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sábado, 21 de mayo de 2011

Debate sobre los derechos de los discapacitados






El pasado viernes 13 de mayo de 2011, se llevó a cabo un encuentro en Rosario, bajo la consigna “Políticas Públicas en Derecho de personas con discapacidad”, en el bar “Te Conozco Mascarita“, de Laprida 1220. Con la participación del candidato a gobernador de Santa Fé, Agustín “Chivo” Rossi, el Jefe de Anses y candidato a primer concejal de Rosario, Dr. Roberto Sukerman, y el candidato a intendente de Rosario, Héctor “Tigre” Cavallero, junto con representantes en apoyo a los derechos de personas con problemas motrices, no videntes, hipoacúsicos, miastenia gravis, cistitis intersticial, obesidad, fibrosis quística, distrofia muscular, síndrome de down, celíacos, sordo mudos, HIV.
El “Chivo”, quién se disculpó al principio por no poder permanecer, debido a una reunión a la cual debía asistir, manifestó: “La reunión que realizamos hoy tiene por objetivo escuchar las demandas de estos sectores y saber cuáles son las dificultades que encuentran a nivel nacional, provincial y municipal”.
Un testimonio remarcó que los profesionales deberían aprender lenguaje de señas y en los centros de salud públicos y privados, integrar y darle prioridad a una persona con discapacidad como a cualquier otra persona, ya que, muchas veces, quiénes padecen hipoacusia tienen que ir al psicólogo acompañado de alguien. Sukerman recordó el ejemplo dela Presidenta, quién en todos los actos públicos, cuenta con una intérprete traductora en vivo.
La salud fue el primer tema de discusión. Todavía no rige la ley de celíacos para personas con discapacidad. La sociedad no toma a personas con síndrome de down. Una señora expresó: “¿Que pasa con las personas de bajos recursos, que no tienen obra social? Debería ser obligación de los centros de salud darles la información en mano de lo que tienen que hacer, lo más claro posible. Hay chicos que a los 2 años de edad, todavía no tuvieron estimulación sexual, porque no saben, no les llega la información. No tienen registro de eso y nadie se los enseña. Cuando tienen que hacer un trámite en la ANSES, nadie les enseña como llenar esos papeles. No queremos más que se hable de inclusión o integración si no se la práctica”. Una de las personas agregó: “¿Yo quisiera saber cuantos son los colectivos que tienen la rampa, para personas con discapacidad? Una cosa que se desconoce es el tema de las rampas en las calles para personas con discapacidad. “Ya sea algo tipo “Bicisenda”, “Sillasenda” (risas), para poder tener un mejor ascenso”.
“Tigre” Cavallero señaló: “El departamento para discapacitados tiene que ser una Agencia de gestión. Yo creo que nuestra sociedad no es solidaria. Hace falta una campaña de concientización. Estamos maldiciendo la oscuridad en vez de prender la luz”. El Dr. Sukerman explayó: “En Anses se ha reincorporado a dos chicos hipoacúsicos a trabajar. Me parece un buen ejemplo para quiénes creen que alguien con discapacidad no está capacitado para trabajar. Parece que los discapacitados somos nosotros. A nivel municipal, me da mucha bronca que muchas personas con discapacidad estén vendiendo tarjetas de colectivo detrás de una cabina. Trabajan en condiciones laborales pésimas, es una vergüenza. Cuando una persona, además de tener una discapacidad, es pobre, es para avergonzarnos. Lo ideal sería que puedan ir a escuelas comunes, no especiales, que se puedan aplicar varias actividades de inclusión. El problema es que no hay maestras integradoras”.
También participaron del encuentro la vicepresidenta del concejo municipal, Norma López; la jefa de Anses Rosario Zona Oeste, Valeria Laferla, y la especialista en discapacidad, Iris Pérez.

FUENTEhttp://nestorkirchnervive.wordpress.com/2011/05/21/debate-sobre-los-derechos-de-los-discapacitados/
Andrés Belguich

viernes, 18 de marzo de 2011

“Había uno que me levantaba la capucha”

ESTHER GONZALEZ ESTUVO SECUESTRADA, CREE QUE EN LA ESMA; ERA VECINA DE RODOLFO WALSH EN TIGRE
A pedido de los abogados del escritor desaparecido, Esther contó su calvario a manos de la Marina. Su testimonio fue requerido por el valor de confirmar que fue una patota de esa fuerza la que estaba buscando a Walsh en el Tigre.
 Por Alejandra Dandan
Como si todavía estuviese ahí, con los ojos tapados, la capucha blanca transparente presionando sobre algodones que llegaron a sofocarla, Esther González habló de la Escuela de Mecánica de la Armada. “Creo que estuve ahí –dijo–, porque se oían aviones, era un lugar cerca de Aeroparque, y después leí relatos cuando empezaron a aparecer los sobrevivientes, confirmé más la idea porque por ejemplo había un personaje que arrastraba cadenas que cada tanto me levantaba la capucha para ver si alguien me conocía y me identificaba, a ese personaje le llamaban los Pedros, después leí que eran como los cadeneros, que tenían una función.”
Esther todavía no sabe dónde estuvo pero ayer, aún así con esas dudas, declaró en el juicio oral de la ESMA. Llegó a pedido de la querella de Rodolfo Walsh porque era una de las vecinas de ese espacio que empezó a recorrerse nuevamente durante estos meses, que fue a la orilla del río Carapachay, en el Tigre, donde el periodista y su compañera Lilia Ferreyra alquilaban una casa.
Hasta ahora habían declarado varios vecinos: Chiquita Constenla, la viuda de Pablo Giussani y, la semana pasada, Hugo Rapoport. Desde hace tiempo faltaba este relato. Esther ocupaba la primera construcción de esa hilera imaginaria de vecinos con su marido, el historiador Leandro Gutiérrez. Uno de esos fines de semana se los llevaron secuestrados.
“Fue el 18 o 19 de septiembre de 1976 –dijo ella–; mi marido y yo estábamos con una pareja de amigos.” Al lado estaba la casa de Walsh, al que casi nunca veían porque hacía tiempo que no iba a la isla. “Esa tarde de sábado apareció un muchacho que venía como del lado del Paraná –explicó– en un bote, venía remando y vemos que se acerca a la casa de Walsh, baja y se mete en el muelle, y como nos sorprendió, le preguntamos qué hacía y nos dijo que venía remando desde Rosario y quería entrar ahí para hacer un asado.”
Rapoport había dicho que era política de buenos vecinos acercarse en esas situaciones a quienes llegaban a los jardines de las casas desocupadas. “Le dijimos que era una propiedad privada –recordó Esther–, que si no tenía dónde ir podía ir a pasar el día enfrente, donde había una propiedad abandonada; él dijo gracias, y nosotros no pensamos más en el asunto; al atardecer lo vimos caminar en la orilla del otro lado, pero bueno no le dimos más importancia.”
Los amigos de Esther se quedaron a dormir. “En la madrugada, no sé qué hora sería, golpearon la puerta con mucha violencia, fuimos a abrir y entró un grupo de personas que estaban armadas y llevaban pasamontañas. No sé cuántos eran, había un jefe y el resto me daba la sensación de que eran la tropa; recuerdo como cinco o seis, pero había muchos más afuera. La casa estaba bloqueada, obviamente nos asustamos.”
Revisaron todo. Les dijeron que iban a llevárselos porque había un número de teléfono escrito en la puerta de un placard. Que tenían que averiguar de qué se trataba, aunque Esther siempre creyó que todo eso fue una excusa.
“Nos encapucharon, nos esposaron y nos subieron a una lancha de pasajeros”, dijo. Primero pararon en el puerto, los bajaron, les volvieron a poner las capuchas y les advirtieron que si se las levantaban les iban a pegar. Esther se puso a llorar en ese momento: “Mi marido –dijo– inconscientemente levantó la cabeza, y le dieron una trompada, le saltaron los dientes”.
Llegaron al lugar donde iban a permanecer secuestrados durante las siguientes 48 horas en una ambulancia. Esther nunca vio el interior. Sabe que primero estuvo sentada al aire libre, que después la llevaron a un subsuelo donde hacía mucho calor y se oía una música permanente y muy fuerte; donde ella quedó tirada en el piso, encima de una colchoneta con antiparras y algodones hundidos en los ojos.
Frente a ella, en la sala, la escuchan familiares, sobrevivientes y también una de sus hijas. Mientras tanto, ella parece meterse con la reconstrucción nuevamente en esa zona de tinieblas.
“Bueno, así estuve mucho tiempo, no sé cuánto, me dieron algo para tomar, era como un caldo y un sandwich de carne pero no pude comer nada; había gente que veía porque me pedían la comida que yo no comía, así que no todos estaban encapuchados. Así pasó un día; al otro, en un momento dado, me llevaron a interrogar, pero no me hicieron ninguna pregunta de nada, fue un interrogatorio formal: ellos sabían que yo había estudiado psicología, me preguntaron si hacía grupos de Freud, y después si los veía o no los veía.”
Poco después la subieron, pasó por un baño que ahora sirve para terminar de saber si eso que cree que era la ESMA, lo era. Volvieron a ponerla en contacto con su marido. A Leandro Gutiérrez no le habían preguntado por Walsh, sino por su viaje a México, cosas que Esther nunca entendió: ¿cuánto demoró desde el aeropuerto hasta determinado hotel? O ¿cuál había sido la ruta? Antes de sacarlos, un guardia con tono provinciano les dijo que se alegraba de que ese día, que era el Día de la Primavera, alguien quedara en libertad. Así supieron que era 21 de septiembre, el mismo día de la Noche de los Lápices o del secuestro a Orlando Letelier, decía Patricia Walsh, todavía shockeada por los datos.
“Yo estaba en un estado deplorable; seguíamos encapuchados, nos pusieron en un coche, nos dejaron a la madrugada, serían las cinco o seis, en un lugar que después nos dimos cuenta que era Florida, nos dijeron que contáramos hasta 150, que después podíamos abrir los ojos y que si llegábamos a ver a alguno íbamos a ser boleta.”
Cuando terminaron de contar, volvieron a escuchar el ruido de un auto. Tuvieron miedo. De pronto oyeron que el ruido no estaba más y pensaron que debían estar liberando a otros prisioneros. “Nos encaminamos a la parada del colectivo que nos llevó por Cabildo o Belgrano, estábamos en un estado tan deplorable, tan sucio y maloliente que me sorprendió que el colectivero no se sorprendiese de vernos así, lo tomó como muy natural, eso me llamó la atención.”
En la sala siguieron las preguntas. Le preguntaron nuevamente por la ESMA. Ella volvió a ese lugar: “Una mujer que lloraba –decía–, lo único que escuché, lloraba y se quejaba y decía... ‘callate Blanca, callate’. Yo después lo asocié con los Tarnospolsky, eso es lo único que escuché”. La familia Tarnospolsky estaba secuestrada en la ESMA.
Nunca más volvió a ver a sus amigos. Se rió y fue la única vez que lo hizo cuando dijo que tal había sido el susto que nunca quisieron tomarse ni un café. De la casa de Walsh, Esther se quedó convencida de que los marinos se quedaron ese día en el fondo, en esos lugares donde las islas se hacen parte del monte que nadie puede terminar de ganar. Que a su casa seguro la usaron como base de operaciones para esperar que Walsh apareciera. Su testimonio sirvió por la ESMA, pero para confirmar que eran los marinos los que ya estaban detrás de Walsh. Esther fue la última testigo del juicio cuya fecha de cierre se estima para la primera semana de julio.