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martes, 3 de mayo de 2011

Un Nobel sin escrúpulos

 Por Atilio A. Boron
Un signo más de los muchos que ilustran la profunda crisis moral de la “civilización occidental y cristiana” que Estados Unidos dice representar lo ofrece la noticia del asesinato de Osama bin Laden. Más allá del rechazo que nos provocaban el personaje y sus métodos de lucha, la naturaleza de la operación que terminó con su muerte es un acto de incalificable barbarie perpetrado bajo las órdenes directas de un personaje que con sus conductas cotidianas deshonra al Nobel de la Paz.
En la truculenta operación escenificada en las afueras de Islamabad hay múltiples interrogantes; la tendencia del gobierno de los Estados Unidos a desinformar a la opinión pública torna aún más sospechoso este operativo. Una Casa Blanca víctima enfermiza compulsión a mentir nos obliga a tomar con pinzas cada una de sus afirmaciones. ¿Era Bin Laden o no? ¿Por qué no pensar que la víctima podría haber sido cualquier otro? ¿Dónde están las fotos, las pruebas de que el occiso era el buscado? Si se le practicó un ADN, ¿cómo se obtuvo, dónde están los resultados y quiénes fueron los testigos? ¿Por qué no se lo presentó ante la consideración pública, como se hiciera, sin ir más lejos, con los restos del Comandante Ernesto “Che” Guevara? Si, como se asegura, Osama se ocultaba en una mansión convertida en una verdadera fortaleza, ¿cómo es posible que en un combate que se extendió por espacio de cuarenta minutos los integrantes del comando norteamericano regresaran a su base sin recibir siquiera un rasguño? ¿Tan poca puntería tenían los defensores del fugitivo más buscado del mundo, de quien se decía que poseía un arsenal de mortíferas armas de última generación? ¿Quiénes estaban con él? Según la Casa Blanca, el comando dio muerte a Bin Laden, a su hijo, a otros dos hombres de su custodia y a una mujer que, aseguran, fue ultimada al ser utilizada como un escudo humano por uno de los terroristas. También se dijo que otras dos personas más habían sido heridas en el combate. ¿Dónde están, qué se va a hacer con ellas? ¿Serán llevados a juicio, se les tomará declaración para arrojar luz sobre lo ocurrido, hablarán en una conferencia de prensa para narrar lo acontecido?
No deja también de llamar la atención lo oportuna que ha sido la muerte de Bin Laden. Cuando el incendio de la reseca pradera del mundo árabe desestabiliza un área de crucial importancia para la estrategia de dominación imperial, la noticia del asesinato de Bin Laden reinstala a Al Qaida en el centro del escenario. Si hay algo que a estas alturas es una verdad incontrovertible es que esas revueltas no responden a ninguna motivación religiosa. Sus causas, sus sujetos y sus formas de lucha son eminentemente seculares y en ninguna de ellas –desde Túnez hasta Egipto, pasando por Libia, Bahrein, Yemen, Siria y Jordania– el protagonismo recayó sobre la Hermandad Musulmana o en Al Qaida. El problema es el capitalismo y los devastadores efectos de las políticas neoliberales y los regímenes despóticos que aquél instaló en esos países y no las herejías de los “infieles” de Occidente. El fundamentalismo islámico, ausente como protagonista de las grandes movilizaciones del mundo árabe, aparece ahora en la primera plana de todos los diarios del mundo y su líder como un mártir del Islam asesinado a sangre fría por la soldadesca del líder de Occidente.
Hay un detalle para nada anecdótico que torna aún más inmoral la bravata norteamericana: pocas horas después de ser abatido, el cadáver del presunto Bin Laden fue arrojado al mar. La mentirosa declaración de la Casa Blanca dice que sus restos recibieron sepultura respetando las tradiciones y los ritos islámicos, pero no es así. Los ritos fúnebres del Islam establecen que se debe lavar el cadáver, vestirlo con una mortaja, proceder a una ceremonia religiosa que incluye oraciones y honras fúnebres para luego recién proceder al entierro del difunto. Además se especifica que el cadáver debe ser depositado directamente en la tierra, recostado sobre su lado derecho y con la cara dirigida hacia La Meca. En realidad, lo que se hizo fue abatir y “desaparecer” a una persona, presuntamente Bin Laden, siguiendo una práctica siniestra utilizada sobre todo por la dictadura genocida que asoló a la Argentina entre 1976 y 1983.
Acto inmoral que no sólo ofende las creencias musulmanas sino a una milenaria tradición cultural de Occidente, anterior inclusive al cristianismo. Como lo atestigua magistralmente Sófocles en Antígona, privar a un difunto de su sepultura enciende las más enconadas pasiones. Esas que hoy deben estar incendiando a las células del fundamentalismo islámico, deseosas de escarmentar a los infieles que ultrajaron el cuerpo y la memoria de su líder. Barack Obama acaba de decir que después de la muerte de Osama Bin Laden el mundo es un lugar más seguro para vivir. Se equivoca de medio a medio.

viernes, 18 de marzo de 2011

Alto el fuego

TRAS EL PERMISO DE LA ONU PARA LA INTERVENCION EXTRANJERA
El gobierno libio decidió suspender todas las operaciones militares tras la resolución votada por el Consejo de Seguridad de la ONU que autorizó ataques aéreos contra el régimen de Muammar khadafi. La decisión fue dada a conocer por el ministro de Relaciones Exteriores de ese país, Musa Kusa, quien durante una conferencia de prensa informó que se “decidió aplicar de inmediato un alto el fuego y dar por terminadas todas las operaciones militares".
El diplomático argumentó que su país, al ser miembro de Naciones Unidas, está "obligado a aceptar la resolución del Consejo de Seguridad" de la ONU, cuyo Consejo de Seguridad votara ayer a favor de la apertura de una zona de exclusión aérea para que fuerzas de Occidente intervengan en el conflicto que afronta ese país desde que sectores opositores a Khadafi desataran una rebelión que durante las ultimas horas había sido puesta en jaque.
Antes de que se diera a conocer esta información que intenta poner freno a la ofensiva del fuego extranjero sobre Libia, la OTAN, que no había decidido si intervenir o no, había acelerado sus planes de una posible acción. Según la agencia EFE, los países miembros de esa organización, incluso los más reticentes como Alemania y Turquía, convinieron completar una estrategia militar "lo antes posible".
El envío de tropas o bien el apoyo logístico para poner freno a las tropas de Khadafi fueron justificadas bajo el argumento de apoyar la asistencia humanitaria a la población, garantizar la aplicación del embargo de armas que pesa sobre Libia y contribuir al establecimiento de una zona de exclusión aérea.
Sin embargo, hay indicios de que el cese de los combates son más bien un repliegue para repensar el tablero y sus fichas. El Ministro de Defensa libio advirtió que tras la decisión de la ONU, el Mediterráneo "va a dejar de ser un lugar seguro", según publicó DPA.
Asimismo, las reacciones internacionales no se hicieron esperar. El primer ministro británico, David Cameron, anunció que “en las próximas horas” su país enviará aviones de guerra a Libia. La decisión ratifica la urgencia de los países europeos que fogonearon la decisión del Consejo de Seguridad en poner en vigencia la zona de exclusión aérea que, según prevén los analistas, servirá no sólo para la ayuda humanitaria sino también para un ataque con aviones sobre las fuerzas “leales” al líder libio.
Durante una reunión con miembros del Parlamento del Reino Unido, Cámeron ratificó que se sumará a una operación autorizada por la ONU para evitar que Khadafi lance "un brutal ataque usando fuerzas de aire, tierra y mar" sobre Benghazi, la "capital" de los rebeldes.
Por su parte, España anunció que cederá a la OTAN dos de sus bases militares en el sur del país, así como barcos y aviones. La decisión fue comunicada por la ministra de Defensa, Carmen Chacón, quien tomó el argumento de la intervención por cuestiones humanitarias: "Nuestra responsabilidad está con el pueblo de Libia", manifestó la funcionaria durante un acto en una base aérea madrileña presidido por el rey Juan Carlos.

Khadafi volvió a ser el enemigo

LIBIA SE SUMA A IRAK Y AFGANISTAN COMO BLANCO DE BOMBARDEOS
Francia y Gran Bretaña llevaron hasta un final tardío su idea de instaurar una zona de exclusión aérea. Estados Unidos les transfirió la responsabilidad de la acción principal a los europeos y los árabes.
 Por Eduardo Febbro
Desde París
Muammar Khadafi bajó definitivamente del altar al que la gula occidental, los petronegocios y la desfachatez del sistema financiero internacional lo habían izado. El tirano, que durante casi dos décadas fue el “enemigo número uno” de Occidente para luego convertirse en el vistoso aliado de sus enemigos de antaño, volvió a su estatuto primigenio. La resolución adoptada por el Consejo de Seguridad de la ONU no deja ningún intersticio para la ambigüedad: el dispositivo militar ya está preparado y sólo faltaba la famosa “base jurídica” reclamada por la OTAN. París y Londres llevaron hasta un final tardío su idea de instaurar una zona de exclusión aérea para neutralizar la aviación de Khadafi.
Las provocaciones mutuas tornaron inevitable la participación árabe-occidental en una nueva cruzada militar contra un país árabe. Libia se suma así a Irak y Afganistán a la lista de países que pasarán una temporada bajo las bombas de una coalición donde el poderío militar de Occidente marcará las orientaciones. Era necesario el voto a favor de 9 de los 15 miembros del Consejo de Seguridad y también que ninguno de los integrantes permanentes del Consejo vetara la resolución. China y Rusia se abstuvieron y con ello abrieron paso al operativo militar. La comunidad internacional, fragmentada, salvará al filo de la navaja a la ya asfixiada oposición libia. Cercada en su feudo de Benghazi por las fuerzas leales al régimen, la participación directa de Occidente era la única carta que podía sacarla del despeñadero. “Prepárense, esta noche llegamos”, había dicho Khadafi a los habitantes de Benghazi. Tal vez, las primeras en llegar sean las bombas occidentales ayudadas por algunos países árabes, como Emiratos Arabes Unidos, Qatar y Egipto. Washington logró su propósito: transferirles la responsabilidad de la acción principal a los países vecinos, es decir, los europeos con costas mediterráneas y los árabes. Francia y Gran Bretaña, promotores de la resolución, asumirán la mayor parte de la responsabilidad de Occidente, pese a que Estados Unidos es la fuerza dominante en el seno de la OTAN.
No es seguro que la guerra total sea la apuesta definitiva. El Guía Supremo de la desgastada revolución libia supo dar marcha atrás al borde del abismo. A partir de 2003, Khadafi ya demostró su sentido del realismo cuando, impresionado por la invasión de Irak y la captura de Saddam Hussein, retrocedió en su principal proyecto, la acumulación de armas de destrucción masiva, y reconoció su responsabilidad en dos atentados: contra el avión de PanAm que explotó sobre la localidad escocesa de Lockerbie (1988, 270 muertos) y contra el avión francés de la compañía UTA (1989, 170 muertos). Ese fue el inicio del idilio público entre el coronel y sus jueces de años anteriores. Inversiones y visitas de Khadafi a las grandes capitales del mundo y viajes de los demócratas a Trípoli consagraron el retorno del coronel al “eje del bien”. O sea, los negocios seguros aunque las manos que firmaban los contratos estuviesen manchadas de sangre.
Puede que hoy haga lo mismo. La resolución de la ONU es amplia y explícita. La OTAN y la Liga Arabe apoyaron la instauración de una zona de exclusión y ello los convierte en aliados directos de la intervención. Presionado desde el interior por los rebeldes, ahorcado por el cielo y cercado desde el mar, Khadafi tiene las horas contadas. Khadafi le ha ofrecido la represión salvaje a su pueblo y una fuente de agua bendita para que Occidente lave su mala conciencia. No cabe ni la más remota duda de que los armas ya están preparadas. Anoche, tanto el primer ministro francés, François Fillon, como el jefe de la diplomacia, Alain Juppé, adelantaron que la fuerza se emplearía en cuanto la resolución estuviese aprobada. Alain Juppé precisó incluso el modo operativo: “Está excluido que se haga algo en tierra. Está claro. La alternativa se desprende sola: es la utilización de la fuerza aérea”. Tal vez Khadafi calculó mal la convicción de sus socios del Oeste. Pensó que sus divisiones profundas y sus debilidades morales y energéticas le permitirían aplastar la revuelta con un costo mínimo. Occidente también se equivocó con él y con las capacidades reales de la oposición. Las demoras y ese doble error desembocaron en centenas y centenas de muertos, destrucción y el éxodo de centenas de miles de personas hacia las fronteras.
El movimiento democrático libio terminó condicionado a la peor opción para triunfar: sacar a Khadafi con el respaldo de fuerzas extranjeras. Los movimientos de unos y otros condenaron a la contrarrevolución libia a una asistencia extranjera: Khadafi no dejaría el poder sin matar y sin mofarse de la OTAN y la ONU. A su vez, Occidente no podía dejarlo ganar sin quedar en ridículo. Khadafi ha sido un socio perfecto, en la paz y en la guerra. Su previsible derrota se forjó según sus condiciones. Mató a su pueblo sin concesiones y provocó a Occidente para que vinieran a buscarlo. La historia se vuelve a repetir con una puntualidad sangrienta, como en Panamá, Irak o Afganistán: otra vez hay que armar una coalición y arrojar bombas para extirpar un mal que se fue arraigando con la complicidad y hasta la ayuda directa de quienes hoy se alistan para suprimirlo. Noriega fue un aliado de las potencias, lo mismo que Saddam Hussein en Irak y los talibán en Afganistán.Apartarlos del poder costó miles de vidas humanas inocentes. Khadafi y sus socios tardíos hicieron pesar sobre el pueblo libio el mismo y repetitivo destino.

jueves, 17 de marzo de 2011

Una catástrofe con cuatro cabezas

 Por Eduardo Febbro
Desde París
Muammar Khadafi ejecutó las dos amenazas que había proferido en los últimos días: aplastar la rebelión que nació a mediados de febrero y revelar informaciones comprometedoras para el presidente francés, Nicolas Sarkozy. En un puñado de días las tropas leales al régimen recuperaron las ciudades en manos de los rebeldes y en menos de una hora se hicieron con el control de Ajdabiya, el eje estratégico que determina el acceso final a la capital de los sublevados, Benghazi. Allí está la sede del CNLT, el Consejo Nacional Libio de transición al que Francia reconoció como “el único interlocutor legítimo” del pueblo libio. A ese reconocimiento se sumaron luego los otros 26 países de la Unión Europea. Los cañones de Khadafi resuenan ahora en las contradicciones de las capitales occidentales, cuyo torpe y vacío apoyo a la insurrección contra su ex aliado y enemigo alentó a los sublevados a llevar adelante una aventura militar para la cual no estaban preparados.
Khadafi conoce bien las debilidades de Occidente y resulta incongruente que las capitales del Norte no hayan tomado en cuenta las particularidades del coronel: no son un par de resoluciones de las Naciones Unidas, a las que Khadafi desprecia, las que van a acorralarlo, como tampoco el bloqueo de sus haberes y las demás decisiones tomadas por la comunidad internacional en uno de sus peores momentos históricos: desigualdad bochornosa entre las naciones, justicia internacional a escala variable, permanencia de un Consejo de Seguridad obsoleto, compuesto por cinco miembros permanentes que no representan más los equilibrios del mundo actual, condenas a unos y perdones alucinantes a otros, etc., etcétera.
Cuando sintió cerca su victoria, Khadafi sacó los trapos sucios ante las cámaras. El martes le dijo a una televisión alemana: “Mi amigo Sarkozy se volvió loco”. Ayer, su hijo, Saif el Islam, el supuesto reformista que terminó amenazando con “eliminar” a los opositores, completó la venganza. En una entrevista con el canal europeo Euronews, Saif aseguró que Libia había financiado la campaña electoral de Nicolas Sarkozy, presidencial de 2007: “Fuimos nosotros quienes financiamos su campaña y tenemos las pruebas. Estamos dispuestos a revelarlo todo. La primera cosa que pedimos a este payaso es que reintegre el dinero al pueblo libio. Le dimos esa ayuda para que trabajara a favor del pueblo libio, pero nos ha decepcionado”. Saif el Islam adelantó que tenía todos los detalles, “las cuentas bancarias, los documentos y las operaciones de transferencia. Vamos a revelar todo próximamente”. Estas indecencias no son ajenas a la postura de París, primer país en reconocer a los opositores libios del CNLT y también el más activo a la hora de promover acciones militares “contra blancos puntuales” y, junto con Londres, una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que permita la instauración de una discutible zona de exclusión aérea. Para una gran mayoría de analistas, Sarkozy se apresuró demasiado en sus decisiones unilaterales. Consciente de su superioridad, Saif el Islam dijo en la misma entrevista: “Nuestras fuerzas están casi en Benghazi. Cualquiera sea la decisión (de la ONU) será demasiado tarde”.
Más allá de estas gesticulaciones, la postura de la comunidad internacional impone una pregunta: ¿se trató y se trata de una estrategia torcida o de un error tan fundamental como monumental? Khadafi está hoy a las puertas de la sede rebelde. Su avance estuvo precedido por un flujo constante de amenazas nunca concretadas: la más repetida fue la instauración de una zona de exclusión aérea para impedir que el régimen usara los aviones con los cuales hoy ha prácticamente hemos derrotado a la oposición. El martes, al cabo de una reunión de dos días celebrada en París entre los cancilleres del G-8 (el grupo de las potencias más industrializadas), el canciller francés, Alain Juppé, enterró esa idea por falta de acuerdo. Habrá, si es que las hay, una nueva tanda de sanciones contra Khadafi en las Naciones Unidas, sanciones que el Guía Supremo ignorará como todas las anteriores, entiéndase, tanto las que se adoptaron cuando Khadafi empezó a reprimir a sangre y fuego la revuelta como las que estuvieron vigentes durante los largos años en que el Coronel era el “enemigo del mundo libre” y el mejor respaldo del “terrorismo internacional”. Esas épocas de aislamiento internacional terminaron una vez que el coronel y Occidente se dieron un prolongado abrazo reconciliador con el telón de fondo de fructíferos contratos petroleros, venta de armas, instalación de empresas occidentales en Trípoli e irrigación de los capitales libios manejados por la familia del Guía en el sistema financiero internacional.
Nadie faltó a la cita: democracias ejemplares, multinacionales, bancos, jefes de Estado y de gobierno, grupos regionales de peso como la Unión Europea y, desde luego, Washington. Nadie lo intimó a abrir un poco el juego político a cambio de tantos privilegios. Hasta un inesperado protagonista se sumó al banquete khadafista: los artistas. Por un millón de dólares de cachet, Maríah Carey, Nelly Furtado, Beyoncé, 50 cents y Usher entonaron su música ante el clan Khadafi. Al parecer, al igual que quienes, a la izquierda, vieron en el coronel el abanderado del anti imperialismo, no sabían nada de la existencia de las mazorcas khadafistas. Hace unos días, Nelly Furtado reconoció que “en 2007 recibí un millón de dólares del clan de Khadafi por actuar durante 45 minutos en un espectáculo para unos invitados de un hotel en Italia. Voy a donar el dinero”.
El astuto líder del socialismo con rejas le sacó el antifaz a medio mundo y, con ello, ensombreció un poco más el ya triste, injusto y desesperanzado sistema internacional. Lo peor radica en que los éxitos de las revueltas democráticas en Túnez y Egipto impulsaron los sueños de la oposición libia mientras que los regateos intervencionistas de Occidente condujeron a esa oposición del sueño a la peor pesadilla: regalarle a Khadafi la victoria en una bandeja llena de muertos y de sangre. ¿Cómo justificar una intervención extranjera en la revuelta interna de un país? ¿Y en ese caso, cómo administrar un tercer frente de intervención con los dos ejemplos vivos y fracasados que son Irak y Afganistán?
No había modo de que el tiempo de las negociaciones coincidiera con la agenda de la guerra, es decir, no ya con los intereses egoístas de cada país sino con la muerte que corre detrás de los insurrectos. Alemania, Italia, Rusia y China se opusieron frontalmente a una intervención exterior. Washington disimuló su opción en un lacónico “análisis de la situación”. El resultado es una catástrofe con cuatro cabezas: la catástrofe del drama de los cientos de miles de extranjeros continentales que tuvieron que dejar Libia a través de Túnez o Egipto en condiciones infrahumanas: la catástrofe de la represión y la muerte interna que cada día siembra el régimen: la catástrofe de la credibilidad de esa metáfora que es la comunidad internacional, todas esas democracias occidentales que se apuraron en promesas y amenazas para no hacer al final estrictamente nada: y la catástrofe que significaría ver a Khadafi coronarse otra vez rey luego de haber decapitado a bombazos al movimiento democrático.
De las cinco revueltas serias que estallaron al sur del Mediterráneo y en los países del Golfo, una, la de Yemen, sigue en pie, otra, la de Bahrein, está siendo aplastada, las de Túnez y Egipto triunfaron y la de Libia corre hacia un desastre político y humanitario. Cualquiera sea la opción que se aplique, la guerra interna será larga y la represión, feroz. Una intervención internacional tomará tiempo y nada garantiza su legitimidad. ¿Cómo justificar la inclusión armada de quienes hace unas semanas tomaban el té en la carpa de Khadafi? Igual de extensa será la elección de armar a los opositores. El Guía Supremo ha devorado a todo el mundo en su trampa. A su manera salvaje y descarada, Saif el Islam dijo ayer: “Los colonizadores serán vencidos, Francia será vencida, Estados Unidos será vencido, Gran Bretaña será vencida”. Si el régimen gana la batalla final de Benghazi, aunque sea por unos meses, Saif tendrá razón. Con la ayuda incomprensible de europeos, norteamericanos, China y Rusia, Khadafi ha creado una escena sin escapatoria, similar a la que el ex presidente serbio Slobodan Milosevic creó en la ex Yugoslavia.
Los intereses opuestos de las potencias mundiales demoraron la concertación final de una estrategia adecuada. El resultado fue una repetida serie de barbaries y de crímenes contra la humanidad a apenas mil kilómetros de París. Es lógico que la intervención en una guerra civil en un país de Africa del Norte suscite reticencias. Pero las incoherencias de los mensajes emitidos tornaron la situación aún más crítica para los rebeldes. En una carta remitida al Consejo de Seguridad de la ONU, Nicolas Sarkozy interpeló solemnemente a esa instancia para que “apoye” el llamado de la Liga Arabe a favor de una zona de exclusión aérea. Hillary Clinton, en El Cairo, dijo que era “urgente” actuar. La progresión militar de Khadafi parece apurar una reacción árabe occidental cuya legitimidad no tiene ni contornos claros ni tiempos coherentes.

“Todo habrá terminado dentro de 48 horas”

EL HIJO DE KHADAFI PRONOSTICO QUE SUS FUERZAS LOGRARIAN HACERSE CON EL CONTROL DE BENGHAZI, BASTION OPOSITOR
Después de feroces enfrentamientos y a un mes de iniciada la rebelión en Libia, crece el temor de que el régimen acabe con todo atisbo de levantamiento. El Consejo de Seguridad retomó el debate acerca de la zona de exclusión aérea.
 Por Kim Sengupta *
Desde Benghazi
Integrantes de las fuerzas rebeldes en las proximidades de la ciudad de Ajdabiya, que pasó a control del Ejército.
Imagen: EFE.
Se pudieron arrancar las ataduras después de cuatro décadas de dictadura, dando señales de un nuevo comienzo, brillante y valiente. Pero un mes después, con feroces enfrentamientos, la revolución libia parece encaminarse hacia un final trágico y sangriento. Todo anuncia lo peor: los bombardeos habrían llegado a Benghazi, la segunda ciudad libia.
Todavía hay una parpadeante esperanza de que la derrota, al menos en esta última hora, pueda ser evitada. Que Occidente actúe para ponerle fin a la brutal ofensiva militar de Muammar Khadafi, que –como se viene pronosticando– se amotinen sus fuerzas. Pero, en lo que queda de la Libia Libre, cada vez crece más la resignación: el futuro tan esperado no llegará. En la oscuridad, también se siente crecer el temor a la posible reprimenda que vendrá cuando regresen las fuerzas del régimen. Las familias se separan porque los que están en peligro empiezan a escaparse. Otros se quedan y dicen que prefieren morir luchando que ser víctimas de una ejecución o de años de cárcel y torturas.
Mientras tanto, ya se ejecuta el final del juego. El combate continuó ayer en Ajdabiya, la ciudad más cercana a Benghazi. Benghazi es la capital de la Libia libre, donde el movimiento de protesta dispuso su gobierno provisional y sigue en manos de los rebeldes. Al final de la tarde de ayer, las tropas gubernamentales se estaban moviendo por el desierto hacia el sur: a través de esa ruta podrán acceder hasta la frontera egipcia y rodear a las partes del este del país que todavía no están bajo su control.
Mientras se acumulan las pérdidas para los rebeldes, también se propaga la amargura por lo que perciben como la cruel indiferencia del Occidente, que genera continuos interrogantes acerca de por qué fracasó la propuesta de imponer una zona de exclusión aérea. Ayer, Saif el Islam, el hijo del coronel Khadafi, que se volvió una de las más prominentes figuras del régimen, declaró que cualquier movida internacional resultaría irrelevante ya que Benghazi está condenada. “Todo habrá terminado dentro de 48 horas”, pronosticó en una entrevista televisiva.
La amenaza fue repetida, una y otra vez, en el canal de televisión controlado por el Estado. Quienes la escucharon en un café de Beghazi estallaron y desafiaron al régimen a los gritos. “Vamos a colgarte en Trípoli por todos los crímenes que cometiste contra el pueblo libio”, gritó Yusuf Istarzi, un maestro de escuela que se convirtió en combatiente. “Los hijos del monstruo son peores que él mismo”, disparó. Su compañero, Jawad Abdulahi, movió la cabeza. “Sí, pero él va a colgar a muchos de nosotros si logra llegar hasta acá. Y tiene razón, es muy tarde para imponer una zona de exclusión aérea. Necesitamos ataques aéreos contra Khadafi pero, ¿Estados Unidos y Europa harán lo que pedimos o, al contrario, firmarán un acuerdo con Khadafi por el petróleo? Ahora tenemos que concentrarnos en nuestra propia defensa”, dijo.
Las fuerzas rebeldes establecieron su línea de defensa en Zuwaytina, diez kilómetros al este de Ajdabiya. Desde allá intentarán ayudar a los grupos de combatientes que están atrapadados. Las fuerzas del régimen usaron tácticas que resultaron exitosas la semana pasada: bombardear desde el aire, tierra y mar así como enviar tanques y vehículos blindados.
Desde Benghazi, los líderes rebeldes manifestaron que echarán a las tropas de Khadafi de Ajdabiya a través de las luchas callejeras, a las que se sumarán los residentes que tomaron las armas para defender la causa rebelde. Como muchas de las declaraciones formuladas por ambas partes, ésta también resultó ser una ilusión y el régimen se las ingenió para rodear la ciudad. De hecho, la prensa informó que los bombardeos llegaron hasta el aeropuerto de la propia Benghazi, pero no se precisó si hubo bajas.
Hubo violencia severa en Ajdabiya. Las fuerzas del régimen respondieron desde los tanques a las emboscadas de los rebeldes en las zonas residenciales. Las ambulancias no lograban llegar hasta la línea de fuego así que muchos de los heridos no pudieron ser trasladados para recibir atención médica. Cuando lograron acceder, la cantidad de heridos era tal que los hospitales no pudieron responder a la demanda. Los pacientes fueron atendidos en el piso de los pasillos o en la misma entrada. Los que estaban graves fueron trasladados a Benghazi.
Rahim Ali Ajdah, uno de los trasladados hacia el bastión rebelde, había manejado desde Zuwaytina hasta Ajdabiya para confirmar que su familia estuviera a salvo, pero los disparos de un rifle automático alcanzaron el auto en el que iba. “Había hombres de Khadafi en un control y abrieron fuego. No sé por qué. Estoy muy preocupado por mi familia. Vivimos en un barrio que fue bombardeado y en donde mucha gente murió.” Desde la cama contigua, Mohamad Shawar contó cómo se incendiaron dos autos que llevaban a siete combatientes. “Chocaron también nuestro auto, me balearon en la pierna, pero pude escapar. Me escondí en una casa y un hombre me sacó de la ciudad”, recordó. Frente a este panorama, el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) volvió a reclamar un alto el fuego mientras el Consejo de Seguridad retomó el debate acerca de la zona de exclusión aérea.
En los primeros días de libertad, el arte jugó un rol fundamental a la hora de expresar la protesta. Los juzgados de Benghazi, donde están los cuarteles del movimiento rebelde, se llenaron de dibujos políticos. Un poco después, la escena bohemia se mudó a un centro de medios cercano, donde los jóvenes mantenían debates y se reunían con la prensa internacional. La mayoría de los periodistas se fueron a encontrar con las fuerzas de Khadafi, por lo que el centro quedó prácticamente vacío. Había una nueva acuarela en las paredes: un hombre despidiéndose de su mujer y sus hijos. Se llamaba El exilio.
* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.