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lunes, 11 de julio de 2011

¿31 de julio o 23 de octubre? (Por Eduardo Aliverti)

¿31 de julio o 23 de octubre?

 Por Eduardo Aliverti
Este artículo es escrito en medio de versiones que hablan de que, con alrededor de 18 a 20 puntos de diferencia, analizan en Olivos la hipótesis de abrirse de la segunda vuelta. Son como las 12 de la noche y es ligeramente verosímil. Lo que no resuena veraz es que Cristina entregue la Capital mientras matemáticamente sea posible pelearla. Bajarse podría interpretarse como una equiparación con Macri, Solanas, Sanz, Cobos & Cía. No es creíble una Cristina bajada, y menos después de escucharlo a Filmus anunciando que va por más.
En principio, uno diría que el voto ganador fue ideológico. Hablamos de ideología en cuanto a favor o en contra de, no más que eso. Porque uno no puede creer que Macri haya ganado, como ganó, por su gestión. Uno registra cotidianamente (¿en su microcircuito?) que las escuelas y los hospitales porteños se caen a pedazos; que los taxistas braman de furia contra bicisendas que no usa nadie y cambios de mano que caotizaron el tránsito vehicular; que el Borda no tiene gas hace dos meses; que la Ciudad está cada día más sucia y todo lo de corrido que se quiera. Macri procesado. Macri tragándose el bigote postizo, mimetizado con Freddy Mercuri en su fiesta campestre de casamiento. Macri que tiene una papa en la boca, y todos los esfuerzos que se requieren para entender lo que dice. Pero evidentemente, eso no es así en lo referido a cómo se vota. Quizá sea que la invasión del amarillo, y un asfaltado por allí y otro por allá, y muchos carteles, y una estrategia de campaña bien direccionada y con mucha plata, son carta ganadora en el lugar donde se concentra la gente con más guita de este país. Es con el diario del lunes, correcto. Pero es.
Hay dos preguntas clave y complementarias sobre el resultado de ayer. Lo son más allá de un FpV asentado en un tercio electoral, con todo lo que eso significa en un escenario como el porteño: intrincado, volátil e históricamente reactivo al peronismo. La primera es en cuánto se habrían modificado los números si la Presidenta le hubiera puesto más el físico a la fórmula que decidió. ¿Una diferencia menor, tal vez? Si la respuesta es afirmativa, surge el interrogante de qué podría pasar con Cristina participando en forma intensa frente a la segunda vuelta. Es probable que pudiera servirle a la dupla kirchnerista para arrimar guarismos mejores, aunque difícilmente hasta el punto de ser un factor decisivo a fin de torcer el dictamen de este domingo. Pero también sería factible que una excesiva o más penetrante “intromisión” presidencial diera cabida al rechazo de, por lo menos, una franja de porteños reactivos a ese tipo de entrometimiento. Y una cantidad de votos con carácter de “franja” puede ser determinante, en tanto el dueto K debe remontar las cifras especulando con cómo acercar cada garbanzo. Si es por esta última apreciación –con la que el firmante se siente más proclive–, a Cristina le conviene seguir jugando sin variantes respecto de lo hecho hasta ahora, en rol de jefa de Estado mucho antes que como candidata. Al fin y al cabo, su mira es octubre y nunca el 31 de julio, por mucho que se trate de la Capital cuando, además, los cuatro años de Macri gobernándola no le alcanzaron para edificar una opción nacional. Si, además de octubre, la Presidenta piensa efectivamente en la sucesión 2015, no se ve cómo haría el hijo de Franco para moldear una fuerza expandida sin trabajar. En consecuencia, lo que suena más sensato de cara a la segunda vuelta capitalina es que quienes afilen discurso y acción –sobre todo esto último– sean los candidatos propiamente dichos. Parecería hora para caer en la cuenta de que la campaña de Filmus fue pobre, incluyendo aspectos a los que, sin prejuicios, debería prestarse muchísima más atención: marketing, colorido, creatividad, capacidad de ataque y contraataque. No es eso por sí solo lo que define un resultado, pero no hay campaña que pueda carecer de eso si lo que manda es un mano a mano o, más aún, un seguro segundo lugar. El kirchnerismo hizo ayer una gran elección en el distrito más jodido del país, no gracias sino a pesar de su proselitismo.
Por estas horas, la oposición saca una suma muy dudosa que no involucra, únicamente, a la condición psiquiátrico-ambulatoria de Elisa Carrió. Macri en Capital. Santa Fe entre socialistas-radicales y una buena elección del cómico Del Sel. Y Córdoba con el timón de De la Sota-Juez, adversos ambos a la Casa Rosada, bien que sin comer vidrio. De esa adición infieren un clima anti K en las tres ciudades mayores, que no se corresponde con ningún número preciso en aptitud de cambiar octubre. En la Ciudad Autónoma, en territorio santafesino e inclusive en el cordobés, la Presidenta tiene asegurado un piso electoral que, con el agregado de la ventaja fulminante en provincia de Buenos Aires –aporta 4 votos de cada 10, recordemos–, hace pensar en una prospectiva a su favor y sin retorno. ¿Tiene sentido común que la Presidenta se lance al intento cuerpo a cuerpo de revertir Capital, a riesgo de rebajar su imagen vencedora con probabilidades (muy) escasas? ¿Revertir tamaña ventaja?
Vaya el final para la feísima elección de Pino, quien es el único que merece ser estimado entre el resto de Macri-Filmus. El vástago de Alfonsín debería guardarse en Chascomús hasta más ver, en compañía de Zamora, Castrilli, López Murphy e indivisibles ad hoc. Desde una posición discursivo-romántico-nac&pop, Pino consiguió un cuarto de las voluntades porteñas en 2009. Envalentonado con esos dígitos, no más que los correspondientes a una elección de medio término en la peor instancia del kirchnerismo, se subió a una candidatura presidencial que carecía de todo correlato con posibilidades reales de siquiera discutir en la gran liga. Advertido de ello, fugó de tal alquimia. Descendió a la Capital con ínfulas de entrar al ballottage, aporte clarinista mediante. Por alguna razón, que desde fuera y dentro de sus filas se atribuye a la egolatría, insistió en creerse que podía jugar en Primera sin otra constatación que el Nacional B. Un luchador de toda la vida, un artista de rasgos sobresalientes, un cronista popular, vencido por la falta de vocación de poder. Por jugar con él: con el poder. No se dio cuenta de que la historia le tenía un papel reservado, de excelencia, para correr por izquierda a aquello que pregonó siempre, en lugar de aspirar a reemplazarlo –o algo así– a los 75 años. Y por si faltaba algo, mandó incendiar a una robusta ideológica y testimonial del nivel de Alcira, en rango de ¡¡¡candidata presidencial!!! Qué bajón, Pino. Haber perdido la mitad de los votos no en función de una utopía conquistable, digamos, sino para servírselos a Macri. Vos, Pino, que hiciste historia con La Hora de los Hornos. ¿No te corre un cosquilleo viendo la felicidad macrista? ¿Seguro que no te pasa nada? ¿Seguro que no estás pensando en que, de haber tenido una actitud más desprendida, estaríamos hablando del cabeza a cabeza contra la derecha, nada menos que en tu amada Buenos Aires? ¿Seguro que no analizaste como el tujes la correlación de fuerzas?
El resultado porteño termina siendo una dialéctica maravillosa, como lo es la cantidad de gente que votó a Macri y que en octubre sufragará por Cristina. La bonanza económica, ligeramente dicho, lleva a las simpatías por los oficialismos. O, en otras palabras, los kirchneristas están encorsetados por su éxito. Esto que pasó es demostrativo, o ratificatorio, de que además de los votos y la sensibilidad popular hay que construir poder. Los votos están, aunque haya ganado Macri con semejante diferencia, y son el primer requisito. Lo que le faltaría al kirchnerismo es comprender que no debe dormirse. El voto de ayer es producto del exitismo que generó en un núcleo poblacional, nada menor, capaz de mostrarle el lujo de que pueden pelearlo.
Ojo.

lunes, 27 de junio de 2011

Eduardo Aliverti: "Basta con ver" (Página 12)

 Por Eduardo Aliverti


Habrá que observar cuidadosamente los aciertos y errores del tejido oficial que se corroboró.
Tanto la designación de Boudou como la integración de listas revelan, en primer lugar, una muy significativa pérdida de peso de las estructuras territoriales y sectoriales del Partido Justicialista, más lo que le toca a la CGT en igual sentido. Ya había sido un enorme aviso ubicar a Gabriel Mariotto en compañía de Daniel Scioli con todo lo que, por si fuera poco, el titular de Afsca escenifica como voz cantante principal de la ley de medios. Hay un reforzamiento impresionante de la autoridad presidencial, pero con un giro que deja muchos heridos en el PJ. Es por eso que debe mirarse con mucha atención el entramado de lo que, tal vez, ya pueda señalarse como la construcción de una fuerza basada en nuevos cuadros, gente más joven y paulatino desmontaje del aparato peronista tradicional. Algunos se animan a llamarla “cristinismo”. Y en parte por eso vale retroceder en la cronología de la semana hasta el anuncio presidencial de ir por la reelección. No pasa todos los días que un hecho tan ampulosamente obvio despierte reacciones propias de una sorpresa espectacular. Pues acaba de pasar.
Por razones de seriedad analítica, primero pongámonos de acuerdo en dejar de lado a Elisa Carrió. Enloqueció hace ya tiempo. Casi el mismo tiempo en que no se dedica a hacer política, sino a como quiera definirse esa manía de destruir todo lo que construye. Pero hasta ahí, con mucha benevolencia, podría considerarse que la rigieron serios problemas de carácter, capaces de impedirle tomar decisiones acertadas. El punto inflexivo ocurrió en el almuerzo con Mirtha, cuando, para estupefacción de la propia Legrand, aseveró que la impactante manifestación popular durante el velatorio de Kirchner fue organizada por Fuerzabruta. Desde esa afirmación, quedó claro que no se está ante alguien con propiedades mentales intactas. Ahora, al cabo del anuncio, señala que Cristina la engañó con su luto y sus lágrimas, tras haber insistido hace meses con el vómito a cuatro vientos de que la Presidenta no sería candidata porque es una incapaz para seguir gobernando sin su marido. Es improbable encontrar la forma de no juzgar que volcó completamente. Es tal la impotencia, la falta de respeto, el resentimiento, que se impone acordar en eso de que Lilita no hace política. Hace el show de frustración de quien no tiene nada que perder más que su conciencia. Algo similar le cabe a El Padrino; pero en su caso, más que de demencia, se trataría de decrepitud. Aseguró que en quince días se conocerán las verdaderas encuestas. A resultas de ello, es irrefrenable no asimilarlo a su ex socio, Alberto Rodríguez Saá, cuando en 2003, montado en el escrutinio de una mesa electoral de Necochea, previno sobre maniobras mediáticas que lo daban perdedor.
Si salimos del radio de acción de los platos voladores, Francisco de Narváez dijo que Kirchner eligió morirse antes que perder las elecciones. No pudo ampararse en que lo sacaron de contexto. A las pocas horas de tamaña barbaridad, quiso aclarar que no intentó ofender; pero dichos de ese tipo no tienen retorno. Cualquier manual de psicología barata explica los fallidos ostensibles, y estamos hablando de la reacción de un candidato a gobernador bonaerense, a pocas horas de certificarse que va Cristina. ¿Es eso lo que corresponde esperar de un aspirante con pretensiones? ¿Es todo lo que tiene para decir? ¿Y toda la artillería de la prensa opositora pasa solamente por lo escandaloso de que la Presidenta haya formulado el anuncio en cadena nacional? Sí, es así. Y da la medida de aquello que es lo único de que pueden asirse: el insulto, la ofensa, la elevación de lo baladí a argumento primordial, la corroboración de que muerto Kirchner les desapareció el atajo para mostrarse taitas. Tan es así, que ni siquiera pudieron apoyarse en alguna reacción adversa de la Bolsa, del valor de los bonos, de alarma en el establishment. Al contrario. Lo que ocurrió en esos ámbitos fue la tranquilidad, e incluso el entusiasmo, porque les va poco menos que mejor que nunca gracias al dichoso populismo que tanto denigran. Y si así no fuera, y tal como lo confiesan en su conjunto, secreteado, esos grandes actores de la economía prefieren la permanencia de quienes demuestran capacidad de mando. No quieren más helicópteros. Son conscientes de que, al revés de hace diez años, cuando lo inorgánico de la protesta social les permitió reconstituirse y asentarse en una transferencia de ingresos prodigiosa, a su favor, esta vez hay mucha polenta –mucha gente joven, sobre todo– que estaría dispuesta a defender el nunca menos.
A partir de ese último aspecto, merece observarse lo juiciosos que resolvieron ser otros referentes de la oposición. El hijo de Alfonsín; su postulante a vice; Hermes Binner, consultados todos sobre lo que harían con los grandes trazos de la economía, respondieron –por ejemplo– que de ninguna manera sería cuestión de desfinanciar al Estado eliminando las retenciones al agro. Y aclararon que la distancia, crecientemente acotada, entre inflación real y cotización del dólar, no debe ser resuelta con devaluación brusca. Es decir: un marco declarativo que no le deja espacio a locuras. De ahí en adelante, a la comandancia mediática opositora no le resta mucho más que agarrarse de artificios o realidades susceptibles de herir al Gobierno, pero no como afectación electoral: Schoklender, Inadi, Jaime, amigotes que ganan licitaciones de obra pública. O un título principal, de portada, el jueves, dedicado a vender el humo de que fue Cristina quien resolvió la asistencia de público riverplatense al estadio. La información no se aprecia fundamentada en la crónica. Nadie descarta que la Presidenta haya intervenido, por consejo del comité de seguridad futbolístico, en aras de una eventual disminución de riesgo incendiario frente a la probabilidad de que River perdiera la categoría. Pero la intencionalidad del título, claramente, fue que River tiene coronita, según lo que le hubiera correspondido tras los incidentes del partido en Córdoba. En función de eso, la apuesta a generar rencor. El dato, o la obviedad, sirven para testimoniar en qué tiene que gastárselas la jefatura opositora. Pino, para peor, se les salió de madre convincente y, no conforme con pretender que medio mundo se encolumne tras su efigie, acabó por dividir a toda su tropa. Una verdadera lástima, porque su espacio era el mejor para correr al Gobierno desde una izquierda moralista de apunte fiscalizador, noble, acumulativo.
Este gobierno o esta Presidenta en particular, no más que una firme pero moderada expresión de eso que se conoce como modelo inclusivo, equilibrador de algunas de las desigualdades sociales más profundas, actuante de la integración regional contra las eternas pretensiones del Imperio y sus adláteres, enfrenta desafíos tan grandes como la inexistencia de un destino que no sea el que se quiera construir. Hay una economía que continúa primarizada, dependiente en exceso de la demanda alimentaria de los chinos y sujeta en gran medida al intercambio automotriz con Brasil. Hay una clase dominante rapiñera y antinacional, sin perjuicio de su desconcierto. Hay los lobbies devaluadores, los gauchócratas insaciables aunque hoy llamados a silencio, las usinas del odio de clase. Hay la impericia de dejar ciertos campos orégano que esa contra, sólo provisoriamente, no sabe aprovechar. Y hay que un segundo mandato –o tercero, según quiera vérselo– es calculado a priori como el del desgaste inevitable. Mandan, por tanto, dos preguntas básicas. ¿Hay que prepararse para esa inevitabilidad, consistente en que Cristina terminará agotando junto con lo que representa o quiere imaginarse? ¿O hay que entrenar para que eso no ocurra, porque no es honesto entregarse a que una sola persona o unos pocos cuadros políticos, en el mejor de los casos, resuelvan por nosotros? Como sea, si falla esto que, como pudo o como quiso, se diferenció de los cantos de sirena liberales, la responsabilidad será de los que se sientan a esperar.
Por lo pronto, basta con ver quiénes son los furiosos, los embroncados y los ambiguos, para saber o intuir de qué lado hay que pararse.