viernes, 27 de febrero de 2015

Los inmigrantes

Por Alberto Morlachetti

(APE).- José Hernández se preguntaría en el periódico El Río de la Plata el 22 de agosto de 1869: Pero ¿qué civilización es esa que se anuncia con el ruido de los combates y viene precedida del estruendo de las matanzas? Roca consuma el último de los grandes exterminios y el gaucho se extingue en la guerra de policía. Una vez terminado el reparto de tierras a favor de algunos hombres de fortuna y extinguida parte de la mano de obra nativa, la oligarquía apela a la fuerza de trabajo de los inmigrantes. Los barcos descargaban verdaderas masas humanas -la mayoría analfabeta- cuyo origen era de zonas rurales empobrecidas. Gino Germani, en su obra Estructura Social de la Argentina, nos acerca algunos datos: En los años 1871-1880, el saldo inmigratorio fue de 85.100 inmigrantes. Luego de la conquista del desierto -y de la expropiación de tierras- se establecieron 637.700 personas de origen europeo en el período 1881-1890.



La colonización de las tierras prometidas a los extranjeros que se subían con sus ganas a los barcos para cultivar los suelos se diluyó en una estructura donde las tierras fértiles pertenecían a un reducido grupo de propietarios. En las provincias pampeanas 107 personas según el censo de 1914 poseían 5.067.000 hectáreas y en el resto del país 399 eran dueñas de 23.348.000 hectáreas. Latifundio e inmigración fueron términos antagónicos. El destino de los inmigrantes fue el arriendo o la mediería, estableciendo el secreto de la capacidad argentina para producir cereales baratos que residía en el bajo nivel de vida de quienes estaban vinculados a la agricultura. En la provincia de Entre Ríos en 1930, escribe Gastón Gori, cuarenta personas eran dueñas de casi un millón cuatrocientas mil hectáreas.

La Forestal inicia sus actividades en 1905 con la entrega por parte del Estado de 2.354.000 hectáreas en la Provincia de Santa Fe, sin contar el Territorio Nacional de Chaco y Formosa, para que los voraces capitales ingleses se quedaran con los mejores quebrachos colorados, reduciendo a servidumbre a las poblaciones nativas y dañando por siglos su ecología. En 1875 de 68.277 inmigrantes entrados, sólo 8.627 fueron al campo. El resto se radicaba en las ciudades. Sarmiento que fue uno de los autores intelectuales y materiales del país que nunca soñamos dirá que los dos tercios de población no saben, sin embargo, dónde fijar su hogar, y el inmigrante dónde dirigirse para establecer sus penates. El sueño de la tierra propia tenía para los extranjeros la dimensión de los días de mar y se extinguía al bajar de las naves. Era frecuente escuchar en los cantos del piamonte o en las melodías lombardas el suave sonido de la tierra. Que ahora se mecía en el viento como una nostalgia.

La orgullosa Buenos Aires que embellece sus paseos públicos, construye teatros, levanta estatuas, indiferente al atraso y a la miseria, como expresara en 1868 Felipe Varela, recibía contingentes humanos donde cada nación europea arrojaba miles de colonos, cada continente un color, cada lengua un acento. Gallegos, vascos, napolitanos, se radicaban en las ciudades que inventaban oficios a los inmigrantes. Era la última discriminación, la más reciente negación de la igualdad. El desprecio otrora indígena, negro o mestizo, se trasladó rápidamente a los hombres que nos habían enviado los europeos, insertándose en un desmesurado crecimiento urbano.

Argumedo dirá que las nuevas aristocracias formadas en América con fortunas amasadas en encomiendas, asientos de esclavos, explotaciones mineras, plantaciones, obrajes o expediciones genocidas, irán construyendo alcurnias que diluyen sus orígenes y les permiten asumirse como razas elegidas. Sus imaginarios estaban impregnados de ideas significativas: la inmigración debía ser anglosajona, que eran las razas europeas puras, con tradiciones civilizadas, ardor de progreso y capacidad de desarrollo y la inglesa era "la primera en el mundo por su energía, por su trabajo por las instituciones libres que ha dotado a la humanidad", como manifestaran reiteradamente Sarmiento y Alberdi.

José Ingenieros, con los mismos fundamentos manifiesta que cuando Alberdi aseguraba que "Gobernar es poblar", agregaba: "Poblar con europeos". Cuando Sarmiento nos incitaba "a ser como Estados Unidos", expresaba que esa nacionalidad era "un gajo del árbol europeo retoñando en el suelo de América". Imágenes que podríamos llamar “curiosidades de la literatura”, cuyos autores han alcanzado una notable arquitectura del lenguaje que hasta pueden simular sabiduría. Eran transparentes cuando manifestaban sus predilecciones por los anglosajones, fundamento esencial de toda prosperidad venidera. Borges -tiempo después- señalará que cuando se es de familia criolla o puramente española, entonces por lo general no se es intelectual. Lo veo en la familia de mi madre: los Acevedo son de una ignorancia inconcebible, para agregar que dominando la lengua inglesa, no hace falta conocer otro idioma, porque esa literatura contiene o resume todas las cosas. George Canning, hombre de ver lejos del imperio británico y primer ministro en 1824 diría: La cosa está hecha; el clavo está puesto, Hispanoamérica es libre; y si nosotros no desgobernamos tristemente nuestros asuntos, es inglesa.

Vasconcelos expresaría que nos hemos educado bajo la influencia humillante de una filosofía ideada por nuestros enemigos con el propósito de exaltar sus propios fines y anular los nuestros. Un mundo de blancos equivale a los matrimonios incestuosos de los faraones que minaron la virtud de aquella raza, y contradice el fin ulterior de la historia, que es lograr la fusión de los pueblos y las culturas. Sin embargo, Ameghino, como todos los naturalistas, repetiría más tarde que la “raza blanca” era la superior de las humanas y que a ella le estaba reservado en el futuro el dominio del globo terrestre. Nuestro país en su enfermiza imitación de las culturas extranjeras, permitió que la influencia europea fuese una violación, no un enriquecimiento.

Los extranjeros que llegaron a nuestra tierra, eran hombres de condición humilde, en busca de un país donde sembrar sus sueños, pero estaban lejos de parecerse a los cultos y laboriosos obreros ingleses con que se alimentaron los mitos de los hombres del ochenta que verán en los inmigrantes, una promiscuidad carente de categorías, amorfa e incómoda, irritante mezcolanza que día a día va alcanzando unas dimensiones intranquilizadoras. Ramos Mejía, en Las Multitudes Argentinas (1899) escribía que el inmigrante tenía el cerebro lento como el del buey, a cuyo lado ha vivido. Martel las calificará de mugrientas, groseras, charlatanas, idiotas. Lucio V. López escribirá: Nosotros somos la clase patricia de este pueblo, nosotros representamos el buen sentido, la experiencia, la fortuna, la gente decente, en una palabra, fuera de nosotros es la canalla, la plebe quien impera. Conjugando los mismos verbos Cané dirá: los argentinos somos cada vez menos, salvemos nuestro predominio colocando a nuestras mujeres a una altura que no lleguen las bajas aspiraciones de la turba. Clodomiro Cordero, durante el Congreso Americano de Ciencias Sociales realizado en Tucumán en 1916, señalaba: "Hemos recibido cuanto desecho humano nos envía Europa", para agregar, que eran "Seres inferiores, tarados, corrompidos y disolventes, cuando no criminales".

Estas ideas nutrieron la mentalidad del 80 y le confirieron sus peores rasgos a la ideología del progreso sustentada por la oligarquía criolla, no solamente en la razón de las armas, sino además en el individualismo, la sacralización del dinero, la obsesión por el ascenso social, el temor a los pobres, el desprecio por los inmigrantes españoles, judíos, italianos y sobre todos los obreros anarquistas, juzgados inferiores por una suerte de determinismo biológico y social, valores que se proyectaron en el imaginario y en la literatura de fines del siglo XIX, hasta nuestros días atravesando generaciones. Antonio Argerich lo reconoce abiertamente: En mi obra, me opongo franca y decididamente a la inmigración inferior europea, que reputo desastrosa para los destinos a que legítimamente puede y debe aspirar la República Argentina.

Los inmigrantes no sólo trajeron su fuerza de trabajo, también llegaban con sus ideas y sus esperanzas y no se dudó en verlos como la encarnación demoníaca del desorden y la subversión social. Moyano Gacitúa, Juez de La Suprema Corte en 1905, invocaba a las instituciones preventivas y represivas ante la sobresaturación criminal del inmigrante que se encontraban en las calles luchando a brazo partido con la necesidad, viviendo en mancomún y promiscuidad con los paisanos, fomentando huelgas y desórdenes. La Ley de Residencia promulgada por el gobierno de Roca en 1902, inspirada en Miguel Cané quien la justificaba en la Cámara de Senadores en 1899, manifestando que entre los hombres de buena voluntad que llamaban para cultivar el suelo, ejercer las artes y plantar industrias, vinieran enemigos de todo orden social, que llegaran a cometer crímenes salvajes, en pos de un ideal caótico que deja absorta la inteligencia y que enfría el corazón. La ley permitió que muchos extranjeros que lucharon por sus derechos fuesen expulsados del país por comprometer el orden público.

El movimiento anarquista acercó a nuestros trabajadores la utópica pero hermosa convicción de que la vida sobre la tierra puede ser bendecida por la abundancia en vez de ser maldecida por la escasez. Contaba a su favor, dice Panettieri, una estructura económico-social donde imperaba una técnica poco evolucionada de producción, que conquistará gran cantidad de adeptos entre la masa de obreros no calificados que entonces eran mayoría en el país. Dardo Cuneo sostiene que el anarquismo se comunica fácilmente entre los italianos y los españoles de la inmigración aldeana de una Europa agraria y feudal y el trabajador criollo, en cuyas sangres persisten las nostalgias de la edad de oro del campo argentino vencida por la colonización capitalista. El artesano protagonista natural del anarquismo es mayoría en los cuadros de los oficios argentinos.

Las luchas dirigidas por el movimiento anarquista, acompañados en algunas ocasiones por el socialismo, sobre todo a finales del siglo XIX y en las dos primeras décadas del siglo XX, logró minar de alguna manera la resistencia de los sectores dominantes que permitió importantes conquistas para los trabajadores y significativos avances en el terreno del derecho, no sólo para los hombres de aquellos tiempos, también para nosotros que ya estamos recorriendo el siglo XXI. Aquel empeño colectivo de hombres y mujeres ilusionados, que desnudaban el crimen sobre el que se asienta el edificio de la sociedad argentina, supo de represiones y exterminios: Al asumir la Jefatura de la Policía en 1906 Ramón Falcón los llamará profesionales de la huelga, escorias sociales que afluyen de la vieja Europa.

En 1919 en Capital Federal y Avellaneda, el Gral. Luis J. Dellepiane con fuerzas del ejército y de la marinería mataron a ochocientas personas y miles de trabajadores fueron prontuariados, en la llamada Semana Trágica, cuando los obreros de los Talleres Metalúrgicos Vasena iniciaron una huelga para reducir la jornada laboral de 11 a 8 horas. Julio Godio dirá: Se asesinó a obreros, mujeres y niños sin ninguna contemplación.

La de Buenos Aires fue la segunda Semana Trágica. La primera había ocurrido en Barcelona, en 1909. Allí también habían muerto hombres y mujeres del pueblo. Y había muerto un maestro, fusilado en el castillo de Monjuich, injustamente acusado de ser el “autor” de la insurrección obrera. El maestro se llamaba Francisco Ferrer, militante libertario convencido de que la luz del conocimiento, en las mentes y corazones de los trabajadores, acabaría con la oscuridad y los privilegios: las tinieblas de la civilización. Poco antes de caminar hacia el patíbulo, Ferrer escribió: “No creamos nunca en dioses ni explotadores. Y aprendamos, siquiera un poco, a amarnos los unos a los otros”.

En razón de qué meta es comprensible que el Teniente Coronel Héctor B. Varela, enviado por el gobierno nacional en 1921 a la Patagonia, fusilara a 1500 inmigrantes y criollos porque reclamaban un derecho que los reconociese. ¿En aras de qué idea puede soportarse?

Kurt Gustav Wilckens mataba con “párrafos precisos y bellos” -en acto controversial- al Coronel Varela responsable -entre otros- de la sangrienta represión de obreros en la Patagonia. Wilckens manifestó “No fue venganza. Yo no vi en Varela al insignificante oficial. No. Él era todo en la Patagonia: gobierno, juez, verdugo y sepulturero. Intenté herir en él al ídolo desnudo de un sistema criminal. Pero la venganza es indigna. Nuestro mañana no afirma rencillas, ni crímenes, ni mentiras. Afirma vida, amor, ciencia. Trabajemos para apresurar ese día”.

La lucha de los anarquistas, se esconde detrás de la opacidad de los visillos. Celadores sin sosiego de un pasado que parece no pertenecernos, nos dejaron el inmenso legado de su terquedad por los afectos, encontraban, como dice Rulfo, el olor de la gente como una esperanza.

En 1931 el dictador militar General Uriburu en su primer discurso al país advertía: He venido a limpiarlos de gallegos y gringos anarquistas. El 1º de febrero de 1931 es ejecutado en la Cárcel de Las Heras, Severino Di Giovanni, un símbolo controvertido del anarquismo combativo. El diario El Día de Montevideo en sus crónicas hacía notar que los copetudos fueron a presenciar el bárbaro acto vistiendo smokings o sea verdadero traje de gala. Roberto Arlt nos deja sus aguafuertes en el diario El Mundo: Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la Penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara: Está prohibido reírse. Está prohibido concurrir con zapatos de baile. El olvido convierte en ruinas la dimensión y densidad de los hechos humanos, menos lo que cabe en el recuerdo, que no es poco.

De allí vengo yo -del abuelo Antonio- con el arriendo que le pesaba como un arado, apuntando con su mirada a los dueños del trigo, por el 12, en el Grito de Alcorta, por las humildes alegrías de la cosecha. Dicen que a partir de un cierto número de años se llora mucho, por las nostalgias. A mí no me ha ocurrido. He pasado grandes tragedias secas como diría Haro Tecglen.

Desde 1930 se produce un importante flujo migratorio de las provincias hacia Buenos Aires, originado por el proceso de industrialización que vivía el país, Alejandro Bunge escribió que de 1932 a 1939 trescientas mil personas se trasladaron del campo a la ciudad, eran los tiempos de la sustitución de importaciones. Este grupo humano a partir de 1945, recibió por parte de la oligarquía el calificativo de "aluvión zoológico". Los llamados "cabecitas negras" pasaron a ocupar el espacio de menosprecio social que a principios de siglo se atribuía a los inmigrantes.

Ramos Mejía, un notable del ochenta, escribirá en 1899: temo que el día que la plebe tenga hambre, la multitud socialista se organice, sea implacable. Tuñón nos dice que la nostalgia es un cuarto donde habita el insomnio.



Fuentes consultadas:

1) Argumedo, Alcira; Los silencios y las voces en América Latina, Ed. del Pensamiento Nacional, Buenos Aires, 1993. 
2) Bunge, Carlos Octavio; Nuestra América, Henrich y Cía. Editores, Barcelona, 1903. 
3) Germani, Gino; Estructura social de la Argentina, Ed. Raigal, Buenos Aires, 1954. 
4) Godio, Julio; La Semana Trágica de enero de 1919, Ed. Hyspamérica, Buenos Aires, 1986. 
5) Gori, Gaston; El Pan Nuestro, Ediciones Galatea-Nueva Visión, Buenos Aires, 1958. 
6) Gori, Gaston; Inmigración y Colonización en Argentina, Ed. Eudeba, Buenos Aires, 1964. 
7) Gori, Gaston; La Forestal, Tragedia del Quebracho Colorado, Ed. Platina, Buenos Aires, 1965. 
8) Ingenieros, José; Sociología Argentina, Ed. Losada, Buenos Aires, 1946. 
9) Panettieri, José; Los trabajadores, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982. 
10) Panettieri, José; Inmigración en Argentina, Ed. Macchi, Buenos Aires, 1970. 
11) Ramos Mejía, José María; Las Multitudes Argentinas (1899), Ed. Rosso, Colección La Cultura Popular, Buenos Aires, 1934. 
12) Salessi, Jorge; Médicos maleantes y maricas, Beatriz Viterbo Editora, Rosario, 1995. 
13) Sarmiento, Domingo Faustino; Obras Completas, Ed. Luz del Día, Buenos Aires, 1948.

lunes, 23 de febrero de 2015

Barreras. Bordes. Límites. Fronteras.


Por Juan Carlos Volnovich
Psicoanalista

Con la caída del Muro de Berlín el "día después del fin de siglo XX" la ilusión de un sistema unificado vino a reemplazar la certera realidad de un mundo bipolar. La caída del Muro tuvo un fuerte impacto simbólico en la cultura ampliada y alentó la esperanza de una humanidad más porosa, menos compartimentada. Parecía que, con el proceso de mundialización, las barreras geopolítica y simbólicas iban a evaporarse y podíamos empezar a soñar con la "ciudad global", con una cultura mestiza despojada de fronteras o donde las fronteras fueran solo lugar de paso y espacio de convivencia.
No obstante, el derrumbe de ese Muro no pudo impedir que otros muros, viejas y nuevas barreras, límites infranqueables, fronteras intransitables, se erigieran por fuera y por dentro.

LO QUE LACAN PROPONE, ES, A LA VEZ, UNA SUPREMACÍA SOBRE EL SABER DE LOS OTROS Y UNA DESILUSIÓN SOBRE EL SABER PROPIO

En 1982, siete años antes que se produjera la demolición del Muro de Berlín, cuando Peter Schneider publicó "El Saltador del Muro", ya se había hecho popular la expresión "el muro en la cabeza"; ya habíamos empezado a sospechar que derribar los muros instalados dentro del sujeto psíquico tomaría más tiempo que el requerido por una empresa de demolición para acabar con los muros visibles. Y, mucho antes, en 1925, cuando Freud escribió Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica, tal vez se equivocó al afirmar que la presencia o ausencia de pene decidía acerca de la envidia fálica de las mujeres, pero acertó al incorporar en el proceso de constitución del aparato en las "consecuencias psíquicas de las diferencias" (también, de las diferencias anatómicas). 
Porque el caso es que montada en el sentido común occidental que supone la disociación entre la naturaleza y la cultura, la ciencia moderna tiende a legitimar muros, tiende a convalidar las desigualdades sociales entre hombres y mujeres, entre negros y blancos, fundada en las diferencias "naturales". Las diferencias "naturales" soportan, entonces, desigualdades sociales. Tal parecería ser que todo queda reducido a establecer cuáles son esas diferencias naturales, esenciales y ahistóricas, para inscribirle encima rasgos y características que favorecen siempre a los sectores dominantes de la cultura y que refuerzan la inequidad de la sociedad de clases. 

Barreras entre hombres y mujeres

Las diferencias sexuales, por tomar solo un ejemplo, existen gracias a la materialidad del sexo (que, a su vez, nada dice acerca del sexo de la materialidad). Así, afirmar que las diferencias sexuales están estrictamente relacionadas con los discursos acerca de las diferencias sexuales, no nos obliga a aceptar que son los discursos los que marcan las diferencias sexuales. Tal vez deberíamos considerar que no es la materialidad del cuerpo la que recibe un discurso que lo forma sino que esa materialidad es ya el resultado de la práctica reiterada por el discurso. O, dicho de otra manera, las normas que regulan el sexo trabajan de manera performativa para construir la materialidad de los cuerpos, la materialidad del sexo en los cuerpos, y de esta manera se ubican en posición subordinada con respecto al imperativo heterosexual. Se trata, entonces, de no renunciar ni a la materialidad del cuerpo sexuado, ni a la eficacia del discurso pero si de criticar la heterosexualidad naturalista reproductiva que construye tanto la materialidad del cuerpo (femenino denigrado) como la sexualidad del discurso (masculino prestigiado). Se trata, entonces, de rescatar el cuerpo de lo que ha dado en llamarse el idealismo lingüístico.

Barreras étnicas

Afirmaba, antes, que las diferencias sexuales existen... pero las razas no. Efectivamente: en un sentido biológico estricto no es lo mismo nacer macho que nacer hembra. Pero en el género humano las razas no existen. Por lo tanto, es posible afirmar que el racismo es un invento de los racistas -lo que no es mucho decir- pero, también, es posible afirmar que las razas son un invento de los raciólogos -lo que ya es decir bastante sobre la sociología positivista de los siglos XIX y XX, y sobre los expertos y especialistas que produjeron la categoría teórica de "raza". Así es: la desigualdad y la exclusión de ciertos sectores de la población que se atribuyen a diferencias raciales son, en realidad, construcciones que, antes que con las diferencias biológicas, se relacionan con sus características sociohistóricas. También las diferencias sexuales -las diferencias anatómicas- existen y eso hace que las mujeres sean, si se quiere, una raza aparte de la raza de los hombres; de la misma forma que los "lungos" pudieran ser considerados como una raza aparte de la raza de los "petisos"; y la raza de las lindas y los lindos pudieran ser una raza aparte de la raza de las feas y de los feos. 
Modificando una conocida frase de Napoleón el Grande, pudiera decirse que "la anatomía es el destino". Los genitales mismos no han seguido tampoco la evolución general de las formas humanas hacia la belleza". 
"Anatomía es destino". El cuerpo es destino. El sexo del infans -más que el color de piel o de sus ojos, más que el color de su piel o de sus ojos, más que la proximidad o la lejanía al ideal estético que impone la cultura, más que la salud o la enfermedad que anida en sus tejidos- el sexo del infans, habla sobre su destino. Dice algo sobre el futuro que le espera. Y no me refiero, por supuesto, a su destino de varón o de mujer; no me refiero al impacto que la anatomía tiene para que un "machito" se virilice o para que una "hembrita" se feminice. Antes que a la diferencia, es a la desigualdad a la que aludo. Desigualdad que, claro está, implica la inferioridad de uno de los términos.
"La anatomía es el destino, podríamos decir glosando una frase de Napoleón. El clítoris de la niña se comporta al principio exactamente como un pene; pero cuando el sujeto tiene ocasión de compararlo con el pene verdadero de un niño, encuentra pequeño el suyo y siente este hecho como una desventaja y un motivo de inferioridad".

Barreras culturales

Airadas voces se levantaron desde un principio contra Freud. Karen Horney (1885-1952) no sólo se opuso firmemente a aceptar que la niña fuera un niño con desventajas sino que se apoyó en el concepto de cultura para estudiar la diversidad de comportamientos individuales en las diferentes sociedades. Por aquellos años -en las décadas del 40, del 50-, el impacto de las ideas de izquierda en la vida académica norteamericana se hizo sentir. Karen Horney, Harriet Sullivan y Erich Fromm fueron los nombres mayores que aportaron al culturalismo norteamericano; y el culturalismo norteamericano fue la semilla que germinó dando forma a los estudios multiculturales contemporáneos.
Tuvo que caer el Muro de Berlín; fue necesario que Fukuyama nos alertara con respecto al Fin de la Historia; cantaron presente las consecuencias del Choque de Civilizaciones descriptas por Huntington; hasta el Imperio de Hardt y Negri contribuyó... para que las concepciones marxistas acerca de la lucha de clases quedaran cuestionadas y para que triunfara la subjetividad imaginaria característica del capitalismo -subjetividad sin faltas; subjetividad sin diferencias; "subjetividad clausurada bajo la forma de un múltiple sistema universal de equivalencias abstractas" que el multiculturalismo encarna.
Gruner sostiene que el multiculturalismo intenta vanamente reemplazar la categoría "lucha de clases" al tiempo que pretende triunfalmente instalarse como totalidad articulada del capitalismo. Y ese vano intento se debe a que aún no ha sido posible eludir la evidencia marxista de que hay algo en la realidad del capitalismo que "no cierra"; algo que pone en evidencia una falla en el sistema de equivalencias universales; algo que ha dado en llamarse plusvalía. La misma plus valía que Lacan asimila al plus de goce cuando sostiene la teoría psicoanalítica del síntoma. De ahí que, para Grüner (y, por supuesto, para Zizek) es Lacan quién defiende, contra otros psicoanálisis, la concepción del inconsciente como lugar de lo irrepresentable, como expresión del carácter inarticulable de lo Real.

Barreras Científicas 

Es posible que así sea. Pero eso no tiene porque impedirnos enunciar que la operación teórica de Lacan con respecto a las otras disciplinas científicas se parece, en mucho, a la sostenida por el multiculturalismo; tiene un aire de familia con ese discurso totalizante y totalizador que hace virtud del respeto a los "otros" al tiempo que se instala en el lugar privilegiado del "único".

LA DESIGUALDAD Y LA EXCLUSIÓN DE CIERTOS SECTORES DE LA POBLACIÓN QUE SE ATRIBUYEN A DIFERENCIAS RACIALES SON, EN REALIDAD, CONSTRUCCIONES QUE, ANTES QUE CON LAS DIFERENCIAS BIOLÓGICAS, SE RELACIONAN CON SUS CARACTERÍSTICAS SOCIOHISTÓRICAS


Babel es el nombre del mito bíblico. Babel es el nombre de la torre que pretendieron construir los antiguos para llegar al cielo. En cierto sentido, Babel es el mito fundador de la diversidad; mito que estableció barreras lingüísticas allí donde reinaba la lengua única. A partir de ese momento la lengua matera, la lengua compartida le cedió el lugar, intervención mediante, a la lengua divina. Y la lengua divina fue desde entonces, las lenguas; y las barreras lingüísticas se convirtieron, así, en modelo sobre el cual se instalaron las otras barreras de la diversidad: barreras generacionales, barreras étnicas, barreras de género, barreras de clase social, barreras culturales, etc.
Dice el Génesis que "En ese entonces se habla un solo idioma en toda la tierra. Al emigrar al oriente, la gente encontró una llanura en la región de Sinar, y allí se asentaron. Un dia se dijeron unos a otros: Vamos a hacer ladrillos, y a cocerlos al fuego. Fue así como usaron ladrillos en vez de piedras, y brea en vez de mezcla. Luego dijeron: Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. De ese modo nos haremos famosos y evitaremos ser dispersados por toda la tierra. Pero el SEÑOR bajó observar la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo, y se dijo: Todos forman un solo pueblo y hablan un solo idioma; esto es sólo el comienzo de sus obras, y todo lo que se propongan lo podrán lograr. Será mejor que bajemos a confundir su idioma, para que ya no se entiendan entre ellos mismos. De esta manera Dios los dispersó desde allí por toda la tierra, y por lo tanto dejaron de construir la ciudad. Por eso a la ciudad se le llamó Babel, porque fue allí donde el Señor confundió el idioma de toda la gente de la tierra, y de donde los dispersó por todo el mundo."
Queda claro, entonces, que no había diferencias en el origen, que en un principio estaban todos juntos, que ese espíritu de cuerpo estaba dado por la lengua compartida, por el anhelo de ser famosos y el temor a la dispersión (dispersión que, dicho sea de paso, no conocían ya que nunca habían sido dispersados).
Queda claro, entonces, que la intervención del Señor estuvo destinada a separarlos de la lengua materna, invitarlos, obligarlos, digamos, a olvidarse de la lengua original (nada de bilingüismo)para acceder a la lengua divina, y que esa acción tuvo algo de castigo; algo de punición por haberse atrevido a desafiar su poder, por haber intentado alcanzar a Dios, por pretender estar a su altura.
Según algunas interpretaciones del capítulo 11 del Génesis, los hombres aspiraban, con la construcción de esta torre, alcanzar el cielo; tocar el cielo con las manos; vencer el obstáculo que separaba el cielo de la tierra; atravesar la barrera que se interponía entre los hombres y Dios; diseñar un puente entre lo humano y lo divino. Llegar al lugar dónde moraba Dios. Y, quién dice llegar al lugar de Dios, dice ocupar el lugar de Dios. Por eso fueron castigados con la pena de la dispersión. Todo quedó reducido, entonces, a una renuncia vertical y un desafío horizontal: interrumpir la edificación y administrar la dispersión, desempeñarse en la totalidad de la diversidad. 
Pues bien, todo hace pensar que el capitalismo en su fase actual está cumpliendo el mito religioso de la Torre de Babel. Y el multiculturalismo ha devenido en la ideología perfecta de la globalización capitalista. Porque al tiempo que propone y enaltece la aceptación de la diversidad, conduce no sólo a la segregación autoafirmatoria de cada minoría en una especia de "al don pirulero" absoluto, sino que siendo sólo "la lógica cultural del capitalismo multinacional" se instala como única y eterna: lógica totalitaria.
Cuando aún no ha cesado el modelo clásico de la colonización -los países metropolitanos subordinando y explotando económica, política y culturalmente a los países colonizados- ya un nuevo esquema protagoniza el cuadro: las empresas multinacionales explotando por igual a la población global. Se da, entonces, la paradoja de una colonización donde sólo hay colonias sin países colonizadores: "el poder colonizador no proviene más del Estado -Nación, sino que surge directamente de las empresas globales".
Es en ese sentido que el multiculturalismo se postula como ideología privilegiada del capitalismo tardío: cuando desde una posición supra -por encima de todo- trata a cada cultura como "nativos", como "aborígenes", como "pueblos originarios" que deben ser estudiados y respetados. "En otras palabras "dice Zizek) el multiculturalismo es una forma de racismo negada, invertida, autorreferencial; un "racismo con distancia": respeta la identidad del Otro, concibiendo a éste como una comunidad "auténtica" cerrada, hacia cual él, el multiculturalista, mantiene una distancia que se hace posible gracias a su posición universal privilegiada. El multiculturalismo es un racismo que vacía su posición de todo contenido positivo (el multiculturalismo no es directamente racista, no opone al Otro los valores particulares de su propia cultura), pero igualmente mantiene esta posición como un privilegiado punto vacío de universalidad, desde el cual uno puede apreciar (y despreciar) adecuadamente las otras culturas particulares: el respeto multiculturalista por la especificidad del Otro es precisamente la forma de reafirmar la propia superioridad."
Porque lo que aquí está en juego es la universalidad del multiculturalismo que supone la permanencia eterna del capitalismo ya que, esa coexistencia dispersa, esa hibridación cultural que no encuentra traducción simultánea, la heteroglosia Bajtiana, termina aceptando la absolutización del sistema; deja intacta la homogeneidad del capitalismo gracias al abandono de la lucha de clases.

EL DERRUMBE DEL MURO DE BERLÍN NO PUDO IMPEDIR QUE OTROS MUROS, VIEJAS Y NUEVAS BARRERAS, LÍMITES INFRANQUEABLES, FRONTERAS INTRANSITABLES, SE ERIGIERAN POR FUERA Y POR DENTRO

El reemplazo de la lucha de clases por el multiculturalismo es una operación fundamental para mantener la ilusión de un Sistema que, de haber funcionado bien, hubiera evitado las catástrofes que protagonizamos. Pero ocurre que el capitalismo cuando funciona bien, funciona así: y ha triunfado porque logró instalar en el imaginario social su condición de único sistema posible, dueño absoluto de la democracia, de los valores de la libertad y de la igualdad, de modo tal que las crisis por las que atraviesa (y que pone en riesgo a la humanidad, toda) vendrían a ser el resultado de su falla y no de su "naturaleza". Así como Marx sostenía que todo sistema lleva en su seno las fuerzas que le son antagónicas, el capitalismo triunfa cada vez que logra reforzar la idea de que lleva en su seno las fuerzas que se encargarán de salvarlo. El capitalismo triunfa cada vez que logra instalar la idea de un capitalismo malo (racista y explotador) y un capitalismo bueno (multicultural). 
"Es como si, dado que el horizonte de la imaginación social ya no nos permite considerar la idea de un eventual caída del capitalismo (se podría decir que todos tácitamente aceptan que el capitalismo está aquí para quedarse), la energía crítica hubiera encontrado una válvula de escape en la pelea por diferencias culturales que dejan intacta la homogeneidad básica del sistema capitalista mundial. Entonces, nuestras batallas electrónicas giran sobre los derechos de las minorías étnicas, los gays, y las lesbianas, los diferentes estilos de vida y otras cuestiones de ese tipo, mientras el capitalismo continua su marcha triunfal."

miércoles, 18 de febrero de 2015

La locura del sujeto normal

Por Enrique Carpintero
Psicoanalista

Según una de las versiones del mito, Prometeo descendía de una generación de Dioses que habían sido destronados por Zeus. Era hijo de Titán y de Asia, él sabía que en la tierra reposaba la simiente de los cielos, por eso recogió arcilla, la mojó con sus lágrimas y las amasó, formando con ella varias imágenes semejantes a los dioses, los Humanos. Fue así que surgieron, según la leyenda, los primeros seres humanos, que poblaron la tierra. Prometeo entonces se aproximó a sus criaturas y les enseñó a subyugar a los animales y usarlos como auxiliares en el trabajo. Les mostró cómo construir barcos y velas para la navegación, les enseñó a observar las estrellas, a dominar el arte de contar y escribir y hasta cómo preparar los alimentos nutritivos, ungüento para los dolores y remedios para curar las dolencias.
Pero Zeus, sospechaba de los humanos, ya que no fue él quién los creó. Por consiguiente, cuando Prometeo reivindicó para ellos el fuego, que les era imprescindible para la preparación de los alimentos, para el trabajo y principalmente para el progreso material y el desenvolvimiento emocional, el Dios griego decidió negárselo, temiendo que las nuevas criaturas se volviesen más poderosas que él. Con un palo hecho de un pedazo de vegetal seco, se dirigió al carro del Sol donde a escondidas tomó un poco de fuego, trayéndolo para los seres humanos, entregándoles así el secreto del fuego.
Solo cuando por toda la tierra se encendieron las fogatas es que Zeus tomó conocimiento del robo de Prometeo, pero ya era tarde. Puesto que ya no podía confiscar el fuego a los hombres, concibió para ellos un nuevo maleficio: les envió a Pandora de una gran belleza, con una caja portadora de muchos males. Prometeo le advirtió a su hermano Epimeteo de no aceptar ningún presente de Zeus, pero Epimeteo no lo recordó y recibió con alegría a la linda doncella, abriendo la caja de los males los cuales se esparcieron rápidamente sobre la tierra. Junto a ellos se encontraba el más precioso de los tesoros, La Esperanza; pero Zeus le había encomendado a Pandora no dejarla salir y así fue hecho. Los hombres que hasta aquel momento habían vivido sin sufrimientos, sin dolencias, sin torturas y sin vicios, comenzaron a partir de entonces a corromperse sin la Esperanza.
Después de esto, vengándose de Prometeo, le envió al desierto donde fue puesto preso con cadenas a una pared de un terrible abismo, sin reposo alguno, durante 30 siglos..
Sufrió la amargura de que su hígado sea devorado por un Águila que venía cada día a la región para dicho fin, después de qué el órgano se volvía a reconstituir ya que Prometeo era inmortal. Por fin llegó el día de su redención. Hércules al ver al águila devorando el hígado de Prometeo, tomó su flecha lanzándola sobre la misma. Enseguida soltó las cadenas y llevó a Prometeo consigo.
El mito de Prometeo simboliza esa luz, que bajando a la tierra intenta iluminar a los hombres, apartándolos de la oscuridad intentando con ello devolverles al camino de la solidaridad, es así que el sufrimiento de 30 siglos representa ese sacrificio del iniciado, a lo largo de la historia en el ejercicio difícil de liberar a los hombres de la ilusión. El mito esclarece la oposición entre las tinieblas y la luz, entre la consciencia y lo inconsciente del ser. Ser conscientes, significa ser dueños de sí mismos, de los propios pensamientos, de los propios actos, fallas y actitudes. Conocer el propio pasado, proyectar el futuro y estar en el presente con los otros humanos que nos constituyen.

Los muros invisibles:

Hablar de los muros inmediatamente nos remite a los muros que se han instalado en el capitalismo mundializado para separarnos de los otros. Los otros son los diferentes, los bárbaros que nos confrontan con la ilusión del mundo feliz que nos ofrece la "economía de mercado". Los bárbaros están allí para decirnos que ese mundo feliz no existe. Es una ilusión. Los invisibles se visibilizan para decirnos que ellos no participan de esa ilusión.
Sin embargo, estos muros visibles hablan de otros muros invisibles que cercan nuestra subjetividad. Muros que se instalan en la subjetividad y nos llevan a la soledad y al aislamiento.
Muros que nos separan de los otros y de nosotros mismos. Si el yo se construye en la relación con un otro humano como alteridad, la no existencia del otro lleva al sujeto a encerrarse en un narcisismo cuya negatividad lo empobrece emocionalmente. Estos muros me encierran en la violencia destructiva y autodestructiva, en la sensación de vacío, de la nada.
La cultura dominante somete nuestra subjetividad a través de lo que llamamos un exceso de realidad que produce monstruos. Esta realidad excesiva nos satura en una acumulación de objetos fetiches que nos lleva a una colisión de exceso de tiempo y de exceso de espacio. El tiempo subjetivo va mucho más rápido que las agujas del reloj. Esto nos lleva a querer estar en varios lugares al mismo tiempo. Claro, ilusoriamente lo podemos hacer a través del celular o del e-mail. Para ellos esta la realidad virtual. Esta realidad rebosante de exceso de realidad nos asedia en lo más profundo de nosotros mismos. Su resultado es transformarnos en espectadores pasivos para que consumamos los objetos fetiches como una forma de paliar nuestra angustia.
Cuando hablo de objetos fetiches me estoy refiriendo a un concepto clásico de la economía política elaborado por Marx; el fetichismo de la mercancía. Brevemente, éste refiere a que en el capitalismo la mercancía se transforma en una pura representación que supuestamente tiene un valor por sí misma según el valor que le asigna el mercado. De esta manera la mercancía aparece como un fetiche que niega el carácter auténtico de ser un valor creado por el trabajo humano. Lo que queremos destacar es este valor de la mercancía como representación y sus efectos en la subjetividad ya que como dice Marx: "la producción no produce un objeto para el objeto", sino también un sujeto para el objeto". Es decir, la producción produce una subjetividad sometida a los valores de la cultura dominante. Por ello no es el goce el que buscamos sino la necesidad de encontrar un objeto que suture nuestra angustia que la misma cultura produce. 
En este camino no hay posibilidad de elaboración psíquica y sus efectos en la subjetividad es que la muerte-como pulsión. Sin embargo el Yo retraído en su narcisismo produce efectos sintomáticos propios de nuestra época donde predomina lo negativo: depresión, melancolía, adicciones, en definitiva la violencia destructiva y autodestructiva, la sensación de vacío, la nada (Amparado en el narcisismo).

La enfermedad de la norma

Lo decimos con claridad: la normalidad no es algo obvio. En toda sociedad encontramos muchas formas de vida. Cada una de ellas tiene sus normas donde vamos a encontrar las propias de la cultura dominante y otras normas minoritarias. Para las primeras el poder produce recompensas para las segundas sanciones. Esta situación se instala desde la niñez, por lo cual el sometimiento no puede funcionar sino se instituye un deseo de sometimiento el cual aparece como una imposición interna. Cuando voy a un shopping creo elegir algo cuando en realidad es desde la norma hegemónica desde donde elijo. En este sentido no puede haber subjetividad por fuera de la norma, aún más la subjetividad se constituye en la norma hegemónica. Es así como la enfermedad no es someterse a la norma ya que no hay subjetividad por fuera de la norma. La enfermedad es quedar atrapados en la norma sin dar cuenta de la creatividad -en el sentido de pulsión de vida- que permite expresar la anormalidad que nos constituye como sujetos. Por ello el sujeto normal no es solo producto de la norma sino del uso que hace sobre sí mismo a costa de escindir la anormalidad que lo constituye. Como dice Guillaume Le Blanc: "El sufrimiento psíquico es el efecto de una actividad de incorporación de la norma por el propio hecho de que al volverse contra sí para llegar a ser hombre normal, el sujeto se expone a todo lo que en él sí escapa a las normas, a los deseos de oponerse a la norma, que son una parte esencial de la propia vida. El hombre normal resulta así doblemente escindido. No solo el deseo de la normalidad lo expone a un remanente que los obsede, a un deseo de anormalidad, sino que la repetición de normas de normalidad también implica una dependencia del sujeto con respecto a esas normas, lo que no deja ningún lugar al deseo de aire fresco y a partir de entonces hace jugar al hombre normal contra sí mismo: solo entonces hay hombre normal sobre el trasfondo de una violencia ejercida por el Yo fabricado en el apasionado apego a las normas contra el Yo sustraído a ese apego... En ese plano existe, pues una verdadera enfermedad del hombre normal, mental y social. El hombre normal es el hombre que se vuelve contra sí mismo para ser el sujeto de la normas que lo producen".

"LA PRODUCCIÓN PRODUCE UNA SUBJETIVIDAD SOMETIDA A LOS VALORES DE LA CULTURA DOMINANTE"

Esto lo ejemplifica Freud al contar la historia del rey Boabdil. Este rey no quería enterarse de una noticia que le significaba el fin de su reinado. Por lo tanto quemó las cartas y mandó matar al mensajero que se las había traído. Sin embargo, el rey se dio cuenta que no se puede matar al mensajero de la realidad. Lo que el rey sí puede hacer -plantea Freud- es construir en medio de su palacio una prisión totalmente amurallada y disimulada en la que encerrará al mensajero y también las cartas. De este modo el mensajero de la realidad aparece como no llegado aún cuando continúe existiendo justo en medio del palacio. El rey puede seguir reinando completamente escindido-separado de la mala noticia que le han traído.
Este ejemplo le sirve a Freud para explicar la escisión del Yo como un fenómeno propio del aparato psíquico. De esta manera encontramos la coexistencia dentro del Yo de dos actitudes psíquicas respecto de la realidad exterior: una de ellas tiene en cuenta la realidad exterior, la otra niega la realidad presente y la substituye por una producción de deseo. Estas dos actitudes coexisten sin influirse recíprocamente. Lo que encontramos es una renegación de la realidad (Negar que se niega).

EL MITO DE PROMETEO SIMBOLIZA ESA LUZ, QUE BAJANDO A LA TIERRA INTENTA ILUMINAR A LOS HOMBRES, APARTÁNDOLOS DE LA OSCURIDAD INTENTANDO CON ELLO DEVOLVERLES AL CAMINO LA SOLIDARIDAD 

También podemos extender esta escisión del Yo en el sujeto normal. Desde ella genera una muralla con su propio narcisismo que niega la realidad donde debe con-vivir con el otro diferente. Aquí el sujeto se afirma en su normalidad en el miedo al otro. Estos adquieren identidades negativas de las cuales hay que alejarse, hay que poner distancia a través de muros invisibles. Allí vamos a encontrar el miedo hacia el otro donde se lo descalificar por "negro", homosexual, boliviano, peruano o paraguayo.
"Hace varios años que atiendo a Roberto en su casa. Sus síntomas paranoicos le impiden salir de su casa. Solo lo hace esporádicamente a la madrugada o con alguien que lo acompañe. La casa se ha transformado en un muro infranqueable para sus perseguidores imaginarios. Aunque puede reconocer que sus fantasmas provienen de su penamiento cada noticia que lee en el diario o mira por televisión le refuerza que el afuera es peligroso. Lo que manifiesta es que en su casa está tranquilo ya que no tiene emociones. No siente nada. Un día me sorprende con una pregunta: "¿Qué es la llama inicial?". Mi primer pensamiento fue que me estaba preguntando por el mito de Prometeo. Ante mi silencio continúa: "La llama inicial, esa que hace que funcionen los afectos y las emociones. Esa que nos convierte en hombres. A mí se me apagó hace mucho tiempo".
Con una gran lucidez Roberto describe la locura de su enfermedad. Remite a su historia personal pero también al mito de Prometeo que construyó a los hombres en la emoción y la solidaridad robándoles el fuego a los dioses. El sujeto normalizado encerrado en el muro de su narcisismo está muy lejos de Prometeo, en su muro interior su llama inicial la usa para someterse a la locura de una norma que lo enferma.

Carpintero, Enrique, "Un paradigma de época: lo innombrable de la pulsión de muerte"; "El Eros o el deseo de la voluntad"; "La subjetividad del idiota plantea la pregunta ¿Cómo encontramos lo que nos mantenía unidos?"; "La sexualidad plural. La sexualidad humana es desviada"; "Tiempo libre para comprar. El consumidor consumido por la mercancía".

martes, 17 de febrero de 2015

Recordar a Freud para pensar la necesidad de "El giro del psicoanálisis"



Por Enrique Carpintero
(Psicoanalista)

Escribir sobre un tema necesariamente lleva a un recorte que implica al autor. Este artículo no es una excepción. En este sentido, al referirnos al 159º aniversario del nacimiento de Freud, queremos señalar algunos aspectos de su vida que consideramos necesarios para la actualidad de una obra que sigue abierta a nuevas interpretaciones y desarrollos.
Muchos de los que escribieron sobre la biografía de Freud se han dedicado a destacar cómo algo de su pasado lo preparaba para sus descubrimientos. Pero también es necesario reflexionar cómo, al mismo tiempo, su pensamiento da cuenta de una época a la cual se opuso en nombre de esos mismos descubrimientos. Dicho de otra manera, la historia lo hace pero también Freud construye una historia que forma parte de la modernidad.

El Siglo XIX: una época de grandes esperanzas y grandes derrotas

Cuando Freud nació, el imperio AustroHúngaro de los Habsburgo tenía una población de treinta y cinco millones de habitantes y seiscientos mil kilómetros cuadrados que se extendían hasta Italia.
"Nací el 6 de mayo de 1856 en Freiburg, Moravia, un pequeño poblado de la que hoy es Checoslovaquia. Mis padres eran judíos, y yo he seguido siendo. Acerca de mi familia paterna creo saber que durante una larga época vivió junto al Rin (Colonia), y en el siglo XIV huyó hacia el este a causa de una persecución a los judíos, y luego, en el curso del siglo XIX, emprendió la emigración de regreso desde Lituania, pasando por Galitzia, hasta instalarse en la Austria alemana".
Los comienzos de la industrialización capitalista, en la primera mitad del siglo XIX, llevaron a grandes dificultades económicas para la mayoría de la población. Las condiciones de miseria en que vivían los sectores obreros producían continuas insurrecciones. El año 1848 se vio afectado en gran parte de Europa por toda una serie de revoluciones en contra de las monarquías del Antiguo Régimen. En ese clima de continuas convulsiones sociales el contradictorio Proudhon pronunciaba su célebre frase que se constituyó en el lema de los anarquistas: "La propiedad es un robo". Los socialistas utópicos de Saint-Simon construían falansterios donde pensaban anticipar una sociedad feliz y más justa. En algunos de ellos se cumplían ceremonias extravagantes como la impuesta por Elefantin que llevaba a los residentes, entre otros ritos, al uso de un chaleco abotonado por detrás, que obligaba a un acto de solidaridad cotidiano, al exigir que sus compañeros tuvieran que abrochárselos unos a otros.
En febrero de 1848, la administración de la Sociedad de Educación Obrera con sede en Londres, calle Liverpool 46, entregó a sus clientes un impreso en paquetes individuales. Se trataba de un folleto en alemán que tenía una simple tapa de papel con un recuadro tipográfico cuya ornamentación, según el gusto de la época, semejaba un rostro humano. Su título: "El Manifiesto Comunista"; sus autores Carlos Marx y Federico Engels.
Las grandes luchas de la clase obrera que tuvo su momento de expresión más alto en 1871, durante los acontecimientos de la Comuna de París, se combinaban con la sensación de un desarrollo científico y técnico que iba a traer mejoras al conjunto de la sociedad. La expresión romántica del progreso fueron los ferrocarriles. Si bien existía un ferrocarril para el transporte de carbón en Francia, en las minas de Saint Germain, recién en 1873 se inauguraba la primera línea de pasajeros entre París y Saint Germain.
El origen de las especies apareció publicado en 1859. La segunda mitad del siglo XIX estuvo marcada por los continuos descubrimientos que permitían pensar que el mundo sería completamente explicado gracias al conocimiento de las leyes que determinaban el funcionamiento de todos los fenómenos. La ciencia iba a servir para alcanzar la verdad y posibilitar la felicidad de la humanidad.
En este clima social y cultural Freud vivió sus primeros años de vida. Sin embargo su interés por lo social siempre estuvo presente al extender el psicoanálisis a los problemas de la cultura. aunque su preocupación no eran las dificultades políticas, económicas y sociales que atravesaban la cultura, sino cómo aquellas se inscriben en la subjetividad. Así como la de un sujeto atravesado por sus pulsiones que se constituye en El malestar de la cultura. Es que el síntoma, para el psicoanálisis, también es de la cultura y su resolución en la clínica encuentra un límite en la organización de la sociedad a la cual pone en cuestionamiento.
"La sociedad no se apresurará a concedernos autoridad. No puede menos que ofrecernos resistencia, pues nuestra conducta es crítica de ella; le demostramos que contribuye en mucho a la causación de la neurosis. Así como hacemos del individuo nuestro enemigo descubriéndole lo reprimido en él, la sociedad no puede responder con solicitud simpática al intransigente desnudamiento de sus prejuicios e insuficiencias; puesto que destruimos ilusiones, se nos reprocha poner en peligro los ideales". 
En Viena, Freud sufrió la pobreza, fue humillado por su condición de judío y luego por sus descubrimientos. En la Viena donde las mujeres recibían menos de la mitad del salario que los hombres, los emigrantes trataban de salir del gueto y la prostitución formaba parte de la vida diaria. Nunca estuvo el cuerpo femenino tan oculto como a principios del siglo XIX. En las clases acomodadas, las buenas maneras llevaban a que la muchacha evitara contemplarse desnuda, aunque no sea más que en el reflejo del agua del baño, el cual se enturbiaba con un polvo especial. 
El clítoris, instrumento de placer e inútil para la procreación, era rechazado por los médicos. Se consideraba que la masturbación conducía a la senilidad precoz por exceso de derroche de la preciosa semillita. El cuerpo se había vuelto una preocupación obsesiva, por lo tanto había que vigilarlo ante la permanente amenaza del deseo. El desnudo, alejado de la vista, hacía fantasear a mujeres y hombres. Se formaban sociedades sin otra finalidad que contar cuentos y hablar de sexo. Ante esta situación la sumisión a las pulsiones y los impulsos del cuerpo devenían en síntomas que necesitaban respuestas. En este sentido las preguntas que se hacía Freud eran las que la época se negaba a responder. Las encuentra en los sueños, en la vida cotidiana, en los cuerpos cuyos síntomas dibujaban una anatomía que la medicina no podía entender. Es el período en que formulaba uno de los mayores aportes a la teoría: lo inconsciente.

La Muerte es la compañera del Amor; juntas rigen el mundo 
Mientras miles de personas presenciaban el desfile de recepción del archiduque Francisco Fernando, un joven serbio de 17 años llamado Princip asesinó al visitante de un certero balazo. Los libros de historia dicen que ese atentado fue la excusa que provocó la Primera Guerra Mundial. Las circunstancias sociales y personales lo llevaron a Freud a reflexionar sobre la muerte.
La muerte se transformaba definitivamente en una pulsión en Más allá del principio de placer. Como dice Emilio Rodrigué, hay cuatro tipos de fenómenos que constituyen el abordaje del nuevo territorio inaugurado por el concepto de pulsión de muerte: el primero, las neurosis traumáticas, luego los efectos de la compulsión de repetición que encontramos en el juego infantil, las neurosis de destino y la neurosis de transferencia. Dualista de corazón, necesitó reformular su teoría por razones clínicas, teóricas y epistemológicas. Los pacientes confirmaban su punto de vista de que el conflicto -la dualidad- se encuentra en el núcleo de la actividad psicológica. El propio concepto de represión -piedra fundamental de la teoría psicoanalítica presupone una división de las operaciones mentales. Disyunción básica entre el represor y lo reprimido. El hecho es que, fuera de la triangulación edípica, en la dialéctica freudiana proliferan opuestos tales como activo-pasivo, masculino-femenino, amor-hambre y ahora, después de la guerra, vida-muerte. En esta última polaridad, el componente agresivo, bajo la forma de pulsión de muerte, alcanza su estatuto de pulsión primitiva independiente.
Si en un primer momento la sexualidad adopta la forma de una pulsión fue para sacarla del ámbito exclusivo de la genitalidad y abarcar todas las áreas del sujeto. Este es el mismo desarrollo que hace en relación a la muerte, en tanto ésta, al transformarse en una pulsión no queda ceñida a la muerte real, definitiva, -que por otro lado no es competencia del psicoanálisis- sino que está presente de entrada en todo sujeto.

El giro del psicoanálisis
Freud muere el 23 de setiembre de 1939 mientras las tropas alemanas que desfilaban en el Tercer Reich anunciaban la inminencia de la Segunda Guerra Mundial. Muchas guerras y conflictos han pasado hasta la actualidad sin todavía saber si Eros triunfará sobre los efectos destructivos de la pulsión de muerte. Es así, debemos considerar si, como analistas, estamos situados respecto de la actualidad de nuestra cultura para que las demandas de su malestar se dirijan a nosotros. Para ello es necesario tener en cuenta lo que denominamos "El giro del psicoanálisis" donde el paradigma de la represión sexual, en el que se ha desarrollado nuestra práctica, ha trocado en el predominio del trabajo de la muerte como pulsión.
Ante un mundo en crisis donde el poder de las clases dominantes genera una cultura en la que pone en peligro el tejido social y ecológico, para finalizar, nada mejor que recordar lo que planteaba Freud en Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica:
"Todas las energías que hoy se dilapidan en la producción de síntomas neuróticos al servicio de un mundo de fantasía aislado de la realidad efectiva contribuirán a reforzar, si es que no se puede utilizar ya mismo esas energías en provecho de la vida, el clamor que demanda aquellas alteraciones de nuestra cultura en que discernimos la única salvación para las generaciones futuras".
El Psicoanálisis que viene 
El Psicoanálisis tiene asegurado su lugar en el siglo que recién comienza porque aún no han sido respondidas las preguntas que le dieron existencia.
Entre tantas otras:
* El por qué de la guerra
* Por qué los pueblos adoran a sus verdugos (por qué los pobres contribuyen a perpetuar el capitalismo)
* Por qué las diferencias de sexo incluyen desigualdades sociales que refuerzan la inferioridad de uno de sus términos (por qué descansa en las mujeres el trabajo de reproducir el patriarcado).

El por qué de la guerra: 

El ingenuo interrogante con el que Albert Einstein inició en su epistolario ."qué puede hacerse para defender a los hombres de los estragos de la guerra" obligó a Freud a transitar por el lugar común del instinto de destrucción y la pulsión de muerte. Pero la cuestión, ni por lejos quedó saldada allí.
"...un vistazo a la historia humana nos muestra una serie incesante de conflictos entre un grupo social y otro o varios, entre unidades mayores y menores, municipios, comarcas, linajes, pueblos, reinos, que casi siempre se deciden mediante la confrontación de fuerzas en la guerra. Tales guerras desembocan en el pillaje o en el sometimiento total, la conquista de una de las partes. No es posible formular un juicio unitario sobre esas guerras de conquista. Muchas, como las de los mongoles y turcos, no aportaron sino infortunio; otras, por el contrario, contribuyeron al reemplazo de la violencia por él derecho, pues produjeron unidades mayores dentro de las cuáles cesaba la posibilidad de emplear la violencia y un nuevo orden derecho zanjaba los conflictos".
"... Por paradójico que suene, habría que confesar que la guerra no sería un medio inapropiado para establecer la anhelada paz "eterna", ya que es capaz de crear aquellas unidades mayores dentro de las cuales una poderosa violencia central vuelve imposible ulteriores guerras. Empero, no es idónea para ello, pues los resultados de la conquista no suelen ser duraderos... Además, la conquista sólo ha podido crear hasta hoy uniones parciales, si bien de mayor extensión, cuyos conflictos suscitaron más que nunca la resolución violenta. Así, la consecuencia de todos esos empeños guerreros sólo ha sido que la humanidad permutara numerosas guerras pequeñas e incesantes por grandes guerras, infrecuentes, pero tanto más devastadoras. Aplicado esto a nuestro presente, se llega al mismo resultado que usted (Einstein) obtuvo por un camino más corto. Una prevención segura de las guerras sólo es posible si los hombres acuerdan la institución de una violencia central encargada de entender en todos los conflictos de intereses".
Y, claro está, que la guerra no es un problema ajeno que sucede allí lejos, en el Medio Oriente, o en la Europa del Este y que no es cosa nuestra. No sólo porque está incluida en el patrimonio mortífero que instituye la "identidad argentina" junto a nuestros dos premios Nobel de la Paz (Saavedra Lamas, Pérez Esquivel) -las guerras de independencia, la "conquista del desierto", la guerra de la triple alianza, la del Chaco paraguayo, la guerra contra la "subversión", la de las Malvinas que contó con el franco respaldo de la sociedad civil y hasta de los intelectuales de izquierda, sino por la actual indiferencia ciudadana frente a la presencia escandalosa de tropas argentinas en Haití y de mercenarios argentinos en Irak.

Por qué los pueblos adoran a sus verdugos 

Si el ingenuo interrogante que Albert Einstein dirigió a Freud -" qué puede hacerse para defender a los hombres de los estragos de la guerra" dio inicio a reflexiones no saldadas aún, el comienzo de El malestar de la cultura nos autoriza a introducirnos en otra deuda pendiente del psicoanálisis con la cultura. Aquella que vanamente intenta dilucidar las relaciones del sujeto con el Poder. Poder imperial. Poder del mercado. Poder de Dios. Poder del Otro.
Porque desde el nacimiento en adelante, la relación del sujeto con el Poder transita por las marcas que ha dejado.