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martes, 5 de marzo de 2013

Un testigo identificó a un imputado como agresor de Píparo

05.03.2013 | 11:10 | 

Un testigo reconoció hoy en el juicio oral al imputado Carlos Burgos como la persona que estaba asaltando a Carolina Píparo en el 2010 en una salidera bancaria en La Plata en la que resultó baleada.

Por: 
INFOnews

Un testigo directo del ataque a Carolina Píparo señaló a Carlos Burgos como la persona que disparó contra la mujer. Su testimonio se destaca en la segunda audiencia del juicio por la salidera que sufrió la mujer embarazo, producto de la cual recibió un balazo que luego provocó la muerte de su hijo Isidro. El hombre dice haber visto la secuencia del hecho. La segunda audiencia se realiza con la víctima en el recinto. En el arranque, la primera decisión del Tribunal fue el rechazo del pedido para que declare el cajero Gerardo Pereda y de realizar una inspección de la sucursal de 7 y 42 del Santander Río.

El 29 de julio de 2010, el testigo en cuestión, Tomás Víctor Trebec, estaba en la zona de 21 y 36, en el barrio de La Loma, donde al momento del hecho vivía Píparo con su marido Ignacio Buzali.

Las expectativas del fiscal y el abogado de Píparo se cumplieron: el testigo reconoció en el juicio oral al imputado Burgos como la persona que estaba asaltando a Píparo, según informa Diagonales.com.

Trebec es un electricista que el día del hecho circulaba con su camioneta y pasó junto al auto en el que era agredida la embarazada. Al declarar ante el Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) 2 de La Plata y observar a los siete imputados, señaló a Burgos como el autor del ataque. 

Carlos Burgos, señalado como el tirador, en la salidera contra Carolina Piparo (Foto: Matías Adhemar)

Su aporte llega luego de que en la primera jornada la propia Carolina Píparo no pudiera reconocer a ninguno de los siete sentados en el banquillo. Pero en esa jornada, su madre María Emma Cometta, sí señaló a Carlos Burgos como tirador.

Hasta el momento, para la audiencia de hoy están citados seis testigos: dos civiles (entre los que está el mencionado Trebec), y cuatro policiales.

Por el hecho, llegaron detenidos al juicio el sindicado autor material del disparo, Carlos Burgos (19); el acusado de "marcar" a Píparo dentro del banco, Miguel "Pimienta" Silva (43); Luciano López (20), Carlos Moreno (20), Juan Manuel Calvimonte (25) y Carlos Jordán Juárez (45), mientras que el imputado Augusto Claramonte (44) se encuentra en libertad y goza de una falta de mérito.

"Sin paz"

Carolina Píparo llegó al lugar un rato antes del inicio junto a su marido, Ignacio Buzali, y su hermano Matías, y se ubicó en el espacio del público para seguir las alternativas, como lo había asegurado en la primera jornada, luego de declarar.

Antes de ingresar, Píparo manifestó que no va "a tener paz" hasta que se dicte la sentencia a los siete acusados por el hecho. El día anterior había dicho que esperaba poder encontrar una respuesta al brutal ataque que sufrió, pese a que los ladrones ya tenían en su poder el dinero que llevaba encima.

"Hasta el día de la sentencia no voy a tener paz", dijo. A su lado, su abogado Fernando Burlando adelantó que esta semana el tribunal, integrado por los jueces Claudio Bernard, Liliana Torrisi y Silvia Hoerr, "va a ordenar la realización de una reconstrucción del momento en que balearon a Carolina al llegar a su casa", ubicada en el cruce de las calles 21 y 36 de La Plata.

Además, explicó que durante esta segunda jornada de debate declararán policías que participaron de los operativos de detención de los imputados y peritos.

jueves, 4 de octubre de 2012

La desaparición de Severo "es un hecho de impunidad, que genera temor"

Lo aseguró el hermano de Mariano Ferreyra, quien destacó la importancia que tenía el testigo del caso por el que está imputado el líder de la Unión Ferroviaria, José Pedraza. "Iba a ampliar su indagatoria con algún dato extra de cómo se formó la patota que mató a Mariano", dijo en dialogo con el programa de Roberto Caballero en Radio Nacional. Hubo una marcha en Plaza de Mayo por la aparición.

Por: 
INFOnews

Pablo Ferreyra, hermano de Mariano, el militante del Partido Obrero que fuera asesinado en octubre de 2010 durante una protesta de trabajadores tercerizados, se mostró "preocupado" por la desaparición de Enrique Alfonso Severo, testigo de la causa y que debería haberse presentado hoy para dar su testimonio ante la justicia.



Enrique Alfonso Severo"Nos preocupa sobremanera. Es un hecho de impunidad, que genera temor si mañana mismo tienen que declarar otros testigos", afirmó Ferreyra en diálogo con Roberto Caballero en su programa "Mañana es hoy", por Radio Nacional. Allí, destacó "el papel que está tomando el ministerio de Seguridad, con la subsecretaria de Seguridad Cristina Camaño a la cabeza".



En cuanto a la importancia de Severo como testigo, Ferreyra subrayó que "es un testimonio clave que compromete a la Unión Ferroviaria" y puntualizó que en su declaración primera, el testigo ahora desaparecido "habló del acopio de armas que había en los talleres de Unión Ferroviaria, conoce los mecanismos que manejan estas burocracias". Además, indicó, "Iba a ampliar su indagatoria con algún dato extra de cómo se formó esta patota que mató a Mariano".

"El aprovechamiento iba a venir con las preguntas que íbamos a generar para fortalecer esta línea del juicio, que es la responsabilidad política de Pedraza", continuó el hermano de Mariano Ferreyra, quien remarcó la gravedad de lo sucedido: "Estamos hablando de la desaparición de un testigo en la mitad del juicio. Era un testigo que hablaba desde adentro, que es parte del riñón de Ferrobaires, del sistema de corrupción de los ferrocarriles. Era una llave".

Por último, llamó a "robustecer el sistema de protección de testigos" y remarcó la importancia del juicio, sobre el que dijo que "puede dar una vuelta de página en las cuestiones sindicales argentinas. Es algo que está bien responder con todas las señales de alerta posibles".

jueves, 21 de abril de 2011

"Estuvo encerrado en una habitación y le daban de tomar pastillas"

10:10 › FUE ENCONTRADO ANOCHE EL TESTIGO VICTOR MARTINEZ
"Apareció anoche, gracias a Dios con vida", confirmó Gabriela Scopel, abogada de Víctor Martínez, el testigo en la causa por la muerte en 1977 del obispo Carlos Ponce de León. Scopel relató que Martínez estaba "bajo los efectos de ansiolíticos o de alguna droga que le impedía caminar correctamente" y que sólo alcanzó a contar que "lo tuvieron en una habitación, que le daban de tomar pastillas y que le decían qué tenía que decir".
"Estaba muy confundido y balbuceante", señaló Scopel, quien detalló que, en ese contexto, lo único que el testigo pudo relatar fue que "lo tuvieron en una habitación, que lo trataron bien, que no le pegaron, que le daban de tomar pastillas y que le decían qué tenía que decir". En diálogo con Télam, la letrada consignó que Martínez "apareció anoche, gracias a Dios con vida, bajo los efectos de ansiolíticos o de alguna droga que le impedía caminar correctamente porque le afectaba el equilibrio".
Según precisó la abogada, Víctor Martínez fue hallado anoche "en la avenida Rivadavia y Acoyte", en el barrio porteño de Caballito, y desde allí se comunicó telefónicamente con su esposa. Luego, indicó la abogada, "alguien tuvo la gentileza de dejarlo en la comisaría 11", ubicada en la avenida Diaz Vélez al 4600, y posteriormente fue traslado al Hospital Durand, donde "le hicieron los análisis de rutina".
"Seguramente los análisis de sangre determinarán qué sustancia le fue suministrada", sostuvo Scopel, quien también consignó que Martínez apareció sin los anteojos que utilizaba en forma permanente. Por otro lado, la letrada indicó que el testigo descansaba esta mañana junto a su familia en su casa del barrio porteño de Palermo.
Martínez, de 52 años, había sido visto por última vez el lunes a las 14, cuando salió de su casa hacia una escribanía a la que nunca llegó, según denunció la familia. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner ordenó que todas las fuerzas de seguridad trabajaran para localizarlo, según informó ayer el ministro de Justicia, Julio Alak, en una conferencia de prensa en la que distribuyó una fotografía del testigo y pidió colaboración de la población.
La ministra de Seguridad, Nilda Garré, por su parte, había ordenado la creación de una división especial integrada por la Superintendencia de Interior y Delitos Federales Complejos para investigar la desaparición y habilitó una línea telefónica especial para recibir información.
El obispo de San Nicolás Ponce de León murió en circunstancias sospechosas en un supuesto accidente automovilístico el 11 de julio de 1977, en plena dictadura, cerca de la ciudad bonaerense de Ramallo. En la causa que investiga esa muerte, Martínez declaró como testigo y el principal imputado es el ex teniente coronel Manuel Fernando Saint Amant, procesado en varias causas de desaparición forzada de personas.

miércoles, 20 de abril de 2011

Informó la Agrupación H.I.J.O.S. (Capital) por Twitter: "Apareció Víctor Martínez! Mañana sabremos más, pero confirmamos esto. Por favor, difundamos".

Testigo desaparecido

DENUNCIA EN LA CAUSA SOBRE EL OBISPO PONCE DE LEON
Víctor Martínez está desaparecido desde el lunes. Sus familiares presentaron un hábeas corpus. Es un testigo clave en el caso del obispo Carlos Ponce de León
 Por Laura Vales
Víctor Martínez, testigo en la causa en la que se investiga la muerte del obispo Carlos Horacio Ponce de León, asesinado durante la dictadura en un accidente simulado, se encuentra desaparecido desde el lunes. Así lo denunciaron sus familiares, que presentaron un hábeas corpus. En el pedido de intervención a la Justicia advirtieron que Martínez había tenido años atrás amenazas de muerte. A las dos de la tarde del lunes salió de su casa, en la ciudad de Buenos Aires, para ir a una escribanía ubicada en el microcentro, a la que nunca llegó.
“Tenía después un turno con su terapeuta a las 17.30 y tampoco fue. Estamos preocupados”, relató anoche la abogada Gabriela Scopel. Vestía camisa blanca, pantalón y zapatos negros y un pulóver oscuro. La letrada agregó que en los hospitales de la ciudad, tanto como en el SAME y en la Policía Federal dijeron no tener rastros de él.
Martínez era el único acompañante de Ponce de León cuando el 11 de julio de 1977 el obispo sufrió el accidente que le causó la muerte. Tenía entonces 19 años –hoy tiene 52– y estaba haciendo el servicio militar en la Prefectura Naval, donde estuvo secuestrado después del accidente.
Como obispo de la diócesis de San Nicolás, Ponce de León había acompañado a los trabajadores de Villa Constitución perseguidos por el terrorismo de Estado e intercedió por varios desaparecidos. Su muerte conmocionó a la zona por su similitud con la del obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, que había ocurrido un año antes.
La investigación del asesinato fue reabierta luego de la anulación de las leyes de impunidad, pero se topó con continuos obstáculos en su avance. El principal investigado es el ex teniente coronel Manuel Fernando Saint Amant, jefe de la represión en la zona, hoy procesado (pero en libertad) en numerosas causas de desaparición de personas.
En el año 2008, el fiscal federal Juan Patricio Murray tuvo un fuerte cruce con el juez de la causa, Carlos Villafuerte Ruzo, cuando tras enterarse de que el cadáver del obispo había sido sacado de su tumba en la Catedral, pidió un análisis de ADN para certificar que el cuerpo dentro del ataúd no hubiera sido suplantado, pero se topó con una orden del juez suspendiendo la exhumación.
Martínez declaró en el expediente y fue acusado por falso testimonio y procesado. Por esto, inició una querella contra Villafuerte Ruzo. “A fines de diciembre presentamos una demanda por persecución religiosa contra el juez, en enero hicimos una presentación de juicio político en el Consejo de la Magistratura y el 24 de marzo, en el acto en la Plaza de Mayo, hubo un grupo que colgó una bandera con la consigna ‘juicio político al juez Villafuerte Ruzo’”, reseñó la abogada Scopel.
El hábeas corpus fue presentado “en atención a las causas penales que lo tienen como víctima, testigo, denunciante y querellante”, que son “eminentemente procesos en los que se investigan violaciones a los derechos humanos”.
El testigo estaba recibiendo atención psicológica por estrés post traumático, después de la reapertura de las causas de San Nicolás. Sus familiares contaron que sufre de alta presión, pero controlada con medicamentos, y que también suele usar bastón por problemas en su columna.
Por las amenazas de muerte que recibió fue abierta una investigación en el juzgado federal de Norberto Oyarbide, aunque el expediente fue cerrado el año pasado por falta de pruebas.

viernes, 18 de marzo de 2011

“Había uno que me levantaba la capucha”

ESTHER GONZALEZ ESTUVO SECUESTRADA, CREE QUE EN LA ESMA; ERA VECINA DE RODOLFO WALSH EN TIGRE
A pedido de los abogados del escritor desaparecido, Esther contó su calvario a manos de la Marina. Su testimonio fue requerido por el valor de confirmar que fue una patota de esa fuerza la que estaba buscando a Walsh en el Tigre.
 Por Alejandra Dandan
Como si todavía estuviese ahí, con los ojos tapados, la capucha blanca transparente presionando sobre algodones que llegaron a sofocarla, Esther González habló de la Escuela de Mecánica de la Armada. “Creo que estuve ahí –dijo–, porque se oían aviones, era un lugar cerca de Aeroparque, y después leí relatos cuando empezaron a aparecer los sobrevivientes, confirmé más la idea porque por ejemplo había un personaje que arrastraba cadenas que cada tanto me levantaba la capucha para ver si alguien me conocía y me identificaba, a ese personaje le llamaban los Pedros, después leí que eran como los cadeneros, que tenían una función.”
Esther todavía no sabe dónde estuvo pero ayer, aún así con esas dudas, declaró en el juicio oral de la ESMA. Llegó a pedido de la querella de Rodolfo Walsh porque era una de las vecinas de ese espacio que empezó a recorrerse nuevamente durante estos meses, que fue a la orilla del río Carapachay, en el Tigre, donde el periodista y su compañera Lilia Ferreyra alquilaban una casa.
Hasta ahora habían declarado varios vecinos: Chiquita Constenla, la viuda de Pablo Giussani y, la semana pasada, Hugo Rapoport. Desde hace tiempo faltaba este relato. Esther ocupaba la primera construcción de esa hilera imaginaria de vecinos con su marido, el historiador Leandro Gutiérrez. Uno de esos fines de semana se los llevaron secuestrados.
“Fue el 18 o 19 de septiembre de 1976 –dijo ella–; mi marido y yo estábamos con una pareja de amigos.” Al lado estaba la casa de Walsh, al que casi nunca veían porque hacía tiempo que no iba a la isla. “Esa tarde de sábado apareció un muchacho que venía como del lado del Paraná –explicó– en un bote, venía remando y vemos que se acerca a la casa de Walsh, baja y se mete en el muelle, y como nos sorprendió, le preguntamos qué hacía y nos dijo que venía remando desde Rosario y quería entrar ahí para hacer un asado.”
Rapoport había dicho que era política de buenos vecinos acercarse en esas situaciones a quienes llegaban a los jardines de las casas desocupadas. “Le dijimos que era una propiedad privada –recordó Esther–, que si no tenía dónde ir podía ir a pasar el día enfrente, donde había una propiedad abandonada; él dijo gracias, y nosotros no pensamos más en el asunto; al atardecer lo vimos caminar en la orilla del otro lado, pero bueno no le dimos más importancia.”
Los amigos de Esther se quedaron a dormir. “En la madrugada, no sé qué hora sería, golpearon la puerta con mucha violencia, fuimos a abrir y entró un grupo de personas que estaban armadas y llevaban pasamontañas. No sé cuántos eran, había un jefe y el resto me daba la sensación de que eran la tropa; recuerdo como cinco o seis, pero había muchos más afuera. La casa estaba bloqueada, obviamente nos asustamos.”
Revisaron todo. Les dijeron que iban a llevárselos porque había un número de teléfono escrito en la puerta de un placard. Que tenían que averiguar de qué se trataba, aunque Esther siempre creyó que todo eso fue una excusa.
“Nos encapucharon, nos esposaron y nos subieron a una lancha de pasajeros”, dijo. Primero pararon en el puerto, los bajaron, les volvieron a poner las capuchas y les advirtieron que si se las levantaban les iban a pegar. Esther se puso a llorar en ese momento: “Mi marido –dijo– inconscientemente levantó la cabeza, y le dieron una trompada, le saltaron los dientes”.
Llegaron al lugar donde iban a permanecer secuestrados durante las siguientes 48 horas en una ambulancia. Esther nunca vio el interior. Sabe que primero estuvo sentada al aire libre, que después la llevaron a un subsuelo donde hacía mucho calor y se oía una música permanente y muy fuerte; donde ella quedó tirada en el piso, encima de una colchoneta con antiparras y algodones hundidos en los ojos.
Frente a ella, en la sala, la escuchan familiares, sobrevivientes y también una de sus hijas. Mientras tanto, ella parece meterse con la reconstrucción nuevamente en esa zona de tinieblas.
“Bueno, así estuve mucho tiempo, no sé cuánto, me dieron algo para tomar, era como un caldo y un sandwich de carne pero no pude comer nada; había gente que veía porque me pedían la comida que yo no comía, así que no todos estaban encapuchados. Así pasó un día; al otro, en un momento dado, me llevaron a interrogar, pero no me hicieron ninguna pregunta de nada, fue un interrogatorio formal: ellos sabían que yo había estudiado psicología, me preguntaron si hacía grupos de Freud, y después si los veía o no los veía.”
Poco después la subieron, pasó por un baño que ahora sirve para terminar de saber si eso que cree que era la ESMA, lo era. Volvieron a ponerla en contacto con su marido. A Leandro Gutiérrez no le habían preguntado por Walsh, sino por su viaje a México, cosas que Esther nunca entendió: ¿cuánto demoró desde el aeropuerto hasta determinado hotel? O ¿cuál había sido la ruta? Antes de sacarlos, un guardia con tono provinciano les dijo que se alegraba de que ese día, que era el Día de la Primavera, alguien quedara en libertad. Así supieron que era 21 de septiembre, el mismo día de la Noche de los Lápices o del secuestro a Orlando Letelier, decía Patricia Walsh, todavía shockeada por los datos.
“Yo estaba en un estado deplorable; seguíamos encapuchados, nos pusieron en un coche, nos dejaron a la madrugada, serían las cinco o seis, en un lugar que después nos dimos cuenta que era Florida, nos dijeron que contáramos hasta 150, que después podíamos abrir los ojos y que si llegábamos a ver a alguno íbamos a ser boleta.”
Cuando terminaron de contar, volvieron a escuchar el ruido de un auto. Tuvieron miedo. De pronto oyeron que el ruido no estaba más y pensaron que debían estar liberando a otros prisioneros. “Nos encaminamos a la parada del colectivo que nos llevó por Cabildo o Belgrano, estábamos en un estado tan deplorable, tan sucio y maloliente que me sorprendió que el colectivero no se sorprendiese de vernos así, lo tomó como muy natural, eso me llamó la atención.”
En la sala siguieron las preguntas. Le preguntaron nuevamente por la ESMA. Ella volvió a ese lugar: “Una mujer que lloraba –decía–, lo único que escuché, lloraba y se quejaba y decía... ‘callate Blanca, callate’. Yo después lo asocié con los Tarnospolsky, eso es lo único que escuché”. La familia Tarnospolsky estaba secuestrada en la ESMA.
Nunca más volvió a ver a sus amigos. Se rió y fue la única vez que lo hizo cuando dijo que tal había sido el susto que nunca quisieron tomarse ni un café. De la casa de Walsh, Esther se quedó convencida de que los marinos se quedaron ese día en el fondo, en esos lugares donde las islas se hacen parte del monte que nadie puede terminar de ganar. Que a su casa seguro la usaron como base de operaciones para esperar que Walsh apareciera. Su testimonio sirvió por la ESMA, pero para confirmar que eran los marinos los que ya estaban detrás de Walsh. Esther fue la última testigo del juicio cuya fecha de cierre se estima para la primera semana de julio.