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jueves, 5 de marzo de 2015

Juan Domingo Perón - Del poder al exilio (Capítulo 1)



Presentación 

Mientras Perón esperaba la publicación de La fuerza es el derecho de las bestias en Panamá, comenzó a escribir una serie de artículos que fueron publicados en Italia, en la revista Tempo; en Elite, de Venezuela, y más adelante en el diario Pueblo de Madrid. Desde febrero en un caso, marzo en otro y por último mayo de 1956, estos artículos con la firma de Juan Domingo Perón empezaron a circular en los medios internacionales por la difusión y el prestigio que estas publicaciones tenían, lo que le permitió aclarar tanta fabulación sobre su persona y sobre su gobierno, que la dictadura militar llevaba a cabo. Conspiraciones, rumores y calumnias llegaban a oídos del General en su exilio panameño y su pluma narrando los hechos sucedidos, desde los bombardeos, su salida de la patria en la Cañonera Paraguay, el asilo, el tema del petróleo, su anuncio de no renunciar a la lucha y un apartado especial dedicado a Evita, de tono intimista, en el que mostraba su amor y su agradecimiento a esa gran compañera y la preocupación por el destino incierto del cuerpo secuestrado, eran su posibilidad de desmentir tantas injurias. Del poder al exilio. Cómo y quiénes me derrocaron es un compilado de algunos de esos artículos que llegaron a nuestras manos en diferentes ediciones, sin lugar ni fecha, ya que la mayoría eran realizadas en la clandestinidad por la vigencia del Decreto Ley Nº 4161, que prohibía nombrar a Juan Domingo Perón, a Evita, usar sus iniciales, decir las palabras “peronismo”, “tercera posición”, “justicialismo”, reproducir signos, símbolos, escudos, obras artísticas, fotografías de Perón y de Evita, bajo amenaza de ser penado con prisión de hasta seis años. Nos dice el historiador, profesor Fermín Chávez, que la recuperación de la serie de artículos se la debemos al escritor Luis Soler Cañas quien se la entregó en 1957. 

Lorenzo A. Pepe Diputado de la Nación (m.c.) Secretario General INSTITUTO NACIONAL JUAN DOMINGO PERÓN de Estudios e Investigaciones Históricas, Sociales y Políticas

Primera Parte del 16 de junio al 2 de octubre 

Capítulo I 

INTERESES FORÁNEOS
El golpe de Estado que ha derribado a mi Gobierno, elegido con una mayoría de votos aplastante, después de elecciones claras y libres, no ha estado inspirado en sentimientos nacionales, pero sí financiado por fuerzas que se agitan dentro y fuera de la Argentina. Se trata de una verdadera traición consumada en perjuicio del pueblo y, como todas las traiciones, también ésta ha sido comprada con dinero. No existen cien acciones de ese género sostenidas o motivadas por ideales. La conclusión de esos sucesos es que hemos sido objeto de un verdadero ataque armado, no muy distinto de aquel que hizo posible la caída de Mossadegh; como el premier persa, también nosotros fuimos víctimas de la sorda lucha por el petróleo. El consejero comercial inglés en Buenos Aires declaró un día, con desusada franqueza, que cualquier esfuerzo realizado por quienquiera para asegurarse la producción petrolífera argentina sería considerado en Londres como un atentado a los intereses británicos. La Armada Argentina, que presume de haber sido la protagonista número uno de esta “victoria”, no parece querer darse cuenta de haber jugado, en cambio, el simple y absurdo rol de “caballo de Troya”. El objetivo era impedir que los recursos petrolíferos argentinos fuesen explotados, de manera de concurrir al desarrollo industrial del país y la lucha era principalmente contra los Estados Unidos que, según nuestros adversarios, habían tenido la “culpa” de proporcionarnos una operación sobre bases sólidas y concretas.
No es necesario retroceder mucho en el tiempo para hallar la prueba de lo que digo. Basta con leer el contenido de un documento que en estos días y bajo la forma de publicación clandestina circula por Buenos Aires. 

Instrucciones de la masonería 
La importancia de las publicaciones clandestinas es enorme en mi país. Son ellas las que preparan a la opinión pública y forman los grandes movimientos de opinión de los que nacen después las insurrecciones. Con esas mismas armas fui combatido yo, y muchos que en un tiempo lucharon en mi contra hoy están de nuevo en contra de mis adversarios que fueron sus aliados de ayer. Apenas una situación de emergencia frena la libertad de prensa, aparecen los panfletos para inundar las calles. Dice uno: “Masones y traidores”. Gracias a las revelaciones de un masón que ocupa un alto cargo, y cuyo testimonio es de una seriedad indudable, ha sido posible tomar conocimiento de una ceremonia secreta realizada tiempo atrás con la participación de los miembros del Gran Oriente Argentino. La información está dirigida a todos, sean o no católicos. El Gran Maestro, abriendo la sesión, dio lectura a un mensaje recibido de la Real y Soberana Logia de Londres, con la firma del Gran Maestro Hermano 33. Tal Hermano 33 es un conocido príncipe inglés. Así prosigue el manifiesto clandestino: La Real y Soberana Logia de Londres, por medio de su Gran Maestro, ordena a los hermanos argentinos del Gran Oriente de Buenos Aires adoptar una línea de conducta particular en el debate de la ley sobre la enseñanza religiosa y de la no menos importante sobre el divorcio. Es indispensable insistir en la campaña contra la Iglesia Católica y sus prelados, con el fin de llegar cuanto antes a la total separación entre el organismo religioso y el Estado. Es necesario, por otra parte, evitar que las fuerzas trabajadoras se alíen con los católicos y es necesario, asimismo, que aparezcan instituciones religiosas de carácter privado. Toda tendencia nacionalista debe ser combatida y sofocada y también en el seno del Ejército es indispensable que se formen corrientes de opinión similares a las que existen en la Marina. Se señala luego que, en la cuestión del petróleo, la fuerza masónica debe actuar de manera de sustraer la administración de los yacimientos al Estado; que debe ser rechazada toda participación en el desarrollo de nuestra industria y que, contra la radicación de capitales americanos, conviene facilitar la intervención de los capitales europeos. 
No es difícil comprender que en materia de petróleo, los capitales definidos como “europeos” son esencialmente británicos. 

Ascensos “patriotas” 
Prosigue el manifiesto: Por su actividad personal y por los grandes servicios prestados al Gran Oriente, los hermanos son informados de la siguiente disposición: el capitán de navío Arturo Rial es nombrado Gran Inquisidor y Supremo Maestro del Gran Oriente de Buenos Aires. El contralmirante Rojas es honrado Gran Arquitecto; el capitán de navío Mario Robbio, Gran Inspector; el capitán Alberto Patrón Laplacette, el capitán de fragata Aldo Molinari, el general Emilio de Vedia y Mitre y el general Osorio Aranalson investidos del título de Guardianes del Gran Secreto. El capitán de navío José Dellepiane es designado Gran Custodio de la Libertad y de la Fraternidad. 

Antecedentes de algunos “Hermanos” 
Es oportuno ahora echar un vistazo a esta lista de nombres. Muchos lectores se preguntarán por qué Arturo Rial en la jerarquía masónica es más importante que el contralmirante Rojas. Es simplísimo. El verdadero inspirador y jefe de la Revolución, conducida desde la Marina, fue Rial y no Rojas. Se debe a Rial la organización de las células de los opositores y es él, hoy, quien dirige la política del Gobierno, quien impone las depuraciones y quien firma secretamente los decretos en base a los cuales tanta gente es enviada a poblar las provincias del sur argentino. Desde hace seis meses, por si alguien no lo sabía, la Argentina tiene también su Siberia, y la Siberia argentina es la Patagonia, una tierra desolada, batida por los vientos polares. El almirante Rojas habla por boca de Rial, y Rial es aconsejado en lo referente a cuestiones políticas por dos hombres que se han instalado en el Ministerio de Marina, en calidad de miembros civiles del grupo militar que controla la vida del país. Son dos radicales unionistas: Santander y Zavala Ortiz, los cuales tienen un solo programa: combatir a los peronistas, por un lado, y a los católicos, por el otro. En el momento de la Revolución, el almirante Rojas era el jefe de la flota fluvial, y sólo posteriormente unió sus buques a las unidades de la flota de mar. De Rojas diré algo más. Mal puede adoptar la pose de depurador del país desde el momento en que él, como tantos otros oficiales, resultó beneficiado con los famosos permisos de importación, con los que se podrá adquirir un automóvil a precio de costo. Rojas, como tantos otros, importó su automóvil y lo revendió de inmediato obteniendo una ganancia de algunos centenares de miles de pesos. Pero sigamos adelante en la lectura de los nombres. Se habla del capitán Alberto Patrón Laplacette. Constituye, en la actualidad, el interventor o comisario del Gobierno en la CGT. Segundo en el orden que se menciona en el folleto clandestino, Patrón Laplacette ha desmantelado la central obrera, desplazando a sus dirigentes, muchos de los cuales han estado y están encarcelados. Luego viene el general Osorio Arana, uno de los pocos que queda en servicio. Osorio Arana es el ministro de Ejército, sucesor de Bengoa, que presentara su dimisión pocos días después de la Revolución. Antes aun de la caída de Lonardi, Bengoa se dio cuenta del verdadero programa de la Revolución, y para no sumar su nombre al de numerosos revanchistas que están actuando en la Argentina, saludó a sus compañeros de Revolución y antes de retirarse advirtió, en su propia casa, a Lonardi del peligro que lo acechaba.

viernes, 28 de diciembre de 2012

El hundimiento del crucero General Belgrano fue decidido en un almuerzo de Thatcher



La decisión de atacar al crucero el 2 de mayo fue tomada por Margaret Thatcher y su gabinete durante un encuentro en Chequers, en el que se decidió “flexibilizar” la zona de exclusión.

Los casi 3.500 documentos que desclasificó hoy el Archivo Nacional británico sobre la Guerrra de Malvinas tienen una carpeta titulada “el hundimiento del Belgrano”, con telegramas y correspondencias enviados entre distintos representantes de la Cancillería sobre el incidente, considerado por Argentina como un crimen de guerra.

El 5 de mayo de 1982, durante una cena de representantes de la Organización del Tratado Atlántico Norte (OTAN), el secretario del Eurogrupo, Kevin Tebbit, sostuvo que el entonces ministro de Defensa británico, John Nott, había afirmado: “La decisión política (de atacar al buque argentino) fue tomada por un grupo de ministros, liderados por la primer ministro”.

El encuentro al que se refiere es el almuerzo que hubo en Chequers, la casa de campo que tiene el primer ministro del Reino Unido, el 2 de mayo de 1982 donde, de acuerdo a la versión oficial de la historia británica y a distintas biografías, Thatcher dio la orden de hundir al Belgrano, pese a estar fuera de la zona de exclusión.

Según el entonces Canciller, Francis Pym, “si bien el incidente ocurrió fuera de la zona de exclusión, fue de acuerdo a las Reglas de Combate acordadas el 2 de mayo”, mismo día del hundimiento.

En distintas correspondencias el ministro explicó que la posición británica es que la acción “se realizó en defensa personal” y se tomó también de acuerdo a una orden del 23 de abril de “atacar a cualquier buque o submarino que fuese una amenaza para el Grupo de Tareas”.



Por su parte, John Weston, jefe del Departamento de Defensa del Foreign Office, reconoció que “el hundimiento del Belgrano respondió a una decisión de los ministros de flexibilizar las actuales reglas del combate para permitir a nuestros submarinos nucleares atacar los buques de guerra argentinos”.

A diferencia de lo que habría dicho Nott y de la historia oficial, Weston explicó que en ese almuerzo que encabezó Thatcher se tomó esa decisión, pero sin mención específica a ningún barco.
Las correspondencias dejan en claro que Londres estaba al tanto que el ataque que realizó el submarino nuclear HMS Conqueror y que causó la muerte a 323 soldados argentinos, ocurrió a 30 millas naúticas al sudeste de la zona de no agresión.

El Reino Unido era tan consciente de su acción que el jefe de la delegación británica ante las Naciones Unidas estaba “preocupado” que “pueda tener un efecto adverso en el sentimiento” de la organización respecto al papel británico en el conflicto.

Otras correspondencias reveladas muestran cuestionamientos a la forma en que el Reino Unido se comportó para intentar rescatar a los sobrevivientes del Belgrano.

Una de las cartas, firmadas por el funcionario de la Cancillería británica Terence Steggle tres días después del ataque, sostiene que “el Ministerio de Defensa ordenó al Grupo de Tareas no interferir con los buques argentinos involucrados en operaciones de rescate, pero no quieren que esto sea conocido por el público”.

martes, 3 de mayo de 2011

Un soldado de la causa de EE.UU. y de su propia venganza

EL RETRATO DE BIN LADEN DESDE SUS AÑOS EN PAKISTAN
El jefe de la red terrorista fue un adversario de Washington, pero también se enroló bajo su bandera. Fue crítico de la monarquía saudita, pero la sirvió. En la ciudad de Peshawar, fronteriza con Afganistán, formó su militancia.
 Por Eduardo Febbro
Desde París
En aquellos años de pesquisa inicial –septiembre/octubre 2001–, Bin Laden era un emblema en las calles de Peshawar. Esta ciudad paquistaní fronteriza con Afganistán había visto surgir de sus callejuelas mugrientas el mito y la realidad. Bin Laden se había instalado allí para tejer su imperio de terror con la inagotable ayuda que, en esos tiempos de Guerra Fría y con Afganistán invadido por las tropas de la ex Unión Soviética, le proporcionó Estados Unidos. En la casi totalidad de las escuelas coránicas de Peshawar y sus alrededores el retrato de Bin Laden era omnipresente. Desde lo alto de un muro su barba tupida presidía todos los encuentros con los líderes islamistas radicales de Pakistán. Las celebraciones por su muerte contrastan con los años en que Washington le entregaba armas, millones de dólares y apoyo logístico. Bin Laden supo ser un disciplinado soldado doble: el de la causa norteamericana primero, el de su propia venganza después.
El millonario saudita comenzó su verdadera carrera en Peshawar. Esta ciudad colorida, de casas bajas y habitada por una legión de enigmáticos emisarios, agentes secretos y traficantes de todo tipo fue el ojo virulento donde se gestó la versión más eficaz del islamismo radical como pieza de una estrategia que tenía un solo objetivo: decapitar a los ejércitos de la ex Unión Soviética que ocupaban la vecina Afganistán. En 2001, sus discípulos perpetuaban su leyenda y reivindicaban su legado. En la escuela coránica de Al-Haqqania la foto de Bin Laden ocupaba un lugar destacado en el escritorio del director, Sami Ul-Haq, el jefe del partido islamista Jamiat Ulema-e-Islam, con quien Laden aparece en la imagen. “Osama es un sabio, un hombre simple, lleno de bondad. Lo único que ha hecho es defender los intereses y los derechos de los musulmanes”, decía Hamid Ul-Haq, el hijo del director. Los 2500 alumnos de esta madraza fundada a mediados de los años ’40 por el padre de Sami Ul-Haq para luchar contra el colonialismo británico profesaban la misma convicción. “Es el más grande entre todos, el más inteligente, el único”, decía Nassim, un muchacho de apenas 11 años embrujado por el relato de Bin Laden. Cuando llegó a Peshawar en los años ’80, Bin Laden se mezcló con la gente, como uno más. Vivió y durmió en la calle junto a los demás pobres, fue devoto, solidario y atento a sus semejantes. Lo habían apodado “el constructor”, porque dedicó parte de su fortuna y de los fondos provenientes de Estados Unidos, Arabia Saudita y de las monarquías del Golfo Pérsico a construir rutas, hospitales, túneles, campos de entrenamiento y madrazas.
Osama siempre actuó con un doble
Fue un crítico de la monarquía saudita, pero la sirvió; fue un adversario de Estados Unidos, pero también se enroló bajo su bandera. Laden realizó varios viajes a Peshawar y se instaló en 1982. Venía con una misión estructurada. A finales de los años ’70, Bin Laden se puso al servicio del príncipe Turki Ibn Al Facyçal Ibn Abdelaziz, el jefe de los servicios secretos de Arabia Saudita. Abdelaziz le encargó la creación de una organización capaz de implantarse en Afganistán y expandir el Islam combatiente para desalojar a los rojos. Así nació la “Legión Islámica”. Laden se encontró en Peshawar con Abdullah Azzam, su guía espiritual, su modelo, su mentor. Azzan era un palestino de Cisjordania, ex miembro de la OLP, Organización para la Liberación de Palestina de Yaser Arafat. Azzan defendía con posturas radicales su mirada sobre el Islam y era también un crítico acérrimo de la dirigencia palestina. Indignado por la corrupción en el seno del movimiento, Azzam había dejado la OLP. Abdullah Azzam dirigió en Londres la editorial Azzam Publication y había editado una biografía de Bin Laden y varios libros donde promovía la lucha armada. En Peshawar, Azzam se encargaba de unir a los combatientes árabes que iban a combatir a los soviéticos en Afganistán. El palestino estaba al frente de una estructura, la llamada “oficina afgana”, la Makhtab al-Klidamet, MAK, que centralizaba a los combatientes árabes. Su principio motor siempre fue intratable: “La Guerra Santa y los fusiles exclusivamente. No a la negociación, no a las conferencias, no al dialogo”. Azzan influenció profundamente a Osama bin Laden. El hombre era de una estatura fuera de lo común. “Un guerrero sin igual, un hombre profundamente impregnado en el Islam, convencido en lo más profundo de su corazón de que el credo de la guerra santa y el martirio eran los únicos caminos para liberar las tierras musulmanas”, contaba Tahmin, un afgano fundamentalista que lo frecuentó con asiduidad en los años ’80. Para Azzam sólo había un opción: sacar a los soviéticos de Afganistán mediante la guerra santa. “La Jihad debe continuar hasta que todos los pueblos oprimidos sean liberados, la Jihad debe continuar para proteger nuestra dignidad y recuperar nuestras tierras ocupadas. La Jihad es la forma de obtener la gloria eterna”, decía en sus sermones. Abdullah Azzan no era un mero predicador sino un hombre de acción que peleó en Afganistán y federó parte de la resistencia contra el ocupante soviético.
Bin Laden copió su modelo. Osama creó en Peshawar su propia organización, Bayt al Ansar, “La Casa de los Partidarios”, y rápidamente se convirtió en el financista de las dos organizaciones gracias a los fondos suministrados por Arabia Saudita, las monarquías petroleras del Golfo Pérsico, Pakistán y la CIA. El apoyo de Occidente fue tan pleno que Bayt al Ansar y Makhtab Al Klidamet abrieron oficinas en Estados Unidos, Londres, en los países del Golfo y en Egipto. Con ese dinero Bin Laden puso en pie un edificio poderoso. Azzam y Bin Laden gestionaban desde Peshawar el primer circuito internacional de combatientes. Bayt al Ansar y Makhtab al Klidamet llegaron a contar con más de 50.000 voluntarios que fueron enviados a Afganistán. Azzam y Osama constituían una pareja perfecta. Tenían dinero, influencia, prestigio, eran auténticos jihadistas, habían sabido captar la humillación profunda del mundo musulmán. Ambos extrajeron de la palabra de Alá lo que les convenía para su guerra de liberación. Durante ese período Bin Laden conoció al Molá Omar, el dirigente afgano que algunos años más tarde se convertiría en el jefe de los talibán. El nombre de Al Qaida también lleva el sello de Peshawar. A fin de supervisar las idas y venidas de los voluntarios árabes que dependían de Bayt al Ansar, Bin Laden creó un registro. Ese documento era la espina dorsal de la estructura administrativa con la cual se hacía el repertorio de los combatientes. Bin Laden le puso el nombre: “Registro de la Base”, es decir, Al Qaida, la Base.
El Corán, las tierras ocupadas, las invasiones, Bin Laden, la manipulación de la religión, los intereses geopolíticos de Estados, el conflicto entre Washington y Moscú, el petróleo y el clérigo saudita montaron una mecánica siniestra que arrastró a muchas vidas. Hamid UlHaq, el hijo del director de la escuela coránica de Al Haqqania, recordaba con ironía que si Bin Laden pasó a ser el enemigo número 1, hubo un tiempo en que no tuvo ese estatuto: “La CIA apoyó a Bin Laden porque era una pieza clave en la guerra contra los soviéticos. Después bombardearon un país para buscarlo, pero Osama fue tratado como un héroe por los norteamericanos”.
La CIA también respaldó a la madraza. El abuelo de Hamid Ul Haq la fundó en 1947 para luchar contra el colonialismo británico y Estados Unidos la reactivó a principios de los años ’80 como centro de formación de combatientes contra los soviéticos. “Ustedes encarnan el bien supremo. ¡Combatan al Diablo!” Ese era el credo con el que Washington repartía sus millones en las madrazas de Pakistán.
Parte del mundo que conocemos Osama bin Laden lo diseñó en Peshawar. Bin Laden y sus redes islamistas contribuyeron a derrocar a los soviéticos que habían invadido Afganistán. La siguiente etapa consistió en preparar el terreno de la derrota del imperio que le había facilitado fondos y material para su primera empresa. Muy a pesar suyo, Hamid Mir había frecuentado a Bin Laden más de lo que deseó. Este periodista paquistaní, redactor en jefe del diario Daily Ausaf, especializado en informaciones sobre los movimientos islamistas, era uno de los periodistas que más veces había hablado con Bin Laden. La primera fue en 1997, cuando le hizo una entrevista en Afganistán. La segunda en 1998, cuando Osama lo acorraló para que Mir escribiera su biografía. La última remontaba a noviembre de 2001, en plena guerra de Afganistán. Bin Laden lo había vuelto a elegir como “interlocutor” para transmitir su mensaje al mundo. En esa ocasión, Hamid Mir lo entrevistó en un lugar inhóspito, sacudido por el eco de las bombas norteamericanas. Mir no pensaba como todo el mundo. Seguía convencido de que Occidente había “sobreestimado” a Bin Laden, que Osama era “apenas un guerrillero de las montañas, un luchador solitario, una suerte de primitivo que ni siquiera hablaba inglés o usaba teléfonos satelitales”. Bin Laden, la sombra del Islam armado fomentada por Estados Unidos, era, según Hamid Mir, un pésimo conocedor de la religión: “Sólo conocía los principios generales del Islam”. Mir resumía el pensamiento de Osama bin Laden cuando decía que si el líder de Al Qaida “pudo expulsar a los soviéticos de Afganistán, ¿por qué no sería capaz de echar a los norteamericanos de Arabia Saudita?”. Para ello preparó la trampa afgana. Osama terminó edificando una estructura de terror respaldado por quienes, más tarde, lo perseguirían.
La historia retendrá otro hecho, tan doble como Bin Laden. Osama fue a Peshawar encomendado por el hoy ex jefe de los servicios secretos de Arabia Saudita, el príncipe Turki Ibn Al Facyçal Ibn Abdelaziz. Fue el mismo príncipe quien, el año pasado, propuso unir las fuerzas de Estados Unidos, Arabia Saudita, Pakistán, China, Rusia y Afganistán para asesinarlo. Tenía miedo de uno de los credos más repetidos por Bin Laden en los últimos años: “terminar con los gobiernos árabes corruptos”. Muchos ya cayeron, pero sin Al Qaida como instrumento sino por la revuelta y la voluntad popular.

martes, 29 de marzo de 2011

La coalición ya planea el futuro de Libia sin Khadafi

CUMBRE EN LONDRES
Unos 40 países y organizaciones se reúnen para debatir el destino político de Libia y buscar una salida al conflicto, que podría incluir un exilio de Khadafi. Es el primer encuentro convocado por el llamado grupo de contacto, formado por la docena de países de la coalición para asumir la "dirección política" de las operaciones, cuyo mando militar quedó en manos de la OTAN.
"La razón por la que estamos aquí es porque el pueblo libio no puede alcanzar ese futuro por sí solo. Estamos todos aquí unidos en un mismo propósito, que es ayudar al pueblo libio en esta hora de necesidad", dijo el primer ministro David Cameron a los presentes en la conferencia.
El premier agregó que su gobierno recibió informes de que fuerzas de Khadafi bombardearon hoy Misurata con incesantes ataques contra civiles desde tierra y mar. "Khadafi está usando francotiradores para dispararles (a los residentes de Misurata) y dejarlos desangrase en las calles hasta la muerte. Cortó los alimentos, el agua y la electricidad para obligarlos a la sumisión a través del hambre", agregó Cameron.
A su turno, Hillary Clinton llamó al mundo a hablar con una sola voz y exigir a Khadafi que renuncie para que Libia "pertenezca no a un dictador, sino a su pueblo", según las palabras de la jefa de la diplomacia norteamericana. Clinton agregó ante la conferencia que sólo con medios militares no se logrará sacar del poder a Kaddafi, que gobierna hace 41 años, y que será necesario aplicar más sanciones y mayor presión diplomática para conseguir este objetivo.
El Reino Unido, organizador de la reunión en Londres, afirmó que no quiere determinar el futuro político de Libia y que eso será tarea del pueblo libio. De la conferencia no participarán representantes de la oposición libia, aunque un enviado de los rebeldes está en Londres y tenía previsto reunirse con Hillary Clinton y su par británico, William Hague, informaron funcionarios norteamericanos y británicos.
Participarán del cónclave seis países árabes: Qatar, Irak, Jordania, Emiratos Arabes Unidos, Túnez y Líbano, y un país musulmán no árabe, Turquía. También asistirán el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen y representantes de la Liga Árabe y la Unión Africana.
El canciller italiano, Franco Frattini, dijo que varios países prevén presentar un plan para poner rápido fin al conflicto que incluye una propuesta para un autoexilio de Khadafi, un cese del fuego y conversaciones entre los rebeldes y jefes tribales libios.
Los gobernantes de Francia y el Reino Unido, dos de los países que más impulsaron los ataques en Libia, exigieron ayer la renuncia inmediata de Kaddafi y dijeron que la conferencia tendrá por fin "respaldar la transición" en el país árabe africano.
El encuentro es el primero del grupo de naciones que, integrado por Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y el resto de los países de la "coalición", asumirá el liderazgo político de la operación en Libia, cuyo mando militar pasó a la OTAN.
A última hora de ayer, el presidente estadounidense, Barack Obama; su par francés, Nicolas Sarkozy; el primer ministro británico, David Cameron; y la jefa de gobierno alemana, la canciller Angela Merkel, compartieron una videoconferencia para discutir la situación en Libia, informó la Presidencia francesa.
Un poco antes, Sarkozy y Cameron emitieron una declaración conjunta en la que dijeron que la conferencia en la Lancaster House de Londres tendrá como objetivo apoyar un proceso político post-Khadafi en Libia. "La comunidad internacional podrá respaldar la transición en Libia tras una dictadura violenta y crear las condiciones propicias para que el pueblo libio pueda decidir su propio futuro", afirmó el texto.
El Reino Unido, Francia y Estados Unidos fueron los impulsores de la resolución del Consejo de Seguridad que autorizó la imposición de una zona de exclusión aérea sobre Libia y el uso de la fuerza contra fuerzas de Khadafi "para proteger a los civiles". Esa resolución, aprobada hace 10 días, dio lugar a intensos bombardeos aliados contra fuerzas leales al líder libio, que, iniciados el 19 de marzo, permitieron a los rebeldes evitar una derrota inminente y recuperar todo el terreno que habían perdido este mes.

viernes, 18 de marzo de 2011

Khadafi volvió a ser el enemigo

LIBIA SE SUMA A IRAK Y AFGANISTAN COMO BLANCO DE BOMBARDEOS
Francia y Gran Bretaña llevaron hasta un final tardío su idea de instaurar una zona de exclusión aérea. Estados Unidos les transfirió la responsabilidad de la acción principal a los europeos y los árabes.
 Por Eduardo Febbro
Desde París
Muammar Khadafi bajó definitivamente del altar al que la gula occidental, los petronegocios y la desfachatez del sistema financiero internacional lo habían izado. El tirano, que durante casi dos décadas fue el “enemigo número uno” de Occidente para luego convertirse en el vistoso aliado de sus enemigos de antaño, volvió a su estatuto primigenio. La resolución adoptada por el Consejo de Seguridad de la ONU no deja ningún intersticio para la ambigüedad: el dispositivo militar ya está preparado y sólo faltaba la famosa “base jurídica” reclamada por la OTAN. París y Londres llevaron hasta un final tardío su idea de instaurar una zona de exclusión aérea para neutralizar la aviación de Khadafi.
Las provocaciones mutuas tornaron inevitable la participación árabe-occidental en una nueva cruzada militar contra un país árabe. Libia se suma así a Irak y Afganistán a la lista de países que pasarán una temporada bajo las bombas de una coalición donde el poderío militar de Occidente marcará las orientaciones. Era necesario el voto a favor de 9 de los 15 miembros del Consejo de Seguridad y también que ninguno de los integrantes permanentes del Consejo vetara la resolución. China y Rusia se abstuvieron y con ello abrieron paso al operativo militar. La comunidad internacional, fragmentada, salvará al filo de la navaja a la ya asfixiada oposición libia. Cercada en su feudo de Benghazi por las fuerzas leales al régimen, la participación directa de Occidente era la única carta que podía sacarla del despeñadero. “Prepárense, esta noche llegamos”, había dicho Khadafi a los habitantes de Benghazi. Tal vez, las primeras en llegar sean las bombas occidentales ayudadas por algunos países árabes, como Emiratos Arabes Unidos, Qatar y Egipto. Washington logró su propósito: transferirles la responsabilidad de la acción principal a los países vecinos, es decir, los europeos con costas mediterráneas y los árabes. Francia y Gran Bretaña, promotores de la resolución, asumirán la mayor parte de la responsabilidad de Occidente, pese a que Estados Unidos es la fuerza dominante en el seno de la OTAN.
No es seguro que la guerra total sea la apuesta definitiva. El Guía Supremo de la desgastada revolución libia supo dar marcha atrás al borde del abismo. A partir de 2003, Khadafi ya demostró su sentido del realismo cuando, impresionado por la invasión de Irak y la captura de Saddam Hussein, retrocedió en su principal proyecto, la acumulación de armas de destrucción masiva, y reconoció su responsabilidad en dos atentados: contra el avión de PanAm que explotó sobre la localidad escocesa de Lockerbie (1988, 270 muertos) y contra el avión francés de la compañía UTA (1989, 170 muertos). Ese fue el inicio del idilio público entre el coronel y sus jueces de años anteriores. Inversiones y visitas de Khadafi a las grandes capitales del mundo y viajes de los demócratas a Trípoli consagraron el retorno del coronel al “eje del bien”. O sea, los negocios seguros aunque las manos que firmaban los contratos estuviesen manchadas de sangre.
Puede que hoy haga lo mismo. La resolución de la ONU es amplia y explícita. La OTAN y la Liga Arabe apoyaron la instauración de una zona de exclusión y ello los convierte en aliados directos de la intervención. Presionado desde el interior por los rebeldes, ahorcado por el cielo y cercado desde el mar, Khadafi tiene las horas contadas. Khadafi le ha ofrecido la represión salvaje a su pueblo y una fuente de agua bendita para que Occidente lave su mala conciencia. No cabe ni la más remota duda de que los armas ya están preparadas. Anoche, tanto el primer ministro francés, François Fillon, como el jefe de la diplomacia, Alain Juppé, adelantaron que la fuerza se emplearía en cuanto la resolución estuviese aprobada. Alain Juppé precisó incluso el modo operativo: “Está excluido que se haga algo en tierra. Está claro. La alternativa se desprende sola: es la utilización de la fuerza aérea”. Tal vez Khadafi calculó mal la convicción de sus socios del Oeste. Pensó que sus divisiones profundas y sus debilidades morales y energéticas le permitirían aplastar la revuelta con un costo mínimo. Occidente también se equivocó con él y con las capacidades reales de la oposición. Las demoras y ese doble error desembocaron en centenas y centenas de muertos, destrucción y el éxodo de centenas de miles de personas hacia las fronteras.
El movimiento democrático libio terminó condicionado a la peor opción para triunfar: sacar a Khadafi con el respaldo de fuerzas extranjeras. Los movimientos de unos y otros condenaron a la contrarrevolución libia a una asistencia extranjera: Khadafi no dejaría el poder sin matar y sin mofarse de la OTAN y la ONU. A su vez, Occidente no podía dejarlo ganar sin quedar en ridículo. Khadafi ha sido un socio perfecto, en la paz y en la guerra. Su previsible derrota se forjó según sus condiciones. Mató a su pueblo sin concesiones y provocó a Occidente para que vinieran a buscarlo. La historia se vuelve a repetir con una puntualidad sangrienta, como en Panamá, Irak o Afganistán: otra vez hay que armar una coalición y arrojar bombas para extirpar un mal que se fue arraigando con la complicidad y hasta la ayuda directa de quienes hoy se alistan para suprimirlo. Noriega fue un aliado de las potencias, lo mismo que Saddam Hussein en Irak y los talibán en Afganistán.Apartarlos del poder costó miles de vidas humanas inocentes. Khadafi y sus socios tardíos hicieron pesar sobre el pueblo libio el mismo y repetitivo destino.

jueves, 17 de marzo de 2011

Zamba de Vargas

 Por Noé Jitrik
Ahora, que parece irreversible, e irreparable, como al final de una batalla perdida, que el escritor peruano (lo señalo por si alguien ignora este dato) Mario Vargas Llosa vendrá a la Argentina, país que le preocupa intensamente, e inaugurará la Feria del Libro, se me precipitan algunas imágenes personales, fogonazos de recuerdos que las discusiones de estas últimas semanas despertaron.
Sobre ellas, sin ánimo de soplar un poco más sobre los hervores a los que asistimos, puedo decir que la pelea –que eso es una polémica– tuvo momentos intelectualmente interesantes: las intervenciones de Horacio González, las reflexiones de Eduardo Grüner y por ahí tal vez algún otro aporte que no he terminado de recoger; también momentos inertes, de varias personas de excelente intención pero que volvían a los argumentos en curso como si los estuvieran concibiendo en ese preciso momento. Toda esta zona muy en contra del vehemente peruano, muchos muy afectivamente sentidos por sus opiniones sobre este país, su cultura, su política, su gente y hasta su clima, muy pocos poniendo en cuestión la importancia de su obra, ni qué decir discutiéndola. También hubo algunos deficientes que, ignorando que balbuceaban, terciaron (un desconocido Juanete Tercanova, por ejemplo) sin traer mayor luz al conflicto. No pueden dejar de contarse los sorprendidos “de lejos” de que se pusiera en la picota a tan distinguido escritor, cuates de Vargas o equidistantes árbitros de un partido cuyas reglas ignoraban: uno puede imaginar las caras que pusieron y el desenfado con el que opinaron. Lo curioso fue la admiración que causó la intervención de nada menos que la Presidenta, los paños fríos que puso alegraron a quienes tal vez no defiendan al peruano pero que detestan a sus contendores. Fue un bonito vericueto, nada pone más contento que el que le pongan un bozal a un potro que se piensa que está desbocado y que lo haga el dueño del caballo. Vargas también intervino pero no añadió gran cosa a todo lo que, precisamente, quienes lo cuestionaron condenaban. Tuvo sus defensores locales desde luego, libertad de opinión, censura, autoritarismo, en fin obviedades más bien vulgares que no tiene sentido rememorar pero que tendían, como lo hacen casi todos los días, a endilgarle al Gobierno la horrible intención de menoscabar a un cuasi genio.
Pues, todo esto ya pasó, el cuestionado promete contraatacar en persona y en el “locus”, que no será, según parece, “amoenus”, y como los argumentos son siempre los mismos no creo que se pueda esperar que el fuego de la pasión se reavive: ni Vargas Llosa reconocerá que su don analítico y/o profético es algo corriente y más bien alimentado por estereotipos, ni la Feria que metió la pata, ni los críticos del episodio creerán que todo está bien y que la presencia de este Premio Nobel será un acontecimiento inolvidable por la riqueza de conceptos y la originalidad de su pensamiento.
Así que ya está y vuelvo al comienzo, o sea a lo personal. Y el comienzo es una escena en una casa de la calle Copérnico, en la que Leopoldo Nacht y su mujer, Beatriz, solían recibir a los pichones de escritor que éramos hacia 1960. En una de esas noches, alegres, divertidas, amistosas, desembarcó Mario Vargas Llosa, que acababa de publicar La ciudad y los perros, novela que de entrada tuvo un considerable impacto y cuya temática y estilo eran muy propios de un momento de auge existencialista, mucho compromiso, mucha denuncia, mucho ímpetu. Por eso, algunos asistentes esa noche fueron amistosos y cordiales, otros, que compartían esa poética, lo miraron con reservas y desconfianza, era un momento en que, excepción hecha de Cervantes, ningún novelista podía ser aceptado así como así y menos los que se ocupaban de temas tan candentes como ésos, a saber las infamias de la oligarquía, las brutalidades de las dictaduras, los injustos privilegios sociales, la asepsia de determinados escritores, más bien oficiales. David Viñas, presente en esa reunión nocturna, que también había estudiado en un liceo militar, encarnaba esa distancia que, por el momento, era prudente porque Vargas no se salía, con astucia, del carril y, por añadidura, era recibido con todos los honores no sólo por nosotros sino sobre todo por Cuba y alguna de sus instituciones, la Casa de las Américas notoriamente, que entonces poseía un poder sancionador indiscutible. Era un mundo de relaciones y afinidades, tanto que cuando los cubanos le publicaron a Viñas en 1962 su premiada Los hombres de a caballo, Vargas Llosa figura en las dedicatorias, detalle que desapareció en las ediciones posteriores de ese comprometido relato.
Durante aquella reunión muchos, entre otros yo, pensaron que Vargas Llosa era un amigo y que por lo tanto formábamos parte de un grupo o universo o mafia o como se la quiera llamar, en parte bajo la cúpula de la Revolución Cubana, en parte por la realista poética de la denuncia, en parte porque era irresistible la tendencia a la formación de grupos y el anudamiento de amistades que prometían ser eternas.
En esa creencia, no desmentida por los hechos, me encontré dos veces con Vargas en Europa; en París, después de Mayo del ’68 la primera: en una reunión en la Ciudad Universitaria –que culminó con una gigantesca cena en un lugar árabe, cous-cous lleno de luces mediante, con César Fernández Moreno, Tomás Eloy Martínez, Sylvia Rudni, Juan José Saer y varios más– Vargas tuvo una respuesta muy eficaz cuando uno de sus paisanos le recordó, a voz en cuello, que Hugo Blanco había dado su vida por la revolución. “¿Qué?”, le dijo serenamente, “¿usted quisiera verme muerto?” ¡Cómo sonaba una declaración semejante en ese ambiente tan jugado! Son momentos y no es ingrato recordarlos. La segunda vez fue al año siguiente en Londres: asistió a una conferencia que emití en el King’s College; recuerdo el tema, era sobre las relaciones entre personajes y diálogos en la narración. El estuvo en desacuerdo con mis hipótesis pero el agua no llegó al río y al día siguiente comimos juntos, incluida su mujer de entonces, ya no recuerdo si era su tía, su prima u otra cosanguínea. Fue buena la comida, hablamos, nos entendimos, simpatizamos.
Tal vez por eso me sorprendió que hacia 1982, creo, cuando coincidimos en un cóctel en Alemania, promovido por una Verlag no sé cuántos que le estaba publicando alguna de sus novelas, no hablé con él, no pareció reconocerme, estaba repartiendo sonrisas entre alemanes ansiosos, en pleno triunfo. Es cierto que ya había roto estrepitosamente con Cuba, es cierto que le habían dado unos cuantos premios y que el furor por el “boom”, del que formaba parte como su cuarta pata, rendía todavía muchos frutos, pero nada de eso, me parecía –reconozco mi error de apreciación– justificaba la pérdida de la memoria. Quiero creer que no sentí demasiado la herida narcisista pero tal vez también me equivoco en eso puesto que recuerdo la escena con toda precisión.
No me extraña que posteriormente yo no haya hecho el menor intento de reanudar la conversación londinense, más cuando ya se estaba deslizando por el tobogán de una política que no me parece elegante calificar pero respecto de la cual no podría dejar de pensar que una cosa es la decisión de cambiar de ideas y otra el ridículo, aunque tampoco me tomo demasiado en serio, puede ser simplemente que una carrera de éxitos en el mismo campo en el que uno no obtiene más que solitarias, aunque reconfortantes, lecturas, dé lugar a un sentimiento vergonzante de resentimiento y, por qué no, de enferma envidia.
Luego algunas lecturas, no muchas: la divertida Elogio de la madrastra, muy excitante, muy “La sonrisa vertical”, su entidad pública, su candidatura a la presidencia en el Perú –lástima que le ganó el payaso de Fujimori, podría haber sido como Rómulo Gallegos, novelista social igual que él–, artículos en diarios importantes, un hijo acaso más emprendedor que él mismo, más novelas hasta el Nobel que le acarreó innumerables elogios y reconocimientos en los que toda comparación era evitada cuidadosamente.
Algunos no estaban tan felices: su libro sobre Onetti, según afirma Roberto Ferro –yo no lo leí–, no es que sea flojo, está lleno de inexactitudes, por decir lo menos; su última novela ha sido juzgada por Oscar Collazos como un aparato casi metálico por fría; circula una indignada carta de 1995 de Juan José Saer a propósito de las vueltas que le dio a la cuestión de los derechos humanos en la Argentina durante la última dictadura; en su reivindicación Esteban Peicovich rescata en La Nación una carta que como presidente del PEN Club le escribiera a Videla reclamando por el derecho a la libre expresión de los escritores amenazados por una creciente censura, en fin, el conjunto es como la novela de un joven apuesto, bien vestido, londinense o barcelonés, triunfador, realista, bien remunerado, pero en lo que me concierne nada ya personal y directo, ni que importe, sólo un nombre lejano como tantos otros, una presencia que uno juzga de acuerdo con lo que piensa sobre lo que dicho nombre u hombre emite, ya tristemente perdida la atmósfera que reinaba en la casa de Leopoldo Nacht aquella noche de 1962, cuando todos los que estaban ahí se prometían un futuro y creían que irían a alcanzar con las escrituras por venir un mundo algo menos falso, más poético.