martes, 3 de marzo de 2015

Inmigración: De la seducción al garrote



INMIGRACION
DE LA SEDUCCIÓN AL GARROTE 

JORGE ALBERTO CÁCERES


A Lucrecia Operti, por su inolvidable aliento


"Hoy la historia es más que nunca revisada o incluso inventada por personas que no desean conocer el verdadero pasado, sino solamente un pasado que esté de acuerdo con sus intereses. Nuestra época es la época de la gran mitología histórica".
Eric Hobsbawn


1. INTRODUCCIÓN

La inmigración fue el gran fenómeno a partir del cual se opera la transformación socioeconómica argentina a partir de mediados del siglo XIX y es un elemento clave en el enmarañado tema de la identidad nacional.

El objeto de estudio que este trabajo propone es una descripción y evaluación crítica del rol desempeñado por el Estado, la clase dirigente y las normas legales relacionadas con la inmigración.

Con esta finalidad, se considerarán las siguientes premisas para intentar arribar a alguna conclusión posible:

  • Toda cultura implica necesariamente su propia anticultura.

  • La generación del 80 hizo del "crisol de razas" su lema oficial y el Estado se propuso “construir” a los argentinos.

  • La explicitación por parte de la clase conservadora de un etnocriollismo es la respuesta a la figura “omnipresente” del inmigrante que cuestionaba no solo la hegemonía cultural sino al Poder en todas sus formas.

  • El ser argentino es una creación del Estado difundida por la escuela, la iglesia, la literatura y los medios de comunicación.


2. LA ARGENTINA POST CASEROS

Juan Manuel de Rosas era el adversario común de muchos políticos y, con su derrota, después de Caseros, comenzó una feroz lucha por el poder siendo Buenos Aires su principal escenario. El aislamiento económico y político desarrollado por Rosas permitió un gran crecimiento de esa provincia, teniendo en cuenta, sobre todo, que contaba con el puerto y la Aduana.
A la caída de Rosas, en el gobierno participaron antiguos unitarios defensores de los intereses portuarios y partidarios de un sistema librecambista que mantuviera el status económico de Buenos Aires. Los primeros enfrentamientos se hicieron evidentes cuando Urquiza se manifestó librecambista pero defensor de los intereses del interior.
Desde la secesión de la provincia de Buenos Aires (11 de septiembre de 1852) hasta la unificación del país pasarían diez años (1862) y luego, hasta la federalización de la ciudad (1880), fueron prácticamente treinta los años signados por los conflictos entre el puerto y el interior.

En este escenario, una Argentina posrosista caracterizada por una sociedad fracturada en hondas contradicciones y tensiones internas, comienza de pleno el proceso modernizador, de acuerdo a las ideas que Juan Bautista Alberdi expresara en sus Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”, y en donde la inmigración ultramarina tenía reservado un papel clave para los hombres de la Organización Nacional.

La llegada masiva de inmigrantes exacerbaría esas contradicciones y tensiones en el seno de la clase gobernante y es así que, luego de la caída de Rosas, la clase dominante se divide claramente en dos grupos:

a)      el representado por la reacción tradicionalista que alentaba una vuelta al estado de cosas anterior con sus características hispánicas y semi-feudales y,

b)      los partidarios de la modernización del país para quienes la política introductoria de europeos era una pieza fundamental para el desarrollo y modernización del país.

El capitalismo fue el sistema que se consolidó y universalizó en el siglo XIX. En nuestro país se desarrolló desplazando paulatinamente a otras formas de producción tradicionales llegando a ser dominante, aún cuando la mayoría de la población conservara modos de producción pre-capitalistas y no se integrara al sector moderno.

La evolución de aquellas formas arcaicas de producción hacia modos capitalistas generó conflictos que estaban implícitos en la propia dinámica de este proceso: la cultura casi nómade del criollo de la pampa con su caballo y su horizonte infinito abriendo el paso a la contracultura del gringo con su sedentarismo y el alambrado, la Argentina exclusivamente pastoril a la Argentina agraria, la Argentina criolla al cosmopolitismo.


3. LA EMIGRACIÓN EUROPEA

La Revolución Industrial, a través de los adelantos técnico-científicos, viabilizó la transformación de la producción artesanal en manufacturera y luego en fabril, constituyéndose en el fenómeno económico que introduce el sistema capitalista moderno.
La Revolución Francesa, paralelamente, desató en Europa una serie de revoluciones nacionales donde se patentizó el deseo inherente de las masas campesinas y urbanas a no seguir soportando su estado de servidumbre consuetudinario.
La Revolución Francesa de 1789 junto a la Revolución Industrial son los hechos histórico-políticos que constituyen los dos instrumentos fundamentales del liberalismo político-económico del siglo XIX y estructuralmente forman parte del mismo proceso: el establecimiento y consolidación del sistema capitalista de producción.

La Europa de mediados y fines del siglo XIX fue un continente signado por una sucesión de revoluciones, los desarrollos ideológicos del Congreso de Viena y una nueva división internacional del trabajo que, en lo interno de cada estado, encontró su correlato político, social, demográfico y, obviamente, económico.

En este marco, aquellos países poco o nada industrializados (escandinavos)  o regionalmente industrializados (Italia y Alemania) dirigirán sus excedentes poblacionales hacia América, mientras las economías menores lo harán hacia sus antiguas colonias (España y Portugal) o hacia las nuevas (Bélgica y Holanda) mientras Gran Bretaña, como potencia económica mundial, lo hará hacia sus nuevas colonias de África, Asia y Oceanía. De esta manera, mientras se promulgaba el “mito americano”, se consolidaban los imperios coloniales modernos.

El punto más alto del capitalismo liberal, la creación y la ampliación de los mercados de consumo, la crisis de producción y las huelgas en los centros manufactureros urbanos, la formación de un cuadro técnico de ultramar para los imperios coloniales, la presión demográfica y la superpoblación rural en los países de economía predominantemente agrícola, constituyeron factores migratorios generales que se unirán a las exigencias y deseos individuales: la conquista de posiciones económicas, el ascenso social, los impulsos de aventura y las diferencias ideológicas.

Es interesante hacer notar, sobre el último punto, el mecanismo de expulsión de determinadas fuerzas marginales y el rol que jugaron las autoridades encargadas de tutelar el orden público en Europa. Hubo de hecho ciertos individuos calificados, en sus países de origen, como “socialmente peligrosos o indeseables” (anarquistas, socialistas, republicanos), algo similar ocurrió con algunas minorías étnicas (judíos) y elementos marginales (prostitutas) quienes, a través de las frecuentes persecuciones policiales, por ejemplo, fueron incitados por las autoridades a emigrar de sus  países.
En la figura del emigrado se confunden el emigrado político y el económico, si es que vale la pena distinguirlos.

4. POLÍTICA INMIGRATORIA

Es factible sostener, a priori, que la ley es un elemento ideológico elaborado por el grupo, los grupos o la clase que detenta el Poder y que mediante su utilización intenta resolver los conflictos a su favor.
Ahora bien, la ley se origina en un contexto político, económico, demográfico, institucional determinado, por lo que el marco histórico permite comprender la dimensión jurídica de lo social.
Así, toda política pública plantea, por acción u omisión, un modelo de sociedad configurado ideológicamente y cuando se opta por determinadas políticas se está rechazando a otras.
Los diversos gobiernos, de la etapa que considera este trabajo, se sirvieron de los flujos migratorios como una variable de ajuste y una forma de instrumentar políticas socioeconómicas acordes a los intereses que representaron.

La política inmigratoria argentina puede ser dividida, para este caso, en tres períodos bien diferenciados, dentro de los cuales es posible analizar las diferentes actitudes que fue asumiendo el Poder en relación al fenómeno inmigratorio:

a)      antes de Caseros (c.1830-1852)
b)      después de Caseros (1852-1876)
c)      luego de la Ley Avellaneda hasta 1910

4.1. Antes de la batalla de Caseros (c. 1830-1852)
El 13 de abril de 1824 se dicta el decreto rivadaviano que promovía la creación de la Comisión de Inmigración con el objetivo de fomentar la llegada de europeos a la provincia de Buenos Aires. Pese a los desvelos de Bernardino Rivadavia, no se logra asentar una colonia de agricultores hasta la época de la organización nacional. En Entre Ríos mismo fracasa una de ingleses en 1825.
El gobierno a cargo de Juan Manuel de Rosas fue el encargado de derogar aquel decreto invocando razones presupuestarias, aunque debe decirse que las expectativas que había creado aquella norma no se vieron satisfechas en la realidad y que, por lo tanto, es comprensible la actitud del gobernador bonaerense.

A pesar de todo, la llegada de inmigrantes continuó durante estos tiempos, aunque en reducido número, comparado con lo que ocurriría años después. La Gaceta Mercantil informaba que entre 1842 y 1845 habían entrado al país 24.600 inmigrantes. El bloqueo anglo-francés interrumpió este proceso inmigratorio que se reactivaría a partir de 1847.

4.2. Después de Caseros (1853-1876)

Luego de la caída de Juan Manuel de Rosas, el grupo triunfante aspiraría a recuperar sus antiguas posesiones confiscadas y los adictos al antiguo régimen a conservar las suyas.
Algunas provincias, caso de Corrientes, impulsaron la formación de colonias agrícolas, mediante la celebración de contratos con empresarios privados, que derivaron en fracasos debidos a la improvisación de los proyectos.
La sanción de la Constitución Nacional, con ausencia de la provincia de Buenos Aires, era muy clara con respecto al tema inmigratorio, en el artículo 25 se establecía que: "El Gobierno Federal fomentará la inmigración europea y no podrá restringir, limitar, ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir y enseñar las ciencias y las artes". Encuadrado en estos términos, el gobierno de la Confederación dio a conocer diversos decretos que impulsaron las comunicaciones, aumentaron el número de postas, abolieron el pasaporte, pagaron pasajes de artesanos desde Montevideo a Buenos Aires y aseguraron la libre circulación de impresos; mientras contrataba a Martín de Moussy para que confeccionara la descripción geográfica, demográfica y estadística de la república. El objetivo primordial era poblar el país de acuerdo a la máxima alberdiana.

El gobierno encaró la política de allegar inmigrantes a estas costas apelando a la contratación con agencias particulares de inmigración que actuaban en Europa o bien a través de los consulados quienes, a través de agentes oficiales, realizaban las contrataciones directamente con los interesados en venir al país. Ambas formas de contratación dieron origen a abusos y engaños que obligarían al Estado a una mayor preocupación en materia inmigratoria.
 
El contrato, efectuado entre el gobernador de la provincia de Corrientes y el médico francés Augusto Brougnes para la creación de la colonia San Juan, sirvió de modelo para el celebrado entre la provincia de Santa Fe y Aarón Castellanos para la fundación de la colonia Esperanza (1856), iniciándose así el proceso colonizador. En términos similares se funda la segunda colonia, San José, en Entre Ríos (1857) con colonos destinados a Corrientes y que, debido al desconocimiento por parte del gobierno correntino del contrato firmado con el empresario John Lelong, son ubicados en tierras del Gral. Urquiza.

En tiempos de la organización nacional, y ya unificado el país en 1862, el Poder Ejecutivo quedó autorizado para celebrar contratos sobre inmigración europea, dando tierras nacionales, hasta 25 cuadras. El 20 de junio de 1864 el Presidente Mitre dictaba un decreto estableciendo en Rosario la Comisión Protectora de Inmigración nombrando para integrarla a Emiliano Frías, Carlos Grognet, Aarón Castellanos, Guillermo Perkins, Jacinto Corvalán, Mariano Alvarado y Pedro Lassaga; con similares funciones que la de Buenos Aires, pero con la intención de derivar extranjeros hacia el interior. Cuatro años más tarde se conformaba la Comisión Central de Inmigración que estaría vigente entre 1869 y 1874, que incluso se hacía responsable desde 1872 de una Oficina de Trabajo, para encauzar productiva y racionalmente el caudal inmigratorio. En 1874 tomaría sus funciones el primer Comisario General, Juan Dillon.
Más allá de estas iniciativas, lo real fue que sólo decretos sueltos permitieron al gobierno orientar y corregir su política en materia inmigratoria, por lo menos hasta la sanción de la ley de inmigración y colonización del 19 de octubre de 1876, sancionada bajo la administración del Presidente Nicolás Avellaneda, y cuando ya las agencias de inmigración agonizaban. El pensamiento liberal económico-social, encarnado en los pensadores de entonces como Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre y Nicolás Avellaneda, se expresaba -una vez más- a favor de la inmigración espontánea, a la que Alberdi juzgaba como "la verdadera y grande inmigración". A pesar de las buenas intenciones no faltaron los obstáculos. Uno de ellos fue reiteradamente consignado por un funcionario importante del área, Juan Alsina; quien sostuvo que el mayor impedimento residía en la "distribución y enajenación de la tierra baldía". Se pronunció -sin rodeos- a favor de "una ley que corrija las equivocaciones padecidas [...] y facilite la adquisición en propiedad, a precio fijo y cómodo, y por medio de trámites sencillos y rápidos".

En 1876 -como se dijo- se sancionaba la Ley de Inmigración y Colonización 817, que
imaginó como prototipo al inmigrante europeo y se propuso atraerlo y retenerlo; bien intencionada en sus propuestas pero de dificultosa aplicación, que en su primer capítulo fijaba la composición, funciones y atribuciones del Departamento General de Inmigración, sucesor de la Comisión Central. Las comisiones de inmigración instaladas en las capitales de provincia y puertos directos de embarque -cuya creación competía al Poder Ejecutivo- quedaron bajo su jurisdicción. La ley también fijaba las atribuciones de las oficinas de trabajo, al tiempo que calificaba al inmigrante como "todo jornalero, artesano, industrial, agricultor o profesor, que siendo menor de sesenta años, y acreditando su moralidad y sus aptitudes llegase a la república para establecerse en ella, en buques a vapor o a vela, pagando pasaje de segunda o tercera clase, o teniendo el viaje pagado por cuenta de la Nación, de las provincias o de las empresas particulares, protectoras de la inmigración y la colonización". Determinaba, además, sus derechos y ventajas al ingresar al territorio argentino, siempre que "acreditase suficientemente su conducta y su aptitud para cualquiera industria, arte u oficio útil". En estos casos el Estado lo alojaba y mantenía durante los 5 días posteriores a su desembarco; quien además se hacía cargo de su traslado al lugar del país donde decidiera residir o donde la Oficina de Trabajo le consiguiera empleo; también el Estado se ocuparía de su salud en caso de que el inmigrante enfermara. La segunda parte de la ley se dedicaba a reglamentar las condiciones de colonización, que resultaron de difícil aplicación en un país como la Argentina, donde la gran propiedad era su característica ya por esos años y habría de consolidarse en los años de 1880 al concluir la lucha contra el indígena.

4.3. Luego de la Ley Avellaneda (1876-1910)

A partir de la federalización de la ciudad de Buenos Aires en 1880 se consolidan el Estado y el mercado nacional. En la década del ´80 comienza el gran aluvión inmigratorio que continúa en las siguientes, aunque con algunas fluctuaciones derivadas de las crisis que soporta la Argentina en este período y debido a factores externos que exceden el ámbito de este trabajo. La consolidación del latifundio mediante la ley de fronteras (1878), la ley de venta de tierras nacionales (1882), la ley de derechos posesorios (1884) y la ley de premios militares (1885) habilitaron de facto la imposibilidad de acceder a la propiedad de la tierra por parte de los inmigrantes; esto provocaría una acelerada urbanización que le imprimirá un nuevo sesgo a la estructura demográfica, política y económica de la Argentina.

La relación entre los inmigrantes que ingresaron y los que abandonaron el país es lo que se conoce como saldo migratorio; exceptuando algún que otro año que puntualmente pudo haber sido negativo siempre se mantuvo la positividad al considerar diversos períodos:

SALDOS MIGRATORIOS ENTRE 1857 Y 1910

Años
Saldos migratorios (número de personas)
1857-1860
+ 12.735
1861-1870
+ 80.536
1871-1880
+ 90.678
1881-1890
+ 648.711
1891-1900
+ 337.810
1901-1910
+ 1.134.265

Fuente: Dirección General de Inmigración: Resumen estadístico del movimiento migratorio en la República Argentina. Años 1857-1924, Buenos Aires, 1925

La política inmigratoria juzgada en su faz de seducción de los inmigrantes funcionó de manera notable, como lo prueban los millones de personas que ingresaron y permanecieron en el país, trastocándose luego en una política represiva cuando esos mismos inmigrantes lucharon por un lugar en la sociedad receptora que no era el que se habían propuesto otorgarle los impulsores del proceso inmigratorio argentino de la generación del ´80.

A mediados de la década del ´80 los tiempos de la seducción comienzan a dar paso a los del garrote.

En 1884, y como una consecuencia del Primer Congreso Pedagógico realizado en 1882, se produce la sanción de la ley 1420 de educación común, obligatoria, laica y gratuita que tendría una enorme importancia, no sólo como factor de elevación social sino, también, como instrumento destinado a la homogeneización cultural de los argentinos, mediante las funciones de integración social de la escuela pública que complementaban la función pedagógica e instrumental específica. Como señala Juan Carlos Tedesco “los grupos oligárquicos que gobernaban al país necesitaban la escuela pública para disciplinar a los sectores populares, y los sectores populares necesitaban la escuela pública para poder vivir mejor”.
La clase dirigente asignó a la educación una función política y no económica; las características productivas de la Argentina de entonces basadas en el modelo agro exportador no necesitaban de este tipo de recursos humanos formados en el país.
Esto fue claro durante el debate de la Ley 1420, al producirse el triunfo de las tendencias que negaban la posibilidad de una real autonomía entre el poder político y la educación, al bloquearse el intento de algunos parlamentarios partidarios de una activa participación popular, a fin de promover el desarrollo de una enseñanza adaptada a las necesidades de cada comunidad local.

La clase obrera argentina de fines del siglo XIX presentaba un alto porcentaje de inmigrantes en su composición, algunos con experiencia política en sus países de origen. Las pésimas condiciones en que se desarrollaba el trabajo y la falta de intervención estatal en materia laboral condujo a que las huelgas y manifestaciones comenzaran a producirse en el escenario argentino. Ante esta situación la clase dirigente respondió con represión y violencia directa, a través de las fuerzas del orden, e indirecta a través del ordenamiento jurídico.
La creciente conflictividad social que aparece en el horizonte político de los hombres del “progreso indefinido” agita las aguas de la clase gobernante que presenta dos vertientes: una proclive al otorgamiento de reformas políticas y sociales representado por Carlos Pellegrini y Roque Sáenz Peña y otro que sostiene la necesidad de “mano dura” para con aquellos hombres de “mala voluntad que decidieron habitar el suelo argentino”.

En 1899 el senador Miguel Cané presenta su tristemente célebre proyecto de ley para expulsar a inmigrantes calificados de agitadores; no es aprobado porque la clase dirigente cree que es imposible que los conflictos sociales que suceden en Europa puedan llegar a repetirse en nuestro país. Sin embargo, en 1902, el presidente Roca exhuma el proyecto de Cané y, en una sesión donde prácticamente no existieron las oposiciones, se aprueba la ley 4.144 llamada Ley de Residencia que, a través de sólo cuatro artículos, facultaba al Poder Ejecutivo a disponer la expulsión de aquel extranjero que “comprometa el orden público y la seguridad nacional o perturbe el orden público”. Esta ley introduce la discrecionalidad absoluta del Poder Ejecutivo en materia migratoria facultándolo para detener y expulsar a inmigrantes y sus decisiones estaban exentas de cualquier revisión y/o decisión judicial. Así nace la legislación obrera argentina: la primera ley no es de protección sino de castigo, como bien señalara Alfredo L. Palacios.

Apenas comenzado el siglo, el 11 de Diciembre de 1901, se aprueba tras seis meses de durísimo debate la ley del Servicio Militar Obligatorio, a instancias del Ministro de Guerra, el General Pablo Ricchieri, otra herramienta fundamental para la “construcción de la argentinidad “a través de la integración o asimilación de vastos grupos sociales a un único modo de “pensar” y “sentir” el país.

La cuestión social desvelaba a amplios sectores de la dirigencia, tanto como la llamada cuestión nacional, y la infinidad de huelgas y actos de represión y violencia que se producen en los comienzos del siglo llevaron al gobierno conservador a imponer la Ley de Defensa Social de 1910. Esta norma, precedida por la declaración de un estado de sitio en toda la República, establecía las penalidades para los “delitos contra el orden social”, destacándose entre ellas la pena de muerte. Es la última ley de carácter migratorio sancionada de acuerdo al trámite parlamentario, a partir de allí toda la legislación en materia inmigratoria se realizará por medio de decretos del Poder Ejecutivo, algunos de ellos posteriormente convertidos en decretos-ley.

La legislación represiva, tal el caso de las leyes de Residencia y de Defensa Social, señala una palmaria dicotomía de los gobiernos conservadores: por un lado fomentaron la libre inmigración y, por el otro, sancionaron la ley de extrañamiento de extranjeros, aplicadas ambas desordenada e indiscriminadamente. Otra notoria contradicción de los conservadores sería sancionar la ley del voto secreto y obligatorio para después violarla sistemáticamente aplicando el fraude en sus distintas variantes.

A poco de analizar las normas sobre inmigración es posible inferir que se trata de un conjunto de disposiciones que aisladas y desorganizadamente se dictaron y en muchos casos ni siquiera pudieron controlarse en su aplicación y, al mismo tiempo, se hace necesario señalar que esto también está contenido en la misma lógica expuesta al comienzo: la elección de determinadas políticas públicas implica necesariamente el rechazo de otras.


5. ENCUENTRO DE CULTURAS: CRIOLLOS Y GRINGOS EN LA PAMPA

Una idea de la magnitud de la inmigración argentina a partir de mediados del siglo XIX  está dada al considerar el Censo Nacional de 1869 que indica una población de 1.737.076 habitantes y el de 1895 que arroja una cifra de 3.954.911 personas; es decir, en 25 años la población argentina se duplicó con creces. El Tercer Censo Nacional realizado en 1914 arroja la cifra de 8 millones de habitantes. El gran auge del siglo XIX se produce en la década del 80 y, dentro de la misma, el año record es 1889 con un saldo positivo inmigrantes-emigrados de más de 200.000 individuos. Entre 1870 y 1914 llegaron al país alrededor de seis millones de extranjeros, pero solo el 50% se radicó definitivamente en el país.


Período

País de origen (cantidades en porcentajes)


Italia

España

Francia

Gran Bretaña

Austria Hungría

Rusia

Polonia

Siria

Libia
1871-1875
56
19
15
4
0,4
-
-
1876-1880
62
14
9
3
3
-
-
1881-1885
72
10
8
2
2
-
-
1886-1890
53
23
12
2
2
-
-
1891-1895
68
15
5
0,6
1
-
-
1896-1900
64
23
3
0,6
1
-
-
1901-1905
54
27
4
0,8
3
2
1
1906-1910
41
41
2
0,7
2
5
4

Fuente: I.N.D.E.C. Registro Estadístico. 1971

De la observación del cuadro anterior surge que la gran mayoría de los inmigrantes, a despecho de los hombres de la Organización, no provinieron de los países del norte europeo sino que eran originarios del sur: Italia y España suman prácticamente el 80 % y el resto se reparte en porcentaje minúsculos entre otros países europeos.

Este ingreso multitudinario de inmigrantes alteraría profundamente la estructura demográfica, social, económica, política y cultural del país.

Todo proceso migratorio sintetiza dimensiones esenciales del hombre. Desde las más globales, como los aspectos económicos, culturales, políticos, demográficos, jurídicos; hasta las más subjetivas representadas por sentimientos de desarraigo, melancolía, miedo, esperanza, etc.

El emigrado-inmigrante es un ser en cuyo rostro conviven, trágicamente, lo que ya no se es y nunca se volverá a ser y un futuro utópico que tal vez jamás se realice; por ello su adaptación a la sociedad receptora siempre resultará potencialmente traumática.

El proceso de integración de los inmigrantes se hará en forma muy lenta especialmente en las colonias agrícolas donde careció de un contrapeso cultural por la falta de una población nativa importante en número en las zonas donde se instalaban. En el caso de Santa Fe, provincia colonizadora por antonomasia, el censo de 1869 registra sólo 6 poblaciones urbanas y recién en 1895 su número se eleva a 136.

La resistencia de los inmigrantes a abandonar sus idiomas, hábitos y costumbres fue una constante, agravada en el caso de las colonias étnicamente homogéneas. Por ejemplo, los alemanes del Volga, establecidos en Entre Ríos, mantuvieron rígidamente sus tradiciones atávicas puesto que la autoridad de los mayores no se discutía, y se tenía siempre muy presente:

Por otra parte, muchas colonias fueron delineadas en secciones de acuerdo a las nacionalidades, idiomas o religiones: una alemana y otra francesa (Esperanza) o una suiza y otra italiana (San Carlos), lo que conspiraba contra las posibilidades de socialización aún dentro de la misma colonia.

Un caso muy particular lo constituyeron los judíos afincados en las colonias quienes manifestaron una gran adaptación al medio y si bien conservaron sus tradiciones debieron atemperarlas por imposición de las circunstancias. Seguramente la propia historia del pueblo judío, la diáspora, las persecuciones, obraron de manera determinante. Los judíos se mostraron mucho más abiertos, que los alemanes del Volga, a la hora de aceptar sugerencias y técnicas criollas -para edificar sus humildes viviendas, por ejemplo- y otro detalle que los diferenció en este aspecto, es el de la marcada sectorización que hicieron de los espacios a ocupar: los miembros más ancianos del grupo conviviente siempre estaban separados de las casas, cuyas habitaciones estaban en la parte posterior del amplio patio, a la vista, pero con intimidad. Ello favoreció la libertad de las parejas jóvenes y también fue causa de la lenta, pero firme, desaparición de costumbres ancestrales.

En los centros urbanos importantes, la integración de los inmigrantes fue relativamente más rápida, seguramente debido a las sociabilidades múltiples propias del dinamismo de la vida ciudadana. El hijo de inmigrante nacido en la ciudad asumió su nacionalidad argentina “naturalmente” mientras que en la Pampa Gringa hubo de pasar más de una generación de argentinos para no volver a escuchar aquello de “alemán, nacido en Esperanza”.

El objetivo central enunciado era poblar el país con agricultores europeos puesto que la división internacional del trabajo de mediados del siglo XIX le asignaba a la Argentina el papel de proveedora de alimentos y materias primas.
La agricultura no era una producción desconocida en la Argentina; ella se asentaba desde tiempos precolombinos en las zonas de regadío del noroeste, pero sí era totalmente inexistente en la pampa que, a partir del fenómeno colonizador, se convierte en la región cerealera por excelencia del país.
Los criollos de la región del litoral ignoraban las técnicas agrícolas pero tenían totalmente dominadas las técnicas propias del trabajo pastoril. Desde la perspectiva de este tipo de criollo, el gringo era un inútil, incapaz de pialar un animal, arrear hacienda, hacer un rancho y, para colmo, andaba a pie o en carro.

En estos extremos culturales se encontraron el gringo, que venía de una sociedad en plena etapa de desarrollo capitalista, y el criollo, que era la expresión de un modelo de sociedad que agonizaba. El europeo formaba parte de la sociedad que se iniciaba mientras que el criollo pertenecía a aquella cuyos modos de producción iban a ser cambiados. Los contrastes de la época están marcados en estos dos tipos sociales y están fundamentados en sus diferentes técnicas y mentalidades: la agricultura (el europeo) y la ganadería (el criollo); la conciencia del gringo y la ignorancia del criollo sobre el valor acumulativo del dinero.

Para el criollo, habitante de aquella pampa sin límites, donde se encontraba desvalido o dominante del paisaje según estuviera a pie o a caballo, con siete oficios que eran sinónimo de ninguno y sin una percepción de lo que significa la propiedad de la tierra -resabio de la época colonial-, el cambio de los modos de producción significaría para él una verdadera tragedia.
José Hernández, en “Instrucción del estanciero”, propiciaría la formación de colonias con hijos del país y, salvo el caso de la colonia San Carlos, fundada en 1877, en el partido de Bolívar, provincia de Buenos Aires, no se conocen experiencias similares. Nicasio Oroño indica que cuando se ofrecieron tierras a los criollos para dedicarlas a la agricultura “nadie se presentó”. Lo concreto es que nadie se preocupó desde el Poder por la adaptación del criollo a la nueva sociedad que se estaba forjando puesto que, imputado de una supuesta inferioridad decretada por los hombres de la Organización Nacional, estaba de antemano excluido del país a imagen europea que se intentaba crear.

Este encuentro de culturas tan disímiles tramaría una realidad que, aún con los contratiempos  y conflictos lógicos derivados de la adaptación de unos y otros, de unos a los otros, se realizaría de una forma totalmente “natural”, producto de la interacción de ambos en la inmensa pampa que los cobijaba. Así, los criollos se incorporaron al microclima de las colonias poco a poco, como peones, o ayudantes de carreros, mientras sus mujeres se ofrecían como lavanderas, domésticas o nodrizas; aprendieron las labores agrícolas y a su vez les enseñaron a los gringos el manejo del lazo y del ganado,  la doma de potros y la curación de las enfermedades de la hacienda.

De la armónica interacción entre criollos y gringos, lo cual no significa ausencia de conflictos, basta con señalar que era cosa común escuchar en la Pampa Gringa a criollos, alemanes, franceses, etc. hablar alguno de los dialectos italianos (generalmente el piamontés, preponderante en esta región).
Los conflictos entre gringos y criollos, magnificados y tergiversados artificialmente,  fueron los disensos propios en el seno de una sociedad sometida a una profunda y veloz transformación. Esencialmente, criollos y gringos pobres fueron víctimas de la misma política que consistió en privarle al pueblo sus derechos: entre el criollo sin tierra y el gringo que no pudo pagarla, entre el gringo arrendatario y el criollo puestero, entre el criollo sometido a la leva (por las leyes de vagos y mal entretenidos) y el gringo a la ley de Residencia no existió diferencia. Criollos y gringos fueron víctimas de la misma coacción: la impuesta por el monstruoso latifundio argentino y sus personeros en el Poder.
En relación a la participación política del inmigrante se puede afirmar que se mantuvo alejado de las luchas políticas hasta prácticamente finalizar la década del 80 y esa reticencia puede ser atribuida a las prácticas políticas que veía a su alrededor, a las duras condiciones de vida que soportaba, al desmesurado afán de ahorro que debió desplegar para cumplir con los leoninos contratos suscriptos. En términos generales continuó la línea que, en relación a la política, siguió la mayoría de la población de aquel tiempo: la indiferencia. Cuando hubo de reclamar por sus derechos lo hizo a través de los Centros de Extranjeros o bien a través del Cónsul, que en su imaginario gravitaba más que las autoridades locales.
A medida que la región pampeana se consolida como gran productora de cereales comienzan las migraciones interiores de criollos del norte. Cordobeses, tucumanos y santiagueños se trasladan al Litoral para realizar la cosecha de maíz y prefiguran los años por venir en los cuales, gringos y criollos migren de la pampa, la selva y la montaña a las ciudades para incorporarse a la incipiente industria y ser protagonistas de las luchas obreras en los grandes centros urbanos.
La clase dirigente de hace más de un siglo concibió la idea de la inmigración en términos de instrumento para el desarrollo del país y en la subsiguiente transformación de individuos de diversos orígenes en miembros de una comunidad nacional homogénea. Para muchos de los representantes de la oligarquía, la Argentina inundada por los inmigrantes carecía de una "nación" digna de llamarse tal.
El sentimiento y la identidad nacionales se centraron en la posibilidad de incorporar a los diversos grupos sociales en un proyecto nacional hegemónico más que en la apelación al patrimonio cultural y a la conciencia histórica. Para conseguirlo, se echaría mano a una variada gama de recursos para construir el argentino, es decir, construir una sociedad unida por algo que trascendiese los lazos inmediatos familiares y particulares.

6. A MODO DE CONCLUSIÓN: LA CONSTRUCCIÓN DEL SER ARGENTINO

Una notoria contradicción que aparece en el accionar de la élite dirigente es su aceptación de los modelos de vida europeos, por un lado, mientras que, por el otro, combatía la preservación de las formas de vida de cada una de las comunidades extranjeras.

Son los años en que la evanescente esencia nacional comienza a ser buscada en lo criollo o lo hispano, en la música, la religión católica, la lengua, el arte o el teatro nacional. Quieren aislar lo auténticamente nacional y reforzarlo.

En un principio estas elaboraciones ideológicas no dejaron de ser un juego de intelectuales. El problema, para la sociedad civil, se presentó cuando hicieron su aparición en escena los actores con capacidad de “hacer”: las Fuerzas Armadas, que se consideraron depositarias de la esencia nacional y custodias de los intereses sagrados de la Nación, y la Iglesia, afirmando la catolicidad de la Nación.

Es comprensible que la explicitación de un etnocriollismo para definir lo argentino haya surgido en una época de nacionalismos agresivos pero no constituye su justificación histórica. Su razón de ser se encuentra en el aumento de la conflictividad social urbana y rural protagonizada por extranjeros y por hijos de inmigrantes, al creciente miedo de la élite gobernante a perder el Poder y a la heterogeneidad cultural, que es un elemento no deseado por los regímenes antidemocráticos y autoritarios.

En la década de 1910 el Estado y los sectores dirigentes descubrían los efectos "negativos" de la recepción masiva de inmigrantes europeos, quienes habían contribuido a consolidar el perfil socioeconómico característico de la Argentina moderna. El problema inmigratorio se unió a las versiones enarboladas por el nacionalismo de élite en torno a la necesidad de consolidar la identidad nacional, en defensa de la influencia que ejercía en la sociedad receptora el inmigrante, imbuido de las ideas socialistas, anarquistas y maximalistas, como se empeñaba en destacar gran parte de la dirigencia.
Un elemento clave fue el rol desempeñado por la prensa. No constituye una novedad sostener que los medios masivos de comunicación son una conjunción de intereses políticos y económicos. Inscripto en este dato de la realidad se desarrolló el accionar de la prensa en el período que considera este trabajo. Con excepción de aquellos pequeños medios que representaron a sectores obreros o a los pequeños productores, la prensa reflejó fielmente el pensamiento del Poder, y constituyó un formidable instrumento de disciplinamiento social. Habrían de pasar muchos años y la población seguiría repitiendo: “lo dijo La Prensa” o “lo dijo La Nación”.

A la labor modeladora y disciplinadora de la escuela, la iglesia, el servicio militar obligatorio, la literatura y la prensa se le agregó, por si fallaban en su accionar, la crudeza de la ley de Residencia (1902) y la ley de Defensa Social (1910) que contemplaba la aplicación de la pena de muerte.. Destierro o muerte para extranjeros y argentinos “asociales”, Ushuaia o paredón.

La palabra criollo que en 1810 era subversiva a partir de 1910 pasó a ser reaccionaria, en boca de la oligarquía argentina, cuando a la figura del inmigrante se le opuso oficialmente la del gaucho, ya en aquel entonces una ficción, un ser históricamente agotado en el mismo momento en que cambiaron las condiciones materiales que le dieron existencia. Las palabras nunca son inocentes, revelan quienes somos y que pensamos; “lenguaje significa también cultura y filosofía” –A.Gramsci -. 

Toda cultura, aún la más hegemónica, engendra su propia anticultura.
Esta premisa es fundamental para comprender como el Poder, con su gran capacidad ficcionalizadora, estructuraría una construcción antitética a partir de la “subcultura” representada por el inmigrante.
La mitificación de un hipotético ser nacional corrió pareja, a partir de entonces, con la mitificación de las características de los “recién llegados”. Así también el mundo del inmigrante fue ficcionalizado por el Poder, despojado de todo elemento de valor, clausurado, negado y cuando hubo de ser enunciado de alguna forma fue el mundo de los avaros, los harapientos, los atrasados, los mafiosos, la escoria, etc., los mismos calificativos recibieron los países de los cuales provenían; la literatura y el humor popular fueron reflejos de ello. Las particularidades culturales de los inmigrantes, que por otra parte estaban consagradas en la Constitución Nacional, fueron ahogadas por la reacción tradicionalista en el poder. El mundo del inmigrante fue reducido a la nada.

Esta labor de la oligarquía argentina, apologista en un caso y denostadora en el otro, no fue obra de un día ni de un trasnochado. Comienza c. 1880-1890 con la reacción frente a la excesiva europeización (afrancesamiento) de la cultura criolla y alcanza su mayor manifestación c. 1900-1910. La elaboración de esta “restauración de los valores nacionales” fue realizada con un grado de conciencia y efectividad asombrosas y, paradojalmente, la garantía de su éxito fue dada por el propio inmigrante quien no pudo, no supo o no quiso defender su propio mundo cultural (carente, por otra parte, de todo reconocimiento como no fuera por lo que debía desaparecer) y su “deseo” de adoptar los usos y costumbres del país. En verdad, la estructura objetiva de los intereses económicos y políticos fue la razón de ser de este éxito.

La generación del 80 hizo del "crisol de razas" su lema oficial y el Estado en el decenario del 10  se propuso construir a los argentinos.

Alberto Gerchunoff, el autor de “Los gauchos judíos”, descubre y describe las dos Argentinas: aquella integradora, mestiza y pluralista que lo recibiera y donde encontró su lugar como hombre y escritor; y aquella otra de la intolerancia, el autoritarismo y la xenofobia. La realidad argentina fue y es una combinación de ambas: la complejidad de un país que, al mismo tiempo, es integrador y autoritario y que, como toda sociedad autoritaria, engendra una personalidad autoritaria que contribuye al fortalecimiento y permanencia de aquella, como sostienen los pensadores de la escuela de Frankfurt (Adorno, Marcuse, Horkheimer)

El delirio de unanimidad, una de las características de la personalidad autoritaria, se manifestará en momentos históricos claves cuando toda una sociedad parece volverse loca; para nuestro caso, los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo fueron uno de esos momentos picos en esta especie de locura colectiva que, a partir de entonces, sacuden de tanto en tanto a la sociedad argentina.

La construcción de toda propia identidad corre el peligro de derivar en la edificación de una falsa conciencia (una cosa es el “grupo de pertenencia” y otra, muy distinta, el “grupo de referencia”, una cosa es lo que “uno es” y otra muy diferente lo que “uno cree ser”) y muchos inmigrantes comprenderían con el correr del tiempo una ilusión imposible: “asimilarse a la cultura nacional apelando al mismo modelo cultural -el espíritu criollo- con que el nacionalismo xenófobo ha de invocar a sus manes antiliberales y antisemitas” (Gerchunoff).

Ante el fenómeno vasto y enérgico de la inmigración y sus consecuencias, la clase dominante argentina, liberal en las formas y  conservadora en el fondo, optó por amoldar la cabeza al sombrero y no el sombrero a la cabeza, y esto se consiguió con la horma de la escuela, la iglesia, el servicio militar obligatorio, la prensa, la liturgia cívico-patriótica de las llamadas fiestas patrias y sino con el garrote.

Una identidad y una cultura nacional unívoca en un país como el nuestro es solo pensable en términos de la  hegemonía cultural ejercida por una clase poseedora del poder y no como una construcción colectiva realizada a partir de la interacción de hombres y mujeres libres, conscientes y responsables de su propio destino. Esta construcción colectiva ha sido reemplazada por la imposición de una serie de mitos y ficciones a los cuales debe adherirse irracionalmente so pena de integrar la masa de apátridas y marginales.

El ser nacional, esa más que dudosa categoría ontológica, con sus caracteres inmutables y eternos,  no es otra cosa que el equivalente del “espíritu de la tierra”, “alma de los pueblos”, “inconsciente colectivo” y otras irracionalidades y fantasmagorías  que abundan en la historia.

Transcurridos cien años de entonces, y debido a la permanencia de un modelo de “ser argentino” que implica homogeneidad, unanimidad y autoritarismo y donde cualquier cosa que significa heterogeneidad, disidencia y multiplicidad es vista como un crimen, podría decirse que el entramado fue más multiforme y sinuoso y quizás sea más exacto hablar de un mosaico de culturas e identidades.

Es posible sostener que la integración “forzosa” de los inmigrantes, entre otros factores, nos empobreció como país al impedir el nacimiento de una sociedad multicultural, pluralista y tolerante fortaleciendo, en cambio, las bases de la intolerancia, la lucha entre facciones, el delirio de unanimidad, la personalidad autoritaria.


7. BIBLIOGRAFIA

ADORNO, Theodor W. y otros: “La personalidad autoritaria”, Proyección, Buenos Aires, 1965
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GERCHUNOFF, Alberto: “Autobiografía”, revista Davar Nº 38/39, 1952
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8. NOTAS DOCUMENTALES

Extracto de una carta enviada por el Concejo Municipal de la Colonia San José, Entre Ríos, 4 de agosto de 1862:
…todos aquellos que quieran asegurar un porvenir a sus hijos, todos aquellos que tengan un pequeño capital y numerosa familia, todos aquellos que quieran gozar de la independencia, no pueden tomar mejor partido que venir a reunirse con nosotros. Los que quieren trabajar vienen ricos.”  Tomado de: Vernaz, Celia: “La Colonia San José y la voz del inmigrante”, Ediciones Colmegna, Santa Fe, 1982

Un conflicto protagonizado por criollos y gringos:
 El Juez de Paz de Cañada de Gómez es el carnicero de la colonia, y la persona que emplea para el reparto de la carne es el agente de policía de la comisaría local. En el mes de agosto este representante de las fuerzas del orden embistió con su carro a un colono italiano que transitaba a caballo. El policía bajó del carro sable en mano y procedió a revivir al colono, desvanecido por la caída, aplicándole un violento “planazo” en la cabeza. Condujo luego a la sangrante víctima a la comisaría, donde el Juez de Paz decidió recluirlo encadenado en una de las celdas. En esa posición me han asegurado, el colono permaneció por 12 horas durante las cuales ni se le curaron las heridas ni se le permitió beber agua.
Como respuesta al atropello, más de cien italianos de Cañada de Gómez firmaron una nota de protesta al gobierno provincial, en la que exigían la destitución del juez de paz, quien a pesar de ello no fue separado de su cargo, y además pidieron la intervención de representantes diplomáticos en Rosario y Buenos Aires. Cirilo Peralta, por su parte, en un informe a las autoridades de Santa Fe, denunció a los italianos por haber realizado una agresiva manifestación frente al juzgado a su cargo, durante la cual enarbolaron una bandera tricolor y agraviaron al pabellón nacional y a las autoridades argentinas, cosa ésta última que fue negada por “La Capital” de Rosario. Tomado de: Gallo, Ezequiel: “Conflictos socio-políticos en las colonias agrícolas de Santa Fe (1870-1880)”, Buenos Aires, Inst. Di Tella.

Carta que el inmigrante José Wanza enviara a la redacción de El Obrero:
“Aprovecho la ida de un amigo a la ciudad para volver a escribirles. No sé si mi anterior habrá llegado a sus manos. Aquí estoy sin comunicación con nadie en el mundo. Sé que las cartas que mandé a mis amigos no llegaron. Es probable que éstos nuestros patrones que nos explotan y nos tratan como a esclavos, intercepten nuestra correspondencia para que nuestras quejas no lleguen a conocerse”.
“Vine al país halagado por las grandes promesas que nos hicieron los agentes argentinos en Viena. Estos vendedores de almas humanas sin conciencia, hacían descripciones tan brillantes de la riqueza del país y del bienestar que esperaba aquí a los trabajadores, que a mí con otros amigos nos halagaron y nos vinimos”.
“Todo había sido mentira y engaño”.
“En B. Ayres no he hallado ocupación y en el Hotel de Inmigrantes, una inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como si hubiésemos sido esclavos. Nos amenazaron de echarnos a la calle si no aceptábamos su oferta de ir como jornaleros para el trabajo en plantaciones a Tucumán. Prometían que se nos daría habitación, manutención y $20 al mes de salario. Ellos se empeñaron hacernos creer que $20 equivalen a 100 francos, y cuando yo les dije que eso no era cierto, que $20 no valían más hoy en día que apenas 25 francos, me insultaron, me decían Gringo de m... y otras abominaciones por el estilo, y que si no me callara me iban hacer llevar preso por la policía”.
“Comprendí que no había más que obedecer”.
“¿Qué podía yo hacer? No tenía más que 2,15 francos en el bolsillo”.
“Hacían ya diez días que andaba por estas largas calles sin fin buscando trabajo sin hallar algo y estaba cansado de esta incertidumbre”.
“En fin resolví irme a Tucumán y con unos setenta compañeros de miseria y desgracia me embarqué en el tren que salía a las 5 p.m. El viaje duró 42 horas. Dos noches y un día y medio. Sentados y apretados como las sardinas en una caja estábamos. A cada uno nos habían dado en el Hotel de Inmigrantes un kilo de pan y una libra de carne para el viaje. Hacía mucho frío y soplaba un aire heladísimo por el carruaje. Las noches eran insufribles y los pobres niños que iban sobre las faldas de sus madres sufrían mucho. Los carneros que iban en el vagón jaula iban mucho mejor que nosotros, podían y tenían pasto de los que querían comer”.
“Molidos a más no poder y muertos de hambre, llegamos al fin a Tucumán. Muchos iban enfermos y fue aquello un toser continuo”.
“En Tucumán nos hicieron bajar del tren. Nos recibió un empleado de la oficina de inmigración que se daba aires y gritaba como un bajá turco. Tuvimos que cargar nuestros equipajes sobre los hombros y de ese modo en larga procesión nos obligaron a caminar al Hotel de Inmigrantes. Los buenos tucumanos se apiñaban en la calle para vernos pasar. Aquello fue una chacota y risa sin interrupción. Ah Gringo! Gringo de m...a! Los muchachos silbaban y gritaban, fue aquello una algazara endiablada”.
“Al fin llegamos al hotel y pudimos tirarnos sobre el suelo. Nos dieron pan por toda comida. A nadie permitían salir de la puerta de calle. Estábamos presos y bien presos”.
“A la tarde nos obligaron a subir en unos carros. Iban 24 inmigrantes parados en cada carro, apretados uno contra el otro de un modo terrible, y así nos llevaron hasta muy tarde en la noche a la chacra”.
“Completamente entumecidos, nos bajamos de estos terribles carros y al rato nos tiramos sobre el suelo. Al fin nos dieron una media libra de carne a cada uno e hicimos fuego. Hacían 58 horas que nadie de nosotros había probado un bocado caliente”.
“En seguida nos tiramos sobre el suelo a dormir. Llovía, una garúa muy fina. Cuando me desperté estaba mojado y me hallé en un charco”.
“¡El otro día al trabajo! y así sigue esto desde tres meses”.
“La manutención consiste en puchero y maíz, y no alcanza para apaciguar el hambre de un hombre que trabaja. La habitación tiene de techo la grande bóveda del firmamento con sus millares de astros, una hermosura espléndida. ¡Ah qué miseria! Y hay que aguantar nomás. ¿Qué hacerle? Hay tantísima gente aquí en busca de trabajo, que vegetan en miseria y hambre, que por el puchero no más se ofrecen a trabajar. Sería tontera fugarse, y luego, ¿para dónde? Y nos deben siempre un mes de salario, para tenernos atados. En la pulpería nos fían lo que necesitamos indispensablemente a precios sumamente elevados y el patrón nos descuenta lo que debemos en el día de pago. Los desgraciados que tienen mujer e hijos nunca alcanzan a recibir en dinero y siempre deben”.

“Les ruego compañeros que publiquen esta carta, para que en Europa la prensa proletaria prevenga a los pobres que no vayan a venirse a este país. ¡Ah, si pudiera volver hoy! ¡Esto aquí es el infierno y miseria negra! Y luego hay que tener el chucho, la fiebre intermitente de que cae mucha gente aquí. Espero que llegue ésta a sus manos: Salud”. Wanza, José: Carta enviada a El Obrero; Nº 36, del 26/9/1891. Tomado de: Panettieri, José: “Los Trabajadores”, Biblioteca argentina fundamental.

Entrevista a Jean Paul Sartre (1967)

Entrevista de Radio Canadá a Jean Paul Sartre, en 1967. Sartre, intelectual, filósofo, escritor, dramaturgo, activista político, y crítico literario francés, es considerado el máximo exponente del existencialismo del siglo pasado.


Sartre, concibe la existencia humana como existencia consciente. El ser del hombre se distingue del ser de la cosa porque es consciente. La existencia humana es un fenómeno subjetivo, en el sentido de que es conciencia del mundo y conciencia de sí. Se observa aquí la influencia que ejerce sobre Sartre el racionalismo cartesiano.




Puerta De Hierro (El exilio de Perón)

Puerta De Hierro (El exilio de Perón) - 2012


Puerta de Hierro es una película codirigida por Víctor Laplace y Dieguillo Fernández, escrita y protagonizada por el mismo Laplace. La película narra los años del presidente depuesto Juan Domingo Perón en el exilio en Madrid.


viernes, 27 de febrero de 2015

Los inmigrantes

Por Alberto Morlachetti

(APE).- José Hernández se preguntaría en el periódico El Río de la Plata el 22 de agosto de 1869: Pero ¿qué civilización es esa que se anuncia con el ruido de los combates y viene precedida del estruendo de las matanzas? Roca consuma el último de los grandes exterminios y el gaucho se extingue en la guerra de policía. Una vez terminado el reparto de tierras a favor de algunos hombres de fortuna y extinguida parte de la mano de obra nativa, la oligarquía apela a la fuerza de trabajo de los inmigrantes. Los barcos descargaban verdaderas masas humanas -la mayoría analfabeta- cuyo origen era de zonas rurales empobrecidas. Gino Germani, en su obra Estructura Social de la Argentina, nos acerca algunos datos: En los años 1871-1880, el saldo inmigratorio fue de 85.100 inmigrantes. Luego de la conquista del desierto -y de la expropiación de tierras- se establecieron 637.700 personas de origen europeo en el período 1881-1890.



La colonización de las tierras prometidas a los extranjeros que se subían con sus ganas a los barcos para cultivar los suelos se diluyó en una estructura donde las tierras fértiles pertenecían a un reducido grupo de propietarios. En las provincias pampeanas 107 personas según el censo de 1914 poseían 5.067.000 hectáreas y en el resto del país 399 eran dueñas de 23.348.000 hectáreas. Latifundio e inmigración fueron términos antagónicos. El destino de los inmigrantes fue el arriendo o la mediería, estableciendo el secreto de la capacidad argentina para producir cereales baratos que residía en el bajo nivel de vida de quienes estaban vinculados a la agricultura. En la provincia de Entre Ríos en 1930, escribe Gastón Gori, cuarenta personas eran dueñas de casi un millón cuatrocientas mil hectáreas.

La Forestal inicia sus actividades en 1905 con la entrega por parte del Estado de 2.354.000 hectáreas en la Provincia de Santa Fe, sin contar el Territorio Nacional de Chaco y Formosa, para que los voraces capitales ingleses se quedaran con los mejores quebrachos colorados, reduciendo a servidumbre a las poblaciones nativas y dañando por siglos su ecología. En 1875 de 68.277 inmigrantes entrados, sólo 8.627 fueron al campo. El resto se radicaba en las ciudades. Sarmiento que fue uno de los autores intelectuales y materiales del país que nunca soñamos dirá que los dos tercios de población no saben, sin embargo, dónde fijar su hogar, y el inmigrante dónde dirigirse para establecer sus penates. El sueño de la tierra propia tenía para los extranjeros la dimensión de los días de mar y se extinguía al bajar de las naves. Era frecuente escuchar en los cantos del piamonte o en las melodías lombardas el suave sonido de la tierra. Que ahora se mecía en el viento como una nostalgia.

La orgullosa Buenos Aires que embellece sus paseos públicos, construye teatros, levanta estatuas, indiferente al atraso y a la miseria, como expresara en 1868 Felipe Varela, recibía contingentes humanos donde cada nación europea arrojaba miles de colonos, cada continente un color, cada lengua un acento. Gallegos, vascos, napolitanos, se radicaban en las ciudades que inventaban oficios a los inmigrantes. Era la última discriminación, la más reciente negación de la igualdad. El desprecio otrora indígena, negro o mestizo, se trasladó rápidamente a los hombres que nos habían enviado los europeos, insertándose en un desmesurado crecimiento urbano.

Argumedo dirá que las nuevas aristocracias formadas en América con fortunas amasadas en encomiendas, asientos de esclavos, explotaciones mineras, plantaciones, obrajes o expediciones genocidas, irán construyendo alcurnias que diluyen sus orígenes y les permiten asumirse como razas elegidas. Sus imaginarios estaban impregnados de ideas significativas: la inmigración debía ser anglosajona, que eran las razas europeas puras, con tradiciones civilizadas, ardor de progreso y capacidad de desarrollo y la inglesa era "la primera en el mundo por su energía, por su trabajo por las instituciones libres que ha dotado a la humanidad", como manifestaran reiteradamente Sarmiento y Alberdi.

José Ingenieros, con los mismos fundamentos manifiesta que cuando Alberdi aseguraba que "Gobernar es poblar", agregaba: "Poblar con europeos". Cuando Sarmiento nos incitaba "a ser como Estados Unidos", expresaba que esa nacionalidad era "un gajo del árbol europeo retoñando en el suelo de América". Imágenes que podríamos llamar “curiosidades de la literatura”, cuyos autores han alcanzado una notable arquitectura del lenguaje que hasta pueden simular sabiduría. Eran transparentes cuando manifestaban sus predilecciones por los anglosajones, fundamento esencial de toda prosperidad venidera. Borges -tiempo después- señalará que cuando se es de familia criolla o puramente española, entonces por lo general no se es intelectual. Lo veo en la familia de mi madre: los Acevedo son de una ignorancia inconcebible, para agregar que dominando la lengua inglesa, no hace falta conocer otro idioma, porque esa literatura contiene o resume todas las cosas. George Canning, hombre de ver lejos del imperio británico y primer ministro en 1824 diría: La cosa está hecha; el clavo está puesto, Hispanoamérica es libre; y si nosotros no desgobernamos tristemente nuestros asuntos, es inglesa.

Vasconcelos expresaría que nos hemos educado bajo la influencia humillante de una filosofía ideada por nuestros enemigos con el propósito de exaltar sus propios fines y anular los nuestros. Un mundo de blancos equivale a los matrimonios incestuosos de los faraones que minaron la virtud de aquella raza, y contradice el fin ulterior de la historia, que es lograr la fusión de los pueblos y las culturas. Sin embargo, Ameghino, como todos los naturalistas, repetiría más tarde que la “raza blanca” era la superior de las humanas y que a ella le estaba reservado en el futuro el dominio del globo terrestre. Nuestro país en su enfermiza imitación de las culturas extranjeras, permitió que la influencia europea fuese una violación, no un enriquecimiento.

Los extranjeros que llegaron a nuestra tierra, eran hombres de condición humilde, en busca de un país donde sembrar sus sueños, pero estaban lejos de parecerse a los cultos y laboriosos obreros ingleses con que se alimentaron los mitos de los hombres del ochenta que verán en los inmigrantes, una promiscuidad carente de categorías, amorfa e incómoda, irritante mezcolanza que día a día va alcanzando unas dimensiones intranquilizadoras. Ramos Mejía, en Las Multitudes Argentinas (1899) escribía que el inmigrante tenía el cerebro lento como el del buey, a cuyo lado ha vivido. Martel las calificará de mugrientas, groseras, charlatanas, idiotas. Lucio V. López escribirá: Nosotros somos la clase patricia de este pueblo, nosotros representamos el buen sentido, la experiencia, la fortuna, la gente decente, en una palabra, fuera de nosotros es la canalla, la plebe quien impera. Conjugando los mismos verbos Cané dirá: los argentinos somos cada vez menos, salvemos nuestro predominio colocando a nuestras mujeres a una altura que no lleguen las bajas aspiraciones de la turba. Clodomiro Cordero, durante el Congreso Americano de Ciencias Sociales realizado en Tucumán en 1916, señalaba: "Hemos recibido cuanto desecho humano nos envía Europa", para agregar, que eran "Seres inferiores, tarados, corrompidos y disolventes, cuando no criminales".

Estas ideas nutrieron la mentalidad del 80 y le confirieron sus peores rasgos a la ideología del progreso sustentada por la oligarquía criolla, no solamente en la razón de las armas, sino además en el individualismo, la sacralización del dinero, la obsesión por el ascenso social, el temor a los pobres, el desprecio por los inmigrantes españoles, judíos, italianos y sobre todos los obreros anarquistas, juzgados inferiores por una suerte de determinismo biológico y social, valores que se proyectaron en el imaginario y en la literatura de fines del siglo XIX, hasta nuestros días atravesando generaciones. Antonio Argerich lo reconoce abiertamente: En mi obra, me opongo franca y decididamente a la inmigración inferior europea, que reputo desastrosa para los destinos a que legítimamente puede y debe aspirar la República Argentina.

Los inmigrantes no sólo trajeron su fuerza de trabajo, también llegaban con sus ideas y sus esperanzas y no se dudó en verlos como la encarnación demoníaca del desorden y la subversión social. Moyano Gacitúa, Juez de La Suprema Corte en 1905, invocaba a las instituciones preventivas y represivas ante la sobresaturación criminal del inmigrante que se encontraban en las calles luchando a brazo partido con la necesidad, viviendo en mancomún y promiscuidad con los paisanos, fomentando huelgas y desórdenes. La Ley de Residencia promulgada por el gobierno de Roca en 1902, inspirada en Miguel Cané quien la justificaba en la Cámara de Senadores en 1899, manifestando que entre los hombres de buena voluntad que llamaban para cultivar el suelo, ejercer las artes y plantar industrias, vinieran enemigos de todo orden social, que llegaran a cometer crímenes salvajes, en pos de un ideal caótico que deja absorta la inteligencia y que enfría el corazón. La ley permitió que muchos extranjeros que lucharon por sus derechos fuesen expulsados del país por comprometer el orden público.

El movimiento anarquista acercó a nuestros trabajadores la utópica pero hermosa convicción de que la vida sobre la tierra puede ser bendecida por la abundancia en vez de ser maldecida por la escasez. Contaba a su favor, dice Panettieri, una estructura económico-social donde imperaba una técnica poco evolucionada de producción, que conquistará gran cantidad de adeptos entre la masa de obreros no calificados que entonces eran mayoría en el país. Dardo Cuneo sostiene que el anarquismo se comunica fácilmente entre los italianos y los españoles de la inmigración aldeana de una Europa agraria y feudal y el trabajador criollo, en cuyas sangres persisten las nostalgias de la edad de oro del campo argentino vencida por la colonización capitalista. El artesano protagonista natural del anarquismo es mayoría en los cuadros de los oficios argentinos.

Las luchas dirigidas por el movimiento anarquista, acompañados en algunas ocasiones por el socialismo, sobre todo a finales del siglo XIX y en las dos primeras décadas del siglo XX, logró minar de alguna manera la resistencia de los sectores dominantes que permitió importantes conquistas para los trabajadores y significativos avances en el terreno del derecho, no sólo para los hombres de aquellos tiempos, también para nosotros que ya estamos recorriendo el siglo XXI. Aquel empeño colectivo de hombres y mujeres ilusionados, que desnudaban el crimen sobre el que se asienta el edificio de la sociedad argentina, supo de represiones y exterminios: Al asumir la Jefatura de la Policía en 1906 Ramón Falcón los llamará profesionales de la huelga, escorias sociales que afluyen de la vieja Europa.

En 1919 en Capital Federal y Avellaneda, el Gral. Luis J. Dellepiane con fuerzas del ejército y de la marinería mataron a ochocientas personas y miles de trabajadores fueron prontuariados, en la llamada Semana Trágica, cuando los obreros de los Talleres Metalúrgicos Vasena iniciaron una huelga para reducir la jornada laboral de 11 a 8 horas. Julio Godio dirá: Se asesinó a obreros, mujeres y niños sin ninguna contemplación.

La de Buenos Aires fue la segunda Semana Trágica. La primera había ocurrido en Barcelona, en 1909. Allí también habían muerto hombres y mujeres del pueblo. Y había muerto un maestro, fusilado en el castillo de Monjuich, injustamente acusado de ser el “autor” de la insurrección obrera. El maestro se llamaba Francisco Ferrer, militante libertario convencido de que la luz del conocimiento, en las mentes y corazones de los trabajadores, acabaría con la oscuridad y los privilegios: las tinieblas de la civilización. Poco antes de caminar hacia el patíbulo, Ferrer escribió: “No creamos nunca en dioses ni explotadores. Y aprendamos, siquiera un poco, a amarnos los unos a los otros”.

En razón de qué meta es comprensible que el Teniente Coronel Héctor B. Varela, enviado por el gobierno nacional en 1921 a la Patagonia, fusilara a 1500 inmigrantes y criollos porque reclamaban un derecho que los reconociese. ¿En aras de qué idea puede soportarse?

Kurt Gustav Wilckens mataba con “párrafos precisos y bellos” -en acto controversial- al Coronel Varela responsable -entre otros- de la sangrienta represión de obreros en la Patagonia. Wilckens manifestó “No fue venganza. Yo no vi en Varela al insignificante oficial. No. Él era todo en la Patagonia: gobierno, juez, verdugo y sepulturero. Intenté herir en él al ídolo desnudo de un sistema criminal. Pero la venganza es indigna. Nuestro mañana no afirma rencillas, ni crímenes, ni mentiras. Afirma vida, amor, ciencia. Trabajemos para apresurar ese día”.

La lucha de los anarquistas, se esconde detrás de la opacidad de los visillos. Celadores sin sosiego de un pasado que parece no pertenecernos, nos dejaron el inmenso legado de su terquedad por los afectos, encontraban, como dice Rulfo, el olor de la gente como una esperanza.

En 1931 el dictador militar General Uriburu en su primer discurso al país advertía: He venido a limpiarlos de gallegos y gringos anarquistas. El 1º de febrero de 1931 es ejecutado en la Cárcel de Las Heras, Severino Di Giovanni, un símbolo controvertido del anarquismo combativo. El diario El Día de Montevideo en sus crónicas hacía notar que los copetudos fueron a presenciar el bárbaro acto vistiendo smokings o sea verdadero traje de gala. Roberto Arlt nos deja sus aguafuertes en el diario El Mundo: Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la Penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara: Está prohibido reírse. Está prohibido concurrir con zapatos de baile. El olvido convierte en ruinas la dimensión y densidad de los hechos humanos, menos lo que cabe en el recuerdo, que no es poco.

De allí vengo yo -del abuelo Antonio- con el arriendo que le pesaba como un arado, apuntando con su mirada a los dueños del trigo, por el 12, en el Grito de Alcorta, por las humildes alegrías de la cosecha. Dicen que a partir de un cierto número de años se llora mucho, por las nostalgias. A mí no me ha ocurrido. He pasado grandes tragedias secas como diría Haro Tecglen.

Desde 1930 se produce un importante flujo migratorio de las provincias hacia Buenos Aires, originado por el proceso de industrialización que vivía el país, Alejandro Bunge escribió que de 1932 a 1939 trescientas mil personas se trasladaron del campo a la ciudad, eran los tiempos de la sustitución de importaciones. Este grupo humano a partir de 1945, recibió por parte de la oligarquía el calificativo de "aluvión zoológico". Los llamados "cabecitas negras" pasaron a ocupar el espacio de menosprecio social que a principios de siglo se atribuía a los inmigrantes.

Ramos Mejía, un notable del ochenta, escribirá en 1899: temo que el día que la plebe tenga hambre, la multitud socialista se organice, sea implacable. Tuñón nos dice que la nostalgia es un cuarto donde habita el insomnio.



Fuentes consultadas:

1) Argumedo, Alcira; Los silencios y las voces en América Latina, Ed. del Pensamiento Nacional, Buenos Aires, 1993. 
2) Bunge, Carlos Octavio; Nuestra América, Henrich y Cía. Editores, Barcelona, 1903. 
3) Germani, Gino; Estructura social de la Argentina, Ed. Raigal, Buenos Aires, 1954. 
4) Godio, Julio; La Semana Trágica de enero de 1919, Ed. Hyspamérica, Buenos Aires, 1986. 
5) Gori, Gaston; El Pan Nuestro, Ediciones Galatea-Nueva Visión, Buenos Aires, 1958. 
6) Gori, Gaston; Inmigración y Colonización en Argentina, Ed. Eudeba, Buenos Aires, 1964. 
7) Gori, Gaston; La Forestal, Tragedia del Quebracho Colorado, Ed. Platina, Buenos Aires, 1965. 
8) Ingenieros, José; Sociología Argentina, Ed. Losada, Buenos Aires, 1946. 
9) Panettieri, José; Los trabajadores, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982. 
10) Panettieri, José; Inmigración en Argentina, Ed. Macchi, Buenos Aires, 1970. 
11) Ramos Mejía, José María; Las Multitudes Argentinas (1899), Ed. Rosso, Colección La Cultura Popular, Buenos Aires, 1934. 
12) Salessi, Jorge; Médicos maleantes y maricas, Beatriz Viterbo Editora, Rosario, 1995. 
13) Sarmiento, Domingo Faustino; Obras Completas, Ed. Luz del Día, Buenos Aires, 1948.

lunes, 23 de febrero de 2015

Barreras. Bordes. Límites. Fronteras.


Por Juan Carlos Volnovich
Psicoanalista

Con la caída del Muro de Berlín el "día después del fin de siglo XX" la ilusión de un sistema unificado vino a reemplazar la certera realidad de un mundo bipolar. La caída del Muro tuvo un fuerte impacto simbólico en la cultura ampliada y alentó la esperanza de una humanidad más porosa, menos compartimentada. Parecía que, con el proceso de mundialización, las barreras geopolítica y simbólicas iban a evaporarse y podíamos empezar a soñar con la "ciudad global", con una cultura mestiza despojada de fronteras o donde las fronteras fueran solo lugar de paso y espacio de convivencia.
No obstante, el derrumbe de ese Muro no pudo impedir que otros muros, viejas y nuevas barreras, límites infranqueables, fronteras intransitables, se erigieran por fuera y por dentro.

LO QUE LACAN PROPONE, ES, A LA VEZ, UNA SUPREMACÍA SOBRE EL SABER DE LOS OTROS Y UNA DESILUSIÓN SOBRE EL SABER PROPIO

En 1982, siete años antes que se produjera la demolición del Muro de Berlín, cuando Peter Schneider publicó "El Saltador del Muro", ya se había hecho popular la expresión "el muro en la cabeza"; ya habíamos empezado a sospechar que derribar los muros instalados dentro del sujeto psíquico tomaría más tiempo que el requerido por una empresa de demolición para acabar con los muros visibles. Y, mucho antes, en 1925, cuando Freud escribió Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica, tal vez se equivocó al afirmar que la presencia o ausencia de pene decidía acerca de la envidia fálica de las mujeres, pero acertó al incorporar en el proceso de constitución del aparato en las "consecuencias psíquicas de las diferencias" (también, de las diferencias anatómicas). 
Porque el caso es que montada en el sentido común occidental que supone la disociación entre la naturaleza y la cultura, la ciencia moderna tiende a legitimar muros, tiende a convalidar las desigualdades sociales entre hombres y mujeres, entre negros y blancos, fundada en las diferencias "naturales". Las diferencias "naturales" soportan, entonces, desigualdades sociales. Tal parecería ser que todo queda reducido a establecer cuáles son esas diferencias naturales, esenciales y ahistóricas, para inscribirle encima rasgos y características que favorecen siempre a los sectores dominantes de la cultura y que refuerzan la inequidad de la sociedad de clases. 

Barreras entre hombres y mujeres

Las diferencias sexuales, por tomar solo un ejemplo, existen gracias a la materialidad del sexo (que, a su vez, nada dice acerca del sexo de la materialidad). Así, afirmar que las diferencias sexuales están estrictamente relacionadas con los discursos acerca de las diferencias sexuales, no nos obliga a aceptar que son los discursos los que marcan las diferencias sexuales. Tal vez deberíamos considerar que no es la materialidad del cuerpo la que recibe un discurso que lo forma sino que esa materialidad es ya el resultado de la práctica reiterada por el discurso. O, dicho de otra manera, las normas que regulan el sexo trabajan de manera performativa para construir la materialidad de los cuerpos, la materialidad del sexo en los cuerpos, y de esta manera se ubican en posición subordinada con respecto al imperativo heterosexual. Se trata, entonces, de no renunciar ni a la materialidad del cuerpo sexuado, ni a la eficacia del discurso pero si de criticar la heterosexualidad naturalista reproductiva que construye tanto la materialidad del cuerpo (femenino denigrado) como la sexualidad del discurso (masculino prestigiado). Se trata, entonces, de rescatar el cuerpo de lo que ha dado en llamarse el idealismo lingüístico.

Barreras étnicas

Afirmaba, antes, que las diferencias sexuales existen... pero las razas no. Efectivamente: en un sentido biológico estricto no es lo mismo nacer macho que nacer hembra. Pero en el género humano las razas no existen. Por lo tanto, es posible afirmar que el racismo es un invento de los racistas -lo que no es mucho decir- pero, también, es posible afirmar que las razas son un invento de los raciólogos -lo que ya es decir bastante sobre la sociología positivista de los siglos XIX y XX, y sobre los expertos y especialistas que produjeron la categoría teórica de "raza". Así es: la desigualdad y la exclusión de ciertos sectores de la población que se atribuyen a diferencias raciales son, en realidad, construcciones que, antes que con las diferencias biológicas, se relacionan con sus características sociohistóricas. También las diferencias sexuales -las diferencias anatómicas- existen y eso hace que las mujeres sean, si se quiere, una raza aparte de la raza de los hombres; de la misma forma que los "lungos" pudieran ser considerados como una raza aparte de la raza de los "petisos"; y la raza de las lindas y los lindos pudieran ser una raza aparte de la raza de las feas y de los feos. 
Modificando una conocida frase de Napoleón el Grande, pudiera decirse que "la anatomía es el destino". Los genitales mismos no han seguido tampoco la evolución general de las formas humanas hacia la belleza". 
"Anatomía es destino". El cuerpo es destino. El sexo del infans -más que el color de piel o de sus ojos, más que el color de su piel o de sus ojos, más que la proximidad o la lejanía al ideal estético que impone la cultura, más que la salud o la enfermedad que anida en sus tejidos- el sexo del infans, habla sobre su destino. Dice algo sobre el futuro que le espera. Y no me refiero, por supuesto, a su destino de varón o de mujer; no me refiero al impacto que la anatomía tiene para que un "machito" se virilice o para que una "hembrita" se feminice. Antes que a la diferencia, es a la desigualdad a la que aludo. Desigualdad que, claro está, implica la inferioridad de uno de los términos.
"La anatomía es el destino, podríamos decir glosando una frase de Napoleón. El clítoris de la niña se comporta al principio exactamente como un pene; pero cuando el sujeto tiene ocasión de compararlo con el pene verdadero de un niño, encuentra pequeño el suyo y siente este hecho como una desventaja y un motivo de inferioridad".

Barreras culturales

Airadas voces se levantaron desde un principio contra Freud. Karen Horney (1885-1952) no sólo se opuso firmemente a aceptar que la niña fuera un niño con desventajas sino que se apoyó en el concepto de cultura para estudiar la diversidad de comportamientos individuales en las diferentes sociedades. Por aquellos años -en las décadas del 40, del 50-, el impacto de las ideas de izquierda en la vida académica norteamericana se hizo sentir. Karen Horney, Harriet Sullivan y Erich Fromm fueron los nombres mayores que aportaron al culturalismo norteamericano; y el culturalismo norteamericano fue la semilla que germinó dando forma a los estudios multiculturales contemporáneos.
Tuvo que caer el Muro de Berlín; fue necesario que Fukuyama nos alertara con respecto al Fin de la Historia; cantaron presente las consecuencias del Choque de Civilizaciones descriptas por Huntington; hasta el Imperio de Hardt y Negri contribuyó... para que las concepciones marxistas acerca de la lucha de clases quedaran cuestionadas y para que triunfara la subjetividad imaginaria característica del capitalismo -subjetividad sin faltas; subjetividad sin diferencias; "subjetividad clausurada bajo la forma de un múltiple sistema universal de equivalencias abstractas" que el multiculturalismo encarna.
Gruner sostiene que el multiculturalismo intenta vanamente reemplazar la categoría "lucha de clases" al tiempo que pretende triunfalmente instalarse como totalidad articulada del capitalismo. Y ese vano intento se debe a que aún no ha sido posible eludir la evidencia marxista de que hay algo en la realidad del capitalismo que "no cierra"; algo que pone en evidencia una falla en el sistema de equivalencias universales; algo que ha dado en llamarse plusvalía. La misma plus valía que Lacan asimila al plus de goce cuando sostiene la teoría psicoanalítica del síntoma. De ahí que, para Grüner (y, por supuesto, para Zizek) es Lacan quién defiende, contra otros psicoanálisis, la concepción del inconsciente como lugar de lo irrepresentable, como expresión del carácter inarticulable de lo Real.

Barreras Científicas 

Es posible que así sea. Pero eso no tiene porque impedirnos enunciar que la operación teórica de Lacan con respecto a las otras disciplinas científicas se parece, en mucho, a la sostenida por el multiculturalismo; tiene un aire de familia con ese discurso totalizante y totalizador que hace virtud del respeto a los "otros" al tiempo que se instala en el lugar privilegiado del "único".

LA DESIGUALDAD Y LA EXCLUSIÓN DE CIERTOS SECTORES DE LA POBLACIÓN QUE SE ATRIBUYEN A DIFERENCIAS RACIALES SON, EN REALIDAD, CONSTRUCCIONES QUE, ANTES QUE CON LAS DIFERENCIAS BIOLÓGICAS, SE RELACIONAN CON SUS CARACTERÍSTICAS SOCIOHISTÓRICAS


Babel es el nombre del mito bíblico. Babel es el nombre de la torre que pretendieron construir los antiguos para llegar al cielo. En cierto sentido, Babel es el mito fundador de la diversidad; mito que estableció barreras lingüísticas allí donde reinaba la lengua única. A partir de ese momento la lengua matera, la lengua compartida le cedió el lugar, intervención mediante, a la lengua divina. Y la lengua divina fue desde entonces, las lenguas; y las barreras lingüísticas se convirtieron, así, en modelo sobre el cual se instalaron las otras barreras de la diversidad: barreras generacionales, barreras étnicas, barreras de género, barreras de clase social, barreras culturales, etc.
Dice el Génesis que "En ese entonces se habla un solo idioma en toda la tierra. Al emigrar al oriente, la gente encontró una llanura en la región de Sinar, y allí se asentaron. Un dia se dijeron unos a otros: Vamos a hacer ladrillos, y a cocerlos al fuego. Fue así como usaron ladrillos en vez de piedras, y brea en vez de mezcla. Luego dijeron: Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. De ese modo nos haremos famosos y evitaremos ser dispersados por toda la tierra. Pero el SEÑOR bajó observar la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo, y se dijo: Todos forman un solo pueblo y hablan un solo idioma; esto es sólo el comienzo de sus obras, y todo lo que se propongan lo podrán lograr. Será mejor que bajemos a confundir su idioma, para que ya no se entiendan entre ellos mismos. De esta manera Dios los dispersó desde allí por toda la tierra, y por lo tanto dejaron de construir la ciudad. Por eso a la ciudad se le llamó Babel, porque fue allí donde el Señor confundió el idioma de toda la gente de la tierra, y de donde los dispersó por todo el mundo."
Queda claro, entonces, que no había diferencias en el origen, que en un principio estaban todos juntos, que ese espíritu de cuerpo estaba dado por la lengua compartida, por el anhelo de ser famosos y el temor a la dispersión (dispersión que, dicho sea de paso, no conocían ya que nunca habían sido dispersados).
Queda claro, entonces, que la intervención del Señor estuvo destinada a separarlos de la lengua materna, invitarlos, obligarlos, digamos, a olvidarse de la lengua original (nada de bilingüismo)para acceder a la lengua divina, y que esa acción tuvo algo de castigo; algo de punición por haberse atrevido a desafiar su poder, por haber intentado alcanzar a Dios, por pretender estar a su altura.
Según algunas interpretaciones del capítulo 11 del Génesis, los hombres aspiraban, con la construcción de esta torre, alcanzar el cielo; tocar el cielo con las manos; vencer el obstáculo que separaba el cielo de la tierra; atravesar la barrera que se interponía entre los hombres y Dios; diseñar un puente entre lo humano y lo divino. Llegar al lugar dónde moraba Dios. Y, quién dice llegar al lugar de Dios, dice ocupar el lugar de Dios. Por eso fueron castigados con la pena de la dispersión. Todo quedó reducido, entonces, a una renuncia vertical y un desafío horizontal: interrumpir la edificación y administrar la dispersión, desempeñarse en la totalidad de la diversidad. 
Pues bien, todo hace pensar que el capitalismo en su fase actual está cumpliendo el mito religioso de la Torre de Babel. Y el multiculturalismo ha devenido en la ideología perfecta de la globalización capitalista. Porque al tiempo que propone y enaltece la aceptación de la diversidad, conduce no sólo a la segregación autoafirmatoria de cada minoría en una especia de "al don pirulero" absoluto, sino que siendo sólo "la lógica cultural del capitalismo multinacional" se instala como única y eterna: lógica totalitaria.
Cuando aún no ha cesado el modelo clásico de la colonización -los países metropolitanos subordinando y explotando económica, política y culturalmente a los países colonizados- ya un nuevo esquema protagoniza el cuadro: las empresas multinacionales explotando por igual a la población global. Se da, entonces, la paradoja de una colonización donde sólo hay colonias sin países colonizadores: "el poder colonizador no proviene más del Estado -Nación, sino que surge directamente de las empresas globales".
Es en ese sentido que el multiculturalismo se postula como ideología privilegiada del capitalismo tardío: cuando desde una posición supra -por encima de todo- trata a cada cultura como "nativos", como "aborígenes", como "pueblos originarios" que deben ser estudiados y respetados. "En otras palabras "dice Zizek) el multiculturalismo es una forma de racismo negada, invertida, autorreferencial; un "racismo con distancia": respeta la identidad del Otro, concibiendo a éste como una comunidad "auténtica" cerrada, hacia cual él, el multiculturalista, mantiene una distancia que se hace posible gracias a su posición universal privilegiada. El multiculturalismo es un racismo que vacía su posición de todo contenido positivo (el multiculturalismo no es directamente racista, no opone al Otro los valores particulares de su propia cultura), pero igualmente mantiene esta posición como un privilegiado punto vacío de universalidad, desde el cual uno puede apreciar (y despreciar) adecuadamente las otras culturas particulares: el respeto multiculturalista por la especificidad del Otro es precisamente la forma de reafirmar la propia superioridad."
Porque lo que aquí está en juego es la universalidad del multiculturalismo que supone la permanencia eterna del capitalismo ya que, esa coexistencia dispersa, esa hibridación cultural que no encuentra traducción simultánea, la heteroglosia Bajtiana, termina aceptando la absolutización del sistema; deja intacta la homogeneidad del capitalismo gracias al abandono de la lucha de clases.

EL DERRUMBE DEL MURO DE BERLÍN NO PUDO IMPEDIR QUE OTROS MUROS, VIEJAS Y NUEVAS BARRERAS, LÍMITES INFRANQUEABLES, FRONTERAS INTRANSITABLES, SE ERIGIERAN POR FUERA Y POR DENTRO

El reemplazo de la lucha de clases por el multiculturalismo es una operación fundamental para mantener la ilusión de un Sistema que, de haber funcionado bien, hubiera evitado las catástrofes que protagonizamos. Pero ocurre que el capitalismo cuando funciona bien, funciona así: y ha triunfado porque logró instalar en el imaginario social su condición de único sistema posible, dueño absoluto de la democracia, de los valores de la libertad y de la igualdad, de modo tal que las crisis por las que atraviesa (y que pone en riesgo a la humanidad, toda) vendrían a ser el resultado de su falla y no de su "naturaleza". Así como Marx sostenía que todo sistema lleva en su seno las fuerzas que le son antagónicas, el capitalismo triunfa cada vez que logra reforzar la idea de que lleva en su seno las fuerzas que se encargarán de salvarlo. El capitalismo triunfa cada vez que logra instalar la idea de un capitalismo malo (racista y explotador) y un capitalismo bueno (multicultural). 
"Es como si, dado que el horizonte de la imaginación social ya no nos permite considerar la idea de un eventual caída del capitalismo (se podría decir que todos tácitamente aceptan que el capitalismo está aquí para quedarse), la energía crítica hubiera encontrado una válvula de escape en la pelea por diferencias culturales que dejan intacta la homogeneidad básica del sistema capitalista mundial. Entonces, nuestras batallas electrónicas giran sobre los derechos de las minorías étnicas, los gays, y las lesbianas, los diferentes estilos de vida y otras cuestiones de ese tipo, mientras el capitalismo continua su marcha triunfal."

miércoles, 18 de febrero de 2015

La locura del sujeto normal

Por Enrique Carpintero
Psicoanalista

Según una de las versiones del mito, Prometeo descendía de una generación de Dioses que habían sido destronados por Zeus. Era hijo de Titán y de Asia, él sabía que en la tierra reposaba la simiente de los cielos, por eso recogió arcilla, la mojó con sus lágrimas y las amasó, formando con ella varias imágenes semejantes a los dioses, los Humanos. Fue así que surgieron, según la leyenda, los primeros seres humanos, que poblaron la tierra. Prometeo entonces se aproximó a sus criaturas y les enseñó a subyugar a los animales y usarlos como auxiliares en el trabajo. Les mostró cómo construir barcos y velas para la navegación, les enseñó a observar las estrellas, a dominar el arte de contar y escribir y hasta cómo preparar los alimentos nutritivos, ungüento para los dolores y remedios para curar las dolencias.
Pero Zeus, sospechaba de los humanos, ya que no fue él quién los creó. Por consiguiente, cuando Prometeo reivindicó para ellos el fuego, que les era imprescindible para la preparación de los alimentos, para el trabajo y principalmente para el progreso material y el desenvolvimiento emocional, el Dios griego decidió negárselo, temiendo que las nuevas criaturas se volviesen más poderosas que él. Con un palo hecho de un pedazo de vegetal seco, se dirigió al carro del Sol donde a escondidas tomó un poco de fuego, trayéndolo para los seres humanos, entregándoles así el secreto del fuego.
Solo cuando por toda la tierra se encendieron las fogatas es que Zeus tomó conocimiento del robo de Prometeo, pero ya era tarde. Puesto que ya no podía confiscar el fuego a los hombres, concibió para ellos un nuevo maleficio: les envió a Pandora de una gran belleza, con una caja portadora de muchos males. Prometeo le advirtió a su hermano Epimeteo de no aceptar ningún presente de Zeus, pero Epimeteo no lo recordó y recibió con alegría a la linda doncella, abriendo la caja de los males los cuales se esparcieron rápidamente sobre la tierra. Junto a ellos se encontraba el más precioso de los tesoros, La Esperanza; pero Zeus le había encomendado a Pandora no dejarla salir y así fue hecho. Los hombres que hasta aquel momento habían vivido sin sufrimientos, sin dolencias, sin torturas y sin vicios, comenzaron a partir de entonces a corromperse sin la Esperanza.
Después de esto, vengándose de Prometeo, le envió al desierto donde fue puesto preso con cadenas a una pared de un terrible abismo, sin reposo alguno, durante 30 siglos..
Sufrió la amargura de que su hígado sea devorado por un Águila que venía cada día a la región para dicho fin, después de qué el órgano se volvía a reconstituir ya que Prometeo era inmortal. Por fin llegó el día de su redención. Hércules al ver al águila devorando el hígado de Prometeo, tomó su flecha lanzándola sobre la misma. Enseguida soltó las cadenas y llevó a Prometeo consigo.
El mito de Prometeo simboliza esa luz, que bajando a la tierra intenta iluminar a los hombres, apartándolos de la oscuridad intentando con ello devolverles al camino de la solidaridad, es así que el sufrimiento de 30 siglos representa ese sacrificio del iniciado, a lo largo de la historia en el ejercicio difícil de liberar a los hombres de la ilusión. El mito esclarece la oposición entre las tinieblas y la luz, entre la consciencia y lo inconsciente del ser. Ser conscientes, significa ser dueños de sí mismos, de los propios pensamientos, de los propios actos, fallas y actitudes. Conocer el propio pasado, proyectar el futuro y estar en el presente con los otros humanos que nos constituyen.

Los muros invisibles:

Hablar de los muros inmediatamente nos remite a los muros que se han instalado en el capitalismo mundializado para separarnos de los otros. Los otros son los diferentes, los bárbaros que nos confrontan con la ilusión del mundo feliz que nos ofrece la "economía de mercado". Los bárbaros están allí para decirnos que ese mundo feliz no existe. Es una ilusión. Los invisibles se visibilizan para decirnos que ellos no participan de esa ilusión.
Sin embargo, estos muros visibles hablan de otros muros invisibles que cercan nuestra subjetividad. Muros que se instalan en la subjetividad y nos llevan a la soledad y al aislamiento.
Muros que nos separan de los otros y de nosotros mismos. Si el yo se construye en la relación con un otro humano como alteridad, la no existencia del otro lleva al sujeto a encerrarse en un narcisismo cuya negatividad lo empobrece emocionalmente. Estos muros me encierran en la violencia destructiva y autodestructiva, en la sensación de vacío, de la nada.
La cultura dominante somete nuestra subjetividad a través de lo que llamamos un exceso de realidad que produce monstruos. Esta realidad excesiva nos satura en una acumulación de objetos fetiches que nos lleva a una colisión de exceso de tiempo y de exceso de espacio. El tiempo subjetivo va mucho más rápido que las agujas del reloj. Esto nos lleva a querer estar en varios lugares al mismo tiempo. Claro, ilusoriamente lo podemos hacer a través del celular o del e-mail. Para ellos esta la realidad virtual. Esta realidad rebosante de exceso de realidad nos asedia en lo más profundo de nosotros mismos. Su resultado es transformarnos en espectadores pasivos para que consumamos los objetos fetiches como una forma de paliar nuestra angustia.
Cuando hablo de objetos fetiches me estoy refiriendo a un concepto clásico de la economía política elaborado por Marx; el fetichismo de la mercancía. Brevemente, éste refiere a que en el capitalismo la mercancía se transforma en una pura representación que supuestamente tiene un valor por sí misma según el valor que le asigna el mercado. De esta manera la mercancía aparece como un fetiche que niega el carácter auténtico de ser un valor creado por el trabajo humano. Lo que queremos destacar es este valor de la mercancía como representación y sus efectos en la subjetividad ya que como dice Marx: "la producción no produce un objeto para el objeto", sino también un sujeto para el objeto". Es decir, la producción produce una subjetividad sometida a los valores de la cultura dominante. Por ello no es el goce el que buscamos sino la necesidad de encontrar un objeto que suture nuestra angustia que la misma cultura produce. 
En este camino no hay posibilidad de elaboración psíquica y sus efectos en la subjetividad es que la muerte-como pulsión. Sin embargo el Yo retraído en su narcisismo produce efectos sintomáticos propios de nuestra época donde predomina lo negativo: depresión, melancolía, adicciones, en definitiva la violencia destructiva y autodestructiva, la sensación de vacío, la nada (Amparado en el narcisismo).

La enfermedad de la norma

Lo decimos con claridad: la normalidad no es algo obvio. En toda sociedad encontramos muchas formas de vida. Cada una de ellas tiene sus normas donde vamos a encontrar las propias de la cultura dominante y otras normas minoritarias. Para las primeras el poder produce recompensas para las segundas sanciones. Esta situación se instala desde la niñez, por lo cual el sometimiento no puede funcionar sino se instituye un deseo de sometimiento el cual aparece como una imposición interna. Cuando voy a un shopping creo elegir algo cuando en realidad es desde la norma hegemónica desde donde elijo. En este sentido no puede haber subjetividad por fuera de la norma, aún más la subjetividad se constituye en la norma hegemónica. Es así como la enfermedad no es someterse a la norma ya que no hay subjetividad por fuera de la norma. La enfermedad es quedar atrapados en la norma sin dar cuenta de la creatividad -en el sentido de pulsión de vida- que permite expresar la anormalidad que nos constituye como sujetos. Por ello el sujeto normal no es solo producto de la norma sino del uso que hace sobre sí mismo a costa de escindir la anormalidad que lo constituye. Como dice Guillaume Le Blanc: "El sufrimiento psíquico es el efecto de una actividad de incorporación de la norma por el propio hecho de que al volverse contra sí para llegar a ser hombre normal, el sujeto se expone a todo lo que en él sí escapa a las normas, a los deseos de oponerse a la norma, que son una parte esencial de la propia vida. El hombre normal resulta así doblemente escindido. No solo el deseo de la normalidad lo expone a un remanente que los obsede, a un deseo de anormalidad, sino que la repetición de normas de normalidad también implica una dependencia del sujeto con respecto a esas normas, lo que no deja ningún lugar al deseo de aire fresco y a partir de entonces hace jugar al hombre normal contra sí mismo: solo entonces hay hombre normal sobre el trasfondo de una violencia ejercida por el Yo fabricado en el apasionado apego a las normas contra el Yo sustraído a ese apego... En ese plano existe, pues una verdadera enfermedad del hombre normal, mental y social. El hombre normal es el hombre que se vuelve contra sí mismo para ser el sujeto de la normas que lo producen".

"LA PRODUCCIÓN PRODUCE UNA SUBJETIVIDAD SOMETIDA A LOS VALORES DE LA CULTURA DOMINANTE"

Esto lo ejemplifica Freud al contar la historia del rey Boabdil. Este rey no quería enterarse de una noticia que le significaba el fin de su reinado. Por lo tanto quemó las cartas y mandó matar al mensajero que se las había traído. Sin embargo, el rey se dio cuenta que no se puede matar al mensajero de la realidad. Lo que el rey sí puede hacer -plantea Freud- es construir en medio de su palacio una prisión totalmente amurallada y disimulada en la que encerrará al mensajero y también las cartas. De este modo el mensajero de la realidad aparece como no llegado aún cuando continúe existiendo justo en medio del palacio. El rey puede seguir reinando completamente escindido-separado de la mala noticia que le han traído.
Este ejemplo le sirve a Freud para explicar la escisión del Yo como un fenómeno propio del aparato psíquico. De esta manera encontramos la coexistencia dentro del Yo de dos actitudes psíquicas respecto de la realidad exterior: una de ellas tiene en cuenta la realidad exterior, la otra niega la realidad presente y la substituye por una producción de deseo. Estas dos actitudes coexisten sin influirse recíprocamente. Lo que encontramos es una renegación de la realidad (Negar que se niega).

EL MITO DE PROMETEO SIMBOLIZA ESA LUZ, QUE BAJANDO A LA TIERRA INTENTA ILUMINAR A LOS HOMBRES, APARTÁNDOLOS DE LA OSCURIDAD INTENTANDO CON ELLO DEVOLVERLES AL CAMINO LA SOLIDARIDAD 

También podemos extender esta escisión del Yo en el sujeto normal. Desde ella genera una muralla con su propio narcisismo que niega la realidad donde debe con-vivir con el otro diferente. Aquí el sujeto se afirma en su normalidad en el miedo al otro. Estos adquieren identidades negativas de las cuales hay que alejarse, hay que poner distancia a través de muros invisibles. Allí vamos a encontrar el miedo hacia el otro donde se lo descalificar por "negro", homosexual, boliviano, peruano o paraguayo.
"Hace varios años que atiendo a Roberto en su casa. Sus síntomas paranoicos le impiden salir de su casa. Solo lo hace esporádicamente a la madrugada o con alguien que lo acompañe. La casa se ha transformado en un muro infranqueable para sus perseguidores imaginarios. Aunque puede reconocer que sus fantasmas provienen de su penamiento cada noticia que lee en el diario o mira por televisión le refuerza que el afuera es peligroso. Lo que manifiesta es que en su casa está tranquilo ya que no tiene emociones. No siente nada. Un día me sorprende con una pregunta: "¿Qué es la llama inicial?". Mi primer pensamiento fue que me estaba preguntando por el mito de Prometeo. Ante mi silencio continúa: "La llama inicial, esa que hace que funcionen los afectos y las emociones. Esa que nos convierte en hombres. A mí se me apagó hace mucho tiempo".
Con una gran lucidez Roberto describe la locura de su enfermedad. Remite a su historia personal pero también al mito de Prometeo que construyó a los hombres en la emoción y la solidaridad robándoles el fuego a los dioses. El sujeto normalizado encerrado en el muro de su narcisismo está muy lejos de Prometeo, en su muro interior su llama inicial la usa para someterse a la locura de una norma que lo enferma.

Carpintero, Enrique, "Un paradigma de época: lo innombrable de la pulsión de muerte"; "El Eros o el deseo de la voluntad"; "La subjetividad del idiota plantea la pregunta ¿Cómo encontramos lo que nos mantenía unidos?"; "La sexualidad plural. La sexualidad humana es desviada"; "Tiempo libre para comprar. El consumidor consumido por la mercancía".

martes, 17 de febrero de 2015

Recordar a Freud para pensar la necesidad de "El giro del psicoanálisis"



Por Enrique Carpintero
(Psicoanalista)

Escribir sobre un tema necesariamente lleva a un recorte que implica al autor. Este artículo no es una excepción. En este sentido, al referirnos al 159º aniversario del nacimiento de Freud, queremos señalar algunos aspectos de su vida que consideramos necesarios para la actualidad de una obra que sigue abierta a nuevas interpretaciones y desarrollos.
Muchos de los que escribieron sobre la biografía de Freud se han dedicado a destacar cómo algo de su pasado lo preparaba para sus descubrimientos. Pero también es necesario reflexionar cómo, al mismo tiempo, su pensamiento da cuenta de una época a la cual se opuso en nombre de esos mismos descubrimientos. Dicho de otra manera, la historia lo hace pero también Freud construye una historia que forma parte de la modernidad.

El Siglo XIX: una época de grandes esperanzas y grandes derrotas

Cuando Freud nació, el imperio AustroHúngaro de los Habsburgo tenía una población de treinta y cinco millones de habitantes y seiscientos mil kilómetros cuadrados que se extendían hasta Italia.
"Nací el 6 de mayo de 1856 en Freiburg, Moravia, un pequeño poblado de la que hoy es Checoslovaquia. Mis padres eran judíos, y yo he seguido siendo. Acerca de mi familia paterna creo saber que durante una larga época vivió junto al Rin (Colonia), y en el siglo XIV huyó hacia el este a causa de una persecución a los judíos, y luego, en el curso del siglo XIX, emprendió la emigración de regreso desde Lituania, pasando por Galitzia, hasta instalarse en la Austria alemana".
Los comienzos de la industrialización capitalista, en la primera mitad del siglo XIX, llevaron a grandes dificultades económicas para la mayoría de la población. Las condiciones de miseria en que vivían los sectores obreros producían continuas insurrecciones. El año 1848 se vio afectado en gran parte de Europa por toda una serie de revoluciones en contra de las monarquías del Antiguo Régimen. En ese clima de continuas convulsiones sociales el contradictorio Proudhon pronunciaba su célebre frase que se constituyó en el lema de los anarquistas: "La propiedad es un robo". Los socialistas utópicos de Saint-Simon construían falansterios donde pensaban anticipar una sociedad feliz y más justa. En algunos de ellos se cumplían ceremonias extravagantes como la impuesta por Elefantin que llevaba a los residentes, entre otros ritos, al uso de un chaleco abotonado por detrás, que obligaba a un acto de solidaridad cotidiano, al exigir que sus compañeros tuvieran que abrochárselos unos a otros.
En febrero de 1848, la administración de la Sociedad de Educación Obrera con sede en Londres, calle Liverpool 46, entregó a sus clientes un impreso en paquetes individuales. Se trataba de un folleto en alemán que tenía una simple tapa de papel con un recuadro tipográfico cuya ornamentación, según el gusto de la época, semejaba un rostro humano. Su título: "El Manifiesto Comunista"; sus autores Carlos Marx y Federico Engels.
Las grandes luchas de la clase obrera que tuvo su momento de expresión más alto en 1871, durante los acontecimientos de la Comuna de París, se combinaban con la sensación de un desarrollo científico y técnico que iba a traer mejoras al conjunto de la sociedad. La expresión romántica del progreso fueron los ferrocarriles. Si bien existía un ferrocarril para el transporte de carbón en Francia, en las minas de Saint Germain, recién en 1873 se inauguraba la primera línea de pasajeros entre París y Saint Germain.
El origen de las especies apareció publicado en 1859. La segunda mitad del siglo XIX estuvo marcada por los continuos descubrimientos que permitían pensar que el mundo sería completamente explicado gracias al conocimiento de las leyes que determinaban el funcionamiento de todos los fenómenos. La ciencia iba a servir para alcanzar la verdad y posibilitar la felicidad de la humanidad.
En este clima social y cultural Freud vivió sus primeros años de vida. Sin embargo su interés por lo social siempre estuvo presente al extender el psicoanálisis a los problemas de la cultura. aunque su preocupación no eran las dificultades políticas, económicas y sociales que atravesaban la cultura, sino cómo aquellas se inscriben en la subjetividad. Así como la de un sujeto atravesado por sus pulsiones que se constituye en El malestar de la cultura. Es que el síntoma, para el psicoanálisis, también es de la cultura y su resolución en la clínica encuentra un límite en la organización de la sociedad a la cual pone en cuestionamiento.
"La sociedad no se apresurará a concedernos autoridad. No puede menos que ofrecernos resistencia, pues nuestra conducta es crítica de ella; le demostramos que contribuye en mucho a la causación de la neurosis. Así como hacemos del individuo nuestro enemigo descubriéndole lo reprimido en él, la sociedad no puede responder con solicitud simpática al intransigente desnudamiento de sus prejuicios e insuficiencias; puesto que destruimos ilusiones, se nos reprocha poner en peligro los ideales". 
En Viena, Freud sufrió la pobreza, fue humillado por su condición de judío y luego por sus descubrimientos. En la Viena donde las mujeres recibían menos de la mitad del salario que los hombres, los emigrantes trataban de salir del gueto y la prostitución formaba parte de la vida diaria. Nunca estuvo el cuerpo femenino tan oculto como a principios del siglo XIX. En las clases acomodadas, las buenas maneras llevaban a que la muchacha evitara contemplarse desnuda, aunque no sea más que en el reflejo del agua del baño, el cual se enturbiaba con un polvo especial. 
El clítoris, instrumento de placer e inútil para la procreación, era rechazado por los médicos. Se consideraba que la masturbación conducía a la senilidad precoz por exceso de derroche de la preciosa semillita. El cuerpo se había vuelto una preocupación obsesiva, por lo tanto había que vigilarlo ante la permanente amenaza del deseo. El desnudo, alejado de la vista, hacía fantasear a mujeres y hombres. Se formaban sociedades sin otra finalidad que contar cuentos y hablar de sexo. Ante esta situación la sumisión a las pulsiones y los impulsos del cuerpo devenían en síntomas que necesitaban respuestas. En este sentido las preguntas que se hacía Freud eran las que la época se negaba a responder. Las encuentra en los sueños, en la vida cotidiana, en los cuerpos cuyos síntomas dibujaban una anatomía que la medicina no podía entender. Es el período en que formulaba uno de los mayores aportes a la teoría: lo inconsciente.

La Muerte es la compañera del Amor; juntas rigen el mundo 
Mientras miles de personas presenciaban el desfile de recepción del archiduque Francisco Fernando, un joven serbio de 17 años llamado Princip asesinó al visitante de un certero balazo. Los libros de historia dicen que ese atentado fue la excusa que provocó la Primera Guerra Mundial. Las circunstancias sociales y personales lo llevaron a Freud a reflexionar sobre la muerte.
La muerte se transformaba definitivamente en una pulsión en Más allá del principio de placer. Como dice Emilio Rodrigué, hay cuatro tipos de fenómenos que constituyen el abordaje del nuevo territorio inaugurado por el concepto de pulsión de muerte: el primero, las neurosis traumáticas, luego los efectos de la compulsión de repetición que encontramos en el juego infantil, las neurosis de destino y la neurosis de transferencia. Dualista de corazón, necesitó reformular su teoría por razones clínicas, teóricas y epistemológicas. Los pacientes confirmaban su punto de vista de que el conflicto -la dualidad- se encuentra en el núcleo de la actividad psicológica. El propio concepto de represión -piedra fundamental de la teoría psicoanalítica presupone una división de las operaciones mentales. Disyunción básica entre el represor y lo reprimido. El hecho es que, fuera de la triangulación edípica, en la dialéctica freudiana proliferan opuestos tales como activo-pasivo, masculino-femenino, amor-hambre y ahora, después de la guerra, vida-muerte. En esta última polaridad, el componente agresivo, bajo la forma de pulsión de muerte, alcanza su estatuto de pulsión primitiva independiente.
Si en un primer momento la sexualidad adopta la forma de una pulsión fue para sacarla del ámbito exclusivo de la genitalidad y abarcar todas las áreas del sujeto. Este es el mismo desarrollo que hace en relación a la muerte, en tanto ésta, al transformarse en una pulsión no queda ceñida a la muerte real, definitiva, -que por otro lado no es competencia del psicoanálisis- sino que está presente de entrada en todo sujeto.

El giro del psicoanálisis
Freud muere el 23 de setiembre de 1939 mientras las tropas alemanas que desfilaban en el Tercer Reich anunciaban la inminencia de la Segunda Guerra Mundial. Muchas guerras y conflictos han pasado hasta la actualidad sin todavía saber si Eros triunfará sobre los efectos destructivos de la pulsión de muerte. Es así, debemos considerar si, como analistas, estamos situados respecto de la actualidad de nuestra cultura para que las demandas de su malestar se dirijan a nosotros. Para ello es necesario tener en cuenta lo que denominamos "El giro del psicoanálisis" donde el paradigma de la represión sexual, en el que se ha desarrollado nuestra práctica, ha trocado en el predominio del trabajo de la muerte como pulsión.
Ante un mundo en crisis donde el poder de las clases dominantes genera una cultura en la que pone en peligro el tejido social y ecológico, para finalizar, nada mejor que recordar lo que planteaba Freud en Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica:
"Todas las energías que hoy se dilapidan en la producción de síntomas neuróticos al servicio de un mundo de fantasía aislado de la realidad efectiva contribuirán a reforzar, si es que no se puede utilizar ya mismo esas energías en provecho de la vida, el clamor que demanda aquellas alteraciones de nuestra cultura en que discernimos la única salvación para las generaciones futuras".
El Psicoanálisis que viene 
El Psicoanálisis tiene asegurado su lugar en el siglo que recién comienza porque aún no han sido respondidas las preguntas que le dieron existencia.
Entre tantas otras:
* El por qué de la guerra
* Por qué los pueblos adoran a sus verdugos (por qué los pobres contribuyen a perpetuar el capitalismo)
* Por qué las diferencias de sexo incluyen desigualdades sociales que refuerzan la inferioridad de uno de sus términos (por qué descansa en las mujeres el trabajo de reproducir el patriarcado).

El por qué de la guerra: 

El ingenuo interrogante con el que Albert Einstein inició en su epistolario ."qué puede hacerse para defender a los hombres de los estragos de la guerra" obligó a Freud a transitar por el lugar común del instinto de destrucción y la pulsión de muerte. Pero la cuestión, ni por lejos quedó saldada allí.
"...un vistazo a la historia humana nos muestra una serie incesante de conflictos entre un grupo social y otro o varios, entre unidades mayores y menores, municipios, comarcas, linajes, pueblos, reinos, que casi siempre se deciden mediante la confrontación de fuerzas en la guerra. Tales guerras desembocan en el pillaje o en el sometimiento total, la conquista de una de las partes. No es posible formular un juicio unitario sobre esas guerras de conquista. Muchas, como las de los mongoles y turcos, no aportaron sino infortunio; otras, por el contrario, contribuyeron al reemplazo de la violencia por él derecho, pues produjeron unidades mayores dentro de las cuáles cesaba la posibilidad de emplear la violencia y un nuevo orden derecho zanjaba los conflictos".
"... Por paradójico que suene, habría que confesar que la guerra no sería un medio inapropiado para establecer la anhelada paz "eterna", ya que es capaz de crear aquellas unidades mayores dentro de las cuales una poderosa violencia central vuelve imposible ulteriores guerras. Empero, no es idónea para ello, pues los resultados de la conquista no suelen ser duraderos... Además, la conquista sólo ha podido crear hasta hoy uniones parciales, si bien de mayor extensión, cuyos conflictos suscitaron más que nunca la resolución violenta. Así, la consecuencia de todos esos empeños guerreros sólo ha sido que la humanidad permutara numerosas guerras pequeñas e incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más devastadoras. Aplicado esto a nuestro presente, se llega al mismo resultado que usted (Einstein) obtuvo por un camino más corto. Una prevención segura de las guerras sólo es posible si los hombres acuerdan la institución de una violencia central encargada de entender en todos los conflictos de intereses".
Y, claro está, que la guerra no es un problema ajeno que sucede allí lejos, en el Medio Oriente, o en la Europa del Este y que no es cosa nuestra. No sólo porque está incluida en el patrimonio mortífero que instituye la "identidad argentina" junto a nuestros dos premios Nobel de la Paz (Saavedra Lamas, Pérez Esquivel) -las guerras de independencia, la "conquista del desierto", la guerra de la triple alianza, la del Chaco paraguayo, la guerra contra la "subversión", la de las Malvinas que contó con el franco respaldo de la sociedad civil y hasta de los intelectuales de izquierda, sino por la actual indiferencia ciudadana frente a la presencia escandalosa de tropas argentinas en Haití y de mercenarios argentinos en Irak.

Por qué los pueblos adoran a sus verdugos 

Si el ingenuo interrogante que Albert Einstein dirigió a Freud -" qué puede hacerse para defender a los hombres de los estragos de la guerra" dio inicio a reflexiones no saldadas aún, el comienzo de El malestar de la cultura nos autoriza a introducirnos en otra deuda pendiente del psicoanálisis con la cultura. Aquella que vanamente intenta dilucidar las relaciones del sujeto con el Poder. Poder imperial. Poder del mercado. Poder de Dios. Poder del Otro.
Porque desde el nacimiento en adelante, la relación del sujeto con el Poder transita por las marcas que ha dejado.