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miércoles, 13 de julio de 2011

Vargas Llosa sí, Fito no



Claro, la columna de Fito se corrió de lo normal, por eso llama tanto la atención. Lo normal, lo naturalizado en la Argentina de nuestros días es que Vargas LLosa trate a la sociedad argentina de imbécil por haberse dado gobiernos como los de Néstor y Cristina.

Lo naturalizado es que una dirigente política diga, muy oronda, que la manifestación de pena popular por la muerte de Néstor Kirchner en realidad fue un ardid de Fuerza Bruta. Es natural que una revista publique en tapa que la presidenta de la nación es bipolar, tanto como que Francisco De Narváez diga que Néstor Kirchner prefirió morirse antes de exponerse a una nueva derrota. 

Es natural en nuestra cotidianeidad que desde la oposición se envíen cartas a las embajadas denunciando que el país supuestamente está bajo el yugo de una tiranía. Eso es lo normal, el piso del debate político argentino. Desde los medios concentrados, minuto a minuto se leen, se ven y se escuchan las peores barbaridades sobre el gobierno, sobre el kirchnerismo, sobre la dirigencia sindical y sobre las mayorías populares que vienen ratificando desde 2003 un rumbo de gestión y proyecto. Se puede tranquilamente demonizar al anciano padre de Daniel Filmus, total, después se condena el hecho, se le pega un tirón de orejas a los pillines que armaron la campaña y listo, todo queda ahí, en el rinconcito de las cosas menores. Pero que un artista lance un exabrupto como lo hizo Fito Páez sale de esa normalidad y su foto con la leyenda "Wanted", como en esas películas de lejano oeste, inunda la ciudad.

Es que a los que se oponen al gobierno de Cristina les está todo permitido y a los que lo defienden, nada. Se puede mentir, blasfemar, tergiversar desde el dispositivo mediático pero ¡Guay del que desde la vereda K se caliente, pierda la compostura y se mande una puteada! Ahí aparecen las señoras gordas defendiendo la moral y las buenas costumbres contra el fascismo kirchnerista!!!

Lo de Fito llama la atención por ser, en efecto, un exabrupto desde el otro lado. Hace ruido porque por fín tienen lo que andaban buscando, la profecía autocumplida "Ven, ven lo que es la crispación kirchnerista" nos dicen mientras exhiben la cara del rosarino "Esto es lo que nos espera si no nos sacamos de encima a este gobierno" aconsejan con cara de circunstancia. "Vaya un pollo por tantas gallinas", diría mi madre...

Pero además, Fito Páez hace canciones, no hace política. El que tiene que preocuparse por entender al electorado porteño es Daniel Filmus, no Fito. ¿O acaso hemos llegado a un nivel tal de desmemoria y de desconcierto que nos las vamos a agarrar ahora con Fito?

Reivindico el derecho a putear. 

Fito Páez es nuestro Tano Pasman y no podemos ser nosotros los que no lo banquemos. 

Un exabrupto es un momento de calentura, una incorrección política, un grito del que generalmente cuando nos enfriamos reconocemos que estuvo mal. Porque el exabrupto siempre es un bodoque donde en medio de lo descartable y lo maloliente va algún que otro pétalo de rosa, alguna verdad amarga, inconfesable. El problema es que al exabrupto permanente proferido desde las usinas de la oposición mediático-política se lo ha naturalizado y ha pasado a ser parte del sentido común del relato mediático, entonces se llega a un punto en que es algo tan cotidiano leer que el que vota al kirchnerismo lo hace por un par de zapatillas, que por repetido como concepto deja de llamar la atención. Pero el exabrupto se toma desmesura imperdonable desde el otro lado ¿Porqué? Porque los que apoyamos este gobierno no tenemos derecho al pataleo, estamos condenados a ser buenos, educados, respetuosos, cordiales. Se nos tiene prohibido reaccionar, rebelarnos, blasfemar. Tenemos que agachar la cabeza, morder el freno y cuidarnos como de mearnos en la cama con eso de "no hacerle el juego a la derecha". Vuelvo a reivindicar entonces el derecho a enojarse y a putear de un artista tanto como de un ciudadano anónimo, un nadie.

Chorrea hipocresía la ciudad de Buenos Aires. Reconozcamos que Fito se zarpó, pero no lo entreguemos a las fieras.

Reivindiquemos el derecho a putear de vez en cuando.

jueves, 17 de marzo de 2011

Zamba de Vargas

 Por Noé Jitrik
Ahora, que parece irreversible, e irreparable, como al final de una batalla perdida, que el escritor peruano (lo señalo por si alguien ignora este dato) Mario Vargas Llosa vendrá a la Argentina, país que le preocupa intensamente, e inaugurará la Feria del Libro, se me precipitan algunas imágenes personales, fogonazos de recuerdos que las discusiones de estas últimas semanas despertaron.
Sobre ellas, sin ánimo de soplar un poco más sobre los hervores a los que asistimos, puedo decir que la pelea –que eso es una polémica– tuvo momentos intelectualmente interesantes: las intervenciones de Horacio González, las reflexiones de Eduardo Grüner y por ahí tal vez algún otro aporte que no he terminado de recoger; también momentos inertes, de varias personas de excelente intención pero que volvían a los argumentos en curso como si los estuvieran concibiendo en ese preciso momento. Toda esta zona muy en contra del vehemente peruano, muchos muy afectivamente sentidos por sus opiniones sobre este país, su cultura, su política, su gente y hasta su clima, muy pocos poniendo en cuestión la importancia de su obra, ni qué decir discutiéndola. También hubo algunos deficientes que, ignorando que balbuceaban, terciaron (un desconocido Juanete Tercanova, por ejemplo) sin traer mayor luz al conflicto. No pueden dejar de contarse los sorprendidos “de lejos” de que se pusiera en la picota a tan distinguido escritor, cuates de Vargas o equidistantes árbitros de un partido cuyas reglas ignoraban: uno puede imaginar las caras que pusieron y el desenfado con el que opinaron. Lo curioso fue la admiración que causó la intervención de nada menos que la Presidenta, los paños fríos que puso alegraron a quienes tal vez no defiendan al peruano pero que detestan a sus contendores. Fue un bonito vericueto, nada pone más contento que el que le pongan un bozal a un potro que se piensa que está desbocado y que lo haga el dueño del caballo. Vargas también intervino pero no añadió gran cosa a todo lo que, precisamente, quienes lo cuestionaron condenaban. Tuvo sus defensores locales desde luego, libertad de opinión, censura, autoritarismo, en fin obviedades más bien vulgares que no tiene sentido rememorar pero que tendían, como lo hacen casi todos los días, a endilgarle al Gobierno la horrible intención de menoscabar a un cuasi genio.
Pues, todo esto ya pasó, el cuestionado promete contraatacar en persona y en el “locus”, que no será, según parece, “amoenus”, y como los argumentos son siempre los mismos no creo que se pueda esperar que el fuego de la pasión se reavive: ni Vargas Llosa reconocerá que su don analítico y/o profético es algo corriente y más bien alimentado por estereotipos, ni la Feria que metió la pata, ni los críticos del episodio creerán que todo está bien y que la presencia de este Premio Nobel será un acontecimiento inolvidable por la riqueza de conceptos y la originalidad de su pensamiento.
Así que ya está y vuelvo al comienzo, o sea a lo personal. Y el comienzo es una escena en una casa de la calle Copérnico, en la que Leopoldo Nacht y su mujer, Beatriz, solían recibir a los pichones de escritor que éramos hacia 1960. En una de esas noches, alegres, divertidas, amistosas, desembarcó Mario Vargas Llosa, que acababa de publicar La ciudad y los perros, novela que de entrada tuvo un considerable impacto y cuya temática y estilo eran muy propios de un momento de auge existencialista, mucho compromiso, mucha denuncia, mucho ímpetu. Por eso, algunos asistentes esa noche fueron amistosos y cordiales, otros, que compartían esa poética, lo miraron con reservas y desconfianza, era un momento en que, excepción hecha de Cervantes, ningún novelista podía ser aceptado así como así y menos los que se ocupaban de temas tan candentes como ésos, a saber las infamias de la oligarquía, las brutalidades de las dictaduras, los injustos privilegios sociales, la asepsia de determinados escritores, más bien oficiales. David Viñas, presente en esa reunión nocturna, que también había estudiado en un liceo militar, encarnaba esa distancia que, por el momento, era prudente porque Vargas no se salía, con astucia, del carril y, por añadidura, era recibido con todos los honores no sólo por nosotros sino sobre todo por Cuba y alguna de sus instituciones, la Casa de las Américas notoriamente, que entonces poseía un poder sancionador indiscutible. Era un mundo de relaciones y afinidades, tanto que cuando los cubanos le publicaron a Viñas en 1962 su premiada Los hombres de a caballo, Vargas Llosa figura en las dedicatorias, detalle que desapareció en las ediciones posteriores de ese comprometido relato.
Durante aquella reunión muchos, entre otros yo, pensaron que Vargas Llosa era un amigo y que por lo tanto formábamos parte de un grupo o universo o mafia o como se la quiera llamar, en parte bajo la cúpula de la Revolución Cubana, en parte por la realista poética de la denuncia, en parte porque era irresistible la tendencia a la formación de grupos y el anudamiento de amistades que prometían ser eternas.
En esa creencia, no desmentida por los hechos, me encontré dos veces con Vargas en Europa; en París, después de Mayo del ’68 la primera: en una reunión en la Ciudad Universitaria –que culminó con una gigantesca cena en un lugar árabe, cous-cous lleno de luces mediante, con César Fernández Moreno, Tomás Eloy Martínez, Sylvia Rudni, Juan José Saer y varios más– Vargas tuvo una respuesta muy eficaz cuando uno de sus paisanos le recordó, a voz en cuello, que Hugo Blanco había dado su vida por la revolución. “¿Qué?”, le dijo serenamente, “¿usted quisiera verme muerto?” ¡Cómo sonaba una declaración semejante en ese ambiente tan jugado! Son momentos y no es ingrato recordarlos. La segunda vez fue al año siguiente en Londres: asistió a una conferencia que emití en el King’s College; recuerdo el tema, era sobre las relaciones entre personajes y diálogos en la narración. El estuvo en desacuerdo con mis hipótesis pero el agua no llegó al río y al día siguiente comimos juntos, incluida su mujer de entonces, ya no recuerdo si era su tía, su prima u otra cosanguínea. Fue buena la comida, hablamos, nos entendimos, simpatizamos.
Tal vez por eso me sorprendió que hacia 1982, creo, cuando coincidimos en un cóctel en Alemania, promovido por una Verlag no sé cuántos que le estaba publicando alguna de sus novelas, no hablé con él, no pareció reconocerme, estaba repartiendo sonrisas entre alemanes ansiosos, en pleno triunfo. Es cierto que ya había roto estrepitosamente con Cuba, es cierto que le habían dado unos cuantos premios y que el furor por el “boom”, del que formaba parte como su cuarta pata, rendía todavía muchos frutos, pero nada de eso, me parecía –reconozco mi error de apreciación– justificaba la pérdida de la memoria. Quiero creer que no sentí demasiado la herida narcisista pero tal vez también me equivoco en eso puesto que recuerdo la escena con toda precisión.
No me extraña que posteriormente yo no haya hecho el menor intento de reanudar la conversación londinense, más cuando ya se estaba deslizando por el tobogán de una política que no me parece elegante calificar pero respecto de la cual no podría dejar de pensar que una cosa es la decisión de cambiar de ideas y otra el ridículo, aunque tampoco me tomo demasiado en serio, puede ser simplemente que una carrera de éxitos en el mismo campo en el que uno no obtiene más que solitarias, aunque reconfortantes, lecturas, dé lugar a un sentimiento vergonzante de resentimiento y, por qué no, de enferma envidia.
Luego algunas lecturas, no muchas: la divertida Elogio de la madrastra, muy excitante, muy “La sonrisa vertical”, su entidad pública, su candidatura a la presidencia en el Perú –lástima que le ganó el payaso de Fujimori, podría haber sido como Rómulo Gallegos, novelista social igual que él–, artículos en diarios importantes, un hijo acaso más emprendedor que él mismo, más novelas hasta el Nobel que le acarreó innumerables elogios y reconocimientos en los que toda comparación era evitada cuidadosamente.
Algunos no estaban tan felices: su libro sobre Onetti, según afirma Roberto Ferro –yo no lo leí–, no es que sea flojo, está lleno de inexactitudes, por decir lo menos; su última novela ha sido juzgada por Oscar Collazos como un aparato casi metálico por fría; circula una indignada carta de 1995 de Juan José Saer a propósito de las vueltas que le dio a la cuestión de los derechos humanos en la Argentina durante la última dictadura; en su reivindicación Esteban Peicovich rescata en La Nación una carta que como presidente del PEN Club le escribiera a Videla reclamando por el derecho a la libre expresión de los escritores amenazados por una creciente censura, en fin, el conjunto es como la novela de un joven apuesto, bien vestido, londinense o barcelonés, triunfador, realista, bien remunerado, pero en lo que me concierne nada ya personal y directo, ni que importe, sólo un nombre lejano como tantos otros, una presencia que uno juzga de acuerdo con lo que piensa sobre lo que dicho nombre u hombre emite, ya tristemente perdida la atmósfera que reinaba en la casa de Leopoldo Nacht aquella noche de 1962, cuando todos los que estaban ahí se prometían un futuro y creían que irían a alcanzar con las escrituras por venir un mundo algo menos falso, más poético.

lunes, 14 de marzo de 2011

Largas a Vargas

El escritor peruano Mario Vargas Llosa publicó ayer en España y Argentina una columna en torno de la polémica suscitada por la invitación a inaugurar en Buenos Aires la Feria del Libro. En el texto, el Premio Nobel de Literatura alude a Horacio González, cuya carta inicial a la Fundación El Libro generó la discusión. Aquí, la respuesta del ensayista.

 Por Horacio González *
Como veo que usted ha escrito en El País y lo ha reproducido La Nación, algo que en ciertas épocas se llamaba un brulote, debo responderle. Pensé, Vargas, que todo estaba claro. Que la polémica que resta se haría de un modo adecuado. Escribo esta nota para seguir defendiendo que sea así, y para ello deberé insistir una vez más que donde usted, Vargas, ve barbarie, hay civilización. Entonces, daré largas a Vargas. Es cierto que mi primera carta se prestaba a interpretaciones de diversa intencionalidad (por eso, fue aclarada y para que quedara aún más clara, retirada por indicación de la Presidenta; había volado la imaginación de varios diarios y del propio Vargas Llosa, que recordó la censura de sus libros durante el gobierno militar, en una extrapolación que no la hubiera hecho mejor su estrambótico personaje, el locutor de La Tía Julia y el escribidor). Pero la carta, al decir “lo invito a reconsiderar” y otras expresiones parecidas, no intentaba dar ninguna indicación a las autoridades de la Feria contrapuestas a la presencia de Vargas Llosa, sino a seguir interpretando la inauguración como el espacio de la voz de escritores que evitaran las típicas efusiones de cruzados de una organización política, que ante cualquier crítica menor estallan al grito de “inquisición, inquisición”. Luego, bienvenida su charla. Está muy claro que nunca hubo una supuesta cruzada contra el cruzado, limitándole sus libertades al Sr. Marqués. Cualquier espíritu que sepa evitar las zancadillas del prejuicio, la arrogancia o la testarudez, sabe que no fue así. Pero es una pena que Vargas Llosa se deje llevar por sus relaciones peligrosas. Relaciones peligrosas es una novela del siglo XVIII escrita a través de epístolas. Algo me dice, pues, esta cuestión de las cartas. Acepto que aun siendo ellas ingenuas, pueden parecer aventuradas. El tema de aquella novela admite una descripción, el encanto del libertinaje, tema de Vargas Llosa. Ahora sé que también es tema del cual también debemos ocuparnos.
En sus cartas recientemente publicadas Vargas Llosa da prueba de su mala fe (pero poco sartreana en este caso), al creer que escribe contra censores y nacionalistas. Busca enemigos fáciles, a priori repudiados en el mundo globalizado en el que se mueve. ¿Qué peor que el inquisidor y el aldeano reducido a su necedad, el pobre individuo obturado por su cerrazón? ¿Contra eso discute usted, Vargas Llosa? Si es así, no es un polemista genuino, dispuesto a comprender razones y argumentos de sus contrincantes. Se mueve dentro de grandes cli-shés despojados de espesura, esos que le festejan las derechas mundiales. No vacila, en la cumbre de su fervor por la bravata –una fruición que domina a la perfección, pero con una superficialidad que en general no tienen sus novelas–, en arrojarnos a Ernesto Guevara o a Alberdi como inculpación, y al universalismo democrático y republicano como cartilla que no poseeríamos. ¡Meras argucias del pobre polemista mal informado!
Cuando usted escribió la saga de Roger Casemet, un alma conversa que pasa de su condición de agente humanitario del Imperio Británico hasta tornarse representante juramentado del Alzamiento protagonizado por la Hermandad Republicana Irlandesa, había demostrado mayor sensibilidad hacia las ideologías del siglo, los tormentos espirituales de los hombres combatientes o los rasgos mesiánicos de las raras criaturas antiliberales que pueblan el retablo revolucionario. Se dirá que el novelista promueve un interés especial por figuras que condenará en cambio el polemista de derecha, y que las dos esferas están separadas. Cierto, pero asombra la ligereza con que actúa con personas que no conoce, cuyo pensamiento no ha consultado, montándose así en previos eslabones de desprecio solventados por el grupo Prisa. En efecto, todo es muy rápido. No podemos comprender que como novelista alguien atienda bien las múltiples conciencias de sus personajes, y como polemista sea un prejuicioso señorcito, munido de sus certezas cortesanas, sin saber el significado real del episodio que lo involucra, paseándose por el mundo impartiendo condenas episcopales y dando cátedra sobre cómo fingirse víctima y actuar como un damnificado, que no lo es. No sabíamos cuánto le gustaban Alberdi y Che Guevara, señor Vargas Llosa, si no lo hubiéramos invitado a alguna mesa redonda sobre estos temas. Pero entonces allí sería necesario considerar diversas cuestiones. Nuestro universalismo parte efectivamente del concepto de pueblo-mundo de Alberdi, expresado en oportunidad de su oposición a la guerra contra Paraguay y la simultánea guerra Franco-Prusiana. Habría que ver qué piensan sus actuales amigos sobre esos puntos. No es el mismo universalismo del abstracto cosmopolitismo globalizado, sino que es el internacionalismo con atributos libertarios, que en nuestro caso mucho inspiramos en un Jorge Luis Borges, estación que queda muy lejos de la parada Vargas Llosa.
Le informo, mi amigo, que la Biblioteca Nacional de la Argentina, entre sus tantos linajes histórico-literarios (el morenista, el groussaquiano, el nacional-popular democrático), cultiva el de Borges, especialmente en lo que se refiere al tratamiento de las fantasmagorías complementarias de la historia. Hay una de ellas, la del “tema del traidor y del héroe” que usted, Sr. Vargas Llosa conoce bien, pues en él se inspira para escribir El sueño del celta. A condición de que esa circularidad de figuras contrapuestas no paralice la historia, es un buen ejercicio ético para cultivar una prudencia esencial para juzgar los grandes caracteres del movimiento social. Si Vargas Llosa sabe de esto, ¿por qué insiste en un juego menor de considerarse la víctima que no es, el censurado que no es, el perseguido que no es, el humillado que no es y, en última instancia, el liberal que no es? Sí, porque el liberalismo, tradición ideológica compleja, incluye la consideración absoluta por los argumentos que surgen del Otro, de ahí que las grandes filosofías del siglo XX son filosofías del Otro en diálogo trascendente con las filosofías del liberalismo de otras épocas.
Me refiero a las grandes herencias del hegelianismo, el marxismo, la fenomenología, el existencialismo, el psicoanálisis lacaniano, y sin duda también de Heidegger, cada uno con sus diferencias y dificultades. No hacen otra cosa que replicar en variados ambientes históricos las grandes conquistas antiabsolutistas del liberalismo revolucionario. La conversión incesante a la que Vargas Llosa somete a sus personajes y opiniones, lo hace hoy un protagonista especial de la transformación del liberalismo de la alteridad (y algo de eso sabía cuando le escribió su buena carta a Videla para pedir por los escritores desaparecidos) en un liberalismo repleto de astucias aprendidas en los laboratorios de una derecha internacional poco afecta al debate, pero insaciable en la invención de villanos y esperpentos con los que sería pan comido debatir. No somos eso, Sr. Vargas. Si desea discutir, cuando dé sus conferencias entre nosotros, trate de afinar sus argumentos para que no sean simples fachadas con las cuales confundir a las buenas conciencias sobre los gobiernos populares que usted busca debilitar. Lo escucharemos de todas maneras, pero lo preferimos en su mejor agudeza antes que en su enunciación chicanera. No le hace bien quedar a un nivel inferior a la de las más débiles “zonceras” que el escritor argentino Arturo Jauretche supo criticar con ironía.
Si se le pudiera decir algo a Vargas Llosa –a su sensibilidad de novelista, no de articulista mal informado– le indicaríamos que deje de inventar hombres infames y réprobos, prefabricados en el laboratorio creado por alquimistas duchos en moldear marionetas como contrincantes, con las que les sería fácil discutir y derrotar sin la molestia del argumento. Si aun no le molesta argumentar, Sr. Vargas, ensaye hacerlo con nosotros, que no somos lo que usted caricaturiza sin resguardar estilo ni cuidado. El buen liberal, si no es excesivamente de derecha, dice que el ser es lo que es, pero que puede cambiar. Usted, como liberal, parece en cambio un arrebolado dialéctico de las catacumbas más atrevidas: el ser no es lo que es y es lo que no es. Y así, le gusta debatir contra espectros de su propia imaginación y encima se convierte en guevarista. Se lo festejamos. Cuando ofrezca sus conferencias quizás tendrá oportunidad de aclararnos tantas confusiones, y si se lo permite su papel de monarca en el Olimpo desde los que manda sus rayos de Júpiter sin averiguar de qué se trata, acaso se anime a debatir estos temas sin recurrir a injurias, que no lo favorecen, pues incluso el arte de injuriar requiere estar antes bien informado. Relea los consejos de Borges al respecto. O vea cómo debatieron, escribieron y formularon un universalismo desde su circunstancia peruana, José Carlos Mariátegui o César Vallejo. Confío, Vargas, que no los haya olvidado.
Fuimos nosotros los que dijimos que lo respetábamos como novelista, no sólo las suyas de los inicios, sino también las de su madurez. Es que tuvimos en cuenta para eso la condición amplia del lector contemporáneo, el lector que a pesar de ser buen custodio de sus propias exigencias, también se entrega a las obras bien planeadas y escritas, aunque salidas de un gabinete de recursos y géneros que ya no reservan sorpresas mayores. Si nos colocamos en las posiciones más rigurosas, es evidente que este es su caso, al ofrecer ahora una novelística para un lector abstracto internacional, facturada con buenos recursos, pero ajena a la aventura de las lenguas que se piensan a sí mismas en su argamasa interna de disonancias y experimentaciones.
Ahí, nos permitimos dudar de que usted siga frecuentando los horizontes de la gran novela –las de Faulkner, Conrad o Flaubert que esgrimiera en sus primeros escarceos–, sustituidas apenas por las técnicas del buen artesano. Créanos, Vargas Llosa, abra su escucha a quienes no sólo no lo censuramos ni lo injuriamos, escuche a quienes bien lo hemos leído y decidimos entablar una discusión con usted; no asemeje su labor literaria en lo que le queda de elegante, bien resuelta, sin duda ingeniosa, con los atributos del panfletista desflecado (adjetivo de David Viñas), que ve amenazas inexistentes, horrorosos nacionalismos, inquisidores atrabiliarios y otras yerbas del bestiario del ciudadano exquisito. ¿Nosotros atados a los postes restringidos de cualquier cierre cultural? No, amigo mío: somos hijos de José Martí, universalista latinoamericano, y de José Lezama Lima, poeta irredento. Nunca nadie quiso impedir sus conferencias; ahora le pedimos que las dé si es posible con los temas de este debate, que se informe adecuadamente sobre las ideas que trata de embestir, y una vez cumplido, que trate de exponer caballerescamente sus ideas, como en otros tiempos supo hacerlo. La ciudad que todos deseamos ver sin el mundo viscoso de las órdenes y oscuros poderes que usted caracterizó y criticó muy bien en sus primeros escritos, lo espera para un digno debate. No se hurte de él con esas fáciles prisas por el agravio inútil.
* Ensayista.

martes, 8 de marzo de 2011

“A Vargas Llosa no hay que hacerle el favor de atacarlo ni de tirarle huevos podridos”

Publicado el 6 de Marzo de 2011

El escritor uruguayo opina sobre la polémica que surgió con el Premio Nobel de Literatura, analiza el surgimiento del kirchnerismo en la Argentina y critica la decisión de “Pepe” Mujica de seguir instalando pasteras en Uruguay.
 
A partir de las primeras décadas del siglo XIX, Occidente comenzó a engendrar uno de los parásitos indisolubles del capitalismo contemporáneo: la burocracia. La literatura rusa de esa centuria, con Nikolái Gógol y Fiódor Dostoievski como referentes esenciales, puso en el centro de la escena a ese hombre aparentemente anónimo, apático y gris que era el empleado administrativo. Pero fue, posteriormente, en la obra de Franz Kafka, cuando lo burocrático apareció como un elemento omnipresente, capaz de atravesar todas las esferas de la vida social. A los tres escritores, la historia del siglo XX les daría la razón con creces. Los tres, sin dejar de estar condicionados por las complejidades de las distintas épocas que transitaron, fueron capaces de desentrañar uno de los rasgos más trágicos e inevitables de la era moderna.
Sin que sus reflexiones apuntaran directamente a un horizonte político, vislumbraron el sombrío desenlace que le esperaba a la humanidad a lo largo del siglo XX. El poder burocrático, el saber técnico-racional que le otorgó razón de ser no sólo se puso al servicio de dos guerras mundiales, sino que desfiguró a revoluciones que emergieron llenas de potencialidad creadora.
Pasada una década del siglo XXI, un escritor nacido en orillas alejadas y sureñas, de importancia ineludible para los pueblos que luchan y no se resignan, resiste a esa forma de vida desapasionada y gélida. Lejos de sentir indiferencia por el orden desigual que impone el sistema, en su faceta neoliberal actual, alguna vez Eduardo Galeano expresó que “al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.
Caminante incansable a través de diversos géneros literarios, constructor de frases que se arraigaron en el imaginario militante, geólogo de la memoria olvidada de un continente debajo de capas cimentadas durante 500 años de opresión, Galeano mantiene una frescura y una sensibilidad extraordinarias. Llano y fraterno, simple y hondo, a la vez, de hablar pausado como buen oriental, el autor de El libro de los abrazos se entregó a una entrevista a fondo con Tiempo Argentino. Sin perder de vista el rumbo, se embarcó en un viaje con varias escalas: su relación con la escritura, la infancia, el exilio, la vida en Montevideo, la polémica que disparó la presencia del premio Nobel en la inauguración de la Feria del Libro, la actualidad política que vive Latinoamérica, los sucesos que conmueven a Medio Oriente y al Magreb e, incluso, motivado por su amor a la redonda, habló sobre el fútbol uruguayo, jugó para el lado de los que defienden la técnica y la fantasía, y les tiró un caño a los que sólo piensan en ganar a cualquier precio.
 
–En varias ocasiones afirmaste tener siempre el mismo pánico a la hoja en blanco, que escribir te cuesta tanto como la primera vez, ¿ese rasgo explica la vitalidad que mantiene tu escritura?
–Así parece. Siento el mismo pánico de la primera vez. Es la prueba de que no me jubilé ni me burocraticé. En el momento de ponerme a escribir me tiemblan las rodillas, transpiro y se me seca la boca como la primera vez. Es como no perder las ganas de hacer el amor e, incluso, sentir como sí fuera la primera vez. Al margen del paso del tiempo, de los muchos libros que escribí, cada página en blanco siempre va a ser la primera página, la primera vez, y así logro que mi escritura le escape a la rutina.
–¿Cuál es el recuerdo del botija que fuiste?
–Tuve una infancia muy mística. Tenía metida la certeza de una especie de deber espiritual. Estaba muy influenciado por la educación católica que recibí. Pero ya de adolescente tomé nota de que lo mío era el pecado (risas). También, como todos los uruguayos, quise ser jugador de fútbol pero era un patadura sin redención. Y ahí me quedé navegando sin agua, hasta que empecé a tratar de dibujar y escribir. Lo primero que publiqué fueron caricaturas políticas, a los 14 años, en el semanario socialista El Sol. Pero por ese lado no prosperaba mucho la cosa y empecé a escribir y a sentir ese pánico a la hoja en blanco que me persigue hasta hoy en día…
–¿Qué es lo que perduró de aquel niño y de aquella formación inicial en tu relación adulta con la escritura?
–Supongo que uno es la suma de todas esas búsquedas, que uno anda en la vida dando palos de ciego, hasta que encuentra algo que lo envuelve y lo apasiona. Lo que más me ha marcado son las ganas que tuve y sigo teniendo de pintar y dibujar. Eso lo pude resolver porque pinto escribiendo. Así sea narrar un hecho que ocurrió, una sensación o una idea, tengo que cerrar los ojos y verla como imagen. Si no consigo convertirla en imagen, no logro escribir sobre ella.
–¿Cuáles son los ejes y elementos más esenciales de tu obra?
–Ante todo, la libertad. Nunca me obligué a escribir nada, escribía y sigo escribiendo lo que voy sintiendo. Las pocas veces que cometí el imperdonable pecado de obligar a la mano a escribir lo que la conciencia dicta, nunca me sentí bien. El resultado no era espontáneo ni verdadero. Con los años fui adquiriendo ese derecho a escribir lo que siento de veras, y también la posibilidad material de hacerlo, porque tengo la suerte, el privilegio en este mundo, de que mi vocación coincide con mi trabajo. Vivo de lo que escribo. La mayoría de la gente vive a contracorazón, en actividades que no tienen nada que ver con lo que quisieran hacer.
–¿Cómo vas desarrollando el proceso de la escritura?
–Cada texto minúsculo, chiquito, de esos que me  gustan escribir a mí, es el resultado de muchas tentativas. Escribo tachando. Eso me lo enseñó Juan Rulfo. El escritor admirado y el amigo fraterno. Nos conocimos hace muchos años, entre largas caminatas, charlas y silencios. Rulfo me mostraba los lápices que tienen la goma de borrar atrás y el grafo del otro lado, y señalando el culo del lápiz me decía: “Se escribe con este lado, y señalaba la goma, más que con este, y señalaba el grafo.” Luego, fui descubriendo un estilo propio. Construyo mosaicos en baldositas pequeñas, de diversos colores, que van armando una historia grande cuando se juntan entre ellas. 
–¿Estás preparando un nuevo libro?
–Sí, escribo sin cesar porque es lo único que sé hacer. Pero soy muy lento, como las vacas uruguayas que son de parición lenta. Cada libro me lleva cuatro años, cinco, a veces más. Y no me gusta hablar de lo que escribo, porque después pierdo las ganas de escribir y de contar historias sí las cuento demasiadas veces.
–¿Qué significó el exilio en tu vida?
–El exilio nació como una penitencia y terminó como una etapa de creación muy importante. “Gracias” a la dictadura militar de mi país pude escribir la trilogía Memoria del fuego. Los milicos fueron casi los coautores, porque me obligaron a desprenderme de mis ocupaciones diarias. Ocurre que cuando uno está tan enganchado en las urgencias de la tarea cotidiana y, en aquel entonces yo estaba muy ocupado por el oficio periodístico y por tareas militantes, cuesta encontrar los huecos para la escritura más libre. Y el exilio me permitió armar ese rompecabezas de la historia americana que es Memoria…
–¿Por qué volviste a elegir a Montevideo como tu lugar en el mundo?
–Me gusta vivir en Montevideo. Es la ciudad donde nací, aunque no es por eso porque nadie te pregunta donde querés nacer. Pero, en verdad, elegiría una y otra vez a mi ciudad porque se puede respirar y caminar, dos derechos que no existen en otras ciudades importantes. 
–Grandes escritores, de diversas ideologías, lograron que sus prejuicios, su mirada individual del mundo e, incluso, su posición política se vieran superados por la profundidad y amplitud de su obra. En el caso de la llamada literatura comprometida, ¿cómo lograr que la palabra no quede aprisionada por la realidad inmediata?
–Yo hago literatura comprometida, es lo mío. Me siento muy comprometido con el oficio literario que, para mí, es un oficio solidario. El peligro está siempre en el discurso de cotillón, en convertir lo que uno escribe en una pancarta y eso es completamente inútil, porque uno terminaría escribiendo mensajes para los convencidos. Y nada más que eso. La literatura que llega realmente es la que transmite misterio, electricidad de vida, y las ideas están adentro pero no se tienen que notar de un modo implícito. Por eso siempre digo que trato de plasmar una literatura senti-pensante. Mi lenguaje quiere ser capaz de unir a la razón y el corazón porque la literatura, cuando es nada más que pensante, corre el riesgo de ser frígida, y cuando es sólo sentimental, corre el riesgo de volverse cursi.
–En los últimos días se desató una polémica, en el ámbito intelectual y cultural nacional, acerca de la presencia de Mario Vargas Llosa en la inauguración de la Feria del Libro de Buenos Aires, ¿cuál es tu mirada al respecto?
–Creo que, en todos los planos de la vida, las prohibiciones prestigian lo que prohíben. A este señor no hay que hacerle el favor de atacarlo ni de tirarle huevos podridos porque, probablemente, es lo que más le conviene. La mejor publicidad que puede tener algo o alguien, un producto o una persona, lo que sea, es la prohibición. Los ejemplos históricos abundan. La ley seca fue el origen de la fortuna de Al Capone. Recuerdo, en mi caso, lo que paso con Las venas abiertas de América Latina. Apenas se publicó, nadie le hizo caso, ni mi familia lo leyó (risas). Hasta que las dictaduras militares lo prohibieron y, a partir de ese momento, súbitamente el libro empezó a ser interesante, y eso ocurrió como un año y pico luego de salir la primera edición.
–En esta última década, en esta parte del mundo surgieron varias experiencias políticas novedosas y transformadoras. ¿Cómo creés que se insertó, en esta época, la Argentina gobernada por el kirchnerismo?
–Es parte de una ola existente que me parece muy positiva. Por suerte, esto está ocurriendo en muchos lugares de la región. Hay una energía de cambio que está dando resultado, con las formas y realidades propias de cada país.
–¿Y por dónde pasan las posibilidades de cambio estructural para Latinoamérica?
–Hay que recordar que el país más independiente, del siglo XIX, fue el Paraguay de los López, aniquilado por no estar atado a la banca británica, sin depender de esos préstamos que estrangulaban la libertad. Fue el primer país que tuvo un desarrollo hacia dentro, no orientado al mercado mundial dominado por el imperio de turno. Este es un momento muy importante, porque después de aquellos años, se está recuperando progresivamente esa tradición de dignidad. Hay numerosos signos de que este es el camino para seguir avanzando. Hay que decir, también, que el patriotismo parece un privilegio de los países ricos, que predican el librecambismo para afuera pero son ultraproteccionistas puertas adentro. Cada vez que empezamos a preocuparnos por nosotros mismos, a defendernos, nos acusan de populistas, demagogos, porque buscan desgastar estos procesos políticos. 
–¿Cuál es tu balance de lo que viene siendo la presidencia de Pepe Mujica en Uruguay?
–El balance es positivo, sin duda. Pero Uruguay está teniendo la contradicción que más me preocupa y que se encuentra en todos estos gobiernos con ganas de cambiar la Historia. Es la contradicción entre búsqueda de más justicia social y la causa ecológica. Les cuesta reconocer que los derechos de la naturaleza y los Derechos Humanos son dos nombres de la misma dignidad. Entonces, uno se encuentra con gobiernos que están aliviando la pobreza pero, por otro lado, siguen incurriendo en el tradicional pecado latinoamericano de entregar sus recursos a cambio de nada. En Uruguay,  el gobierno de izquierda sigue recibiendo, como si emanaran del cielo, a las plantas de celulosa que arrasan la tierra, que envenenan el aire y te secan el agua. Eso es pan para hoy y hambre para mañana. Es algo que debe cambiarse en toda la región. Por suerte, ahora, países como Bolivia y Ecuador establecieron constitucionalmente que la naturaleza tiene derechos.
–¿Cómo analizás lo que está ocurriendo en Medio Oriente y en el norte de África actualmente? ¿Cuál es la responsabilidad de Occidente en esos acontecimientos?
–Es una sorpresa muy estimulante. Me parece estupendo ese reguero de fuego tan contagioso, que no hay quien lo pare. Nació de la paliza que recibió un vendedor ambulante de frutas y verduras en las calles de Túnez y se convirtió en un fuego popular que está quemando las estructuras de poder de un mundo muy despótico, enemigo de la libertad. Es un incendio emancipador que lleva adelante la gente que se hartó de ser nadie. Es una manera de decir que tienen derechos, que existen y que quieren terminar con esos regímenes absolutistas, absurdos. Dictaduras mimadas por los Estados Unidos y Europa por su riqueza petrolera.
–¿Cuáles son los mayores desafíos que atraviesa la izquierda contemporánea?
–La izquierda debe revitalizarse en la diversidad. Dejar atrás definitivamente los dogmas, la verdad única, los fundamentalismos y abrirse a la diversidad de la realidad. En eso me parece que se avanzó mucho. Se diluyeron ideas ridículas como aquella que sostenía que las mujeres se iban a liberar automáticamente cuando la clase obrera tomara el poder. Es una idea que ya no defiende nadie porque está claro que las mujeres se defienden por su cuenta. Otro dogma insostenible era el que profesaba que la única respuesta ante la omnipotencia del mercado era la omnipotencia del Estado. Esto derivó en la burocratización total de esos países. Por suerte, la Historia no dice adiós, dice hasta luego, y las experiencias resucitan y se transfiguran.<

domingo, 6 de marzo de 2011

No compre Vargas Llosa





Por Carlos Barragán
LA VIDA POR LA PALABRA AJENA
“No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Así dice la frase de Voltaire. (Que seguramente se la habrá dedicado a un amigo con quien discutía mucho). Y supongo que Vargas Llosa estaría de acuerdo en que yo me muriera para que él siga diciendo lo que dice. Yo no. Y parece que estuvo de acuerdo con la frase de Voltaire muchas veces a lo largo de su vida, cada vez que los EEUU se lanzaron a bombardear un pueblo, y en alguna oportunidad en que los militares peruanos se fueron a los montes para defender al país de la insurrección izquierdista y terminaron asesinando a ocho periodistas. Como parece haber pasado en 1983 en Uchuraccay. Un evento oscuro investigado por una comisión presidida por el mismísimo Vargas Llosa y que todo indica se dedicó a ocultar a los culpables. (Usted adivinó, eran los milicos.) 

Pero lo que Vargas Llosa tenga para decir no es lo importante. Por eso es falsa la comparación con nuestro Borges gorila y conservador. Borges pensaba así, opinaba así; pero nunca se ocupó de exportar sus ideas, ni de militar, ni de vigilar y fiscalizar al resto del mundo de la mano de raras organizaciones con infinitos recursos económicos como hace el Nobel Vargas. El hombre cubrió la guerra de Irak con gran felicidad, contando lo atrasados que son por aquellos lugares y lo grandioso de que el ejército norteamericano fuera a matarlos para llevarles democracia y libre mercado. Contactado con los anticastristas de Miami, amigo de organizaciones de economicismo caníbal, de los grupos que se dedican a serruchar a Chavez, amigo del Opus Dei, y de lo más reaccionario del continente, de sectas de la guita, y de logias de millonarios que gritan pidiendo libertad porque sienten sus manos atados por los Estados soberanos. Todo esto no es un secreto, con googlear su Fundación Internacional para la Libertad y mirar qué son las fundaciones que ahí aparecen como “entidades vinculadas”, en cinco minutos, se puede ver a qué se dedica el Nobel Vargas. 

Por eso no comparto lo que dice Vargas Llosa, y ni loco estoy dispuesto a dar la vida para que siga diciéndolo. Ni la vida ni dos pesos. 

LA MALDITA TOLERANCIA
La tolerancia es consustancial a la democracia, leo por ahí. Y sí. Y la idea de la tolerancia siempre me pareció de los conceptos más valiosos que nos puede brindar la vida democrática: tolerar, soportar, aguantarse hasta eso que nos parece la peor mierda. Tolerar la existencia de eso “otro”, pero no por eso aceptarlo como propio. Tolerar es saber que lo ajeno puede convivir con nosotros. Y ya que estamos “convivir” quiere decir vivir compartiendo, o sea que hablamos de dejar vivir, pero no de dejar de señalar, discutir, putear y pelearse –todo eso sin poner en riesgo la existencia del tolerado. Tendremos, entonces, que tolerar a Vargas Llosa, a él y a su existencia presente en la Feria del Libro. Pero no tendremos que tolerar lo que dice, ni lo que hace, ni lo que representa, ni lo que quiere de nosotros. 

CON QUÉ LE DAMOS AL VIEJO VARGAS?
El asunto es que muchos ya se relamen esperando a los famosos inadaptados que “infiltrados” entre el respetable público lo putéen al viejo facho, o le tiren huevos, o le canten la marcha peronista. (La última opción sospecho que es la que más desean, así el Nobel Vargas podría despacharse a gusto sobre la animalidad peronista y la oligofrenia argentina). Y entonces me pregunto ¿cómo hacemos para decirle que no lo queremos, que no nos gusta que sea un agente del poder que destruyó a nuestro país, y que nos molesta que diga que somos un pueblo idiota? Ahora le cuento.

YO TENGO UNA IDEA
Ya que la libertad del dinero –libre como un tigre liberado en un bosque de tiernos cervatillos- es lo que al Nobel Vargas le interesa, deberíamos comunicarle nuestro desagrado de manera comprensible para él y sus amigos. Sugiero no comprar ni un solo libro en la Feria de este año. Ya que ése es el lenguaje que el Nobel de literatura habla por el mundo, el esperanto universal de los negocios, podríamos hacernos entender con claridad. No compremos un solo libro en la Feria. Divulguemos este mensaje. Y lo siento sinceramente por las muchas editoriales piolas, y más por lo editores que sacan libros a pulmón. (Y también por mí que tengo un par de contratos con editoriales). Pero que ellos levanten sus stands, que pataléen, que les pidan a los de la Fundación El Libro que les devuelvan la guita, ya que con esta mala y maliciosa idea les van a hacer perder dinero. Comportémonos como quiere Vargas Llosa, como consumidores libres en un mundo capitalista. Démosle el gusto: no hagamos política, hagamos “mercado”. Seamos consumidores libres que cuando un producto no les gusta, o cuando el envase no está lindo, o cuando la carita de la publicidad es antipática, no compran. A ver si así entienden que en la Argentina el liberalismo dejó de ser un negocio. Y vayamos todos a escucharlo a Vargas Llosa respetuosamente, pero con los bolsillos vacíos. Es un experimento que quizá valga la pena.