córdoba, y Alejandra Birgin, directora de la Casa Argentina en París–, somos conscientes de que la presencia de Aldo Ferrer y Miguel Angel Estrella –embajadores en Francia y la Unesco respectivamente– en la presentación ocurrida en París era suscitada y a la vez contribuía a crear un aire de profunda actualidad en esta presentación de un viejo libro documentado y sagaz. Argentinos con largos años de residencia en esa ciudad –José Eduardo Weisfreid, Sophie Thonon, Carlos Schmerkin y Lucrecia Escudero– fueron también empeñosos constructores de la posibilidad de editar el libro.

La actualidad de Les Iles Malouines nada tiene que envidiarle a Los Pichicyegos de Fogwill, pues surge también la evidencia de la compatibilidad entre ambos libros, al parecer tan diferentes. Tanto uno como otro tratan de guerras, navegaciones y lenguaje, de la imbricación en el ser recóndito de la conciencia de todas estas dimensiones. El plano de los derechos argentinos visto con el ojo del filólogo e ironista que era Groussac, y el plano del derrumbe de la lengua en tiempos de guerra visto por el también filólogo y autor de una magnífica picaresca nacional como lo fue Fogwill, son el anverso y el reverso del mismo tema. Malvinas –su causa– precisa de un pensamiento universal. A la vez fundado en la honra de la paz y un horizonte democrático nuevo, tanto como en una autorreflexión profunda sobre la condición histórico-social argentina, lo que es lo mismo que llamarse a comprender la naturaleza compleja del orbe político-cultural, tal como se forjó desde el siglo XVII en adelante. Adecuadamente tratado, es una clave superior del futuro de la democracia argentina.

La embajadora Alicia Castro, con su fina comprensión de estas circunstancias, su expresión precisa del idioma inglés y su estudio sutil de esa cultura británica que nos es tan familiar como refractaria a los justos reclamos, nos hace ver que es imprescindible poner a los pueblos en acto de reflexión inmanente sobre su propia historia. Para articular el habla de los acuerdos a la que la otra parte se niega, es preciso despertar el corazón intrincado de la historia, lo que precisamente Conrad llamó “el corazón de las tinieblas”. La presidenta Cristina Fernández no lo dijo de manera diferente en uno de sus mejores discursos, el que pronunció en el Comité de Descolonización. Desde el argumentum ornitologicum respecto de los pájaros migrantes que salen de Malvinas y llegan hasta Ecuador, hasta la rápida pero impecable respuesta respecto del artificioso plebiscito que ahora se intenta, se trata de interrogar con fuerza renovada a la conciencia universal y democrática. Ese formidable utensilio de los pueblos, el plebiscito, es fruto de la existencia de una alteridad en la razón profunda que mantiene ese débil hilo entre disenso y unidad de las poblaciones. Al hacerlo artificial, tautológico, tan decidido de antemano como anulatorio de la trama historiográfica subyacente, se convierte a este instrumental básico de las democracia en una pobre bagatela. Entonces, estos libros viejos pero no superados que aquí comentamos sirven también para mostrar que, habiendo otros caminos posibles, no se puede hacer caer a una comunidad entera al abismo de un sofisma que está falto de raíz historiográfica, política y hasta ornitológica.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.

jueves, 5 de mayo de 2011

Andy Belguich: "Me parece que la impunidad de Estados Unidos con la supuesta muerte de "Bin Laden", merece una manifestación de repudio a nivel nacional y mundial, por haber procedido de manera ilegítima e ilegal, y por no esclarecer la información".

Están actuando de manera clandestina y arrojando gente al mar. La misma metodología que aplicaron los militares represores del ´76 acá. El imperialismo viola, mata y destruye con total impunidad. Para deshumanizar a un pueblo, primero tienen que deshumanizarse ellos. Es una auto destrucción también.

jueves, 21 de abril de 2011

La resurrección de las ideologías

DEBATE SOBRE LAS DEFINICIONES POLITICAS DE MARIO VARGAS LLOSA
El Nobel de Literatura pasó “un día intelectual en el campo”. Disfrutó de un asado y hasta bailó un gato. De paso criticó el populismo y a Chávez. Aquí, dos miradas sobre cómo la derecha se adecua o aspira a recuperar el liderazgo en América latina.
 Por Atilio A. Boron *

La derecha y su fábrica de mentir

La cumbre de la ultraderecha mundial en Buenos Aires revela varias cosas. Por un lado, la creciente desesperación del imperialismo para “reordenar su tropa” y retomar el control de este continente. La heroica resistencia de Cuba, la solidez política de los procesos radicales en marcha en Venezuela, Bolivia y Ecuador y, por último, la persistencia de una orientación latinoamericanista e integracionista en Argentina, Brasil y Uruguay generan el desasosiego de los administradores imperiales. El resultado de la primera vuelta electoral en Perú y la probabilidad de un triunfo de Ollanta Humala es otro dolor de cabeza para la Casa Blanca. De ahí el hiperactivismo de los publicistas imperiales, con Mario Vargas Llosa como mascarón de proa acompañado por impresentables como José M. Aznar, derrotado en una ejemplar elección por mentirles descaradamente a los españoles sobre los atentados de Atocha, y Arnold Schwarzenegger, artífice de la paulatina destrucción del más importante sistema de universidades públicas de Estados Unidos, la Universidad de California.
La llegada a Argentina de este contingente financiado por poderosos “tanques de pensamiento” de la derecha radical como la Sociedad Mount Pelerin, el Instituto Cato, la Fundación Heritage y el Fondo Nacional para la Democracia con estrechas vinculaciones con los servicios de inteligencia de EE.UU. y un deshonroso activismo al servicio de las más criminales dictaduras latinoamericanas demuestra la agresiva internacionalización de la derecha, bajo la dirección de Washington, y la importancia que le dan a la “reconquista” de este continente.
Pero el evento también revela algo que ni siquiera el eximio manejo del lenguaje de Vargas Llosa o los artilugios retóricos de otro visitante, Fernando Savater, pueden disimular: que el neoliberalismo es una receta que sólo sirve para enriquecer a los ricos y empobrecer a los pobres. Ahí están para comprobarlo los casos ya no de América latina sino los de la rica Europa y EE.UU., claros ejemplos de la debacle a la que conducen las políticas neoliberales. En una medida sin precedentes la calificadora de riesgo Standard & Poor’s acaba de modificar la perspectiva de los títulos de la deuda estadounidense de “estable” a “negativa”. El neoliberalismo transformó a la superpotencia en una nación de pedigüeños que sobrevivirá mientras chinos, japoneses y surcoreanos estén dispuestos a prestarles dinero. La deuda pública de EE.UU. llegó a 47 mil dólares por habitante y a nivel global ya supera los 14 billones de dólares (es decir: 14 millones de millones), una cifra equivalente a su PBI, mientras que hace apenas 30 años oscilaba en torno del billón de dólares. ¡Todo un éxito de las políticas neoliberales! A su vez, la crisis europea que estalló en Grecia ya arrastra a Portugal, Irlanda; Italia y España están caminando al filo de la navaja, mientras Francia, Reino Unido y Alemania ven deteriorarse su situación día a día. Pero los ideólogos y publicistas neoliberales persisten en su prédica porque en el río revuelto de la crisis el gran capital financiero se fortalece a expensas de los millones que se declaran en bancarrota. Tres millones de deudores hipotecarios en default en EE.UU. no impidieron que los sueldos anuales de los principales CEOs de Wall Street regresaran a los niveles multimillonarios de antaño. En una palabra: nuestros ilustres visitantes no son otra cosa que una pandilla de embaucadores y publicistas que en su ideologismo barato hacen caso omiso de los datos que brotan de la experiencia.
Dado que los concurrentes al cónclave de Buenos Aires insisten tanto sobre las bondades del neoliberalismo para nuestra región es oportuno darle una ojeada a lo que piensan los latinoamericanos sobre las políticas neoliberales. La consultora Latinobarómetro releva todos los años las opiniones y actitudes políticas y sociales de la población en 18 países del área. Sus datos son tanto más pertinentes porque se trata de una empresa con un fuerte sesgo conservador y para nada sospechosa de ser crítica del neoliberalismo. En ediciones anteriores de su informe anual se le olvidó consignar que en 2002 había habido un golpe de Estado en Venezuela. Ahora, en su Informe 2010 se dice que en ese año en Ecuador “hubo un confuso incidente con las fuerzas policiales que fue calificado por algunos como ‘golpe’”. Dejamos a los lectores que extraigan las conclusiones por sí mismos. Pues bien: en ese mismo documento se pregunta a los entrevistados si creen que las privatizaciones han sido beneficiosas. Sería bueno que don Mario y sus amigos les peguen una miradita a estos datos porque en Latinoamérica en su conjunto sólo 36 por ciento contesta por la afirmativa. Y si se observan los datos para Perú apenas el 31 por ciento ofrece la misma respuesta, 34 por ciento en Chile y 30 por ciento en Argentina. Interrogados acerca de su satisfacción con los servicios públicos privatizados (otro de los caballitos de batalla del neoliberalismo) sólo un 30 por ciento de los latinoamericanos responde afirmativamente, 27 por ciento en Chile y Perú, y 30 por ciento en Argentina. Sobre la situación económica de sus países, el 27 por ciento de los entrevistados de Chile –casi uno de cada cuatro– dice que la misma es buena o muy buena, contra un 17 por ciento en Argentina (igual al promedio latinoamericano) y un escuálido 10 por ciento en el Perú de Alan García y su (ahora) admirador Vargas Llosa. Cuando se pregunta “cuán justa es la distribución de la riqueza”, el país con la mayor proporción de quienes dicen que es “justa o muy justa” es la tan vilipendiada –por los organizadores de esta maratón publicitaria– Venezuela bolivariana, con un 38 por ciento, contra un 14 en Perú y un 12 en Argentina y Chile, país al que nuestros visitantes nos sugieren imitar por sus logros económicos y sociales a pesar de que el 88 por ciento de la población entrevistada afirma que la actual distribución de la riqueza es injusta. Por cierto, un detalle nimio para los ideólogos de la derecha.
Podríamos seguir aportando cifras que revelan la profunda insatisfacción con los resultados de las políticas neoliberales en América latina. Claro está que esto no va a modificar la postura de nuestros visitantes. Tal como los teólogos medievales insistían en que la tierra era plana mientras contemplaban las esferas del Sol y la Luna, estos modernos publicistas de la reacción siguen haciendo su trabajo, impertérritos ante los datos de la experiencia. Su misión es propalar esas “mentiras que parezcan verdades”, para usar una incisiva frase del notable escritor e inescrupuloso publicista del imperio, que con su florida y precisa prosa se le ha encomendado la delicada misión de otorgarle credibilidad a una estafa que nuestros pueblos pagan con su dolor y, muy a menudo, con sus vidas.
* Politólogo.

jueves, 3 de marzo de 2011

Fidel denuncia campaña de confusión promovida por EE.UU. sobre conflicto en Libia



El líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, denunció en su más reciente reflexión que una campaña de mentiras, impulsada por medios masivos de comunicación, generaron un alto índice de confusión sobre los hechos que desde hace dos semanas se desarrollan en Libia.
En su artículo titulado La Guerra inevitable de la OTAN, Fidel expuso que Estados Unidos, con su aliados, empleó un aparato mediático para la divulgación de información sesgada sobre la situación en el país del norte de África, en el que desde el pasado 17 de febrero se desarrollan protestas a favor y en contra el líder libio, Muammar Al Gaddafi.
“El imperio y sus principales aliados emplearon los medios más sofisticados para divulgar informaciones deformadas sobre los acontecimientos, entre las cuales había que inferir los rasgos de la verdad”, precisó Fidel.
En ese sentido, el líder cubano resaltó que “emisoras serias y prestigiosas, como teleSUR, se veían obligadas a enviar reporteros y camarógrafos a las actividades de un grupo y a las del lado opuesto, para informar lo que realmente ocurría”.
Fidel, sin embargo, destacó que la campaña de confusión que, a través de los medios de comunicación, promovió Estados Unidos sobre la situación en Libia no logró que China y Rusia aprobaran, en el Consejo de Seguridad dela Organización de las Naciones Unidas (ONU), una intervención militar sobre el país árabe.
“Pese al diluvio de mentiras y la confusión creada, Estados Unidos no pudo arrastrar a China y la Federación Rusa a la aprobación por el Consejo de Seguridad de una intervención militar en Libia, aunque logró en cambio obtener, en el Consejo de Derechos Humanos, la aprobación de los objetivos que buscaba en ese momento”, enfatizó.
Consideró que, al ser el norte de África una región en la que se produce gran parte del petróleo que sostiene la economía de países ricos, Estados Unidos y la OTAN no pueden mantenerse al margen del conflicto interno surgido en Libia para promover la intervención militar.
“El imperialismo y la OTAN ─seriamente preocupados por la ola revolucionaria desatada en el mundo árabe, donde se genera gran parte del petróleo que sostiene la economía de consumo de los países desarrollados y ricos─ no podían dejar de aprovechar el conflicto interno surgido en Libia para promover la intervención militar”, escribió el líder de la Revolución Cubana.
Entre las líneas de su artículo, Fidel también criticó a la ONU y a su secretario general, Ban Ki-Moon, ante el papel asumido por el organismo multilateral ante el conflicto en Libia, país sobre el que dijo ya se encuentra inmerso en una guerra civil.
“El hecho real es que Libia está ya envuelta en una guerra civil, como habíamos previsto, y nada pudo hacer Naciones Unidas para evitarlo, excepto que su propio Secretario General regara una buena dosis de combustible en el fuego”, sentenció.
Fidel anunció para este jueves la segunda entrega de La Guerra inevitable de la OTAN.
A continuación, teleSUR ofrece el enlace de la reflexión del líder cubano publicada en el sitio web Cubadebate:
http://www.cubadebate.cu/reflexiones-fidel/2011/03/03/la-guerra-inevitable-de-la-otan/