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lunes, 21 de mayo de 2012

Videla negó sus dichos

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El dictador Jorge Rafael Videla negó, en una carta dirigida a LA NACION, haber reconocido que "los militares debían matar a 7000 u 8000 terroristas para ganar la guerra", como le atribuye el periodista Ceferino Reato en su libro "Disposición final".

Al reivindicar lo actuado durante la lucha contra la guerrilla, dijo que esa aseveración, como otras, es "falaz", lo que fue rebatido por el periodista y escritor, quien ratificó" todo el contenido del libro", al ser consultado por este diario.

La polémica gira en torno de las declaraciones formuladas por Videla, que concedió nueve entrevistas a Reato, entre octubre de 2011 y marzo de 2012, en la prisión federal de Campo de Mayo, donde el dictador cumple las condenas a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad.

Videla relativizó el número de 7000 u 8000 desaparecidos mencionados en el libro y lo atribuyó a "una interpretación personal" del autor, originada, quizás, en "alguna ambigüedad producida por el entrevistado".

Reato aclaró que las entrevistas no fueron grabadas, porque "está prohibido ingresar con grabadores" al penal. Pero explicó que "tomaba nota de cada respuesta y luego las pasaba en limpio" y que el ex jefe militar pudo revisar todas sus respuestas, como consta en originales que conserva.

"Es una técnica que utilizo con todos mis entrevistados cuando no puedo grabar las entrevistas", explicó el periodista, al insistir en que le interesaba brindar a los lectores "las respuestas que efectivamente Videla quería dar, evitando errores e imprecisiones".

Reato dijo que el ex dictador fijó la cantidad entre 7000 y 8000 personas, en una entrevista realizada el 26 de octubre de 2011, lo que luego reiteró el 16 de noviembre siguiente.

Videla dio a entender que no le consta esa precisión. "Yo dije: «Según estadísticas confiables, murieron entre 7000 y 8000 personas del oponente en la guerra contra el terrorismo, incluyendo muertos en combate y desaparecidos». En su oportunidad, la señora de Meijide reconoce 8960 bajas, ambas cifras muy lejanas a los 30.000 instalados por el relato en el imaginario público y extranjero", explicó el dictador.

El autor de Disposición final expresó que no toma esas cifras como definitivas porque son imprecisas. Y agregó: "Dada la voluntad de Videla de clarificarlas, haría muy bien a la verdad histórica que él intentara precisarlas con la información que debe tener y la que puede reunir en los contactos que todavía mantiene con sus subordinados de aquellos tiempos".

El arrepentimiento

Otra crítica de Videla apunta al contexto en el que está incluida su frase "no estoy arrepentido de nada".

Dijo que esa expresión "fue referida en el marco del comandante responsable de ganar la guerra, en un año y medio, según las órdenes, con las mínimas bajas propias y de la población civil". Y añadió: "No obstante ello, sólo deseo reiterar el dolor y el pesar que soporto en mi fuero íntimo toda vez que reflexiono acerca de este drama que me tuvo por principal protagonista".

Reato, en cambio, reveló que Videla fue preciso en sus afirmaciones sobre su actitud interior frente a la guerra contra la subversión. Dijo que en la entrevista del 26 de octubre sus palabras fueron: "Ojo, no estoy arrepentido de nada, duermo muy tranquilo todas las noches; tengo sí un peso en el alma, pero no estoy arrepentido ni ese peso me saca el sueño".

El ex jefe militar objetó, también, que se le atribuyera haber aceptado "que todos los desaparecidos eran detenidos y que fueran todos muertos durante la dictadura". Y dijo que no aceptó "el ocultamiento del cuerpo arrojándolo al mar, al río o a un dique, quemándolo en un horno o dentro de neumáticos de automóviles o enterrándolos en una fosa común".

Reato afirmó que en el libro no se le atribuyen a Videla dichos sobre cómo fueron ocultados o destruidos los cuerpos de las personas ejecutadas en forma sumaria.

"Nunca le atribuí ninguna respuesta sobre esos temas por la sencilla razón de que la forma de ocultar el cuerpo de cada una de esas personas quedaba a criterio del jefe de zona", explicó el periodista. Y recuerda que en la página 62 del libro, cita al propio Videla, cuando dice: "La responsabilidad de cada caso recayó en el comandante de la zona, que utilizó el método que creyó más apropiado".

El texto completo de la respuesta de Ceferino Reato

Ratifico todo el contenido de "Disposición Final" 

Videla no puede decir que no le avisé: el 23 de diciembre del año pasado, le aclaré, por si hubiera hecho falta, que él no iba a quedar satisfecho con mi libro debido, en especial, a las preguntas y repreguntas sobre el tema crucial de los detenidos desaparecidos durante su gobierno.

Las entrevistas no fueron grabadas porque está prohibido ingresar con grabadores a la prisión federal de Campo de Mayo. Yo tomaba nota de cada una de sus respuestas y luego las pasaba en limpio; Videla pudo revisar todas sus respuestas y, de hecho, realizó diversas sugerencias de puño y letra, como consta en originales que todavía conservo.

Esto fue así porque me interesaba brindar a mis lectores las respuestas que efectivamente Videla quería dar, evitando errores e imprecisiones de mi parte. Es una técnica que utilizo con todos mis entrevistados cuando no puedo grabar las entrevistas.

He revisado esos originales y, frente a las críticas de Videla y de los impulsores de su carta, ratifico todo el contenido de mi libro dado que las declaraciones ahora cuestionadas fueron efectivamente dadas por el entrevistado. Y a que, cuando le mostré esas respuestas, no las objetó.

Con respecto a las cifras de Videla, él dijo el 26 de octubre de 2011, y lo reiteró el 16 de noviembre de 2011: "Pongamos que eran siete mil u ocho mil las personas que debían morir para ganar la guerra; no podíamos fusilarlas (.)" Luego, explicó que tampoco podían llevarlas ante la Justicia, que "estaba inerte". Si podían ser fusiladas o llevadas ante la Justicia, algo que finalmente no ocurrió, queda claro que esas personas estaban detenidas.

De todos modos, yo no tomo esas cifras como definitivas porque son evidentemente imprecisas. Dada la voluntad de Videla de clarificarlas, me parece que haría muy bien a la verdad histórica que él intentara precisarlas con la información que debe tener y la que puede reunir en los contactos que todavía mantiene con sus subordinados de aquellos tiempos.

En cuando a su actitud interior con relación a "la guerra contra la subversión" y sus resultados, Videla dijo el 26 de octubre de 2011: "Ojo, no estoy arrepentido de nada, duermo muy tranquilo todas las noches; tengo sí un peso en el alma, pero no estoy arrepentido ni ese peso me saca el sueño, aunque me gustaría hacer una contribución para asumir mi responsabilidad de una manera tal que sirva para que la sociedad entienda lo que pasó y para aliviar la situación de militares que tenían menos graduación que yo".

Con relación a otras objeciones, como por ejemplo, los presuntos dichos de Videla sobre cómo fueron ocultados o destruidos los cuerpos de los ejecutados en forma sumaria, nunca le atribuí ninguna respuesta sobre esos temas por la sencilla razón de que, como escribí entre las páginas 64 y 65, "la forma de ocultar el cuerpo de cada una de esas personas quedaba a criterio del jefe de Zona, que decidía si habría un ´vuelo de la muerte´; si sería arrojado a un dique o a un arroyo; si lo enterrarían en un lugar secreto, o si lo quemarían en un horno o rodeado de gomas de automóviles". Incluso, en la página 62, cito a Videla diciendo: "La responsabilidad de cada caso recayó en el comandante de la zona, que utilizó el método que creyó más apropiado. Cada comandante tuvo autonomía para encontrar el método más rápido y menos riesgoso".

viernes, 15 de abril de 2011

Jorge Rafael Videla se quebró


Por Ricardo Ragendorfer
Vueltas de la vida. O, mejor dicho, una parábola biográfica que ni siquiera hubiese imaginado el más febril hacedor del realismo mágico: el otrora poderoso teniente general que llegó a la jefatura del Ejército para encabezar la dictadura más sangrienta de la historia argentina tal vez no comprenda el desafortunado vuelco que dio el carácter de sus títulos y honores; de hecho, ahora ese hombre sólo es el “interno Videla, Jorge Rafael”, según los registros de su actual lugar de residencia, la Cárcel Federal de Campo de Mayo (U34).
Con dos condenas a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad y con un juicio en marcha por su papel en el plan sistemático de robo de bebés, el viejo ex militar acaba de violar otra norma, esta vez, la ley de la gravedad. Durante la tarde del 15 de marzo, mientras deambulaba con otros genocidas por el patio del presidio, súbitamente perdió la vertical. Y su brazo derecho, aquel brazo firme con el que hace 35 años trazó su camino hacia el poder absoluto, se quebró en varias partes. “Fractura diafisaria y subcapital del húmero”, dirían los médicos. Un verdadero guiño del infierno.
El recurso del método. Durante la mañana del 17 de octubre de 1975, el elegante Hotel Casino Carrasco, situado a nueve kilómetros de la ciudad de Montevideo, parecía una fortaleza; en sus alrededores había un dispositivo que incluía carros de asalto, tanques y tropas armadas con ametralladoras y fusiles automáticos. Ningún civil podía acercarse. Y en ello había una razón de peso: allí se desarrollaba la XI Conferencia de los Ejércitos Americanos, cuyo tema central era la lucha contra la “infiltración marxista en la región”. Los representantes de unos 17 ejércitos reunidos en un salón del segundo piso estallaron en una sonora ovación cuando el general uruguayo Luis Queirolo, quien oficiaba como secretario del evento, le cedió la palabra al delegado argentino: el teniente general Jorge Rafael Videla. Unas semanas antes había sido designado comandante en jefe del Ejército. Y ahora abriría su ponencia con una frase filosa y elocuente:
–Si es preciso, en Argentina deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del país.
Sabía de lo que hablaba.
Por ese entonces, en el más absoluto de los secretos, había comenzado a sesionar el llamado Equipo Compatibilizador Interfuerzas (ECI). Se trataba de una suerte de estado mayor clandestino, integrado por el Ejército, la Armada y la Aeronáutica, cuya tarea primordial consistía en delinear las coordenadas de la represión ilegal y a la vez lubricar los engranajes del aparato golpista.
–Esta lucha va a traer abusos y algún que otro error, pero habrá un costo menor en vidas humanas que en un conflicto prolongado –advirtió Videla, mientras sacudía el brazo derecho como para espantar a una mosca imaginaria.
Quizás en ese instante se haya visto a sí mismo en una ya remota mañana de 1973 efectuando su ronda de despedida por el Colegio Militar en su calidad de director; días antes había sido ascendido a general y estaba por hacerse cargo de la jefatura del Primer Cuerpo. En tales circunstancias, entró a un aula. Allí un instructor dialogaba con los cadetes de tercer año acerca del “problema de la subversión”. Y él se interesó por el asunto.
–¿De qué hablaban? –preguntó, como para romper el hielo.
Los alumnos se lo explicaron, y uno de ellos resumió la posición del grupo con las siguientes palabras:
– Pensamos que a los extremistas hay que eliminarlos sin miramientos.
El instructor dijo lo suyo:
–No coincido con esa idea, mi general. Habría que instrumentar tribunales militares con capacidad para dictar la pena de muerte.
Su nombre era Ricardo Brinzoni y por entonces tenía grado de teniente. Videla lo miró y, simplemente, dijo:
–Yo no estoy en desacuerdo con los cadetes de tercer año.
Y siguió su camino.
Es posible que al evocar tal episodio, Videla haya caído en la cuenta de que esos jóvenes ya eran subtenientes. Y que algunos participarían activamente en la aplicación del terrorismo de Estado.
Esa misma noche regresó de Montevideo a bordo de un avión militar. Tal vez entonces escrutara el horizonte marrón del Río de la Plata, en cuyas aguas poco después comenzarían a ser arrojadas sus víctimas. Y quizá pensara que la profundidad de su lecho estaba a la altura del escalofriante secreto que debía guardar.
Porque ya por entonces era consciente de que la estrategia de su cruzada consistía simplemente en desatar una cacería contra la sociedad civil, dado que –según su lógica– en ella estaba depositada “la fortaleza de la subversión marxista”. Es decir: su retaguardia. Acerca de este asunto había departido hasta el cansancio con su maestro y único amigo, el general retirado Hugo Miatello. Éste solía decir: “En esta guerra no hay un frente palpable”. Y luego, invariablemente, agregaba: “Acá, el enemigo está por todos lados”.
El tipo era un estudioso de la guerra de Indochina. Y creía haber encontrado grandes coincidencias entre la situación política del sudeste asiático y la que imperaba por esos días en la Argentina. Videla, desde luego, le creía a pies juntillas.
Tanto es así que su principal estrategia para “pacificar” al país se basaría en el uso intensivo de la inteligencia a partir de informaciones arrancadas mediante la tortura. Según aquella tesitura, en la denominada “lucha contra la subversión”, las verdaderas batallas se librarían en los interrogatorios. Esa iría a ser la columna vertebral de las operaciones militares. Y para dicho propósito era necesario armar un ejército secreto, integrado por oficiales y suboficiales organizados en pequeñas células terroristas, con identidades ocultas, vehículos no identificables, centros clandestinos de detención y mandos paralelos.
Así, con esa ligereza mental, fue concebido el Estado terrorista. El resto de la historia es conocido.
Videla supo ser un sujeto de pocas palabras. Y sólo una cita suya fue digna de pasar a la posteridad: “Los desaparecidos no están, no existen, no son. No están ni vivos ni muertos, están desaparecidos”.
La ira de Dios. Videla, hijo de un capitán del Ejército, fue bautizado con el nombre de dos muertos: sus hermanos Jorge y Rafael, quienes fallecieron de sarampión en 1921, dos años antes de que él naciera en una casa apenas separada por un alambrado del Regimiento VI de Mercedes. Ambas circunstancias le moldearon el alma y también su destino. Casado con la hija de un embajador de cuño conservador, padre diligente, miembro de Acción Católica y cursillista fervoroso, dueño de un carácter parco, aunque afable, nunca se interesó en demasía por las cuestiones políticas; simplemente creía en el Ejército como único y último baluarte de la Nación. Tanto es así que, en nombre de tales valores privados y públicos, se convertiría en un genocida. Y, a la vez, en una muestra viviente de la banalidad del mal.
Ahora, prisionero de por vida por sus crímenes, quebrado –al menos, en el aspecto óseo– y cautivo en el basurero de la Historia, el “interno Videla, Jorge Rafael”, sólo es un cadáver insepulto que aguarda su turno de ingreso en el Reino de las Tinieblas.
Que su querido Dios se apiade de su alma.